Capítulo 43 ¿Más Protestas?
Cuando las cosas van bien, a los que tienen pareja, lo digo en serio, el mundo parece brillarles más. Suena cursi, pero es una verdad como un puño.
—¡Ay, qué maravilla, rey! —exclamé dando saltos.
Abracé a Hugo y le di un montón de besos.
Acababa de contarme que volvía a ser titular. Su entrenador había visto una mejoría notable y había decidido contar con él para el final de la temporada.
No sé quién de los dos estaba más contento.
Él me dio un montón de besos también y a los diez minutos ya estábamos desnudos en la cama.
Ese día no hicimos otra cosa.
Ni siquiera salimos de la habitación a la hora de comer.
Nos pasamos todo el día hablando, teniendo sexo, hablando más y teniendo sexo otra vez, así hasta que Emma tocó a nuestra puerta a las nueve de la noche y nos preguntó desde fuera si teníamos pensado seguir toda la noche.
—¡¿Te molesta?! —le grité de broma.
—No, guarros, es por saber si tengo que comprarme tapones para los oídos.
Hugo me miró de reojo y me dijo en voz baja:
—La verdad es que ya me empieza a escocer, creo que por hoy, se acabó.
Eché un ojo bajo las sábanas y vi al caracolito rojo como un tomate.
Me llevé las manos a la boca.
¡Ay, Dios mío, lo habíamos roto !
—¡Tranqui, Emma, que ya paramos! —berreé con todas mis fuerzas.
Me recosté sobre el pecho de Hugo y apoyé el oído para escuchar su corazón. Aún sonaba acelerado.
—Mañana sí que tenemos que estudiar —me dijo mientras jugaba con mi pelo.
—Sí, sí, mañana, sí —confirmé yo.
Me estiré sobre él y volví a abrazarle fuerte fuerte.
Era genial estar así, sintiendo su cuerpo junto al mío.
Me encontraba tan bien que me daban ganas de que todo el mundo se uniese al club y, sin darme cuenta, empecé a darle consejos innecesarios a todas las personas que conocía.
—Llevas muchos años solo, papá —le solté por teléfono, enroscando el cable de los cascos en un dedo.
—Hija, pero si yo estoy genial así.
—Que no, papá, que necesitas una mujer a la que abrazar, con la que despertarte por las mañanas y mirarla, y quererla, y darle mimitos.
—Uy, madre mía, ¿has bebido vino?
Maldije para mis adentros ante las negativas de mi padre.
Mira que era cuadriculado, siempre con su rollo de que él estaba genial. ¡Pues no lo estaba! Porque tenía una gata y eso solo podía significar que se sentía solo.
—Igual es porque le gustan los gatos —sugirió Liam, encogiéndose de hombros desde el sofá.
—Calla. ¡Qué sabrás tú! —le dije de mala gana.
—¿Pero no la recogiste tú de la calle?
—Calla tú también, Silvia. —Me crucé de brazos—. No me apoyáis en nada.
Aunque por otro lado tenían razón. La que se empeñó en rescatar al bicho fui yo. Me empezó a seguir y era tan pequeñita, que me despertó una ternura que no supe manejar. La metí en casa a escondidas, pero algo salió mal.
Desapareció a la media hora .
Debió esconderse en algún sitio y no fui capaz de encontrarla por mucho que busqué. Di por sentado que se había escapado.
La mañana siguiente amanecí con mi padre sentado en el borde de la cama.
—¿Me puedes explicar qué es esto?
Pues no se había escapado, la tenía él en sus brazos.
La gata me miró y maulló.
Y yo solté lo primero que me vino a la cabeza.
—¿Sabes que a veces aparece alguna cucaracha en el aseo?
Mi padre asintió con el ceño fruncido.
—Pues ya le puedes decir adiós a ese problema. —Sonreí.
Mucho renegar al principio, pero luego la quería más que a nosotros.
¡Hipócrita!
Y hablando de querer, recordé que había un tema pendiente por arreglar con respecto a esa palabra, así que decidí tomar cartas en el asunto.
—Y por eso te compra Radlers y tiene ropa tuya guardada, ¿entiendes?
—Ya lo sé, Nora —me dijo Roger en voz baja—. Si ya sé que me quiere, aunque no lo verbalice.
—Bueno, ya, pero eres un tío, igual no te habías dado cuenta.
—Estás como una cabra —me respondió riendo.
No era la primera persona que me lo decía, pero supuse que era envidia.
Porque esa es otra gran verdad.
A la gente le sienta mal que seas muy feliz. Hasta te miran como si fueses autista. ¿Pues no será mejor que pasarte el día amargado? Pero entonces caes en la cuenta de que las cosas no pueden ser siempre así, a veces se tuercen.
—Señor Díaz, es la tercera vez que le aviso de que no entre al terreno de juego —le informé, un poquito hartita ya .
—Pero si solo he puesto un pie —protestó él, tan cabezón como siempre.
—Ni uno ni ninguno, la próxima vez le saco amarilla.
Me di la vuelta, volví corriendo al área contraria, donde los niños esperaban para sacar el córner, y aún tuve que escuchar a una urraca decir «Mujer tenías que ser».
¡Hija de puta, pero si tú también lo eres! En vez de estar ahí apoyando, no va y me insulta la muy guarra. Me pasé el resto del partido rezando para que algún crío chutase fuerte y le estrellase el balón en toda la cara.
Pero no hubo suerte.
Ni con la urraca, ni con el señor Díaz, que siguió entrando al terreno de juego y al final me tocó amonestarle. Y claro, como estaba nervioso, comenzó a protestar, y me tocó sacarle la segunda para que le quedase claro quién mandaba en el campo.
¡No aprende este chico!
Le pegó una patada a una botella de agua que había por allí y se fue lanzando improperios camino de la grada.
Me dieron ganas de llamar al delegado y decirle que lo echase del recinto deportivo, pero me despistó la urraca con un golpe bajo: «Tu hermano arbitra mejor que tú».
Me tuve que morder la lengua para no llamarla gilipollas.
Cada vez tengo más claro que deberían prohibir a las madres ir a ver los partidos de sus hijos.
Y pensaba yo que los padres eran los jodidos.
Pues no, para nada.
Los padres, unos benditos todos. Me hablaban con un respeto increíble. Supuse que debía de ser por la pareja de policías que siempre andaba por allí. En cuanto alguno se descarriaba un poco, se iban directos a charlar con él.
Eso sí, a las madres ni se acercaban.
Y menuda diferencia había entre ellos y ellas .
Recordé las reacciones de los padres cuando a sus hijos les entraban y se caían.
—Venga, Rubio, que eso no es nada, arriba, campeón.
Luego comparé a las madres ante la misma situación:
—¡Árbitra, por el amor de Dios! ¿Es que estás ciega o qué te pasa?
¿Que no has visto la patada que le acaban de pegar a mi hijo?
A poco más y me lo dejan cojo para toda la vida.
—Pausita para coger aire y seguir graznando—.
Cómo se nota que no has sido madre, si no tendrías más empatía con los niños.
Sí, sí, hazte la sorda, como si la cosa no fuese contigo.
—Otra pausita para buscar apoyo entre sus amigas—.
¿Habéis visto a la tipa? ¡Que casi me lo lisian y no ha parado ni el juego!
Cuando acabó el partido, se me acercó un enano y me sujetó de la camiseta.
—Arbi, perdone a mi mamá, que no sabe nada de fútbol.
Me tuve que tapar la boca para no reírme.
—No te preocupes, peque, que estoy acostumbrada.
¡Pero qué bonitos son cuando aún son inocentes!
Seguí mi camino, me metí al vestuario, pensando aún en el canijo que me había dicho que su mamá era una loca, y alguien llamó a la puerta.
—Dígame, señor Díaz —le dije al verle allí plantado.
—Colegiada, ¿podemos hablar de la roja que me ha sacado?
Abrí los ojos de par en par.
¡Esto era nuevo! Me había hablado de usted.
—Claro, ¿quiere pasar?
Entró al vestuario y comenzamos a discutir sobre mis decisiones arbitrales. Quince minutos después, seguíamos sin ponernos de acuerdo.
—¿Entonces no me vas a quitar la roja? —me preguntó al oído.
—Pero ¿por qué paras? —le pregunté jadeando.
¡La madre que lo trajo, estaba a punto de marcar el primer gol y me cortó todo el rollo !
Me di la vuelta, con el agua de la ducha cayéndome por encima, enfadada con él por interrumpir el encuentro, pero le miré a los ojos y suspiré.
¡Dios, qué jugador más guapo me había tocado!
Le empujé contra el otro lado y le besé con todas mis ganas, pero me separé rápido, porque necesitaba seguir con el «partido», que todavía no habían llegado los goles.
Se reanudó el juego, conmigo de espaldas, sin poder verle, pero notando cómo atacaba. Sentía su pecho contra mi espalda mientras chutaba a puerta una y otra vez.
Al final el balón terminó bien al fondo de la portería.
—Ha sido espectacular, rey —me salió del alma cuando conseguí articular palabra—. El mejor gol de toda la temporada.
Él frunció el ceño y sonrió.
—Todavía queda tiempo —me informó.
Tenía muchísima razón, el encuentro aún no había acabado, todavía quedaban unos minutos pendientes y la afición tenía ganas de ver un segundo gol.
Ni se lo pensó, empezó a tirar a puerta con una potencia alucinante.
Una vez, y otra, y otra más.
Pensé que se iba a cargar la portería con semejantes cañonazos, pero me dio igual. Cerré los ojos y apreté los dientes.
—Más fuerte —le ordené.
Y como tenía que obedecerme, ni lo dudó.
Siguió disparando y disparando hasta que la metió hasta el fondo de la red de nuevo.
Fue un golazo en toda regla.
Bajé la cabeza, con las manos apoyadas aún contra la pared de la ducha, y aproveché para beber algo del agua que me caía por la cara. Me había dejado agotada.
¡Menudos dos golazos me marcó!
Me temblaron las piernas durante toda la tarde .
—¡Ni de coña te quito la roja! —le dije mientras nos vestíamos deprisa.
—¿Y eso? —me respondió aún con la respiración agitada.
—Porque me encanta que vengas a quejarte.