Nunca fuimos solo amigos Capítulo 1
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Nunca fuimos solo amigos

Nunca fuimos solo amigos

Por Marta Flores

© inepub.com

Capítulo 1

Apagué el despertador sin ni siquiera abrir los ojos. Sabía qué hora era sin tener que mirar, las cinco menos cuarto de la mañana, una hora indecente para ponerse en pie. Pero una hora obligatoria en la que debía levantarme si quería seguir teniendo trabajo.

Trabajo no para poder vivir, sino para sobrevivir.

Me acurruqué contra las sábanas pensando que solo me quedaría allí cinco minutos más.

Volví a abrir los ojos y me quedé mirando al aparato ese con el que tenía una relación tóxica y el muy asqueroso había movido su minutero quince minutos.

—Mierda, cada día te tengo más asco. No solo me despiertas, sino que encima haces que mis cinco minutos calentitos en la cama sean quince, y ahora me toca ir más deprisa.

Resoplando, retiré las sábanas de golpe. Me senté en el borde de la cama y me pasé las manos un par de veces por la cara.

Con los ojos entrecerrados y arrastrando los pies por el suelo, que no es que estuviera frío, sino helado, e hizo que un escalofrío me recorriera entera, me fui al baño.

Abrí el grifo de la ducha. No me la iba a dar porque realmente la necesitara, porque limpia estaba ya que me había duchado antes de irme a la cama, sino para ver si el agua en la cabeza conseguía que fuera persona.

No lo hizo. Ninguna mañana lo hacía, pero yo me empeñaba en seguir intentándolo.

Salí con el albornoz puesto y fui a por la segunda opción para conseguirlo: un vaso de café solo, bien cargado. Nada tampoco funcionó.

Y yo lo sabía. Más que nada porque no era algo que llevara haciendo unos pocos días sino años, concretamente seis. Pero oye, dicen que la esperanza es lo último que se pierde, y yo, día tras día, seguía intentándolo sin éxito.

Terminado el café, volví al armario de mi habitación.

Lo abrí y tampoco pensé mucho en qué ponerme. Unos vaqueros que ya lucían desgastados en las perneras por el tiempo, una camiseta de tirantes negra y una sudadera roja.

De la parte inferior del armario saqué las botas reglamentarias que tenía que llevar al trabajo. Me las puse tirando bien de ellas, me até los cordones y di un par de pasos para ver si estaban bien ajustadas.

Pasé al baño, me recogí el pelo en una coleta baja y, mientras me lavaba los dientes, me fijé en la cara que tenía. De sueño, evidentemente, pero no con muchas ojeras, así que ni tan mal.

Fui hasta la mesa del salón, donde, como no la utilizaba porque comía en la de la cocina, solía dejar el bolso con todas mis cosas.

Lo revisé para asegurarme de que no me olvidaba nada.

Cartera, móvil, la tarjeta para fichar en el trabajo, pañuelos y una decena de cosas más que no usaría, pero que, al parecer, todas solemos llevar en el bolso para que pesara y no nos llevara el aire o para hacer bulto.

Salí, eché la llave del apartamento y me fui directamente a las escaleras. Ni me molesté en probar si el ascensor funcionaba. De doce meses al año, funcionaba uno, y eso, con suerte.

Al menos no vivía en un piso no muy alto; era el tercero de los seis que tenía el edificio.

Edificio en el que todos los vecinos rezábamos cada día para que no se nos cayera el techo del vecino encima. Era viejo, mucho. La fachada estaba totalmente descolorida por el sol y tenía desconchones por el paso del tiempo.

El ascensor no funcionaba, las escaleras no tenían pasamanos, la puerta del portal no cerraba y por ella se colaba el frío, y del interior de los apartamentos mejor ni hablar.

Las humedades estaban por todas partes. En verano ya podías abanicarte todo lo que quisieras, que te daba igual. Sudabas hasta sentada, sin moverte, y en pleno invierno mínimo tenías que dormir con dos mantas. En casa, había días en que tenías que llevar puesto el abrigo.

Pero era lo que podía permitirme, así que no iba a quejarme; en ese apartamento de veinte metros cuadrados hacía mi vida sola, y eso era de agradecer.

Salí a la calle y la oscuridad, al ser las cinco y veinte de la mañana, aún estaba presente, al igual que lo estaba el silencio, ese que solo yo misma rompía al caminar.

Miré a ambos lados de la calle y había lo mismo de todos los días a esas horas.

Nadie.

Solo yo caminaba por la calle hasta la parada del autobús, que, gracias a Dios, estaba a dos calles de la mía.

¿Y es que quién iba a estar a esas horas por la calle con el frío que hacía?

Pues gente que, por obligación, tenía que madrugar mucho para llegar a su puesto de trabajo, como era mi caso. El resto de la gente todavía estaba metida en la cama, disfrutando de unos minutos más, o en sus cocinas, desayunando.

Llegué a la parada del autobús con el tiempo justo y solo dos minutos después, a las cinco y treinta y dos de la mañana, paró. Me subí, pasé la tarjeta y saludé al autobusero con un gesto mecánico de cabeza.

Ni siquiera pensé ni miré dónde iba a sentarme. Fui directamente al mismo sitio en el que me sentaba todas las mañanas. A la derecha del autobús, en la parte central, en el que había dos asientos vacíos. Me senté en el de la ventanilla.

Ese era mi sitio; no recordaba en qué momento había decidido que lo era, pero llevaba sentándome en él cinco días a la semana, a esas mismas horas, los últimos seis años.

Apoyé la cabeza en la ventanilla y vi cómo íbamos dejando atrás las calles de Denver, una a una, hasta la siguiente parada.

Denver…

Sí, allí llevaba viviendo ya seis largos años, pero seguramente conocía menos de la ciudad que algunos turistas que hubieran pasado allí un mes.

Mi llegada allí no fue por elección, sino por obligación; tampoco es que la eligiera por algo en concreto, sino que el día que cogí un autobús, ya seis años atrás, desde mi pueblo, pedí el billete para un sitio alejado y ese fue el primero que la chica de la estación me ofreció.

Ni lo pensé; solo pagué lo que costaba, me subí a ese autobús sin ver absolutamente nada porque tenía los ojos llenos de lágrimas y dejé atrás toda mi vida pasada.

El autobús se detuvo y el pequeño frenazo que dio lo agradecí para poder moverme en el asiento, despegar la cabeza del cristal y no pensar en cosas que no debía.

Cosas que, aun pasados tantos años, seguían doliendo como si hubieran pasado el día anterior.

—Buenos días, Reagan.

Sonreí antes de girar la cara y ver a la mujer que me había saludado y se había sentado a mi lado.

La misma que llevaba cuatro años sentándose y, como dicen que el roce hace el cariño, pues habíamos acabado siendo amigas. No desde el primer día que nos cruzamos, claro. Pero un «Buenos días», un «¿Tú en qué puestos estás?» o un «Vaya frío que hace hoy…».

Y así, con frases y conversaciones cortas a diario y yendo encima las dos a trabajar al mismo sitio, pues un par de meses después de que Molly se sentara a mi lado por primera vez, ya éramos muy buenas amigas y así seguíamos.

—Decir buenos es decir demasiado, dejémoslo en pasables.

—Vaya, una que ha dormido poco.

—Cuatro horas.

—Eso es un sacrilegio.

—No, eso es una putada —contesté gruñendo.

Molly sonrió mientras negaba al mismo tiempo con la cabeza.

—Me encanta tu humor mañanero.

—No puede ser mañanero cuando ni siquiera ha salido el sol.

—Saldrá en diez minutos. Y nos dará la luz que necesitamos.

—A algunos les dará luz, a otros, calor y a mí, ganas de sacarme los ojos, porque eso querrá decir que es la hora de empezar a trabajar.

Molly soltó una carcajada que ocultó contra su mano para no molestar al resto de pasajeros.

Pasajeros que no me hacía falta mirar para saber lo que estaban haciendo. Exactamente lo mismo que todos los días.

Unos llevaban los cascos puestos, escuchando música; otros miraban el móvil; otros, los más locos, porque vaya ganas que tenían a esas horas, iban leyendo un libro.

Que no es que a mí no me gustara la lectura, porque sí que me gustaba, o más bien me encantaba, pero a esas yo me hacía la pregunta de cómo eran capaces de mantener los ojos abiertos y la mente concentrada para enterarse de algo.

Alguno iba apoyado contra la ventanilla. Pero no mirando la oscuridad que había fuera como había hecho yo, sino que iban echándose un sueñecito.

Mientras charlábamos de cosas sin importancia porque a esas horas era imposible decir, al menos yo, cosas coherentes, serias o en las que había que mantener la mente despejada, el autobús siguió su camino, recorriendo calle tras calle y parando en alguna de ellas.

Todos los que fueron subiendo eran compañeros que iban al mismo sitio.

Casi al final del recorrido el autobús iba bastante lleno. Lleno de zombis, pero lleno. Todos con caras de sueño, bostezando y con una alegría que se salía hasta por las ventanillas.