Capítulo 42 Te Quiero
—Y sobre todo no te agobies si tarda en decírtelo, que te conozco, Nora, que eres muy impaciente —me dijo señalando a la cámara con su dedo de siempre.
—Que no me agobio, tranquila —le respondí.
Pero como ya era una constante en cada vídeo, siguió a su rollo.
—Conmigo tardó casi un año en decirlo. —Se llevó una mano a la frente—. Así que «calm down» y buena vibe, ¿de acuerdo?
Me recosté en la silla y solté un bufido.
—Que de verdad no pasa nada.
Y entonces pasamos de las explicaciones a las preguntas.
—¿Tú no se lo habrás dicho ya? —Se pegó a la cámara, con un ojo más abierto que el otro—. Porque si lo haces, igual empieza a rayarse y se siente en la obligación de decírtelo él a ti, y eso es peor. Tiene que salir natural.
Me estaba empezando a dar sueño, y eso que me había dormido toda la noche del tirón.
—Que ya lo sé, Jara —respondí entre bostezos, tapándome la boca con el dorso de la mano.
Entonces se calló, pero solo durante diez segundos.
—No sé por qué me pongo tan nerviosa con este tema, seguro que los dos estáis ya en el mismo punto, no debería ni preocuparme. —Apretó los labios, saludó a la cámara y el vídeo terminó.
Me quedé de brazos cruzados unos minutos mirando al techo.
Tampoco era tan importante.
Yo ya tenía a alguien que me lo decía todo el rato sin parar. Lo hacía cada vez que me veía con él.
—Te quiero mucho, hija .
—Yo también te quiero, papá.
Así era como acababan casi todas nuestras conversaciones.
Empecé a pensar en aquellas dos palabras: «Te quiero».
Aunque mi viejo siempre me decía «te quiero mucho». ¿Se podía querer poco? Me rasqué el mentón dándole vueltas al tema.
De repente me vino a la cabeza un chico de Sagunto.
Yo acababa de romper con el chiflado de los trastornos mentales, y me escribió un tío que no conocía de nada por Instagram. Hablé con él durante toda la semana y al final me invitó a un botellón que hacía con sus amigos.
Aprovechando que mi padre tenía que ir a Castellón, le dije si me podía acercar, y aceptó encantado. La idea era que me recogiese a la vuelta, pero decidí quedarme a pasar la noche en casa del chico este.
Y la mañana siguiente, cuando nos despertamos, me abrazó y me soltó un «te quiero» ahí, contra el cuello, a bocajarro, sin avisar.
Claro, cuando te dicen eso, te sientes en la obligación de responder, pero ya la cagué una vez haciéndolo y, cómo no, mi padre me soltó una reprimenda de la leche cuando se lo conté.
—¡Cómo te va a querer un tío con el que te llevas viendo medio mes! —me gritó.
No se refería al de Sagunto, sino al de los trastornos mentales que también me dijo «te quiero» a los tres días de conocerle.
—¿Qué le respondiste? —me preguntó, con los brazos en jarra.
Me encogí sobre la silla del comedor.
—Que yo a él también.
Se llevó las manos a la cabeza y empezó a dar vueltas por el salón.
—No, no, no, Nora, joder, no. —Parecía que le iba a dar un infarto—. No le puedes decir a una persona que la quieres si no es verdad.
Fue la primera vez que escuché el término «responsabilidad emocional».
Qué ganas tenía de empezar las prácticas en Ibiza para largarme de Burjassot y perderle de vista .
Me tocó escuchar una disertación sobre los sentimientos, el amor, las relaciones, de casi una hora. Cuando terminó, estaba tan saturada que solo me habían quedado dos cosas claras.
Si un tío me decía «te quiero» demasiado rápido, tenía que darle un guantazo por gilipollas.
Y si me hacían un bombo, tendría que irme a vivir con el futuro padre de la criatura, porque mi viejo no pensaba mantener a dos irresponsables.
Lo del embarazo no deseado no era la primera vez que me la decía, pero entonces empecé a creer que iba en serio.
Me dije a mí misma que ya había dedicado mucho rato esa mañana a recordar cosas. Salí del dormitorio para desayunar y me encontré a Emma en el salón.
—¿Tienes un minuto? —le pregunté.
—Claro, cielo, ¿qué necesitas?
Me senté en el sofá, a su lado, y miré hacia su puerta, que estaba entreabierta. No sabía si Roger andaba por allí, así que hablé bajito.
—¿A ti Roger…? —Volví a mirar, por si acaso, y me acerqué más a ella—. ¿Te ha dicho… alguna vez… que te quiere?
Se quedó inmóvil durante demasiado rato.
Después comenzó a asentir despacio.
Muy despacio, con los ojos muy abiertos.
—¡Ay, qué bonito! —exclamé yo, dando una palmadita de emoción—. Cuánto me alegro por vosotros.
Pero ella ni pestañeó, dejó de asentir y empezó a negar con la cabeza, igual de despacio.
Ladeé la cabeza e intenté entender el cambio.
—¿No es bonito? —le pregunté encogida.
Siguió negando con la cabeza cada vez más rápido.
—¿Por qué? —pregunté con miedo.
Emma tragó saliva.
—Porque a mí no me sale —respondió con una voz muy aguda.
Y hasta se le humedecieron los ojos .
Me acerqué más a ella y le di un abrazo.
—Tranquila, cari, que ya te saldrá.
—Sí, ya, eso me dice mi hermana también. —Empezó a llorar—. Pero él me lo dice todo el rato, con una carita de felicidad y yo me quedo mirándole, sin ser capaz de decir nada… —Abrió la boca grande y pegó un grito más agudo aún—. ¡Y me muero de pena!
Deduje que Roger no estaba en casa.
—Soy muy mala persona, ¿verdad? —me preguntó sin dejar de sollozar.
—Ay, no, Emma, cada uno necesita sus tiempos —le expliqué frotándole la espalda—. A mí tampoco me sale decírselo a Hugo.
—Ya —consiguió decir entre lágrimas—. Pero vosotros lleváis poco y yo ya llevo con él desde Navidad. —Abrió la boca enorme y volvió a gritar—: ¡Y sigue sin salirme!
¡Menuda manera de empezar el sábado!
Para un día que no tengo que levantarme a las siete de la mañana para arbitrar un partido, primero me toca escuchar las paranoias de Jara y ahora terapia de pareja en el salón.
—Emma, oye, una duda.
—Dime —respondió sorbiéndose los mocos.
—¿Alguna vez se lo has dicho a un chico?
Negó con un gesto.
Y entonces empezó a llorar todavía más.
—¡Soy incapaz de querer a los chicos! —gritó entre llantos—. Roger me va a dejar, ¿verdad? Porque soy mala. Y me tocará hacerme lesbiana o quedarme sola.
Le sujeté la cara con las manos y la obligué a mirarme.
—Eh, eh, escucha, cielo, escucha. —Señalé a la cocina—. ¿Por qué hay botellines de Radler en la nevera?
Me miró extrañada.
—Porque es lo que bebe Roger —me respondió con un tono que casi parecía increparme que le preguntase algo tan básico.
—¿Y por qué tienes ropa suya guardada en el armario ?
—Para que no tenga que andar cargando con una bolsa cuando se queda a dormir —explicó de nuevo con el mismo tono.
—¿No te das cuenta, cielo?
Volvió a negar.
Me llevé las manos a la cabeza.
¡¿Cómo podía ser tan… obtusa?!
—¡Todos esos detalles tan bonitos que tienes con él son porque le quieres, tontita!
Se quedó callada, sin dejar de sorber los mocos, y abrió la boca, pero no dijo nada. Solo miró hacia la cocina y empezó a temblarle el labio de abajo.
—También le hago croquetas —soltó así, sin más—. Le gustan un montón, dice que son las mejores del mundo.
Me dio la risa al escucharla y volví a abrazarla.
Poco a poco se fue calmando hasta que finalmente dejó de llorar.
—Gracias, Nora —me dijo cuando fue capaz de volver a hablar.
Me froté las manos y pensé «Esta es la mía».
—No, no, de gracias nada, cabrona, ¡yo también quiero croquetas!
¡Lo que sucedió entonces fue increíble!
Se levantó del sofá, se metió en la cocina durante toda la mañana e hizo tantas, que el lunes todavía quedaban suficientes para llevarme un táper a la universidad.
—Por Dios, qué buenas están —me dijo Hugo cuando las probó.
Fue a coger otra y le di un manotazo.
—¡¿Qué haces?! —me dijo mirándome con cara rara.
—¡Son mías! —le expliqué, poniendo el táper a buen recaudo.
Para estudiar Derecho, el tema de la propiedad ajena, creo que debería repasárselo, porque no lo llevaba nada bien.
—¿No me vas a dar otra?
—Cuando me cuentes la gran noticia esa que me has dicho por WhatsApp, que me tienes en ascuas. —Le saqué la lengua—. Entonces ya veré si te doy otra.