Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 48 Prioridades
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Capítulo 48 Prioridades

Mi padre me llamó por teléfono a mediados de junio. Quería que comiésemos juntos para hablar del futuro y aprovechó un domingo que mi hermano se había largado con Lidia a Oropesa de fin de semana.

—El otro día, cuando hablamos, me quedé algo preocupado por lo que…

—¿Tú preocupado? —le interrumpí sin pensar.

Era la primera vez en mi vida que escuchaba esa palabra en boca de mi padre.

Siempre que la gente le decía que no eran capaces de pegar ojo cuando sus hijos salían de fiesta, o cuando se iban de viaje solos, él encogía los hombros y soltaba:

—Pues yo duermo como un tronco.

Me contó una vez que vio una charla de Emilio Duró en la que el famoso ponente explicaba que el ser humano era capaz de imaginarse algo y vivirlo como si realmente hubiese pasado.

—Por eso es importante controlar los pensamientos negativos, ¿entiendes?

La verdad es que no, no me estaba enterando de nada, y él se dio cuenta.

—Ay, tontorrona. —Me revolvió el pelo—. Cuando tú sales de fiesta, yo solo pienso que te lo vas a pasar genial, y así puedo dormir tranquilo.

—Ah, ahora sí.

Chasqueó los dedos delante de mi cara.

—Cari, ¿estás aquí o en Marte? —me preguntó.

Le miré de arriba abajo. Estaba cocinando con el delantal de Naruto que le regalé cuando cumplió cuarenta y cinco años. Cortaba las hojas de lechuga sobre la tabla en pedazos muy pequeños, como le gustaba a él, todo muy troceado.

—Perdón, papá —me disculpé, sentándome en uno de los taburetes altos—. Es que llevo tantas cosas en danza que a veces tengo que desconectar para poner orden.

Negó con la cabeza y se puso a preparar las nueces aplastándolas con el cuchillo grande.

—Me quedé preocupado porque la decisión que has tomado es muy difícil, Nora, y no quiero que lo pases mal, hija.

Apreté los labios y bajé un poco la cabeza.

Entendía lo que me quería decir, pero ya estaba convencida y no me iba a hacer cambiar de opinión.

—Además, me gustaría recordarte que…

—No hay que moverse en ciclos de más de cinco años, ¿verdad? —le interrumpí, apoyando la barbilla en las manos.

Esta charla ya me la sabía. La había tenido con él más veces.

Tiró los trozos de queso de cabra desmenuzado por encima de la ensalada, se paró, se giró y me miró durante unos segundos sin decir nada.

Respiró hondo y habló.

—Estoy muy orgulloso de ti.

Abrí los ojos enormes y me quedé mirándole, sin saber qué decir.

—¿Tanto te extraña? —preguntó.

No sabía qué responder.

Su espontaneidad me había pillado demasiado desprevenida.

—Y tengo un regalo para ti, para que empieces tu nueva etapa con un pequeño empujón.

—¿Empujón? ¿Qué empujón? —pregunté con los ojos entrecerrados.

Se limpió las manos en el trapo de cocina que llevaba colgado del hombro y se sacó un sobre del bolsillo del pantalón.

—Ábrelo .

Lo hice y saqué el contenido. Era un recibo del banco, de esos que te mandan cuando haces una transferencia o te pasan…

¡Me quedé helada!

No me podía creer lo que estaba viendo.

Había ingresado doce mil euros en mi cuenta del banco.

Le di la vuelta al papel intentando confirmar que aquello era real.

Tragué saliva y le miré.

—¿Qué es esto, papá?

—Tus ahorros —respondió mientras untaba panecillos con foie.

—¿Cómo que mis ahorros? Yo no tengo de eso. No entiendo nada.

—Es el dinero que te han dado en becas durante los últimos cuatro años.

Sacudí la cabeza al escucharle.

No era posible. Ese dinero lo había guardado él para ir pagando el alquiler de mi habitación. Es más, ni llegaba para cubrir el año, él ponía los meses que faltaban y además, también la parte de la luz y el agua que me correspondía.

—Papá, no entiendo nada.

—No importa si lo entiendes. Eso es tuyo, pero de aquí en adelante, serás tú la que se encargue de mantenerte. —Me guiñó un ojo, secándose las manos de nuevo antes de sentarse frente a mí—. El «Papibanco» cierra sus puertas.

Seguí mirando la orden de transferencia mientras me temblaban las manos.

—También puedes darme un abrazo un día de estos —me sugirió.

Tiré el papel a la mierda y corrí a abrazarlo.

Lo hice tan fuerte que casi nos caímos al suelo.

—Te quiero, papá, te quiero.

Sonrió y me miró a los ojos.

—Espero que no hagas como tu hermano y te compres un coche.

Parpadeé un par de veces.

—Pensaba que se lo habías comprado tú .

Negó con la cabeza y me pidió que le ayudase a llevar las cosas a la mesa. Nos sentamos en el comedor y sirvió la ensalada en dos platos.

—Le di el dinero de sus becas, igual que a ti. —Se cruzó de brazos—. ¿Pensabas que iba a hacer diferencias entre vosotros?

—No, pero nunca me dijo nada.

—Yo se lo pedí. —Ladeó la cabeza, empujando mi plato hacia mí—. Me daba miedo que si te enterabas me pidieses un adelanto. Ya sabes que me cuesta horrores decirte que no.

—Ay, papá, no sé qué decir.

Me parecía tan imposible que no era capaz de procesarlo. Había dejado de ser Nora la pobre, para convertirme en Nora la millonetis en cinco minutos.

Empecé a pensar en todas las cosas que podía comprarme.

Eran demasiadas.

Entonces la voz de mi padre captó mi atención.

Acababa de tocar un tema muy delicado.

—Tu madre me ha preguntado cuándo es la graduación.

Apreté los puños y desvié la mirada.

No quería saber nada de ella.

—No sé cómo puedes hablarle después de lo que te hizo.

—Nora, tu madre no me hizo nada malo.

—Papá, no me jodas, que leí las cosas que dijo en el juzgado sobre ti.

Puso los codos sobre la mesa y apoyó la cabeza en sus manos.

—Cuando tu madre y yo nos separamos, ella cobraba la mitad que yo, Nora. —Hizo una pausa—. ¿Te imaginas lo que tiene que ser madre divorciada con dos niños y un sueldo de ochocientos euros al mes? ¿Sin saber si le subirían las horas?

Se me revolvió el estómago, pero no por lo que me acababa de decir, sino por las cosas que leí cuando cumplí los dieciocho años y quise saber la verdad.

Mi madre se pasó años malmetiendo .

Al principio yo me lo creía todo, pero con el tiempo empecé a darme cuenta de que algo no cuadraba. Lo que ella me decía no tenía nada que ver con lo que yo veía cuando me quedaba los fines de semana con él.

Todavía sigo sin entender cómo pudo ser tan tonta de hacer algo así. ¿Qué se pensaba? ¿Que como éramos niños éramos idiotas?

—Tu madre tenía miedo de no poder salir adelante.

Pagar un alquiler, daros de comer, aunque solo fuese la mitad del mes, ropa, colegios, libros, muchos gastos.

—Negó con la cabeza—. E hizo lo que fue necesario para asegurarse vuestra custodia, aunque eso significase echar toda la mierda del mundo sobre mí.

—Mintió, y obligó a Carmen y a las tías a mentir también.

—Lo sé, Nora, pero da igual.

—Dijeron que pasabas de nosotros, que eras mal padre, que nos abandonabas en casa de la abuelita para irte de fiesta. —Cogí aire para poder seguir—. Y eso nunca pasó, y lo sé porque me acuerdo de los veranos que pasamos en el camping. Nunca nos dejaste con los abuelitos.

—Tu madre no era tan valiente como tú, hija.

Aquella frase me descolocó por completo.

¿Me acababa de llamar valiente? ¿A mí?

Miré la botella de vino que tenía al lado. Solo se había bebido la mitad, o sea, que borracho no estaba.

Me llevé las manos a la boca.

¡Ay, Dios, empezaba a chochear!

—Papá, ¿acabas de decir que yo soy valiente?

Asintió sin dejar de masticar.

Me quedé con la boca abierta, como cuando tenía un año y me daba de comer.

Le dio un sorbo a su copa de vino y me miró.

—Nora, apareciste con doce años en la puerta de mi casa tirando de una maleta y me dijiste que querías vivir conmigo en vez de con tu madre. —Apretó los dientes—. ¿Te das cuenta de la valentía necesaria para hacer algo así? ¡Con doce años!

—Estaba harta de aguantar a su nuevo marido —gruñí.

—¿Sabes cuántas personas están hartas de sus parejas, de sus trabajos, de sus vidas y solo se quejan sin hacer nada?

—Pero eso no es lo mismo —argumenté.

—¿Por qué no?

—Porque a mí ese cabr… ese hombre me hacía la vida imposible, era como si me tuviese manía. No me tragaba, siempre estaba molestándome, me dejó la autoestima por los suelos, ¿qué otra cosa podía hacer?

Me miró a los ojos y sonrió.

—Por decir basta, por ponerte en pie, tú sola, con doce años, y plantarle cara, por eso mismo, eres la persona más valiente que conozco.

Entonces comencé a entender lo que quería decir.

Nunca había pensado en ello.

Yo solo veía a una niña que escapó de un sitio donde parecía estorbar. Y ese pensamiento me hizo apretar los puños más fuerte.

Mi madre no me defendió ni una sola vez.

Ni siquiera un día que no fui capaz de morderme la lengua y le contesté mal. Tenía diez años. El muy asqueroso me quitó el plato, tiró mi comida al suelo y me dijo que me fuese a mi habitación.

Ella ni pestañeó.

Cada verano, cada festivo, se iban de viaje los dos juntos y cuando yo les decía que necesitaba un libro para el colegio, me decían que no teníamos dinero, que se lo pidiese a mi padre.

Hasta se fue al Salón del Cómic de Barcelona y no me llevó con ella. El lugar del mundo al que yo más ganas tenía de ir.

¿Y a esa mujer tenía que quererla yo?

Lo siento, pero no.

Eligió poner por delante de sus hijos a un tío que se encontró en la calle .

Mi padre se separó de Nuria porque una mañana se levantó con el ovario torcido y se enfadó conmigo porque le había quitado su lado del sofá.

¡De unos sofás que encima eran de mi padre!

Él no gritó, no se peleó con ella, no hubo drama.

Nos dijo que hiciésemos las maletas, que nos íbamos los tres a pasar el fin de semana a casa de los abuelitos y allí se acabó Nuria como pareja para él.

No sé si fue la primera vez que nos hizo un feo, pero fue la única que yo vi.

Para mi padre siempre fuimos lo primero.

Y seguimos siéndolo.