Capítulo 45 TFG
Me miré en el espejo y arrugué la nariz.
No me gustaba lo que veía. La blusa me quedaba demasiado apretada, casi no podía respirar.
Me solté un botón y pensé que iba a reventar, o peor, que se me saldrían las tetas.
Aunque, por otro lado, me hacía un escotazo de infarto.
Metí las manos intentando que se me quedasen dentro de la copa, para no parecer vulgar, pero no había manera y ya me estaba empezando a agobiar, así que al final lo mandé todo a la mierda y salí del aseo medio cabreada.
—¿Nora? —me preguntó don Manuel cuando entré en el aula magna.
Había sido mi profesor de Dirección Estratégica en tercero, me alegré de que fuese uno de los miembros del tribunal. Sonreí y le saludé con la mano. Pero él parecía contrariado, no dejaba de mirarme con la boca abierta.
¡Ay, Dios!
Empecé a temblar.
Seguro que se me había salido una teta. Miré para abajo, pero no, estaban las dos en su sitio. Se me escapó una risita nerviosa y caminé hasta el atril.
Eché una ojeada para comprobar si había espectadores, pero con la luz del proyector cegándome no pude distinguir nada. Escuché un ligero murmullo de fondo y di por sentado que serían otros ponentes que también tendrían que defender sus trabajos.
Bajé la vista y revisé todo lo que necesitaba. Miré de reojo hacia el tribunal e hice una pasada rápida. Don Fernando, mi tutor, se sentaba en el centro, y Elena, profesora de matemáticas, a su izquierda .
—Buenos días, miembros del tribunal. Mi nombre es Nora Martínez y hoy vengo a hablar de algo que ya forma parte de nuestro día a día.
Cogí el mando del proyector y apreté el botón de «up».
A mis espaldas, la pantalla se iluminó con el título de mi trabajo: «El algoritmo de la rutina».
Comencé hablando sobre futuros distópicos y robots que se encargaban de los trabajos más pesados, para terminar explicando que mi investigación se había centrado más en la realidad de la calle, y sobre todo, en cómo habíamos delegado en asistentes controlados por IA tareas tan cotidianas como hacer la compra.
—Y es que, señorías, los algoritmos se han convertido en francotiradores contra los que no estamos preparados, sobre todo a edades muy tempranas, donde somos fácilmente influenciables.
Un mal recuerdo apareció sin aviso y por un segundo me quedé en blanco, pero logré controlarlo y enviarlo de nuevo al fondo de mi mente, donde debía seguir para siempre.
—Por ese motivo he querido centrar mi investigación en el día a día de las personas, en las interacciones reales con la IA, muchas de ellas, ajenas a nuestra aprobación.
—Me erguí y levanté un poco la voz—. Y no debería permitirse que las IA interactúen con las personas sin un consentimiento informado.
Elena, que había estado hojeando mi memoria, pasando páginas sin mucho interés, levantó la vista y asintió levemente.
Veinte diapositivas después, mi tutor, don Fernando, también parecía contento y don Manuel seguía con la boca abierta, pero yo intentaba no mirarle, porque cada vez que lo hacía, me ponía de los nervios.
—Por último, me gustaría dejar una reflexión.
—Me llevé los puños al pecho—. La inteligencia artificial ya está entre nosotros y ha venido para quedarse.
Es nuestra responsabilidad, como futuros asesores en marketing de millones de personas, velar para que no se produzcan abusos ni negligencias en su utilización.
—Les dediqué una sonrisa y añadí—: Muchas gracias por su atención.
Llegó la hora de lo peor.
El turno de preguntas.
Elena fue la primera en disparar.
—Señorita Martínez, su enfoque es muy conservador, ¿no cree que subestima la capacidad del consumidor frente a estas recomendaciones predictivas?
Respiré hondo antes de responder.
Era una pregunta de manual, la tenía controlada.
Respondí de carrerilla, muy profesional.
Las siguientes, sobre todo las de don Fernando, fueron más técnicas, centradas en la segmentación de la muestra de mis encuestas y las limitaciones empíricas del estudio.
¡La madre que lo trajo! Llegué a pensar que me la tenía jurada por algo. Me tocó sudar para que no me pillasen en un renuncio.
—Muy bien, Nora —concluyó ordenando los papeles de mi trabajo con un golpe seco contra la mesa—. Puedes abandonar la sala.
Salí y me quedé en el pasillo, dando vueltas como Hugo el día de su juicio.
Todavía me temblaba un poco el cuerpo, pero sabía que lo había hecho bien. Solo faltaba que me diesen la nota, quizás un seis o un siete, pero para mí, de categoría.
—Has estado genial. —Escuché detrás de mí.
Me di la vuelta y me quedé petrificada.
Allí estaba Marc, apareciendo siempre cuando menos se le esperaba.
—Ni te me acerques, que ya estoy bastante atacada —le pedí.
De verdad lo estaba, vaya que sí.
Y Marc, que parecía disfrutar poniéndome aún más nerviosa, actuó de la manera correcta, como siempre hace un tío cuando le dices que se vaya.
No hizo ni puto caso y se acercó .
—Nora —habló en voz baja—. Puedes estar tranquila, ¿de acuerdo?
Le fulminé con la mirada, lanzándole todo tipo de mensajes, pero seguro que no entendió ninguno.
—Lo que pasó entre nosotros, Hugo no lo sabrá jamás.
Miró a todos los lados, con los ojos muy abiertos, por si alguien le había escuchado. Creo que hasta me provocó una arritmia porque mi corazón empezó a volverse medio loco.
—Prométemelo —le ordené.
—Te lo juro, por mi hermana —respondió completamente serio, llevándose una mano al pecho.
Me dio hasta un poco de cosilla verle así, tan solemne de repente. No pegaba nada con el chico del karaoke de Nochevieja, ni con el tipo que se dedicaba a aparecer cada dos por tres para incordiarme luciendo esa sonrisita de canalla que tan bien le quedaba.
—Vale, está bien, te creo —le dije en voz baja—. Siento si he sido borde contigo.
—No pasa nada. —Me sonrió—. Reconozco que era divertido verte agobiada cada vez que coincidíamos los tres.
—¡Capullo! —mascullé.
—Bueno, Nora. —Me puso una mano en el hombro—. Me voy corriendo, que en media hora me toca defender el mío.
Se alejó por el pasillo y no fui capaz de estar callada.
—¡Marc! —lo llamé.
Se giró y me hizo un gesto con las manos, como si esperase algo.
—¡Suerte! —le deseé.
Levantó el pulgar, se giró y siguió caminando.
Me quedé allí esperando diez minutos más hasta que la puerta se abrió y me dijeron que podía pasar.
—El tribunal ha valorado muy positivamente la originalidad del enfoque, la solidez de los datos y, sobre todo, la madurez de su defensa oral —anunció don Fernando—. Hemos acordado por unanimidad calificar su Trabajo de Fin de Grado con un notable alto. Enhorabuena, compañera.
Noté cómo se me humedecían los ojos.
Me habían llamado compañera.
Eso era que ya estaba, que ya era oficial, ¿no? Ya tenía mi grado en Marketing, ya no tenía que estudiar más. Por fin lo había conseguido.
De repente me di cuenta de que don Manuel estaba a mi lado y le abracé.
—Muchas gracias, don Manuel, muchas gracias —le dije llorando.
—No, hija, tranquila, no tienes que dar las gracias, lo has hecho muy bien.
—Ya, pero, de todas formas, muchas gracias.
Se acercaron los otros dos y me felicitaron también.
Suspiré sin creerme todavía que por fin había terminado la universidad. No me lo podía creer.
Entonces don Manuel me habló en voz baja.
—Nora, cielo, perdona que te moleste, pero ¿puedo preguntarte una cosa?
—Sí, señor, dígame, lo que sea —le dije limpiándome los ojos con la manga de la blusa.
Pareció dudar un momento, pero finalmente arrancó.
—Te veo mucho mejor que cuando empezaste la carrera —titubeó un segundo, como si le costase encontrar las palabras correctas—. Lo que quería preguntar es si has ido a un endocrino o algo, si me podrías pasar su teléfono.
Me quedé sin saber qué decirle, así que le respondí lo único que podía.
—Don Manuel, no se lo va a creer, pero mi nutricionista se comunica conmigo desde el más allá.