Nunca fuimos solo amigos Capítulo 2
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Capítulo 2

El autobús paró en la misma acera donde estaba la fábrica a la que todos íbamos a trabajar.

—Ahí está, en el mismo sitio de todos los días.

—Hombre malo sería que cada día se moviera de sitio y tuviéramos que recorrer Denver en distintas direcciones.

—Pues mira, lo mismo eso le daba un poco de emoción a nuestros días.

—Lo propondré en la próxima reunión de personal.

—Apunta también que pongan dos puertas en la entrada.

—¿Dos puertas? ¿Para qué quieres dos puertas?

—Pues para repartirnos. Unos que entren por una y otros por otra; así no parecerá que somos ganado, que vamos como idiotas todos juntos, unos detrás de otros, como cuando las vacas van al matadero.

—Reagan, ¿nos acabas de comparar con vacas?

—Sí, eso parece.

—No lo parece; es lo que has dicho. Estás fatal, chica —dijo Molly, partiéndose de risa —cada día te sienta peor madrugar.

—Levantarse antes de las seis debería estar prohibido por ley. Que pongan un toque de queda o algo así.

Molly volvió a echarse a reír. Y después de tanto tiempo siendo amigas, no entendía cómo podía reírse de las bobadas sin gracias que soltaba por la boca a esas horas. Pero, al parecer, a ella se la hacían y mucha.

—Me encanta tu derroche de alegría a estas horas.

Ni que fuera diferente a otras horas del día, pensé con amargura, pero claro, eso no se lo dije. Solo me encogí de hombros.

—Es desbordante.

—La verdad es que, sabiendo lo que nos espera durante las próximas ocho horas, no es para sonreír mucho; en eso tienes razón.

—Pues yo ayer casi sonrío.

—¿No me digas? —Me preguntó llevándose la mano al pecho de forma dramática.

—Sí, y me preocupé. Digo, a ver si algún jefe me ve y me da el resto del día libre; por eso me tuve que poner más seria que nunca.

—Eso sería horrible; se rompería la cadena.

—Eso pensé, por eso hoy traigo en el bolso cinta adhesiva; me la pondré al salir al vestuario. No puedo arriesgarme a que vuelva a pasar.

Nos miramos las dos y nos echamos a reír.

Tenía una vida que no me gustaba, que no había elegido. Pero era la vida que me había tocado vivir y no me quedaba más remedio que aceptarla.

Ir a la fábrica a trabajar era un suplicio, pero gracias a Molly y a esos momentos se me hacía más llevadero.

Cruzamos las puertas como el ganado que éramos, detrás de otros compañeros, y cada uno tiró hacia el pasillo que le correspondía para llegar a su vestuario correspondiente.

Por suerte, Molly y yo compartíamos el mismo y todavía nos quedaban unos minutos más juntas antes de que cada una se fuera a su puesto, en el que estaríamos las siguientes cuatro horas sin parar, a no ser que tuviéramos una urgencia fisiológica, hasta las diez, que era la hora de nuestro descanso.

Entramos en el vestuario. Ya había varias compañeras, todas con las mismas caras de sueño que yo.

Los saludos fueron breves, en voz baja o tan solo movimientos mecánicos de cabeza por inercia.

Abrí la taquilla, dejé el bolso y saqué el uniforme.

Era una bata larga de color azul que llegaba por debajo de las rodillas. Una redecilla para el pelo que me coloqué sin ni siquiera mirarme en el espejo que teníamos allí y un par de guantes que metí en el bolso de la bata. Esos me los pondría cuando llegara a mi puesto.

Molly y yo salimos a la vez y también lo hicieron más compañeras. En el pasillo se nos unieron algunos más.

Los mismos rostros de todos los días, el mismo ruido de siempre. Máquinas que nunca paraban, motores que trabajaban sin descanso. Las cintas con ese deslizamiento hipnótico y conversaciones a media voz que se acabarían en breve cuando empezáramos a separarnos.

Caminamos por el mismo pasillo y llegamos a la siguiente puerta. Sacamos las tarjetas que habíamos cogido de nuestros bolsos antes de salir del vestuario y las pasamos por el lector.

—Pues, ale, ya están las vaquitas apuntadas a la fiesta un día más.

—Pues mira, un poco de música no nos vendría nada mal.

—Quita, quita, no sea que el que la elija tenga mal gusto musical y encima nos provoque una úlcera auditiva.

—¿Eso existe?

—No lo sé, pero no tengo ganas de comprobarlo. Por el momento, tengo el oído bien y así quiero que siga siendo. Los ojos ya son otra cosa.

—¿Qué te pasa en los ojos?

—Que, si lloro, en vez de lágrimas de agua, salen de azúcar por los vapores que me dan aquí a diario.

—Reagan, aquí no hay vapores.

—Sí, los hay; ese olor asqueroso flota en el ambiente y se convierte en un vapor que nos envuelve cada día.

—Lo dicho, estás fatal.

—Nada nuevo.

—Me voy por aquí —dijo, parándose en una intersección de uno de los pasillos—. Que tengas buen turno y no te comas ni una sola galleta.

Puse tal cara de asco al oírla decir eso que soltó otra carcajada.

—Ni muerta; antes de hacer eso, me saco los dientes con un alicate.

Molly, riéndose, se despidió con la mano y yo seguí unos metros más hasta la siguiente intersección, que conducía a mi puesto.

Al llegar a él, el compañero que había estado en el turno de noche me miró como si hubiera visto aparecer al mismísimo Dios que venía a llevarle al cielo y librarle de tal sufrimiento.

Cruzamos pocas palabras.

Él tenía unas ganas locas de largarse, así que no podía perder el tiempo con charlas banales, y yo, a esas horas, aparte de con Molly, con el resto de las personas prefería tener la menor conversación posible.

Bueno, ni a esa hora ni a ninguna. Porque, siendo sincera, relaciones con personas tenía pocas. De amistad, solo con Molly; los demás, con quienes me relacionaba, eran conocidos ocasionales.

Me puse los guantes y empecé con mi trabajo.

Uno la mar de divertido.

Por la cinta empezaron a salir galletas, una tras otra. Ese día tocaban unas redondas con coco espolvoreado por encima. Mi trabajo consistía en observarlas, retirar las que estaban rotas, les faltaba el coco o tenían una forma inadecuada.

Una vez revisadas, comprobaba que entraban bien en el paquete y que este quedaba bien sellado. Por último, cuando llegaban al final ya metidas en su caja de doce unidades correspondiente, les ponía una pegatina y vuelta otra vez a empezar.

Eso era lo que hacía ocho horas diarias, descontado el descanso de media hora, cinco días a la semana, de lunes a viernes, de seis de la mañana a dos de la tarde.

Había la posibilidad de rotar los turnos y podías ir por semanas de tarde o de noche, pero yo, cuando entré hace seis años, sin saber que me quedaría tanto, pedí preferiblemente el de mañana cuando me preguntaron en la solicitud que rellené en la entrevista.

Me lo concedieron y allí seguía. En ese turno y en el mismo puesto en el que empecé.

Nunca había estado en otro; no había estado en otra cadena que hiciera algo distinto. Como la de Molly, por ejemplo, que en ella hacían el baño de chocolate de otras galletas, así que podía hacer mi trabajo después de tantos años con los ojos cerrados.

No odiaba mi trabajo; tampoco era eso, porque los hay peores. Lo que sí que odiaba era ese olor a dulce que tenía tan metido en el sistema que, por más que me duchaba, siempre olía a dulce, a azúcar.

Era un olor que había llegado a aborrecer y no me pasaba con todas las galletas, pero con algunas, las más dulces, había días en que hasta salía de allí con el estómago revuelto.

Mientras miraba las galletas con atención, un recuerdo de otra época llegó a mi cabeza sin permiso.

Eso me pasaba muy a menudo y el culpable era ese olor dulce que me recordaba a otro olor de mi infancia.

Un olor a tarta de manzana o de chocolate.

Esas tartas que mi madre dejaba en la poyata de la ventana de la cocina para que, según ella, se templaran y cogieran consistencia. Esas tartas que echaba mucho de menos.

Pero a ella la echaba mucho más. La había perdido cuando tenía diez años y de eso habían pasado veinte, pero daba igual: la seguía echando de menos a diario.

Sacudí la cabeza para sacar ese recuerdo de mi cabeza, que sabía que me pondría muy nostálgica, y caminé hasta el final de la cinta para comprobar los siguientes paquetes y ponerles la pegatina.

Dentro de todo lo malo de mi puesto, me movía, aunque fuera un paso, y no tenía que estar horas en la misma posición. Eso era matador.

Las siguientes cuatro horas seguí haciendo lo mismo e intentando, en algunos ratos más que otros, no pensar en nada, sobre todo en no pensar en nada de mi vida pasada.