Capítulo 51 La Revelación
Tragué saliva y entré.
—¿Hola? —solté completamente encogida.
—Buenos días, Nora —me respondió—. Pasa, por favor, te estaba esperando.
Entré dando pasos cortos, con los labios muy apretados y sin dejar de preguntarme cómo aquel hombre sabía mi nombre.
—Siéntate, por favor —me pidió señalando a la primera fila de la bancada—. No estés tensa, no te va a pasar nada malo.
—Pues disculpe, pero estoy cagada —le informé.
Me sonrió y cogió algo de la mesa, no vi lo que era.
De repente, la pizarra digital se iluminó tras él y apareció Jara.
—Buenos días, Nora. —Saludaba con la mano—. Bienvenida al último vídeo: yo lo llamo «La gran revelación». —Se quedó con la mano alzada, señalando a ninguna parte.
Negué con la cabeza, pero a pesar de los nervios me reí un poco.
—Voy a presentarte a mis secuaces. —Comenzó a sonar una música muy animada, como las que ponen en los programas de la tele—. En primer lugar, nuestro genio informático, el inigualable Roger.
Se abrió la puerta del aula y entró Roger saludando con la mano como si fuese alguien famoso.
Parpadeé sin entender de qué mierda iba todo esto.
—En segundo lugar, la más sexy entre las sexy, directa desde nuestros servicios de información confidenciales, la maravillosa Emma .
La puerta volvió a abrirse y entró mi compañera de piso.
Abrí la boca todavía más desconcertada.
¿Qué hostias estaba pasando?
—En tercer lugar, la mejor alero del básquet valenciano, la pelirroja Silvia, actuando en calidad de cooperadora necesaria.
Silvia entró dando zancadas largas y saludó también.
Apreté los ojos, sacudí la cabeza y volví a mirar.
Era Silvia, joder, mi Silvia, de verdad era ella.
—Y por último, como personal de apoyo y logística, el polifacético Liam.
La puerta no se abrió.
No pasó nada.
Silvia miró hacia ella, gruñó y se acercó a la salida.
Volvió arrastrando a Liam de la chaqueta.
—Ponte en tu sitio —le ordenó.
—Y como coordinador del equipo Nora, Arturo Benavides, profesor de Psicología de la Universidad Politécnica de Valencia. —El hombre hizo una ligera reverencia y se situó entre mis cuatro amigos—. Un aplauso para todos ellos.
Se aplaudieron ellos mismos, porque aparte de mí, allí no había nadie más.
Yo ni moví las manos, porque estaba en estado de shock.
Mis ojos eran capaces de verles, sabía que estaban allí, pero no comprendía lo que significaba.
—Y por último, servidora, Jara Ferrando, como autora intelectual. —También hizo una reverencia—. Añadir solo que me tengo que ir pitando a la quimio, que no llego, así que Nora, te quiero mucho. Te dejo con ellos, que te van a explicar todo. Besitos.
La pizarra se apagó y todos se quedaron callados mirándome.
Yo me fui reclinando en el asiento y crucé los brazos. Estaba empezando a darme cuenta de que no me habían puesto ninguna app en el móvil para espiarme.
¡Aquellos cuatro hijos de puta eran los que lo habían hecho !
Ahora solo faltaba que apareciese el puto Rubén sonriendo, venido desde el quinto pino para decirme lo que yo ya sabía: que había generado los vídeos con lo que mis «amigos» le iban contando.
Apreté los puños fuerte pensando a cuál de todos era al primero que le iba a cantar las cuarenta.
—Seguramente —carraspeó el profesor Benavides—, estarás pensando que tus amigos se han dedicado a espiarte para saber lo que hacías y así poder enviarte vídeos alabando o criticando tus movimientos mes a mes.
¡Mira tú por dónde! ¡Otro hijo de su madre que también era capaz de adivinar lo que yo pensaba!
—Y no te falta parte de razón, pero no es tan sencillo —añadió.
Me incliné hacia adelante, pero no dije ni mu de momento, porque si había más, quería saberlo todo, pero vamos, que me iba a escuchar cuatro cosas que tenía que decirles, eso lo tenía más claro que el agua.
¡Ya veríamos si no me iba a visitar a Roberto y los metía a todos en un lío!
—Los vídeos que has recibido no estaban generados con IA, ni eran falsos, ni nada por el estilo. Los grabó Jara cuando estaba viva. Todos.
¿Qué? ¿Cómo?
Negué con la cabeza.
Era imposible que fuese Jara de verdad.
No, no, no, este tío me estaba mintiendo, igual que me habían mentido los otros cuatro capullos durante casi un año.
—Cuando Jara vino a verme por primera vez y me contó su idea, pensé que era imposible llevarla a cabo, pero me dijo que no tenía tiempo de discutir, que se estaba muriendo.
—Se pasó un dedo por los labios y continuó—.
Su premisa era sencilla. Quería conseguir reconducir una situación que, según su opinión, ella misma había descarriado.
Entrecerré los ojos y apreté los puños .
No me estaban contando nada que no supiese ya, pero cada vez me quemaban más las mejillas. Creo que me estaba saliendo humo hasta por las orejas.
—Hugo se acercó a vosotras por ti —afirmó.
Abrí los ojos enormes.
Acababa de decir que Hugo…
Espera, espera, no. Aquello no tenía sentido. Hugo se acercó a nosotras para estudiar, porque sacaba malas notas. Este tío no tiene ni puta idea de lo que está diciendo.
—Tú le gustaste en primer lugar, hasta el punto de que pidió a Sandra que abandonase la sala de estudios y así poder ocupar su lugar.
—¡¿Qué?! —grité—. ¡¿Cómo ha dicho?!
No respondió enseguida, asintió despacio y continuó.
—Tal y como acabas de escuchar, tú fuiste la chica en la que se fijó en primer lugar, pero como era un chico inexperto en asuntos del corazón, no fue capaz de ver las señales que tú le mandabas y en unos años fue perdiendo el interés.
—Hizo una pequeña pausa y añadió — : Y comenzó a fijarse en Jara.
Me llevé el dedo gordo a la boca y comencé a mordérmelo.
Si lo que este hombre me acababa de decir era verdad, siempre le tuve ahí, a mi alcance, y nunca hice nada. Noté cómo mis hombros se hundían poco a poco y me quedé mirando al suelo. Yo podía haber sido su novia desde que éramos unos críos.
—¡Nora! —Alcé la mirada—. Ahora llega la parte en que debes confiar en lo que te contemos. —Sonrió el profesor mirándome a los ojos—. Todo lo que hemos hecho ha sido para ayudaros a los dos, no solo a él como Jara te pidió en sus vídeos.
Silvia dio un paso al frente.
—Te habías dejado por completo, Nora —intervino—. Te lo dijimos muchísimas veces, pero siempre respondías: «Mañana me pongo, mañana lo miro», pero nunca lo hacías .
Inspiré tan fuerte que dejé sin aire toda aquella aula de mierda. El calor de la cara se me repartió por todo el cuerpo. No pude aguantar más, me puse en pie de un salto y me fui a por Silvia.
—¡¿Pero quién coño os ha dado permiso para meteros en mi vida?!
Ninguno respondió.
Liam incluso se estremeció.
Solamente el profesor se movió, protegiendo a Silvia con su brazo.
—Calma, Nora, por favor.
—¡Mis cojones calma! —le grité.
—¿Qué harías si vieses a un niño en bicicleta que va directo a un abismo? —me preguntó él.
Le clavé la mirada y apreté los dientes.
No podía responderle que no haría nada, que no era asunto mío, porque joder, era un crío. Si ves que se va a matar, le ayudas.
¡Pero yo no estaba en peligro, joder!
Cerré los ojos e intenté calmarme. Tenía el corazón a mil por hora y unas ganas de calzarle una hostia al que fuese, que sabía que si no me tranquilizaba al final la íbamos a tener gorda.
—A veces no nos damos cuenta de nuestra situación porque estamos demasiado aferrados a nuestra zona de confort, aunque sea una mierda, Nora —habló de nuevo el profesor.
Abrí los ojos al escucharle—. Y tú has hecho lo más difícil que puede hacer una persona en su vida.
Saliste cuando Jara te lo propuso motivada por su promesa: recuperar el libro de poesía y los dibujos.
Se giró un segundo y cogió un paquete plano.
—Aquí está, esperándote, para que te lo lleves, junto con todas tus ilustraciones.
Parpadeé al verlo, pero no me moví.
—¡Deme eso! —le ordené—. ¡Ya!
Lo hizo sin decir ni mu.
Miré en el interior cuando me lo entregó. Había varios cuadernos, uno de ellos lo reconocí al instante. Era el de mis dibujos.
Cerré los ojos de nuevo y me lo apreté contra el pecho .
Solo en ese momento noté que el pulso me bajaba.
Pero no era suficiente. Quería más explicaciones de por qué coño me habían sometido a lo que parecía una mierda de experimento sociológico.
—Si era la auténtica Jara, si los grabó cuando estaba viva… —Abrí la boca por segunda vez—. ¿Cómo pudo adivinar las cosas que pasarían? ¿El día que murió? ¿O las cosas que yo haría?
—No lo hizo —respondió Benavides.
Me acerqué a él un poco más.
—Sí, sí que lo hizo —afirmé rotunda—. Si lo que usted dice es cierto, fue capaz de predecir todo lo que pasaría durante diez meses y eso es imposible.
El profesor negó muy despacio y señaló a su izquierda.
—Es posible si reúnes trescientas sesenta horas de vídeo —intervino Roger—. Casi dos meses enteros, grabando todos los días seis horas.
Levanté la mano y les pedí que parasen. Me había empezado a doler la cabeza y me sentía mareada.
Me acerqué a la bancada, dejé el paquete allí, me senté de nuevo y me llevé las manos a las sienes intentando entender lo que acababa de escuchar.
Jara había estado grabando vídeos todos los días durante dos meses. Vale, de acuerdo, podía ser. Pero a mí solo me había mandado diez, de unos veinte minutos cada uno. ¿Para qué había grabado tantas horas?
Cada vez me dolía más la cabeza.
—¿Por qué tanto? —pregunté en voz baja—. No entiendo.
—Para tener todas las posibilidades que se nos ocurrieron —respondió Benavides—. La fecha de su muerte, por ejemplo. Se grabó nombrando todos los días de febrero y marzo. Luego solo tuvimos que coger la parte que correspondía al cinco de marzo.
No, no, no… ¿Qué puta locura me estaba contando este hombre?
No tenía ni pies ni cabeza .
—¿Y lo de la bachata, lo del karaoke, liarme con Marc?
—Que te apuntases a bachata fue su primera petición. —Señaló a su derecha—. ¿Y quién te propuso ir al karaoke?
Miré a Liam, que estaba allí con la cabeza gacha.
¡Él me lo dijo!
¡Qué hijos de puta!
Lo tenían todo planeado.
—Esa noche fue complicada, porque había muchas variables, y tenías que recibir el vídeo ese mismo día, horas después de que todo hubiese pasado —me explicó Benavides—. Y era imposible editarlo con tan poco margen y enviártelo.
—Por eso perdiste el móvil —habló Liam sin atreverse a mirarme.
—Me lo quitasteis vosotros. —No lo pregunté, lo afirmé con la boca abierta.
—Durante la fiesta en el karaoke —confirmó Silvia—. Teníamos que ganar tiempo de alguna manera.
Me llevé una mano a la sien y miré a Roger de reojo.
—Por eso no lo llegaste a localizar nunca.
Apretó los labios y asintió.
Algunas piezas empezaron a encajar por sí solas.
—¡Y tú! —Señalé a Emma—. ¡Tú me cogiste las llaves del patín!
—Siempre las dejabas en la entrada —confirmó ella—. Roger lo guardó durante un mes en el garaje de sus padres.
No me podía creer lo que estaba oyendo.
Me habían hecho pensar que realmente estaba hablando con una persona muerta, que tenía poderes paranormales, y todo lo habían hecho ellos.
Pero aun así había cosas que no se podían explicar. Detalles que era imposible controlar.
—¿Cómo sabíais que Hugo me pediría bailar una bachata? ¿Y si no lo hubiese hecho? Habría sido todo diferente.
El profesor Benavides sonrió y señaló a la puerta.
—Sígueme y lo entenderás.