Nunca es tarde para volver a intentarlo Epílogo
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Epílogo

El olorcito de las croquetas de Emma se iba adueñando de nuestro piso.

—Joder, qué pintaza —le dijo Marc intentando robar una.

Le dio un manotazo brutal.

—Nora, controla a tu marido, que se quiere comer mis croquetas.

—Ay, cielo, yo no estoy para moverme —le respondí.

Siguieron peleándose, pero me daba exactamente igual.

Miré al que tenía a mi lado.

—Eh, Roger, ¿cómo vais con lo de la boda?

—No quiere que pongamos barra libre —me susurró.

—No jodas, tío, que para dentro de seis meses ya podré beber como una cosaca.

Se encogió de hombros y siguió cambiando canales.

Este hombre, si no estaba delante de una pantalla, es que no era él mismo.

Un sonido estridente se escuchó por todo el piso.

—Ya voy —gritó Marc.

Negué con la cabeza.

Seguía sin entender por qué cada vez que alguien tocaba al telefonillo hacía lo mismo. ¡Si no le podían escuchar! Se lo había explicado ya cien veces, pero nada, no le entraba en la sesera.

Un minuto después escuché sus gritos antes de que les abriese la puerta.

Silvia entró, arrastrando a Liam de la mano, que llevaba una cara de resignación que no podía con ella.

—¡Bombo! —me gritó señalándome la tripa en cuanto me vio despatarrada en el sofá—. ¡Madre mía, churri, vas a estallar!

—Me lo dices o me lo cuentas —bromeé .

—Se te va a caer al suelo de un momento a otro.

En cuanto los recién llegados se asomaron por la cocina, comenzó una nueva pelea por las croquetas de Emma. Si la cosa seguía así, cuando llegasen los que faltaban, ni las iban a probar.

Silvia escapó con una y se sentó a mi lado.

—¿Qué, guapi, cómo lo llevas?

Me acerqué como pude a ella y le susurré al oído.

—No se te ocurra quedarte embarazada en noviembre.

Me miró con el ceño fruncido. Creo que no lo entendió.

—Que estar así en agosto es una mierda, Silvia.

Abrió la boca muy grande y asintió.

O se había quemado con la croqueta o seguía sin entenderlo, pero yo pasaba de explicárselo más veces.

El telefonillo volvió a sonar.

Mi marido informó a todos los presentes de que ya iba, otra vez.

Y a los dos minutos apareció Alejandro, con Lidia del brazo.

—¿Y mi sobrina, sale o no sale? —me preguntó, dándome un beso en la frente—. ¿No salías de cuentas el día quince?

—Sí, pero era festivo, así que ha dicho la niña que se espera, ¿algún problema?

El salón empezó a llenarse de gente que se acomodaba por donde podía, repartiéndose entre el sofá y las sillas que Marc había ido sacando de la cocina.

Sonó el telefonillo de nuevo.

—¡Ya voy! —gritó Marc por tercera vez.

—Os juro que no le dejo que me haga otro hijo ni de broma —gruñí.

Entonces reapareció en el salón agitando las manos.

—Atentos, que llega la invitada especial.

Treinta segundos después, Emily Carson entró en el salón de nuestra casa. Un veinte de agosto, a la hora de comer. Era exactamente igual que en los videoclips, guapísima, con una sonrisa sencilla y una elegancia flipante .

—Hi, everybody —saludó.

Y todos nuestros amigos se quedaron mudos sin saber qué responder a la chica más famosa del panorama musical actual.

Afortunadamente, su novio entró detrás, y él sí fue capaz de decir algo para no hacer quedar a los demás como idiotas.

—Hello, os hemos traído un regalo.

Llevaba una cajita súper cuqui llena de productos para bebés. Se la endosó a Marc y se acercó a mí. Me miró de arriba abajo y me preguntó:

—¿Puedo? —Quería poner la mano sobre mi barriga gigante de embarazada.

—Por supuesto —afirmé.

Lo hizo despacio, como si tuviese miedo de hacerme daño.

Se quedó esperando unos segundos, pero al ver que no pasaba nada la retiró.

—Ya verás luego —le expliqué—. En cuanto empiece a comer, le pega el baile de san Vito y se lía a pegar patadas. —Señalé a Lidia y añadí—: Para el Villarreal va de cabeza, ya lo tengo hablado con tu prima.

—¡Tiene la ficha hecha antes de nacer! —confirmó ella.

—¿Qué te parece? —pregunté levantando el mentón.

Pedí ayuda para incorporarme, porque estaba tan agotada los últimos días de embarazo que ya ni me podía mover.

Me acerqué a él y le intenté dar un abrazo, pero con mi volumen no hubo manera.

Acabamos dándonos dos besos, y me presentó a Emily, que resultó ser encantadora y hablar un español bastante mejor del que yo esperaba.

Nos sentamos a comer con Silvia y Liam discutiendo con Emma sobre la barra libre. Emily enseñándole a Lidia su Instagram. Alejandro robando una croqueta antes de tiempo. Hugo y Roger riéndose de algo que les contaba Marc, y yo feliz de juntarlos a todos por quinto año consecutivo.

Me llevé la mano a la barriga, apreté los dientes y levanté el brazo .

Todos se quedaron mirándome, me señalé y les avisé.

—Los que se atrevan, Jara está haciéndose notar de lo lindo.

No sé qué tenían las croquetas de Emma, pero me la revolucionaban por completo.

De repente me vi con siete manos sobre la barriga.

Eché la cabeza hacia atrás y miré mucho más allá del techo, al lugar desde donde mi mejor amiga nos contemplaba, y le guiñé un ojo.

—Te quiero, Jara.

- FIN-