Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 47 Mi Mejor Amiga
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Capítulo 47 Mi Mejor Amiga

El vídeo de junio fue el primero que recibí que no quise ver de inmediato.

Era el último.

Después de ese ya no habría más y tenía sentimientos encontrados. Por un lado, yo ya tenía claro lo que iba a hacer con mi vida y me daba mucho palo verlo y que de repente Jara me jorobase los planes con alguna petición extraña de última hora.

Por otro lado, pensaba que, al faltar solo el traslado de Hugo a Londres, había cumplido a la perfección todo lo que me había pedido. Por lo tanto, era el momento de reclamar mi premio.

Y lo que me impedía hacerlo era la idea de que usase sus poderes paranormales contra mí.

—Y si de repente aparece aquí un fantasma, ¿qué?

—Nora, creo que te estás rayando un poco de más —me intentó calmar Emma, dándome dos palmaditas en la rodilla.

—No, tía, que sé de lo que hablo, que se me apareció en el cementerio.

—A ver, cielo —me dijo levantando las manos—. Vamos a poner los pies en el suelo.

La miré con el morro torcido.

Qué fácil era decir eso, pero ella no había visto lo mismo que yo. A mi amiga delante de mí, durante dos segundos, diciéndome que no echase balones fuera.

—Llevabas varios días sin dormir, estabas jodida por lo del lapsus y la cabeza te jugó una mala pasada.

—¡Que no, tía! ¡Que la vi allí, de verdad!

Se llevó una mano a la frente y me miró a los ojos .

—¿Te acuerdas cuando Philip nos dio de las setas aquellas que se trajo de Ámsterdam?

Se me estremeció todo el cuerpo.

Había conseguido borrar de mi memoria aquel día y la muy jodida me lo acababa de recordar.

—Te pasaste dos días llorando porque habías visto a tu abuelo y te había dicho que te echaba de menos.

Ay, mi abuelito Jesús. Me quería una barbaridad.

Se me humedecieron los ojos en menos de un segundo.

Era la mejor persona del mundo. Siempre jugaba con nosotros en el parque. Era como un niño más. Hasta nos compró un cuatro por cuatro eléctrico en el que cabíamos mi hermano y yo.

¡Menudas peleas tuve con Alejandro para ver quién lo conducía!

—¡Pero iba drogada, no es lo mismo! —protesté, dándole un golpecito al cojín que tenía al lado.

—Te repito, que llevabas días sin dormir y sin comer.

—Bueno, vale —me rendí haciendo un puchero.

Ya no podía discutir con ella porque no dejaba de pensar en mi abuelito que estaba en el cielo.

Me crucé de brazos y bajé la cabeza. ¿Por qué no me mandó vídeos él?

Entonces me di cuenta de que era imposible.

Una vez se empeñó en que quería un móvil.

Para quitarle la idea de la cabeza le dejamos el de mi abuela y le pedimos que encendiese la pantalla.

A los cinco minutos de intentarlo, se puso tan nervioso que estuvo a punto de partirlo por la mitad.

Me dio la risa al acordarme de lo torpe que era el pobre con la tecnología.

Mi abuela le compró uno de tapa para que la dejase tranquila y al día siguiente se lo devolvió con la tapa arrancada. Ya no le compró otro y así se convirtió en el primer español de la historia moderna que estaba a salvo de Google, de las redes sociales y del WhatsApp.

Pobrecito mío, cómo le echo de menos.

Abracé a Emma, me levanté del sofá y volví a mi habitación .

Allí me esperaba mi iPhone 12, sobre el soporte del chino, preparado para mi sesión de espiritismo mensual.

Me senté, acerqué la silla, suspiré y apreté el botón del play.

Jara apareció en pantalla, con los brazos apoyados contra el pecho y los puños cerrados bajo el mentón. Parecía que estaba a punto de echarse a llorar.

Cogió mucho aire y habló.

—Enhorabuena, Nora, de verdad, enhorabuena —me felicitó—. Sabía que lo conseguirías.

Me quedé paralizada.

¿De qué me hablaba?

¿De la universidad? ¿Del libro de poesía? ¿De Hugo?

—Nunca dudé de ti, eres una máquina. Estoy muy orgullosa, tanto que ahora sí, Nora, ahora sí —asintió varias veces—, ahora por fin estás preparada para saber toda la verdad.

Me encogí sobre la silla.

¿Qué verdad?

Empecé a caminar sin levantarme, para acercarme más, pero se me patinaban las zapatillas. Empujé con el culo la silla y conseguí pegarme al escritorio.

—Seguramente te habrás preguntado durante todos estos meses cómo conseguí tener poderes paranormales para poder vigilarte desde el más allá. —Se acercó a la cámara y me guiñó un ojo—. O para quitarte tu patinete por portarte mal.

Apreté los dientes al acordarme.

Al principio pensé que me lo habían robado, pero cuando reapareció por arte de magia atado a la escalera del portal, me quedé de piedra.

Solo yo tenía la llave del candado.

Era literalmente imposible que se lo hubiese llevado alguien.

—Pero antes, quiero repasar contigo una última cosa.

Apreté el pause y me levanté de un salto .

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! —repetía gritando mientras daba vueltas por la habitación, tirándome del pelo con las dos manos—. ¡Sabía que me la iba a liar en el último vídeo!

Cuando conseguí calmarme un poco me quedé con los brazos en jarra mirando la pantalla.

—¡¿No puedes descansar en paz como las personas normales?! —le increpé.

Le di un puñetazo a la mesa.

Pero comprendí que todo aquello no servía para nada, así que me senté y me acerqué de nuevo.

Volví a apretar el play.

—Quiero que sepas lo importante que es para mí… —Hizo una pausa—. Perdón, para las dos, la publicación del libro de poesía.

Abrí los ojos de par en par.

Pensaba que me iba a pedir otra cosa más enrevesada, como que me extirpase un riñón y lo congelase por si algún día a Hugo le fallaba uno de los suyos.

La toma cambió.

Siempre que aparecía sentada en el borde de su cama, era que se iba a poner seria.

Despejé mi mente y me acerqué aún más.

—Nora, hay algo muy importante que debes saber. —Correcto, se había puesto súper seria—. Cuando estás en mi posición, empiezas a pensar en el sentido que ha tenido tu vida.

Dejó de mirar a cámara un segundo y sonrió.

No sé lo que fue ese gesto, pero me intrigó un montón. Era como si hubiese mirado a otra persona que estaba allí con ella.

—Yo no tendré hijos, no dejaré descendencia. —Sus ojos mostraban que estaba a punto de empezar a llorar—. Cuando falten mis padres, la única persona que se acordará de mí es mi hermano Rubén.

Todo el vello de los brazos se me puso de punta.

Fue un escalofrío brutal .

¡Cómo no me había dado cuenta antes!

Su hermano, Rubén.

¡Hostia! ¡Pues claro!

Era la persona que estaba grabando el vídeo, a quien acababa de mirar.

¡¿Cómo he podido ser tan tonta?!

¡Él me estaba mandando los vídeos!

—Cuando él tenga hijos, yo ya llevaré muerta años y no me conocerán. No sabrán quién fue su tía Jara. —Bajó la cabeza y suspiró antes de seguir—. Aunque Rubén les hable de mí, no servirá de nada. Cuando mi hermano deje este mundo… —Su voz se quebró.

Se frotó los ojos con las manos y volvió a mirar a la cámara.

—Será como si yo jamás hubiese existido.

No pudo contenerse más y empezó a llorar.

La cámara se movió, pero ella levantó una mano y murmuró algo.

Juraría que había dicho «Estoy bien», pero habló tan bajo que no la escuché.

Un minuto después se recompuso.

—Nuestro libro de poesía, Nora, será la única prueba de que yo pasé por este mundo.

Un legado que perdurará con el paso de los años.

—Se limpió de nuevo los ojos, esta vez con el dorso de la mano—.

Da igual si la gente lo lee o si acaba olvidado en una balda de la biblioteca pública.

Lo importante es que una parte de nosotras seguirá existiendo para siempre en él.

Me di cuenta de que yo también estaba llorando.

Apreté el pause para poder sonarme los mocos.

Mientras buscaba los Kleenex recordé lo que me dijo en su primer vídeo: que si hacía todo lo que me ordenase, me entregaría su libro y me devolvería mis dibujos. Recuerdo que comentó algo de su madre y no sé qué de una editorial, pero no entendí a qué se refería.

Me pareció increíble que después de tantos años aún lo conservase y no solo eso, que mantuviese la determinación de terminarlo juntas, tal y como habíamos hablado cuando éramos niñas .

Por ese motivo acepté participar en su juego.

Pero ahora que me había contado por qué era tan importante para ella, solo podía sentirme agradecida. Acababa de comprender que pese a estar enfadada durante años, realmente nunca había dejado de quererla.

Y ella a mí tampoco.

Ni siquiera cuando un puto cáncer de mierda se la estaba llevando por delante, ni siquiera entonces fue capaz de rendirse y darme por perdida.

Dedicó parte del poco tiempo que le quedaba a arreglar las cosas.

Lloré durante horas aquella tarde.

Recordando cada juego, cada merienda, cada excursión, cada descubrimiento, cada pelea de hermanas, porque eso es lo que fue durante años, mi otra hermana.

La que no era de sangre, la que era por elección, por decisión, la que yo había elegido.

Confidente, compañera, todo.

Jara Ferrando Molina.

Mi mejor amiga.