Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 49 La Graduación
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Capítulo 49 La Graduación

Cuando entré al auditorio y vi la cantidad de gente que había dentro pensé que nos habíamos equivocado, pero Silvia me empujó diciéndome que no, que era allí, que caminase.

—¡Es que no veo a nadie de mi clase!

—Calla, zoqueta, que estarán por abajo —me insistió.

Yo no paraba de mirar para todos lados buscando a mi padre, a Alejandro y a Hugo, pero no les veía por ningún lado.

—Silvi, ¿ves a mi padre? No le encuentro.

—Nora, de verdad, me estás poniendo de los nervios —me riñó.

Ella sí que estaba insoportable esa mañana. No dejaba de empujarme y meterse conmigo, y yo solo quería disfrutar a tope de mi graduación.

—¿Ves a Hugo, al menos? —le pregunté.

—Estará por ahí abajo, entre todos los que llevan la beca naranja sobre los hombros —me dijo señalando al escenario.

Tenía ganas de verle, porque no había hablado con él desde hacía una semana. Tuvo que ir por adelantado a Londres para arreglar algunas cosas: la vivienda, que le diesen de alta y un montón de movidas británicas más que ni entendí.

—Tienes que buscarte un seguro médico hasta que encuentres trabajo aquí —me dijo cuando hablé con él por teléfono.

—Vale, rey.

—Y también necesitarás el pasaporte, importante.

—Ya lo tengo, ¿no te acuerdas?

—Perdón, perdón, estoy un poco saturado. —Debía de ser verdad, su voz sonaba cansada.

—Sin problema. ¿Vuelves el jueves por la tarde ?

—No, el viernes a las seis.

—Directo a la graduación sin pasar por casa —bromeé.

—Ya te digo.

—Descansa, rey. —Le di un beso al teléfono—. El viernes nos vemos.

Por fin le localicé, con sus compañeros de Derecho. Marc también estaba por allí. Les saludé con la mano, pero estaban a lo suyo y no me vieron. Seguí mirando a todos lados, pero seguía sin ver a mis compis de carrera.

¡Parecía como si en la UPV jamás hubiese existido facultad de Marketing!

Silvia me dio un tirón del brazo y me obligó a meterme por la misma fila que ella.

—¡Que aquí no están los de Marketing, loca! —me quejé.

—Da igual, te quedas con nosotros, que vas muy mal.

Me encogí de hombros y acepté resignada mi reubicación.

Cuando ya estábamos en nuestro sitio levanté la cabeza y miré hacia atrás. Había filas y filas de alumnos a los que no conocía de nada. Arriba, en la platea, estaban todos los familiares apiñados. Muchos sacando fotos y saludando a sus hijos que estaban abajo.

Saludé a ver si mi padre me devolvía el saludo, pero había tanta gente que se me mezclaban unas caras con otras y era imposible distinguir nada.

Silvia me agarró del brazo y me obligó a sentarme bien cuando el rector salió al escenario.

Debía de tener sesenta años o más, calvo por arriba y con canas por los lados, vestido con una toga negra, con ribetes morados. Me recordaba un montón al malo de Star Wars.

Se acercó al atril, se ajustó el micrófono y esperó a que el murmullo se apagase.

—Queridas familias, queridos alumnos —arrancó, con una voz mucho más aguda de lo que yo me esperaba. Me dio la risa nada más escucharle—. Hoy celebramos el final de una etapa y el principio de otra.

Silvia, que estaba sentada a mi izquierda, me dio una patada.

—Deja de reírte, payasa —me riñó.

—No puedo —respondí tapándome la boca.

—Creo que beber antes de venir ha sido mala idea —intervino Liam.

—Yo creo que ha sido una idea cojonuda —bromeé yo.

—La madre que te trajo, Nora, deja de reírte —me ordenó Silvia otra vez.

Me encogí en el asiento y me mordí la mano, pero no sirvió de nada.

Se fue a meter con la persona de mi familia que menos me importaba y con los tres chupitos de tequila rosa más el vodka que llevaba yo en el cuerpo, como para intentar mantenerme seria.

¡Imposible!

—¡Por los recién graduados! —había gritado Liam mientras llenaba los vasos en la cantina.

—Sí, por favor, que estoy atacada —le dije yo—. A ver si con esto me relajo.

—¡Controla, Nora! Que vas muy a saco —me gruñó Silvia cuando me tomé el segundo.

—Tranqui, mamá pollo, que sé lo que hago.

Y todo estaba bajo control, porque no estábamos mezclando, pero entonces apareció Roger, con una botella de vodka y una mochila térmica llena de Red Bull.

—¡Esto es para la party de después! —nos informó cuando la abrió.

—¡Y una polla! —grité yo echando mano de la botella de vodka—. ¡La party empieza ya!

Solo hay una primera graduación en la vida de una persona.

Y eso había que celebrarlo por todo lo alto .

Menudo cubata me metí entre pecho y espalda. Me sentó de maravilla. Se acabaron los nervios, los temblores, todo. Me entró una euforia por el cuerpo, que si me ponen a defender el TFG de Roger, los dejo a todos con la boca desencajada.

Pero durante el discurso había que estar serios.

El malo de Star Wars siguió hablando de no sé qué, de otra cosa que parecía importante, de una chorrada de su pueblo, también dijo algo de Alcoy. ¿De Alcoy? ¿Por qué leches hablaba de Alcoy? ¿Qué hay en Alcoy aparte de los moros y cristianos?

Seguro que este tío había chupado más que yo aquella mañana. Anda que no debía de ir fino filipino también. Normal, con el tostón que estaba soltando, o se tomaba un carajillo antes o se moriría de aburrimiento.

Silvia me dio un codazo de la hostia.

Tan fuerte que pensé que me había roto una costilla.

—Ay, ¿pero qué haces, tía? —le pregunté en voz baja.

—¡¿A ti te parece normal el bostezo que acabas de pegar?!

—Ay, no me riñas. —Le hice un puchero—. Es que esto es un puto rollo.

—Madre mía, vaya mierda llevas.

—Nope —respondí negando despacio con la cabeza.

Estaba yo fenomenal, en la puta gloria. Graduándome y, además, ahora era rica. Eso es lo que le pasaba a Silvia, la envidia, que es muy mala, por eso no me dejaba disfrutar de mi momento.

—Liam, dile algo, joder.

—Eh, ¿qué? —Bajó la cabeza—. Ah, no, yo no la conozco.

—Sí que me conoces, bandido —le susurré y empecé a hacerle cosquillas—. Si te he visto la churra y todo.

Se puso rojo como un tomate, y yo seguí picándole.

—Que un pajarito me ha dicho… que tiene un botoncito que…

Silvia me dio un pisotón tan fuerte que tuve que gritar.

Medio auditorio se giró y se quedó mirándonos en silencio .

Hasta Darth Sidious se calló y se irguió para mirar lo que estaba pasando en la platea.

Me empezó a subir un calor por el cuello abrasador.

Se me pasó la melopea instantáneamente.

—Perdón —dije en voz baja.

Se escuchó un ligero murmullo y el rector continuó.

—Ya te vale, loca —volvió a reñirme Silvia.

—Creo que me has roto el zapato, Silvi.

—Te jodes.

—No, coño, que son de Emma, a ver qué le digo ahora.

—¡Queréis callaros de una puta vez! —dijo un chico de la fila de adelante que se había girado.

Le miré unos segundos y hubiese jurado que le había visto alguna vez en la sala de informática.

Liam me dio un toque en el antebrazo y me señaló al escenario.

—A continuación, procederemos a la entrega de diplomas —anunció el rector, abriendo una carpeta—. Rogamos a los graduados que, al escuchar su nombre, se dirijan al pasillo central y suban al escenario por la escalera de la izquierda.

Silvia se enderezó de golpe en el asiento, se apartó el pelo de la cara con las dos manos y me apretó el brazo.

—Ni se te ocurra hacer nada raro.

Como para hacer algo raro, tuvimos que esperar casi una hora a que nos tocase. Cuando me llamaron ni me enteré, estaba casi dormida.

—Martínez Sanchis, Nora.

—¡Te toca! ¡Te toca! —me urgió Silvia.

—Ya voy, ya voy, joder, qué ansias eres —me quejé.

Salí al pasillo golpeándome con la mitad de los que estaban allí. Qué poca solidaridad. No movió las rodillas ni dios para dejarme pasar.

Subí los escalones agarrándome a la barandilla porque aquello se movía demasiado.

Con toda la gente que había pasado ya por allí, normal que se tambalease, debía de estar a punto de ceder.

Alguno iba a acabar en el hospital esa mañana.

Intenté avisar al rector, pero como el que me daba el diploma era mi querido tutor Fernando, me olvidé.

—Enhorabuena, Nora.

—Venga, un abrazo, don Fernando —le sugerí pasando del diploma.

Me pareció un gesto mucho más bonito que un apretón de manos solo. De hecho, intenté levantarle del suelo y todo, porque éramos compañeros, que me lo había dicho él.

¡Joder, que había confianza ya y todo entre nosotros!

Estaba fuerte, muy fuerte.

No le moví ni un milímetro.

Cuando le solté me dio un canuto enrollado, que parecía un porro gigante, y me volví para la platea.

¿Dos putas horas allí sentada para esto? Menuda castaña.

—¿Qué? ¿Nos vamos? —pregunté a mis dos compis.

—¿Pero qué dices, tía? Aún tiene que recoger su diploma Liam.

—Ah, ¿y cuándo le toca?

—De los últimos.

—Hostia puta. —Me llevé las manos a la cabeza—. Vale, pues yo voy a echar una cabezadita y ya si eso me avisas cuando salga para que le vea.

—De verdad, que hoy te mato. —La escuché gruñir.

Pero yo ya tenía los ojos cerrados, acurrucada en aquella silla tan incómoda mientras escuchaba de fondo. ¡Qué voz más maravillosa tenía el rector! Era como escuchar a alguien contar ovejas, pero llamándolas por su nombre.

Debería grabarlo y subirlo a YouTube como vídeo para los que tienen insomnio por la noche.

¡Mi primer gran aporte al marketing digital!

Oye, pues no era ninguna tontería.