Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 54 Embarque
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Capítulo 54 Embarque

Hugo se inclinó para levantarse, pero le sujeté con una mano para que no lo hiciese. Paré la canción que estaba escuchando, me quité los AirPods y señalé al fondo con la barbilla.

—Mira la pasarela.

Estaba toda la gente allí dentro apiñada. Se habían pegado una hora de cola para seguir haciendo lo mismo dos metros más adelante. No merecía la pena movernos.

—Cuando no quede nadie vamos, confía en mí, que siempre lo hago así cuando viajo con mi padre.

Él asintió y se puso a mirar el móvil.

Yo seguí escuchando la canción que había dejado a medias y me miré las piernas. Casi no se me notaba el temblor. Levanté las manos y les eché un ojo. Esas sí que parecían un flan, más aún que el día de la revelación.

Pensé que jamás me volverían a temblar tanto, pero allí estaba, delante de la puerta de embarque, cagadísima.

Después de tantos meses, de tantas instrucciones por parte de Jara, de tanta historia, había llegado el día.

Sentía el corazón a mil por hora debajo de la blusa.

La canción terminó y volví a ponerla desde el principio.

Después de escucharla tres veces más, no quedaba nadie en la cola.

Era el momento.

—Vamos, Hugo, ahora sí.

Sujeté el asa de mi maleta de mano y nos acercamos hasta el mostrador de la puerta de embarque. Me detuve un instante, lo justo para que él llegase primero.

Ya llevaba el corazón a cinco mil por hora .

Le escanearon el billete directamente en la pantalla del móvil, comprobaron el pasaporte y le dejaron pasar.

Yo llegué hasta el mostrador y le llamé.

—Hugo.

Se giró y me miró, con la bolsa de mano todavía colgada del hombro.

—Dime, cielo.

El corazón ya lo tenía a veinte mil por hora.

Abrí la boca, pero no salieron las palabras, así que apreté los labios y lo intenté de nuevo.

—Yo no voy. —Fue apenas un hilito de voz, que ni escuchó.

—¿Qué dices? —preguntó con el ceño fruncido.

Cogí aire y le miré a los ojos.

—Que yo no voy contigo, rey.

Se acercó al mostrador desde el otro lado, pero la chica le cortó el paso con el brazo.

—No se puede volver atrás —le informó.

—Sí, pero es que a mi pareja le está dando un ataque de pánico o algo así, y necesita mi ayuda —explicó señalándome.

—No, rey, no me está dando nada de eso —le corregí con los ojos ya humedecidos—. Prometí acompañarte hasta aquí y ahora te estoy dejando ir.

La chica nos miró, se giró hacia la pasarela y retiró el brazo.

—Puedes pasar, pero vais a perder el avión.

Le agradeció el gesto, dio un par de pasos hacia mí y me sujetó las manos.

—¿Qué pasa, Nora?

Le acaricié la mejilla y cerré los ojos.

—Te quiero muchísimo, Hugo. —Los abrí y le sonreí—. Te empecé a querer desde el primer día que te vi en el instituto. Pero no estoy enamorada de ti, ni voy a estarlo jamás .

—No entiendo. —Estaba completamente desconcertado, se le notaba en todos sus gestos, le temblaba hasta la mandíbula—. ¿Qué he hecho mal?

—Nada, rey. —Negué con la cabeza—. Es solo que soy una asquerosa y una rara.

Frunció el ceño, sin entender por qué le acababa de decir aquella frase, pero yo sabía muy bien lo que significaba.

—No entiendo nada, Nora.

Cogí aire despacio y le sonreí.

—Yo no pertenezco a tu mundo, Hugo. No soy especial como tú. —Le sujeté las manos y le miré fijamente—. Tú irás a Londres, cumplirás tu sueño y serás la inspiración de cientos de niños que yo estaré arbitrando aquí, en España.

Las lágrimas comenzaron a caer.

—Ese será tu legado, lo que quedará de ti cuando ya no estés, y mi promesa llegaba hasta aquí, hasta hacer lo que fuese necesario para que subieses a ese avión.

Empezó a negar con la cabeza.

—No, Nora, tienes que venir conmigo, yo te quiero.

—Lo sé, rey. —Apreté sus manos todavía más—. Y como te he dicho, yo también a ti. Pero no de la misma manera, porque durante estos últimos meses, yo nunca te sentí como mi pareja.

—Pero, pero… —balbuceó, con la voz completamente rota.

Sus ojos se habían humedecido.

Pero ya no había marcha atrás, tenía que contarle toda la verdad para que pudiese entenderlo.

—Jara no quería irse a Londres y decidió dejarte, pero nunca encontró el momento adecuado para hacerlo y por eso no llegaste a saberlo. Enfermó y pensaste que ese fue el motivo de la ruptura, pero ya tenía la decisión tomada.

Tuve que hacer una pausa para coger fuerzas y poder decir la última frase.

—Eres un buen tío, Hugo, pero ninguna de nosotras era para ti .

Abrió la boca, pero se la tapé con la mano.

—No pienses —le pedí—. Vas a subir a ese avión, vas a cumplir tu sueño y yo siempre estaré cuando me necesites, como amiga, como apoyo, pero no como pareja. No puedo seguirte más allá. Aquí es donde debo empezar mi propia historia.

—Perdonen, tienen que pasar ya o perderán el vuelo —nos urgió la chica de la aerolínea.

Le sujeté de la mano y lo llevé hacia el mostrador.

—¿Su billete? —me preguntó la azafata.

Negué con un gesto.

—Viaja él solo —le respondí.

Le vi sacudir la cabeza mientras la chica le señalaba la pasarela. Al final aceptó que nuestros caminos se separaban en aquel punto y descendió, dando pasos cortos, casi tambaleándose. Pero yo sabía que con cada metro que avanzase estaría un poco más cerca de su sueño.

Y eso le ayudaría.

—Señorita, vamos a cerrar ya —me informó la chica del mostrador—. ¿Seguro que no quiere pasar?

La miré, con los ojos aún llenos de lágrimas.

—Seguro, gracias.

Hugo se asomó una última vez y me miró, rogándome con la mirada que le siguiese, pero solo levanté la mano y le dije «Cuídate».

Me apoyé contra la cristalera para verle bajar hacia el avión.

Una parte de mí rogaba a gritos que se diese la vuelta, que si de verdad estaba enamorado, renunciaría a todo y volvería, pero era un sentimiento egoísta.

Esa imagen idílica a la que nos acostumbran en el cine, donde el chico siempre corre a decirle a la chica que no se vaya, que se quede con él. La tenía tan interiorizada que pensaba que la realidad era así, pero no lo era.

La realidad era bien distinta.

Y con esa certeza en mi corazón, a primeros de junio tomé la decisión de renunciar a Hugo .

De llegar hasta este punto.

Ni un paso más.

Entró en el avión y le perdí de vista, así que me di la vuelta y comencé a caminar hacia la salida.

Me limpié las lágrimas con un pañuelo mientras pensaba en todas las cosas que no fui capaz de decirle.

Me gustaba, sí, me atraía una barbaridad, pero empecé a tener dudas de si podría llegar a enamorarme de él cuando volvimos de Peñíscola.

No por el lapsus.

Sino por el abandono.

Todas las veces que me vi perdida, que necesité ayuda, él nunca estuvo, pero no porque fuese mala persona, o un tipo descuidado. Era por otro motivo.

Solo pensaba en su carrera, en su objetivo.

Y lo poco que quedaba para mí, seguía ocupado.

Cuando lo hablé con él, me juró y me perjuró que había superado lo de Jara, pero realmente no fue sincero. Y no fue una sensación mía, lo pude confirmar.

Fue por una frase que dijo la mañana de la revelación.

«…un montón de bromas más, ya sabes cómo es ella».

Cuando le escuché hablar de Jara en presente me di cuenta.

Para Hugo, ella seguía entre nosotros.

Era su corazón, negándose a aceptar la realidad.

Me detuve un segundo, miré hacia la ventana y vi un avión que estaba despegando, quizás el suyo.

—Espero que tengas toda la suerte del mundo, Hugo —le deseé en voz baja.

Respiré profundo y volví a caminar. Mientras buscaba la salida, saqué el móvil y llamé a la persona más importante de mi vida. La única que jamás me había fallado, que siempre me apoyó en todo lo que hice a lo largo de mi vida, aunque me equivocase una y otra vez .

—¿Puedes venir a buscarme al aeropuerto? —le pregunté cuando me respondió a la llamada.

—Claro que sí, hija, salgo ya mismo.

—Gracias, papá.