Capítulo 4
Solté un gemido en la cama y, con lo finas que eran las paredes, estaba segura de que algún vecino podía haberlo oído.
Todos los días laborales odiaba a mi amigo el despertador, pero los lunes, que era lo que era ese día cuando sonaba, me daban ganas de hacerle muchas cosas.
La primera era estamparlo contra la pared, pero claro, eso sería homicidio pasional y después tendría que comprarme otro.
La segunda era pedir una orden de alejamiento, pero eso también quedaba descartado porque, si estaba muy lejos, no le oiría ni llegaría a levantarme.
Cosa que no podía permitirme.
Así que solo me quedaba la tercera y única opción: soltarle un par de insultos; por suerte, él no me los devolvía.
Echarle una bronca de campeonato a la que él haría oídos sordos, porque al día siguiente volvería a tocarme la moral, e ignorarle los primeros cinco minutos, esos que al final siempre se acababan convirtiendo en algunos más y que hacían que luego tuviera que ir a la carrera para no llegar tarde.
Resoplé antes de poner los pies en el suelo y empecé con la rutina diaria.
Ducha, café en cantidades industriales, ropa, calzado, revisión del bolso y, a las cinco y veinticinco, salida a la calle para que el frío que hacía me diera un buen saludo, como si fuera una bofetada a mano abierta.
La rutina siguió. El autobús paró. Pasé mi tarjeta por el lector. Nos saludamos con la cabeza y me fui directamente al que ya consideraba mi sitio.
Las calles de Denver, frías, oscuras a esas horas y casi vacías, empezaron a pasar una tras otra. Otra parada, más compañeros subieron. Siguiente parada y en esa se subió Molly.
Giré la cabeza para verla venir hacia mí y pensé que debía de haber pasado una muy mala noche porque traía una cara cien veces peor que la mía.
Que no es que los lunes en ese autobús nadie la llevara bien, pero Molly solía ser de las que menos se le notaba. Ella, aunque con cara de sueño, solía traer una sonrisa, aunque fuera pequeña, siempre por las mañanas.
Pero ese día la sonrisa no estaba en su cara. Solo había sueño; eso era evidente, seriedad, y en sus ojos vi bien claro que había preocupación.
Caminó arrastrando los pies y no se sentó directamente; se dejó caer como si fuera un saco de pienso pesado a mi lado en el que también era su sitio desde hacía años.
—¿Molly que ocurre?
Yo era una persona a la que no le gustaba andarse con rodeos. Si había que preguntar algo, lo preguntaba directamente y punto.
No entendía esa manía que tenía la gente de que para preguntar algo estuvieran dando vueltas diciendo de todo menos lo que realmente quería decir durante varios minutos, a mi modo de ver, perdiendo el tiempo.
—Una noche horrible, no he dormido ni dos horas y mi hermano se ha acostado cuando yo salía por la puerta. Espero que pueda dormir algo; no entra de turno hasta las once.
—¿Tu padre?
Asintió mientras del bolso sacaba un blíster de pastillas y una botella de agua.
Molly sufría de jaquecas y el no haber dormido y el cansancio que traía reflejado en la cara estaba claro que le habían provocado una.
—¿Qué le ha pasado?
—No se quería ir a la cama y nos ha tenido toda la noche danzando de un lado al otro de la casa, y encima sin dejar de hablar contando batallitas de cuando estuvo en el ejército.
El padre de Molly hasta que se jubiló ya años atrás había estado toda su vida en el ejército y yo que le había visto en alguna ocasión cuando había ido a su casa había podido comprobar que una parte de su mente se había quedado suspendida en ese tiempo porque siempre tenía una historia que contar de aquella época que vivió.
Hacía dos años que tras varias pruebas le habían diagnosticado demencia y con el paso del tiempo eso se había ido agravando.
Se le olvidaban las cosas. Pero no solo eso, sino que había días que no sabían ni quién era ningún miembro de su familia. Era durísimo ver a un ser querido en esas circunstancias a diario.
Yo lo sabía por lo que Molly me contaba y por lo que no me contaba también, ya que, aunque intentaba esconder el dolor muchas veces detrás de alguna broma o comentario divertido, como hacía todos los días, la tristeza y la desolación por ver a su padre apagarse poco a poco, en esas circunstancias, se reflejaban en su mirada.
—¿Y antes de irte se ha quedado tranquilo?
—Sí, al final el sueño le ha vencido y se ha quedado dormido en el sofá. Lo hemos dejado allí tapado. No nos hemos querido arriesgar a moverlo y que se despertara otra vez.
—¿Y tu madre?
—Por suerte, mi madre, como toma pastillas para dormir, cerró la puerta de su habitación y no se ha enterado de nada. Es la única que ha descansado.
—Así no podéis seguir, Molly.
—Lo sé. Mi hermano y yo hemos estado hablando antes de irme. Es muy duro, Reagan, pero nosotros ya no sabemos cómo tenemos que cuidarle o qué hacer. Hay veces que quiere algo y, como no sabe explicarse, se pone nervioso y un poco agresivo.
Hizo una pausa para continuar.
—Tenemos miedo de que en uno de esos arranques pille a mi madre por el medio y le dé un empujón y le haga daño. Que todos sabemos que no lo haría con intención porque no es él, pero sería fatal que, según está, mi madre se cayera.
Su madre no estaba tan mal como su padre, pero sufría una enfermedad en los huesos, que en esos momentos no recordaba el nombre y tenía muchos dolores que trataba con un montón de pastillas.
—¿Y habéis decidido algo?
—Sí, hablaremos con su médico y aceptaremos lo que nos propuso meses atrás. Llevarlo a una residencia donde tratan a personas con problemas muy similares al suyo.
—Es duro. Pero Molly, sabes que es lo mejor. Y no solo para él, allí lo tendrán atendido como necesita, sino para vosotros también.
—Lo sé. Todos lo sabemos. Ya no podemos seguir así.
Seguimos hablando un poco más del tema hasta que llegamos a la fábrica.
Ese día no solo estábamos de lunes total, sino que los ánimos no eran los mejores, así que nos cambiamos en silencio y cinco minutos después cada una se fue por su camino para empezar la jornada viendo salir galletas y más galletas.
Cuando entré en la sala de descanso, Molly ya estaba allí sentada y nada más verla supe que el dolor de cabeza se le había pasado al menos un poco porque tenía mejor cara.
—¿Estás mejor? —Le dije acariciándole el brazo.
—Sí, y ahora cuando me tome el café y el bocadillo, me sentará mucho mejor.
Me senté a su lado con mi café y un bocadillo y empezamos a comerlo mientras comentábamos lo bien que lo habíamos pasado el fin de semana.
Fui a contestarle a lo que me había preguntado, pero la vibración de mi móvil, que lo tenía encima de la mesa, me dejó la frase a medias.
El aire se me quedó atascado en los pulmones y el corazón empezó a latirme a toda velocidad al ver en la pantalla el nombre de la persona que me estaba llamando.
Mi padre…
No fui capaz de reaccionar; mi cerebro se había quedado tan bloqueado que no fue capaz de mandar la orden a mi cuerpo para que alargara la mano y cogiera el teléfono.
—Reagan.
Oí la voz distorsionada de Molly, pero era como si estuviera muy alejada de mí.
—Reagan —volvió a llamarme, pero esa vez me zarandeó del brazo para que la mirara.
Me costó, pero aparté la mirada del teléfono que ya había dejado de vibrar unos segundos antes.
—¿Sí?
—¿Por qué no has contestado?
—No lo sé, él nunca me llama y…
Era totalmente cierto lo que acaba de decirle. Mi padre, desde que me marché hacía seis años, no me había llamado nunca. No porque no quisiera, sino porque si fuera por él o por ella, hablaríamos a diario.
Pero tomamos la dinámica de hablar una vez al mes y siempre era yo la que lo llamaba a él, siempre el último domingo de cada mes. Hablar más era doloroso para ambos por eso lo hacíamos así.
—Llámalo Reagan, si lo ha hecho sabiendo encima que estás trabajando es porque tiene que ser algo importante.
Más que algo importante, lo que me temía era que fuera algo malo.
Y precisamente es lo que sería porque si no mi padre como acababa de decir Molly no me llamaría y mucho menos sabiendo que estaba en la fábrica, aunque como se sabía también mis horarios había elegido el momento de mi descanso para hacerlo.
Me daba miedo, o más bien terror, devolver esa llamada, pero era mi padre y, aunque pasó lo que pasó, para mí él seguía siendo la persona más importante de mi vida. Así que me levanté, cogí el teléfono y le dije a Molly que iba al vestuario para llamarle.