Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 53 El Legado
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Capítulo 53 El Legado

Miré a Rebeca y ella me miró a mí. Ninguna de las dos dijo nada, pero yo sabía que ella estaba atacada, porque siempre le temblaba una pierna cuando Jara y yo hacíamos de las nuestras.

Lo que estábamos a punto de hacer era muy importante.

Marc se inclinó sobre la mesa de juntas y dejó los papeles a nuestro lado.

—Está todo correcto, podéis firmar tranquilas.

Le miré de reojo y sonreí.

Al final había servido para algo que fuese graduado en Derecho.

Rebeca firmó el contrato y me lo pasó, con las manos todavía un poco temblorosas. Aquello debía de tener como veinte o treinta hojas, pero no necesitaba leerlas. Nos habían enseñado la portada, la maqueta, ejemplos de las páginas con las ilustraciones. Era todo lo que necesitábamos ver.

Cogí aire, eché un garabato y suspiré.

Ya estaba hecho.

Rita lo recogió y lo miró satisfecha.

—Muchas gracias, chicas. —Nos tendió la mano y se la apretamos, primero Rebeca y luego yo—. Es un placer ayudaros con vuestro proyecto.

Nos levantamos los tres y salimos de la editorial.

No era Planeta, ni Penguin, era una pequeñita, a la que además teníamos que pagar la mitad de los costes de publicación, pero yo tenía algo de dinerillo que me había caído del cielo y no me importó nada gastarlo en el legado de Jara .

—Te daré mi parte en cuanto pueda —me dijo Rebeca cuando nos sentamos en una cafetería, apretándome la mano un segundo sobre la mesa.

—No hace falta, Rebe, de verdad.

—Ojalá lo compre mucha gente —nos deseó Marc—. Ha sido un detalle destinar todo el beneficio que genere a la lucha contra el cáncer.

Respiré profundo y asentí.

—Seguro que Jara hubiese hecho lo mismo.

Nos dijeron que nos enviarían una caja con un montón de libros para nosotras. Lo primero que pensé al escucharlo fue: «pues ya tengo todos los regalos de Navidad apañados».

Rebeca me dijo la idea que tenía en mente al respecto, y me hizo llorar hasta que llegamos a la estación de Chamartín para coger el AVE.

Iba a donar algunos ejemplares a los colegios e institutos de los alrededores, además de llevar copias a las bibliotecas.

Por último, mandaría abrir el nicho de Jara para dejar uno dentro, con ella.

Nuestro libro siempre a su lado.

Cada vez que pensaba en ello, me ponía a llorar otra vez.

Y así seguí hasta Albacete, cuando un señor muy simpático intentó consolarme.

Debió pensar que yo tenía miedo y me explicó que el tren era un medio de transporte muy seguro.

Me contó que él y sus amigos a veces se venían a Valencia a comerse un arroz y regresaban en el último tren, y que jamás habían tenido ningún percance.

¡Coger el AVE para ir a comer paella!

Me pareció lo más loco que había oído en mi vida.

Me limpié las lágrimas con un pañuelo de papel y recordé todo lo que había pasado durante los últimos diez meses, sonreí y le di un par de palmadas en la rodilla:

—Hace usted de puta madre, caballero, y si alguna vez quiere comer en el mejor sitio del Palmar, acuérdese de este nombre: Bon Aire.

—Gracias, bonica, me lo apunto para la próxima —me respondió .

Saqué el móvil y le envié un WhatsApp a Hugo.

—¿Cómo va la cosa por el pueblo? —le puse.

Estaba en la Vall de Almonacid, despidiéndose de sus familiares antes de viajar a Londres a fin de mes.

—Me ha dicho mi primo que si triunfo en Inglaterra le pondrá mi nombre a una calle —me escribió.

—Pues ya sabes, machote, a darle caña —le respondí, sonriendo sola frente a la pantalla del móvil.

Esperaba que fuese a una de las anchas, porque la única vez que me llevó a conocerlo, se metió por una que era tan estrecha que le hizo un rayón al coche. Gracias a Dios que su padre era mecánico y conocía a un chapista que le hacía buen precio.

No debía de quedar mucho para llegar, pero me estaba entrando hambre así que me levanté y me acerqué al vagón cafetería.

Pedí un refresco y un sándwich.

Y cuando fui a pagar, no me dejaron.

—Te invito —me dijo una voz conocida.

Marc, cómo no.

Se apoyó en la barra, a mi lado, y se pidió una cerveza.

—Sigo enfadada contigo, que lo sepas —le dije, cruzándome de brazos.

—¿De verdad? —me preguntó riendo.

Bajé la cabeza y apreté los labios.

—No me puedo creer que me engañases de una manera tan rastrera.

—¿Hubieses preferido que fuese verdad? —me preguntó guiñándome un ojo.

¡Qué cabrón!

—No, claro que no, le habría hecho mucho daño a Hugo al enterarse, pero… —Le di un puñetazo en el hombro—. Pero me cagué viva durante semanas pensando que se lo contarías.

—No había nada que contar. —Sonrió encogiéndose de hombros .

Estuve a punto de confesarle a Hugo que me había liado con Marc, y al final resultó que no había pasado nada entre nosotros. Fue todo una treta para tenerme rayada y evitar que descubriese lo que estaba pasando de verdad.

Funcionó de maravilla. Cada vez que aparecía Marc me pillaba unos agobios de muerte y no era capaz de pensar en nada.

Pero había una cosa que no me cuadraba.

La noche de carnaval.

—¿Y el señor del antifaz? —le pregunté.

Le dio un sorbo a su cerveza, apoyando el codo en la barra.

—Jara quería que tuvieses claro dónde te ibas a meter, quién era Hugo de verdad y cómo reaccionaba ante ciertas situaciones, por eso el numerito.

—Se frotó los labios con la mano—. Cuando nos vimos en la universidad se me escapó que estaba interpretando mi papel. ¡Gracias a Dios que no te diste cuenta!

Asentí varias veces.

Todo cuadraba.

Volví a pensar en Hugo.

—Sé cómo es, lo sé muy bien. —Hice una pequeña mueca—. Pero ya te dije lo que pensaba.

—Cierto. —Me sonrió y volvió a darle otro trago a la cerveza—. ¿Alguna pregunta más?

Decidí que me iba a cobrar una pequeña venganza.

—Sí, solo una.

—Dispara —me pidió.

—¿Te hubiese gustado que en Nochevieja, ya sabes…? —le solté poniendo morritos y guiñándole un ojo.

Tosió y casi se le salió la cerveza por la nariz.

Comencé a reírme al ver su reacción.

¡Estaba más mono, así todo colorado!

—Déjalo, no hace falta que respondas —le pedí dándole una palmada en el pecho .

Volví con Rebeca, con mi refresco y mi sándwich en las manos, y me senté a disfrutar de mi almuerzo a trescientos kilómetros por hora. Eso de empezar a comer en la provincia de Cuenca y terminar en la de Valencia era toda una novedad para mí.

Ella me observaba en silencio hasta que de repente habló.

—¿Recuerdas el día que viniste a casa?

Asentí mientras masticaba.

—Pensé que lo habías descubierto todo y que venías a cantarme las cuarenta.

Abrí los ojos enormes, tragué antes de tiempo y ladeé la cabeza.

—Pues lo disimulaste muy bien.

—Sí, tanto como que me fumé tres cigarros en diez minutos.

La observé detenidamente antes de volver a darle un bocado al sándwich.

—Bueno, pero tú fumas.

—No. —Negó con la cabeza—. Eran de Andrés, yo lo había dejado cuando Jara enfermó, pensé que sería bueno para ella que no hubiese humo en casa.

Volví a mirarla y pensé en proponerle que se apuntase a la escuela de teatro municipal de Burjassot. Sinceramente creo que apuntaba maneras.

Seguimos hablando y me contó muchísimos detalles del plan de Jara. De las reuniones, los días de grabación, de todo. Y me explicó cómo fueron sus últimos días.

Murió rodeada de toda su familia, de sus seres queridos. De las personas que realmente importan y en las que menos pensamos. Se fue con una sonrisa, dando las gracias a todos los que la acompañaron hasta el final.

Cuando por fin llegué a casa me senté sobre el borde de la cama con el móvil entre mis manos.

Los últimos doscientos minutos que tenía de mi mejor amiga estaban allí guardados. Tenía que hablar con Roger para que me explicase cómo guardarlos en la nube para evitar que se perdiesen. Quizás no los volviese a mirar nunca, o sí, no sabía qué pensar.

Estaba supercansada del viaje y solo quería dormir.

Cuando me desperté al día siguiente Silvia me estaba esperando en el salón con Emma a su lado.

—¡Venga, vístete rapidito, que nos vamos a la playa!

Las miré de reojo.

Apreté los labios, suspiré y acabé sonriendo.

No podía estar enfadada con ellas, aunque lo intentase. Las quería demasiado a las dos. Así que me puse el bikini, pillé una toalla, la bolsa con las chanclas y salimos disparadas hacia el tram.

—No, no, no. —Nos detuvo Silvia—. Vamos a hacer algo más divertido.

Emma y yo nos miramos sin saber a qué se refería.

Señaló a una moto de color verde que había aparcada en la acera.

—¡Vamos en moto!

—Yo no tengo carnet —informé levantando las manos.

—Tú vienes con una de nosotras y chin chin pum.

Media hora después todavía seguíamos peleándonos con la app de alquiler, pero al final conseguimos que funcionase. Nos llevamos la que estaba al lado de casa y Emma pilló una en la siguiente esquina.

¡Por el amor de Dios, qué cosa más divertida!

Aquella tarde me reí más que en toda mi vida.

Estábamos las tres en la arena, viendo un desfile genial.

—Mira ese, mira ese —decía Emma señalando a los tíos que pasaban por la orilla—. Joder, cómo está de bueno.

—Rogigi, Rogigi —repetía yo imitando a un loro.

—Calla, guarra, que me desconcentro —se quejaba ella.

—Cuidado, cuidado, guiris macizos a las diez —nos avisó Silvia.

Estiré el cuello y eché un ojo.

Pues no estaban nada mal.

—¡Me pido el de la derecha! —exclamó Emma, levantando un dedo .

—Rogigi, Rogigi —repetí otra vez, sujetándome la barriga mientras me reía.

—¡¿Vas a estar toda la tarde con eso?! —me gruñó dándome un empujón que casi me saca de mi toalla.

Miré a Silvia a los ojos y nos entendimos al instante.

—¡Rogigi, Rogigi! —comenzamos a gritar las dos a la vez.

—No vuelvo con vosotras a la playa jamás —masculló Emma.