Capítulo 55 Nunca Es Tarde
Si algo tenía de bueno mi padre era que nunca te pedía explicaciones por nada, aunque por otro lado él tampoco las daba jamás. No obstante, yo ya sabía que no me las iba a pedir, porque ya le había contado mis planes por teléfono en cuanto lo tuve claro.
Cuando comí con él quince días después, solo me dijo un consejo.
—No te cierres del todo.
—¿Qué quieres decir? —le pregunté con el ceño fruncido.
—Si cuando estés allí, todo tu cuerpo te dice que le sigas, no te lo pienses, hazlo.
Aquel consejito me dejó varios días intranquila, pero al final no tuve que decidir nada. Salió todo como yo lo había imaginado. Y ahora solo quería volver a mi vida.
—¿Dónde quieres que te lleve? —me preguntó al subirme en el coche.
—A casa —respondí de manera automática.
—¿Pero qué carajo haces tú aquí? —me preguntó Emma cuando me vio entrar por la puerta con la maleta en la mano.
Cuando le conté todo lo que había pasado, pensé que le iba a dar un ataque de ira y que me iba a tirar por la ventana. Pasé más miedo que cuando le rompí la tablet, pero al final acabó entendiéndolo.
Creo.
Tampoco importaba mucho si lo entendía o no. Bastaba con que lo entendiese yo.
Los días siguientes fueron un poco raros.
Hugo me escribió varias noches desde Londres.
Hablamos por WhatsApp, hablamos por teléfono, me pidió perdón por todas las veces que me habló mal, que se puso celoso sin motivo, me rogó que lo pensase mejor y me tocó hacer algo que me dolió más a mí que a él.
Tuve que explicarle de nuevo que nunca le llegué a ver como mi pareja, que no le echaba de menos, que no pensaba en él casi nunca cuando no estábamos juntos, y creo que al escuchar todo aquello se enfadó, porque dejó de hablarme durante meses.
El fin de semana siguiente me presenté en Paiporta.
Las chicas de «MauseVLC», el grupo de baile urbano del que formé parte durante un par de años, lo fliparon al verme después de tanto tiempo. Pero no pidieron ni una explicación. Me pasé todo el día con ellas bailando.
El lunes a las ocho de la mañana me presenté en la oficina del SEPE, a ver si encontraba trabajo de marketing, porque «Papibanco» me confirmó que seguía cerrado. ¡Me hizo pagar la comida el día que nos vimos! Gracias a Dios que fue en los 100 Montaditos y era miércoles, si no, me cago viva.
Pero se la cobré de vuelta dos días después.
—Papá.
—Dime, hija.
—¿Podrías hacerme un favor muy muy grande? —le pedí haciendo un puchero que él no pudo ver. Le hubiese abrazado también, pero estábamos hablando por teléfono.
—A ver, ¿qué necesitas?
—¿Podrías llevarme a un sitio?
—¿Lejos? —me preguntó.
Ladeé la cabeza e hice una mueca.
—Por Mislata.
—Vale, voy para allá.
—Pero aún tengo que arreglarme.
—Mira, hija, yo aparco, me meto en un bar, y tú tarda lo que necesites.
Solo tuvo que esperar cuarenta minutos .
Lo que tardó Emma en hacerme las trencitas de boxeadora que le pedí.
—¡Cuando termine, lo vas a flipar! —me aseguró.
Entonces recordé una noche que cenamos en compañía de dos chicos y torcí el morro.
—Oye, Emma —dije muy despacio—. Tú intentaste liarte con Hugo aquí mismo, ¿aquello qué leches fue?
—Cielo, nada como que pienses que puedes perder algo, para que lo desees aún más.
Me crucé de brazos.
—¡Qué hija de puta!
Me dio un manotazo en la cabeza.
—Calla, guarrona, que estabas encantada con él. Si no te hubiese llamado Jara, seguro que ahora estarías en Londres zumbándotelo todas las noches.
Solté una carcajada al escucharla, pero después empecé a darle vueltas a su afirmación.
Me hubiese gustado que fuese cierta, pero tuve que ser sincera conmigo misma.
Me dejé llevar al principio porque seguía con la espinita clavada de que Hugo tenía que haber sido mío.
Pero a medida que le fui conociendo tuve la certeza de que no estábamos destinados a estar juntos, de que jamás lo estuvimos.
—¿Sabes que Roger intentó besarme una mañana en la uni?
No sé por qué lo dije, pero salió así, de repente.
Me dio un tirón tan fuerte que me acordé de su madre.
—¡Claro que lo sé, pero ni se te ocurra volver a mirarle!
—¿Te lo contó? —le pregunté girándome.
—Era parte de su papel —soltó riéndose—. Para que te subiese un poquito la autoestima y dejases de investigar.
—¡Qué cabrones!
Me dio otro manotazo en la coronilla.
—¡Esa lengua, niña!