Capítulo 52 Lo Mejor Que Supo
Salí del aula siguiendo al profesor Benavides en silencio, pensando en una cosa que me carcomía por dentro. Me acosté con Marc el día de Nochevieja, pero no se lo dije a nadie, ni siquiera a Silvia.
Y sin embargo Jara me felicitó por ello.
O sea, que, si había entendido bien, grabaron vídeos en los que ella me felicitaba por muchas cosas diferentes y luego eligieron el que les venía bien. ¿Pero cómo sabían que me acosté con Marc?
—¡Maldita sea, Nora, maldita sea, joder! —gruñí en voz baja.
Él también estaba metido en el ajo.
Era la única forma de que se hubiesen enterado.
Joder, joder, todo dios sabía que me había zumbado a Marc.
Di un traspiés y casi me fui al suelo.
Benavides me sujetó por el brazo y me miró a los ojos.
—¿Bien? —me preguntó.
Asentí despacio, pero por dentro el pensamiento era otro. Medio Valencia sabía algo que solo dos personas deberían saber, así que de bien, nada de nada.
Un poco más adelante, el profesor se detuvo señalando a la puerta del aula 112A.
Entré detrás de él y lo que me encontré allí me produjo tanta impresión que me mareé. Creo que Liam y Silvia me agarraron cuando ya me iba a dar con la cabeza contra el suelo, pero no lo sé seguro, porque todo se volvió negro para mí.
Unos minutos después, no sé cuántos, sentí que alguien me ponía un botellín de agua en los labios.
—Bebe despacio, cariño. —Enfoqué la vista y vi a Hugo delante de mí .
Intenté coger la botella yo, pero me temblaban tanto las manos que no fui capaz.
Tragué mientras él la sostenía y miré a mi alrededor.
—Por Dios, Hugo, ¿qué coño está pasando aquí? —balbuceé.
—Dadle un poco de espacio para que respire —pidió Benavides.
Todos se apartaron un poco menos Hugo, que siguió ayudándome a beber.
—¿Mejor? —me preguntó.
Asentí despacio y me incorporé sobre el asiento de la bancada.
—Este es el equipo de Hugo —me informó el profesor.
Allí mismo estaban Lidia, Rebeca, Marc y mi propio hermano.
¡¿Mi hermano?!
¿Qué coño hacía Alejandro allí? No entendía nada.
Hugo se acercó a mí, se sentó a mi lado y me cogió de la mano. Ni siquiera con ese gesto me dejaron de temblar.
—Yo también he recibido un vídeo todos los meses, como tú. —Les señaló—. Me lo acaban de contar todo.
Pensé que los ojos se me iban a salir de las órbitas.
A ver, de verdad, más despacio, que me estáis volviendo loca entre todos.
—¡¿Qué acabas de decir?!
—Lo que has oído, nena —asintió con los labios apretados—. Un vídeo de Jara el día uno de cada mes.
De repente el aula empezó a girar sobre mí, sin que yo me moviese, y pensé que me iba a desmayar otra vez.
—Despacio, Hugo, es mucha información de golpe —le pidió el profesor.
Le apreté la mano y le clavé la mirada.
—No, no, no, cuéntamelo todo, por favor, cuanto antes mejor —le rogué.
Ya no estaba ni enfadada siquiera, solo quería entender por qué leches Jara le había mandado vídeos a Hugo también y por qué habían aceptado participar en este esperpento, experimento, o la mierda que fuese aquello.
Hugo no dijo ni palabra hasta que me repuse y me senté bien.
—Recibí el primer vídeo de Jara el uno de septiembre —me dijo arqueando las cejas—. Me soltó que tenía poderes paranormales y un montón de bromas más. Ya sabes cómo es ella.
Asentí despacio, con los ojos entrecerrados.
—Me dijo que nos habíamos portado mal contigo y que por nuestra culpa te habías venido abajo y que no dabas pie con bola, que era mi obligación arreglar las cosas. Que debía ayudarte a ponerte en forma, echarte un ojo, cuidarte un poquito, en definitiva, recuperar nuestra amistad.
Me llevé un dedo a la sien y le pedí que parase.
—Por eso te peleaste con Sergio. —No me hizo falta preguntarlo.
Asintió con los puños apretados.
Miré alrededor y vi a Alejandro allí, cogido de la mano con Lidia, callados, sentados en la mesa junto al encerado.
—¡Tú! —le grité—. ¡¿Qué tienes que ver en todo esto?!
No respondió nada, solo me sonrió.
—Se pasó toda la Nochevieja hablándome de lo bien que bailabas urbano, de tu antiguo grupo de chicas k-popers con las que subías vídeos a YouTube —respondió Hugo por él—.
Y por último, me dijo que te habías apuntado a clases de bachata.
¿Adivina quién pidió la canción al DJ y me dijo que te sacase a bailar?
—¡Te mato! —volví a gritarle a mi hermano.
Me quise levantar para ir a estrangularle, pero Hugo me hizo gestos para que no lo hiciese. Obedecí a regañadientes y me quedé mirándole a los ojos.
—Jara te ofreció algo a cambio de ayudarme, ¿no?
Asintió de nuevo con la cabeza.
Le di un golpe en el hombro.
—¡Por eso pensaste que yo había hecho lo mismo en el juzgado!
Bajó la cabeza y no respondió, pero no hizo falta, ya le tenía calado .
«Se cree el ladrón que todos son de su condición», me dieron ganas de decirle, pero había cosas más importantes de las que hablar.
—¿Qué te ofreció Jara?
Levantó la mirada lo justo.
—Me dijo que si te ayudaba usaría sus poderes paranormales para que volviese a ser titular.
Me puse en pie de un salto con los brazos en alto.
¡Eso lo había cumplido!
Y nadie de los que estaban allí tenía la potestad de intervenir en las decisiones de un equipo de fútbol.
Miré al profesor Benavides.
—¿Cómo? —Señalé a Hugo con las manos—. ¿De qué manera?
Sonrió, se acercó y le pasó una mano sobre el hombro.
—Aquí el señor Díaz no necesitó ayuda de nadie para volver a ser titular. Simplemente cambió el sentido de la rueda.
¿Rueda? ¿Qué rueda ni qué ocho cuartos?
—No entiendo qué leches significa eso —le informé.
Sonrió y comenzó a hablar.
—Cuando una persona se siente mal, se autocompadece, pierde las ganas, el interés, se hunde, es un proceso que se retroalimenta; se llama depresión y es muy complejo salir de él.
Soltó a Hugo y me puso las manos en los hombros.
—Pero si conoces a una persona que te saca de esa rueda y te hace ver el mundo con otros ojos, empiezas a sentirte mejor, a tener un motivo por el que moverte, y también se retroalimenta. Cuanto mejor estás, más ganas tienes de seguir.
Le miré a los ojos y apreté los labios.
—Tú provocaste el cambio en Hugo —me dijo—. Tú, sin darte cuenta, conseguiste que volviese a ser titular.
Miré a la madre de Jara, que estaba junto a Liam y Silvia.
Fruncí el ceño y le lancé uno de mis mensajes con la mirada .
—Sí, Nora, sí. —Bajó la cabeza—. Estuve en contra en cuanto me lo contaron, pero ya sabes cómo era Jara. No aceptaba un no por respuesta, nunca.
Me hizo pensar en su hija y tuve que sonreír.
Mi primera sonrisa genuina en toda la mañana.
—Era muy grande —afirmé totalmente convencida.
Rebeca soltó una pequeña carcajada y sacudió su mano.
—Grandes eran las que me organizaban estos en casa cada tarde. —Se acercó y se arrodilló frente a mí—. ¿Te los imaginas metidos en el salón, con veinte libretas, intentando adivinar lo que haría cada uno de vosotros y apuntando cada posible respuesta?
Cerré los ojos y lo intenté.
Silvia estaría atacada de los nervios, Liam renegando, Alejandro en la cocina buscando comida, Roger con su portátil renombrando clips de vídeo y Marc molestando, en su estilo habitual.
Todos unidos para llevar a cabo una corrección en nuestras vidas que Jara consideraba necesaria.
Gastó dos meses de los seis que le quedaban. Un tercio de su tiempo solo para nosotros.
Me miré las manos y comprobé que ya no me temblaban. El enfado se había evaporado lentamente y ahora solo quedaba pena por ella.
No se merecía morir sin conocer el resultado. Tanto esfuerzo para no saber si lo había conseguido. No era justo, nada justo.
Entonces escuché la voz de Rebeca y levanté la mirada.
—Jara os quería mucho a los dos —me lo dijo directamente a los ojos—. Aunque se distanció, nunca dejó de pensar en ti, y se lamentaba de haberte hecho daño.
Bajó la cabeza, con las lágrimas empezando a resbalarle sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—Se arrepintió hasta el último día de no haberlo hablado contigo.
—Se puso en cuclillas, con su mano sobre las nuestras—.
Os vais a equivocar muchas veces en la vida, así que no cometáis los mismos errores que ella.
Tened el valor de enfrentar las cosas, de no dejarlo para otro día y de pedir perdón.
Me pasó la mano por la mejilla y la sujeté, apretándola contra mí.
Me levanté, ella también y nos abrazamos.
—Gracias, Rebeca —le dije con los ojos llenos de lágrimas.
Hugo se levantó también y nos abrazó a las dos.
Miré de reojo y recorrí la sala con la mirada.
Seguía enfadada con todos ellos, pero entendía por qué lo habían hecho y aunque no me gustase, solo les pude decir una cosa.
—Gracias, chicos, gracias por ayudar a Jara.
Uno a uno se fueron acercando: primero Silvia y Liam, después Roger y Emma, Alejandro y Lidia, Rebeca y, por último, Marc.
Nos rodearon y nos abrazaron.
Ocho personas llevando a cabo el plan de una chica, que no solo se limitó a pedir perdón, sino que, como ella misma había explicado en su decálogo que debía hacerse, quiso compensar el daño que había hecho a su mejor amiga.
Lo hizo lo mejor que supo, lo mejor que se le ocurrió.
En ese momento, después de todo lo que había oído esa mañana, de cada palabra, de cada frase, supe que todo iba a salir bien.
Y una paz invadió mi cuerpo como jamás antes la había sentido.