Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 44 Exámenes
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Capítulo 44 Exámenes

Nunca se me dieron bien los contornos, era lo que peor llevaba de dibujar, casi lo había olvidado. Que la modelo no dejase de moverse tampoco me ayudaba, la verdad. Pero no podía pedirle que estuviese quieta porque estaba trabajando sin saber que yo me dedicaba a inmortalizarla.

Di unos retoques, miré la libreta de lado, cogí el «borra», corregí un par de cosas, y volví a mirarla.

Estaba tan concentrada en mi dibujo que ni me di cuenta cuando Silvia se sentó a mi lado.

—¡¿No saludas o qué?! —me gritó.

Di un respingo en la silla y parpadeé al verla.

—Holi. —Sonreí—. No te había visto llegar.

Estiró el cuello y echó un ojo a mi cuaderno.

—¿Es la chica de la barra?

Asentí con la cabeza y volví a mirar al fondo, allí seguía mi modelo, recogiendo platos que otros alumnos habían dejado por la cantina. Necesitaba que volviese a la barra o no podría terminar el boceto, y no quería dejarlo a medias.

—¿Cuándo has vuelto a dibujar? —me preguntó Silvia.

—Hace media hora —le informé—. Estaba aquí esperando y empecé casi sin darme cuenta.

—Te está quedando muy bien.

—Bueno. —Yo tenía mis dudas—. Pasable.

Liam apareció por la puerta, nos saludó con la mano, se acercó, dejó su mochila en el suelo, le dio un beso a su novia y se sentó.

—Creo que me han vuelto a follar en Macroeconomía.

—¿En serio? ¿Tan mal te ha ido? —le pregunté .

—Fatal. —Dejó caer la cabeza contra el respaldo de la silla—. Y era la segunda convocatoria. El año que viene la matrícula me va a salir por un ojo de la cara.

Silvia estaba de brazos cruzados mirándole.

—Si hubieses estudiado más, no estarías así —le riñó.

—¿A ti te ha ido bien? —intervine yo.

Conocía a mis amigos y sabía lo intensa que se podía poner ella, así que lo mejor era desviar su atención.

—Por supuesto, pero porque estudié como una perra. —Lo miró a él de reojo—. Y no como otros.

Hugo apareció por la otra puerta de la cantina, justo en el lado opuesto al que estábamos nosotros.

Apreté los dientes al ver quién le acompañaba.

—Hola, Nora. —Me saludó en cuanto se acercó, como si no hubiese más gente con nosotros—. Siento ser descortés, pero no os conozco.

Me tocó hacer de tripas corazón y sonreír.

—Silvia y Liam. —Les presentó Hugo señalándolos en orden—. Él es Marc.

—¿Cómo os ha ido? —le pregunté a Hugo.

Cómo le hubiese ido a Marc me daba igual, pero yo no iba a ser maleducada como él.

Hugo hizo un gesto con la mano indicando que regular.

—Yo no sé qué decir —añadió Marc, encogiéndose de hombros—. Siempre que creo que he aprobado, acabo palmando. Y cuando salgo pensando que menuda mierda, resulta que apruebo, así que ya ni lo intento entender.

Muy bien, bonito, pero no me interesa ni lo más mínimo.

Miré a Hugo y le saqué la lengua.

—¿Podemos ir a la playa esta tarde? —le dije en voz baja.

—Sí, por favor, que estoy más blanca que un folio —soltó Silvia.

Me giré clavándole la mirada.

Mensaje enviado: «No, joder, que quiero ir sola con él» .

Respuesta recibida: «Te jodes, Liam y yo también vamos».

—Yo no quiero ir —murmuró su novio.

—Calla, que luego te lo pasas bien —le dijo Silvia dándole un codazo.

—¿Te apuntas, Marc? —propuso Hugo.

Volví a utilizar mi mirada telepática, pero esta vez con otra persona.

Mensaje enviado: «Ni se te ocurra decir que sí».

Respuesta recibida: «ìsa emracinumoc ès oN».

¡Maldita sea! ¿Qué puñetas me había respondido? ¡Con lo sencillo que era comunicarme con Silvia! Apreté los labios y volví a mirarle. Seguramente no le entendí porque era un tío y no estábamos en la misma frecuencia.

—¿A qué hora? —preguntó.

Todos me miraron a mí, como si yo fuese la jefa de repente.

—¿A las cinco? —respondí despacio mientras me encogía.

—No me va bien, lo siento.

Ay, qué pena, Marc no puede venir. Bueno, rey, qué le vamos a hacer, son cosas que pasan. Además éramos dos chicos y dos chicas, te habría tocado hacer de carabina, mejor te quedas haciendo lo que sea que hagas.

—Pero me paso más tarde, sobre las seis.

Dejé caer la cabeza sobre el brazo que tenía en la mesa.

—¿Estás bien, Nora? —me preguntó Hugo.

—Sí, sí —respondí sin mirarle—. Es que estudié toda la noche y me cago de sueño.

—Venga, pues movimiento —ordenó Silvia, dando dos palmadas—. A comer, siesta y a las cinco nos vemos en la Malvarrosa.

Saqué la mano libre y levanté el pulgar arriba.

Se fueron marchando todos hasta que Hugo y yo nos quedamos solos. Se sentó a mi lado y me dio un abrazo.

—¿Te pasa algo con Marc?

Se me cortó la respiración .

Tendría que haber disimulado mejor, pero es que cada vez que los veía juntos, me ponía de los nervios. Solo quedaba un mes y medio para la mudanza a Londres, y ya no tenía claro si era buena idea contárselo a Marc o seguir sin…

¡Mierda! ¡Joder con los lapsus!

Empecemos de nuevo.

Ya no tenía claro si era buena idea contárselo a Hugo o seguir sin decir nada.

¡Cómo me acordé de Jara aquella tarde, Dios mío! De su primer vídeo, cuando me contó que dejó pasar tanto tiempo para hablar conmigo y arreglar las cosas, que luego le daba vergüenza y nunca se atrevió.

Era lo mismo que me estaba pasando a mí con Hugo.

Levanté la cabeza, le miré a los ojos y apreté los puños.

—Nene, hay algo que tenemos que hablar —le dije muy seria.

Bajó la vista y suspiró.

—¿Ya te has enterado? —murmuró.

Parpadeé un par de veces.

Abrí la boca para responderle que no me había enterado de nada, pero me acordé de Carmelita, mi seño de primaria, una mujer encantadora y sobre todo muy inteligente.

Asentí despacio, sin quitarle el ojo de encima, y tiré de memoria para hacerlo bien.

—Sí, Hugo, sí. Me he enterado. De todo… —le dije con la mano en el pecho—. Pero preferiría que me lo cuentes tú.

No respondió.

Se quedó mudo y yo más aún.

—A ver, Nora —arrancó por fin, frotándose las manos sobre las rodillas—. No es seguro todavía, pero es lo que se comenta en el vestuario. Y me gusta la idea de jugar en el primer equipo, pero, por otro lado, siento que si acepto estoy desperdiciando una gran oportunidad.

Abrí los ojos enormes .

Ay, que al final no se marcha a Londres.

Pero… pero… un momento: ¿eso cómo me deja a mí con respecto a Jara? Si él decide no irse, ¿cuenta como que yo no he cumplido? ¿Me quedo sin libro ni dibujos?

Escuché su voz de fondo y decidí prestarle atención.

—Te lo iba a contar esta noche —me explicó mirándome a los ojos—. ¿Has oído algo en la federación? ¿Así te has enterado?

Cogí aire muy despacio.

—Obviamente —le respondí asintiendo un poco más rápido cada vez que repetía el gesto—.

Es que esto es Valencia, rey, todo se sabe, en el fondo es como un pueblo grande.

—Tuve que parar de mover la cabeza porque me estaba mareando—.

Tú porque vienes de fuera, pero si hubieses nacido aquí, flipas en colores, nos conocemos todos.

Apretó los dientes y volvió a frotarse las rodillas.

Me dio la sensación de que había algo más, pero no pude preguntarle porque se levantó.

—¿Nos vamos?

—No puedo, rey —le contesté—. Tengo mentoría del TFG, que lo presento la semana que viene.

Yo también me puse en pie, pero sin ninguna gana.

El trabajo de fin de grado me había quedado un poco churrero y seguramente me iba a caer una bronca de campeonato. Entre los vídeos de Jara, ponerme en forma, los árbitros, y desde hacía unos meses Hugo, tenía tantas cosas que manejar a la vez, que era imposible llegar a todo.

—¿Cómo leches te apañabas tú? —le pregunté al principio del mes a mi hermano.

Habíamos quedado en el centro para comprarme unas botas nuevas de fútbol, porque las anteriores las había perdido después de atender las protestas del señor Díaz.

Con las prisas de que nos pillasen, recogí tan rápido que se me olvidó guardarlas. Cuando regresé al campo por la tarde para preguntar por ellas, ya habían desaparecido .

Alejandro cogió tres pares que consideró bien de precio y me pasó las primeras: eran unas Adidas.

—Para empezar, yo no iba a clases de bachata —me dijo mientras yo le soltaba los cordones a la izquierda.

Me senté en un banquito de la tienda, y me la probé.

Apretaba mucho el dedo pequeño. ¡Descartada!

¡Y la bachata, también!

—Vale, a fin de mes me borro —afirmé rotunda.

Antes no, que no me devolvían la pasta.

Segundo par, unas Nike, que me quedaban mejor. Me levanté y di un par de pasos con ellas por la tienda.

—Y tampoco tenía pareja —prosiguió Alejandro.

—A Hugo no lo puedo borrar —le gruñí.

Empezó a reírse al escucharme.

Me quité la zapatilla Nike, que me rozaba en la parte de atrás del tobillo, y se la tiré.

¡La cogió al vuelo!

Aún conservaba los reflejos de portero. Había sido buenísimo. En su segundo año, hizo tantas paradas en un mismo partido que el entrenador rival acabó estampando contra el suelo todas las cosas que tenía por el banquillo.

Le miré riendo por lo bajini y me puse las Joma. Resultaron ser increíblemente cómodas.

Y además, eran las más baratas.

Señalé a la caja con una sonrisa de oreja a oreja.

—Deja de entrenar durante este mes —me dijo mientras esperábamos para pagar—. No tienes que competir, no pasa nada si lo dejas unas semanas. Cuando terminen los exámenes lo retomas.

—Cuando acabe la uni…

—Ya seguirás entrenando en Inglaterra —soltó encogiéndose de hombros.

No le respondí nada, solo me quedé esperando a que pagase.

—¡Yo no soy papá! —me riñó al darse cuenta de mis intenciones .

Maldita sea, tenía que haber venido con el viejo.

Saqué el móvil y lo acerqué al tarjetero.

Ale, cuarenta euros que salen del banco y ya nunca regresarán.

—Vendrías a verme, ¿no? —le dije haciendo un puchero.

Salimos de la tienda, se apoyó en la barandilla del atrio y recorrió el centro comercial con la mirada.

—Dice papá que sería bueno para mí ir un año, a arbitrar allí, para aprender inglés a tope.

—¿En serio? —le pregunté con los ojos muy abiertos—. ¿Y qué vas a hacer?

Negó con la cabeza despacio.

—No tengo ni idea.

Fue la primera vez que vi a mi hermano titubear sobre su carrera en el arbitraje.

Fruncí el ceño. Solo había una explicación posible.

Esa tal Lidia me lo estaba «descarrilando».

¡Menuda pajarraca!