Nunca fuimos solo amigos Capítulo 3
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Capítulo 3

A las diez menos dos minutos, la compañera que venía a darme el descanso me tocó el hombro para avisarme de que ya estaba allí. Estaba tan ensimismada mirando las galletas que ni la había oído llegar.

Esa compañera era la rotadora o así la llamábamos nosotros. Había unas cuantas en la fábrica y ellas no tenían un puesto fijo.

Esas chicas eran las que ocupaban los puestos cuando algunas teníamos que ir al baño, las que nos sustituían a la hora del descanso, o también estaban para cubrir un puesto de alguna compañera que se pusiera enferma y tuviera que irse a casa.

Cruzamos cuatro palabras como cada día y me dio el relevo.

Me quité los guantes, los metí en la bata y, a paso ligero, me fui hacia la zona donde estaba la sala de descanso. Antes de entrar en ella, pasé por el baño que estaba justo al lado.

A las diez y diez, como cada día, Molly y yo ya estábamos sentadas en la misma mesa de siempre, con un café y un bocadillo que cogimos de la máquina de la misma sala.

—¿Sabes qué día es hoy?

Con el bocadillo a medio camino de la boca levanté la mirada y fruncí el ceño porque no sabía a qué venía esa pregunta.

—Hasta las doce de la noche del jueves. A no ser que las galletas me hayan abducido y haya estado en mi puesto cuatro días y no cuatro horas y no me he enterado.

—Sí, es jueves; por lo tanto, ¿mañana es?

—Molly, ¿tus galletas tenían alcohol?

Soltó una carcajada.

—No, solo chocolate.

—Entonces has fumado algo a escondidas en el baño.

—No fumo y lo sabes.

—Entonces no me explico a qué vienen esas preguntas tan raras.

Sí hoy es jueves, porque hemos quedado en que sí lo es.

Pues mañana será viernes. Pero que, si los políticos o una fuerza divina han cambiado el calendario y ahora los días de la semana van de distinta manera, entonces si es eso, ahí ya no digo nada.

—Exacto, mañana es viernes.

—Vale, ya me quedo tranquila. ¿Y?

—Joder, Reagan, ¿en serio no sabes qué día es mañana?

—Pues viernes, último día de trabajo —contesté, encogiéndome de hombros—, antes de darle otro mordisco al bocadillo de jamón que me estaba comiendo. No es que fuera para hacerle un baile, pero con el hambre que tenía me lo hubiera comido, aunque hubiera estado salado como el mar.

—Mañana es tu cumpleaños.

El aire se me quedó atascado en los pulmones. Me giré para mirar el calendario que había colgado en la pared que teníamos a nuestra izquierda y me fijé en el mes en el que estábamos y en la semana.

Calendario en el que alguna de las chicas, no sabría decir quién, se encargaba todos los días de ir tachando con una equis en rojo los días que iban pasando.

Quince de octubre. Ese era el día en el que estábamos. Por lo tanto, al día siguiente era cierto que sería el dieciséis, viernes, y mi puñetero cumpleaños.

Y no solo el tuyo, me recordó una voz en mi cabeza a la que ignoré por completo, porque no quería pensar en eso.

—¿Reagan?

—¿Sí?

—Deberíamos hacer algo.

—¿Algo de qué?

—Para celebrarlo, no se cumplen treinta todos los días.

—Treinta solo se cumplen una vez, al igual que el resto de los números.

—Pero los treinta son importantes.

—Son iguales que cualquier otro.

—Bueno, da igual, pues lo celebramos.

—Molly, sabes que yo no celebro mi cumpleaños.

Había una razón para ello. Razón que ella sabía perfectamente. Y desde que nos conocíamos, ningún año lo había celebrado, así que no sabía a qué venía su proposición.

—Pues deberías hacerlo. Han pasado seis años, Reagan. Ya va siendo hora de que dejes atrás algunas cosas.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

—No hay diferencia.

—Sí, la hay. No te pido que olvides, pero sí que vivas y dejes atrás solo lo que duele; quédate con lo bueno.

Solté una risa sin humor.

—¿Bueno? No hubo nada bueno.

—¿Nada?

Resoplé porque sí que había habido muchas cosas buenas, pero las malas fueron tan malas que las empañaban. Pero Molly tenía razón: seis años eran muchos años para vivir con resentimiento dentro.

Ese resentimiento que me había hecho ser una amargada. Y no solo eso, sino que me había hecho cerrar mi corazón. Me había hecho ser desconfiada, fría en muchas ocasiones y borde en muchas otras.

—Tienes razón —dije finalmente.

—¿En qué?

—En todo. Pero no te vengas arriba, ¿eh? A ver si ahora, porque te la haya dado más a querer, este día lo nombren fiesta nacional.

Levanto las manos en señal de defensa, a la vez que sonreía.

—No me vengo ni arriba ni abajo, prometido. ¿Pero entonces mañana salimos?

Pensé, dudé, pero finalmente decidí que sí que podría estar bien tomar algo ese día y no quedarme en casa lamentándome sola como los años anteriores.

—Vale, pero nada de tarta.

—Nada de tarta.

—Ni velas.

—Ni velas, además, son muchas; no queremos provocar incendios.

—Cena y unas copas.

—Un plan perfecto. Y la canción.

—Nada de canciones o te denuncio.

—¿Un payaso con globos?

—Molly…

—Vale, payaso tampoco. Pero unos bailes sí, ¿no?

—Pero pocos.

—Los que los pies aguanten.

—Ya veremos.

—¿Solas?

—¿Y qué quieres, que donde vayamos, vaya toda la fábrica?

—Vale, a la cena vamos solas, pero luego les diré a mis hermanos que vayan al bar.

Pensé unos segundos y asentí.

—Vale, pero solo tu hermano, tu hermana y tu cuñado. Bueno, y si quieres decirle a tu vecino que venga, también.

Molly estaba loca por su vecino y, al parecer, él también estaba loquito por ella. Llevaban meses liados; no eran novios porque decían que no eran de poner etiquetas, pero lo eran.

—Perfecto, pues ya tenemos plan para mañana.

—Y para las siguientes cuatro horas también porque es hora de volver a deleitarnos con ese olor maravilloso mientras nuestros ojos toman forma de galleta de tanto mirarlas.

Molly resopló y yo no lo hice, no porque no tuviera ganas, sino porque me eché a reír al ver su cara de fastidio.

El viernes pasó sin pena ni gloria.

Fue un día más en la fábrica, un día como cualquier otro. La única diferencia fue que, en el autobús, a esas horas intempestivas a las que íbamos, Molly, para hacerse la graciosa, nada más subir, me cantó en voz muy baja el cumpleaños feliz.

Quise matarla, pero me contuve; era mi única amiga en Denver y no solo no lo hice para no quedarme sin ninguna, sino porque había acabado queriéndola.

Salí de la ducha con el albornoz puesto y abrí el armario. Revisé la ropa que tenía. No era mucho de salir; solo lo hacía en alguna ocasión con Molly, así que tenía poca ropa para ir arreglada, pero algo podía apañar.

Saqué unos pantalones negros ajustados, un jersey de cuello cisne en rosa palo y las únicas botas de tacón que tenía.

Ya vestida, pasé por el baño para peinarme; tenía el pelo por debajo de los hombros y siempre lo llevaba atado para ir a trabajar. Pero ese día decidí dejármelo suelto.

Me maquillé de forma muy sutil. Máscara de pestañas, un poco de colorete y brillo de labios.

Media hora después entré en el restaurante de comida italiana en el que había quedado con Molly. Ya estaba sentada en una mesa esperándome.

—Dios, qué frío hace —dije frotándome las manos mientras me sentaba.

—Y todavía no ha llegado el invierno. Este año dicen que será muy frío.

—Pues qué alegría. Según se hace en mi apartamento, si ves que un día no voy a trabajar, ve a buscarme, que seguro que me he convertido en un muñeco de nieve.

—Deberías buscar otro sitio, Reagan.

—Y lo he buscado, pero el alquiler está por las nubes y no encuentro nada que pueda permitirme.

—Ojalá pudieras quedarte en mi casa, pero ya sabes cómo estamos.

Claro que lo sabía.

El padre de Molly estaba enfermo desde hacía tiempo y su madre no estaba mucho mejor, así que no podía encargarse de él. Por eso, ella y su hermano, que antes estaban independizados y vivían juntos, hacía unos meses que se habían vuelto a casa para ayudarles.

—No te preocupes, algo saldrá.

—¿Ya sabéis lo que queréis, chicas?

No teníamos ni que pensarlo siquiera.

Si salíamos, que era cierto que no lo hacíamos mucho, siempre íbamos al mismo restaurante, así que ya nos sabíamos la carta de memoria.

Pedimos un plato de pasta para cada una, de dos tipos diferentes, y una pizza para compartir. Agua para las dos, ya que ninguna bebía vino, bueno, ni vino ni nada de alcohol.

Tenía que reconocer que, al principio, me costó decir que sí a esa salida para celebrar mi treinta cumpleaños, pero la noche había sido fantástica.

La cena estuvo genial, y los bailes y las copas, y el refresco para nosotras; después, con la familia y el novio de Molly, fue el colofón de la noche.

Baile, me reí, bromeé y hasta no me importó que todos en la pista de baile me cantaran el cumpleaños feliz a todo pulmón.

Por primera vez en años no pensé en el pasado y disfruté de la noche con gente que era de diez. Sintiéndome un poco más yo o la Reagan divertida y feliz que había sido en el pasado.