Capítulo 46 El Mangante
—Libre, como el sol cuando amanece, yo soy libre, como el mar —cantaba desgarrándome la voz—. Como el ave que escapó de su prisión y puede al fin volar.
Los mejores cuatro minutos del año.
¡Dios, cómo te quiero, Nino Bravo!
Qué gustazo poder cantar su canción sabiendo que ya no tendría que volver a la universidad nunca más.
Cuando terminé me sentía en la gloria, como si hubiese tenido sexo durante horas.
Me senté en la silla exhausta. Cerré los ojos y apoyé la nuca en el borde. Era como si flotase por encima del resto de los mortales.
—¿Otro vodka con Red Bull?
—Ya estás tardando —respondí a Marc—. ¿Y me puedes anotar otra vez?
Se puso en cuclillas junto a mi silla.
—Claro —afirmó sonriente—. ¿Qué canción?
—La misma.
—¿Libre? —Apretó los dientes—. ¿Otra vez?
Asentí rápido, sin dejar de sonreír.
—Que ya la has pedido seis veces, Nora.
—¿Algún problema? —le gruñí.
—No, no, no, ninguno. —Levantó las manos con las palmas hacia mí—. Cuando vengan los de la Sociedad General de Autores a pedirte royalties, ya te apañas tú con ellos.
Volví a recostarme sobre mi asiento cuando se fue y miré a Silvia y Liam, que estaban haciéndose mimitos.
¡Estaban más monos !
Desde el verano pasado juntos y los muy canallas no me habían contado nada. ¡Será posible!
Aunque, por otro lado, creo que todo el mundo lo veía venir menos yo. Llevaban juntos desde que les conocí al empezar el instituto. No se separaban nunca. Si lo raro era que no se hubiesen liado antes.
—Hubo algún «rifirrafe» cuando empezamos la universidad —me confesó Silvia una tarde que nos fuimos de compras al Aqua—.
Alguna vez que acabábamos los dos en el piso después de una noche de juerga y nos apetecía compañía, pero era tan buen amigo que me daba rollo empezar algo y que se fuese todo a la mierda.
Entramos al Bershka y se fue corriendo a la sección de shorts, cogiendo tres modelos distintos sin ni siquiera mirar la talla.
—O sea, que erais «amigovios».
—Sí, podría decirse que sí —dijo, sujetando los tres pantalones contra su cuerpo delante de un espejo.
—¿Y el Reni? —le pregunté por un chico rumano con el que estuvo saliendo durante dos años.
—Ah, no, cuando estuve con ese hubo un Kit Kat.
—Ya, ya, menuda pájara estás hecha.
Nos metimos al probador con la ropa y se los fue probando. Cuando terminó me dio uno y me pidió que le echase una foto a la etiqueta con el móvil.
Entonces me miró de arriba abajo con el ceño fruncido.
—¡Oye! De pájara nada, que cuando él se lio con una de Alginet, también me tocó a mí estar esperando durante meses hasta que lo dejaron.
Ladeé la cabeza y asentí.
—Se acepta la protesta.
Salimos y dejó los pantalones encima de un montón enorme.
—Vamos, ¿que lleváis media vida que sí que no? —le pregunté.
—Sí, más o menos —me respondió mientras miraba el WhatsApp—. ¿Me has pasado la foto?
—Ay, no, perdona. —Le envié la imagen de la etiqueta .
—Perfecto. —Sonrió al verla.
Guardó el móvil y se frotó las manos.
—¡Ya tenemos uno para pedirlo online en cuanto empiecen las rebajas! —Me miró triunfal y añadió—: ¿Seguimos?
Salimos del Bershka y cruzamos hacia el Mango de la planta de arriba. Tardamos la vida en llegar porque el centro comercial estaba a tope de gente. Casi no se podía andar.
Entramos en la tienda y comenzamos a cotillear sin dejar de hablar del pasado sentimental de Silvia.
—¿De verdad? ¿Con el Reni? ¿En el Primark?
—Cómo te lo cuento.
Silvia cogió una blusa estampada de la primera percha que encontró, la sostuvo un segundo delante de sí y la volvió a colgar torciendo el morro.
—Me dejas a cuadros.
—Es que el Reni. —Lanzó un suspiro—. Era mucho Reni, niña.
Yo no lo recordaba especialmente interesante. Es más, tenía una pinta de chulo que no podía con ella, pero como a Silvia le iban los malotes, no le di muchas vueltas al asunto cuando me lo presentó.
Me separé de ella un segundo y pasé los dedos por una fila de tops, todos en tonos tierra. Me dio un escalofrío al ver lo sosos que eran.
Pensé en lo que me acababa de contar, sus aventuras en el Primark del centro, y quise saber más.
—Ya, tía, pero es un sitio al que vamos mucho, a mí se me caería la cara de vergüenza si me pillan.
—Pues chica, qué quieres que te diga, es que allí es muy fácil.
Nos adentramos más en la tienda, pero creo que las dos estábamos sintiendo lo mismo. Aquella ropa parecía diseñada para cuarentonas.
Seguí tirándole de la lengua.
—Ay, no, yo no podría —le dije colocándome la mano en el pecho—. Suena una alarma al salir y me cago viva.
—Buah, pues si hubieses visto al Reni, flipabas. Salía hasta con tres pantalones puestos .
Parpadeé dos veces al escucharla.
¡Con tres pantalones puestos a la vez!
Eso no podía ser, era imposible, me estaba vacilando.
De repente desapareció.
Miré a todos lados y la vi un poco más allá, con un vestido corto entre las manos. Tenía un estampado de flores diminutas bastante curioso, lo único decente de la tienda. Lo miró con la cabeza ladeada y volvió a dejarlo en la percha, arrugando la nariz.
Yo pensé en probármelo, pero cuando vi el precio pensé que allí colgado quedaba de lujo.
Me acerqué a ella y me enganché de su brazo.
—Pero no entiendo cómo coño lo hacíais, ¿no te cuentan la ropa al entrar al probador y te dan una ficha? —le pregunté en voz baja.
—Sí, claro. —Empezó a reírse—. Pero íbamos en días que había mucha gente.
Él entraba por su lado, con cuatro prendas, y yo entraba por el mío, con otras cuatro.
Nos encontrábamos dentro de los probadores, esperábamos un rato para que se olvidasen de nosotros, él se ponía toda la ropa y luego salíamos juntos, con la ficha de mis cosas.
Las dejaba allí y nos íbamos tan ricamente.
—Alucino en colores.
—Una vez se llevó una levita puesta, que era más bonita. Parecía un actor de cine con ella.
Negué con la cabeza pensando que aquel jodido rumano había desvalijado medio Primark como si fuese la cosa más sencilla del mundo.
—De verdad, lo flipo.
—Ay, nena. —Suspiró de nuevo—. El Reni era un crack.
Salimos de Mango sin echar ninguna foto y pasamos por tres tiendas más, pero con nulo éxito. Al final nos aburrimos y nos fuimos al Taco Bell a cenar.
—¿Sabes la estantería del Ikea que tengo en mi habitación? —me preguntó mientras ojeaba los menús en la pantalla del tótem .
—¿La tocha? —le pedí que me confirmase, señalando con las manos un tamaño exagerado en el aire—. ¿La de cuatro por cuatro?
—Esa misma —asintió ella.
Eligió un montón de tacos diferentes, dos raciones de patatas y una cola.
—La sacó del Ikea sin pagar.
Me giré hacia ella y abrí la boca gigante.
No podía dar crédito a lo que acababa de oír.
—¿Cómo que la sacó sin pagar? —conseguí preguntarle después de medio minuto.
—Atenta, que vas a flipar —afirmó riendo—. ¿Sabes las cajas rápidas? ¿Las que está la chica de pie ayudándote a que pases tus cosas?
Asentí y ella continuó.
—Pues pasó por el medio aprovechando que estaban a tope y la tía ni se dio cuenta. —Abrí los ojos de par en par—. Pero espera, que no creas que el muy cabrón se fue rápido, no.
Levantó el dedo índice y negó con él.
—Se plantó en el puesto de comida tirando del carro y se compró un perrito caliente.
Cogimos los tickets de la máquina y nos quedamos esperando junto al mostrador.
—¿Y tú qué hiciste?
—¿Yo? —Sacudió la mano—. Me dio tal sofoco al ver lo que acababa de pasar que me fui corriendo al parking y lo dejé allí solo. Tardó casi media hora en bajar.
Se llevó una mano a la frente y soltó un bufido.
—Yo estaba atacada pensando que al final le habían trincado, pero no, apareció tan campante con la estantería.
Sonó nuestro número y recogimos nuestra comida.
—Te juro por mi vida, que si no lo veo, no me lo creo.
Salimos hacia la terraza de fuera, buscando una mesa libre entre la gente, y nos sentamos justo cuando el sol empezaba a ocultarse tras la Ciudad de las Artes y las Ciencias .
De repente Silvia empezó a reírse.
—Ay, si no se hubiese vuelto a Rumanía. —Dejó escapar un suspiro teatral—. Tendría yo una habitación de ensueño.