Capítulo 5
Entré en vestuario donde sabía que a esas horas no había nadie y podría mantener una conversación privada y sin que nadie estuviera escuchando.
No porque me importara que me oyeran, sino porque en soledad me sentía mucho más a gusto cuando hablaba con mi padre.
Me senté en uno de los bancos que teníamos allí y con manos temblorosas desbloqueé el teléfono y marqué el número de mi padre. Ni siquiera dieron ni dos tonos; contestó al primero.
—Reagan…
Solo con decir mi nombre al oír su voz supe de inmediato que mi suposición era cierta; algo había pasado y no era nada bueno.
—Papá, ¿qué pasa?
Igual que a mí me pasaba con él y lo conocía mejor que nadie, mi padre a mí también y por mi tono de voz supo que estaba nerviosísima.
—Cariño, tranquila.
—No me pidas que esté tranquila; sé que pasa algo. Lo siento. ¿Estás bien? ¿Los demás?
Al decir lo de los demás, el corazón se me encogió todavía más. Porque con mi padre sí que había tenido contacto, pero con el resto, nada, ni una sola palabra había cruzado en los últimos seis años.
—Estoy bien… pero tuve un pequeño accidente.
Me llevé la mano a la boca para que no me oyera soltar un gemido y agradecí que no me estuviera viendo la cara para que no viera cómo los ojos se me llenaban de lágrimas.
—¿Un accidente? ¿Cuándo? Dios mío. Papá, ¿qué te ha pasado?
—Respira, cielo. Estoy un poco fastidiado, pero bien. Me caí del caballo.
Menos mal que estaba sentada, si no, estaba segura de que me habría caído redonda al suelo.
—Papá…
Me lo notó, claro que lo notó, porque me fue imposible contener las lágrimas.
Solo de pensar en lo que le había pasado. El que hubiera podido morir o estar sin saber qué le había pasado y qué lesiones tendría se me desgarró el pecho de preocupación.
—No llores, cielo, estoy bien. Por suerte solo me rompí una pierna. Me han operado y, aunque tardará en curar, me han dicho que volveré a caminar, a lo mejor no igual y necesitaré ayuda de un bastón, pero sí que lo haré.
—¿Solo la pierna? ¿No tienes nada más?
No pensaba que me estuviera mintiendo porque mi padre no lo había hecho nunca, pero también sabía que lo mismo se callaba si tenía algo más para no preocuparme.
—No, solo me dañé la pierna. No me golpeé en ningún sitio más.
Respiré un poco más tranquila.
—Cuéntame todo, cómo fue y lo que te han hecho. Por favor.
Los siguientes cinco minutos solo escuché mientras me contaba cómo habían pasado las cosas.
Al parecer, su caballo se encabritó por un fuerte trueno de la tormenta que estaba por empezar y fue tan inesperado que no le dio tiempo a sujetarse y terminó por caer.
Como me había dicho, todo el golpe se lo llevó en la pierna.
Lo habían llevado enseguida al hospital ya una semana atrás, donde ese mismo día por la tarde le operaron. La operación, gracias a Dios, había ido bien. Le habían puesto varios tornillos en la rodilla, que fue lo que más daño tenía, y tres días después pudo volver a casa.
—Debiste llamarme antes, papá.
No le estaba riñendo, ni mucho menos; sabía que no lo había hecho para no preocuparme sabiendo que estábamos a tanta distancia uno del otro.
—Iba a hacerlo incluso antes de que esto pasara, Reagan.
Fruncí el ceño porque en su voz noté mucha preocupación, pero no por su situación sino por algo más.
—¿Por qué?
—Reagan, tienes que venir.
Se me cortó la respiración.
Que mi padre me pidiera precisamente que volviera era algo que sí que no me hubiera esperado nunca, ya que fue el mismo el que me pidió que me marchara de nuestro hogar.
No lo hizo porque quisiera echarme o porque hubiéramos tenido una discusión entre nosotros, fue, aunque yo eso no lo vi hasta pasados muchos días después de llegar a Denver, que era para evitarme más sufrimiento del que estaba sintiendo allí, en casa.
—Sabes que no puedo, papá…
—Sí, puedes. Ha pasado mucho tiempo. Lo has superado, Reagan, aunque tú creas que no. Yo te conozco bien, mejor que nadie, cariño, y sé que lo has hecho.
—No…
—Sí, sí lo has hecho. Tuviste que irte de aquí para sanar, para no sufrir, pero eso quedó atrás. Ahora eres más fuerte, siempre lo fuiste, pero al romperte solo necesitabas tiempo para reconstruirte.
Hizo una pausa para suspirar antes de seguir hablando.
—Pedirte que te fueras es lo más duro y horrible que he tenido que hacer en toda mi vida. Pero fue necesario.
—Lo sé. No querías verme sufrir papá, lo entendí, me costó unos días, pero entendí que me pidieras que me fuera porque me querías y porque era lo mejor para mí.
—Así es. Reagan, eres lo que más quiero en esta vida. Ha sido durísimo tenerte lejos, pero era todavía peor ver el dolor que sentías aquí, por eso tuve que tomar la decisión más difícil de mi vida y no me arrepiento. Ahora ya estás bien.
—Sigue doliendo, papá.
—Pero solo duelen los recuerdos de tu cabeza y esos nunca se irán. Pero ya no es lo mismo; lo tienes superado desde hace mucho, lo sé.
Quizá tuviera razón.
Habían pasado ya seis años y aunque pensar en ello dolía, ya no lo hacía como entonces.
Había tenido muchos días o años más bien para pensar todo lo que pasó con calma y aunque las cosas podían haber sido de otra manera.
De una en la que yo no me llevara el mayor chasco y la mayor decepción de mi vida, por ejemplo.
Pero claro, dicen que en el corazón no se manda, y eso fue lo que pasó: el corazón que yo pensaba que era mío, al igual que yo le había entregado el mío, no lo era. Ese corazón había elegido a otra que no era yo.
Que mi padre me pidiera que fuera tenía que ser por algo muy importante, no solo por su caída.
Porque, aunque pensara que ya lo había superado, él sabía que no estaba muy mal en Denver, aunque le echara muchísimo de menos y volver a casa iba a ser impactante.
Cerré los ojos y expulsé el aire que había estado conteniendo y que me estaba apretando los pulmones.
—¿Qué pasa en casa, papá?
—Las cosas no están bien; necesito que vengas y me ayudes a enderezar esto.
—¿Qué no está bien?
—Algunas cosas. No sé si puedo parecer un egoísta por pedirte que vuelvas, Reagan, pero yo no sé qué hacer, no puedo con todo esto y no soy el único.
Dios mío… a cada segundo, a cada palabra que mi padre decía, mis nervios aumentaban un poco más. Su voz no solo sonaba triste, más que nunca, sino que en sus últimas palabras había podido notar algo peor que la tristeza: era pura desesperación.
Nunca había oído a mi padre hablar de esa manera. Estaba completamente abatido.
—Papá, tú no has sido egoísta nunca. Si lo hubieras sido, no me habrías pedido hace seis años que me marchara. Eso fue el acto menos egoísta que puede existir.
No solo le dije eso porque quedaba bien, sino porque realmente era lo que pensaba.
Mi relación con mi madre, a la que tuve pocos años en mi vida, fue estupenda; me quería y yo a ella. Pero la relación con mi padre, creo que desde mi nacimiento iba mucho más allá. Podía decir sin lugar a equivocarme que nos adorábamos mutuamente.
Por eso sé que pedirme que me marchara le dolió más a él que a mí tener que hacerlo. Prefirió tenerme lejos y no verme que verme a diario, pero mal, sabiendo que allí en casa rodeada de todo no iba a poder sanar como él decía.
Y tuvo razón, en ese momento y hablando con él me di cuenta de que sí que había sanado. Que, como dicen, el tiempo lo cura todo, y que lo que me dolía no era el daño que me hicieron, sino la cicatriz que tenía en mi corazón, esa que sabía que estaría ahí para siempre.
—¿Qué es lo que está pasando? —dije insistiendo en saber.
—No por teléfono, Reagan, son varias cosas. Lo único que te puedo decir es que no es algo reciente.
—¿Cuánto tiempo llevan las cosas mal?
Se hizo un silencio; noté cómo mi padre buscaba las mejores palabras.
—Desde hace bastante.
Ese desde hace bastante, me sonó a que lo estaba desde hacía mucho y que las cosas estaban realmente mal.
Apreté la mano muy fuerte, tanto que pensé que rompería el teléfono.
Mi corazón empezó a latir a toda velocidad, pero no por los nervios que estaba sintiendo, que también, sino porque no me hizo falta pensar mucho para tomar una decisión. Si mi padre me lo pedía, era por algo y yo nunca le negaría mi ayuda.
—Papá.
—Dime.
—Arreglaré las cosas aquí e iré lo más pronto posible.
Pude oír un sollozo al otro lado.
—Reagan, ¿de verdad? ¿De verdad vas a venir?
—Sí, tengo que arreglar lo del apartamento y lo del trabajo; tardaré seguramente unos días, pero intentaré que sean los menos posibles, ¿vale?
Ya no solo era un pequeño sollozo; ya podía oír con claridad cómo mi padre lloraba, no de forma desgarradora, pero sí lo bastante claro como para que lo oyera y hacer que yo llorara también.
—Llámame en cuanto sepas el día.
—Lo haré, tranquilo.
—¿Vendrás en autobús o en avión?
—En avión no.
Para eso había un motivo; bueno, realmente había dos. El primero era que los billetes eran muy caros y el segundo que eso de volar, aunque no lo había hecho nunca, me daba un miedo atroz, así que el avión quedaba descartado.
—Cierto, tú y volar no son viables.
—Por eso, así que ya veré cuando tenga todo cerrado lo que hago.
—Bien. Reagan, tengo que colgar ahora. El doctor Rodríguez acaba de llegar y tiene que revisarme.
—Vale. Cuídate, papá, nos vemos pronto. Me muero de ganas de darte un abrazo, te quiero —dije conteniéndome para no soltar otro sollozo.
—Yo también, mi niña. Te quiero más que a nada ni a nadie.
Mi padre fue el que colgó y yo me quedé con el teléfono en la mano durante unos minutos más.
Sin moverme, intentando recuperar un ritmo normal al respirar y dándole tiempo a mi cerebro para que asimilara todo lo que acababa de pasar.
Para asimilar principalmente que iba a volver a casa después de seis años.