Capítulo 41 La Compensación
Me bajé de la cama sigilosa como un ninja. Llegué a la cocina, abrí la nevera y saqué los huevos, el queso, las salchichas, el bacon y la mantequilla.
¡Tuve que usar dos sartenes porque no cabía todo en una!
Cogí las tostadas y coloqué una en cada plato, después las alubias dulces que había calentado en el microondas, y por último todo lo que había pasado por el fuego.
Cuando contemplé mi obra, asentí satisfecha, limpiándome las manos en el paño de cocina con dos golpes secos.
Y activé mi ceguera temporal para poder largarme de la cocina sin ver todos los trastos que había ensuciado.
Dejé los dos desayunos en la mesa y corrí a mi habitación.
Salté sobre la cama y abracé a Hugo muy fuerte.
—¿Quién quiere un súper desayuno de los campeones?
Abrió un ojo, me miró, me besó y se levantó de un salto.
—¡Servidor! —afirmó con una sonrisa de oreja a oreja.
Nos fuimos de la mano hasta el salón y después de amenazar a Roger con el matamoscas, para que dejase de olisquear la comida, nos sentamos a desayunar juntos.
No sé quién de los dos tenía más hambre.
Bueno, sí que lo sé.
Yo.
Pero es que me desperté a las tres de la mañana y no podía volver a dormirme, así que empecé a restregarme contra él, a ver si me podía aprovechar de eso que les pasa a los tíos, que tienen erecciones mientras duermen .
Tuve que esforzarme un poco para que se despertase, pero al final funcionó.
Y claro, con el entrenamiento doble, por la mañana estaba canina.
Le miré mientras comía y recordé lo que había pasado los días posteriores al juicio.
Por fin me compró mi cajita de bombones, y me escribió una carta preciosa en la que me pedía perdón por haberse portado como un capullo.
Y además, me dio una sorpresa.
¡Me llevó a cenar a un sitio chulísimo!
Que cuando llegamos yo me quedé de piedra, porque realmente era un hotelazo de cinco estrellas y pensé que íbamos a pasar la noche allí, pero resultó que no. Solo cena. En el restaurante, que estaba en el último piso, con unas vistas de la ciudad que eran la caña.
Cuando salimos del ascensor y lo vi, se me abrió la boca de par en par.
Había unas mesitas redondas decoradas con jarroncitos de flores que parecían sacadas de una cuenta de Instagram de esas que la gente pone para fardar.
Estaba todo cuidado hasta el mínimo detalle, y seguramente sería de esos sitios que servían raciones diminutas, pero mira por dónde, a mí eso me venía hasta bien.
Nos sentamos, miré la carta, vi los nombres tan largos y no quise saber el precio para que no me diese un disgusto. De hecho, la cerré y le dije a Hugo que pidiese él para los dos, que yo no era capaz de decidirme entre tantas cosas ricas.
Y mientras cenábamos, sucedió algo muy gracioso.
Los dos nos quedamos mirando a un edificio cercano. Había docenas de personas de fiesta en una terraza.
—Perdone —le dije a la camarera en una de las veces que se acercó—. Eso de ahí enfrente, ¿qué es?
La chica se asomó y sonrió.
—La terraza del Atenea Sky .
Miré a Hugo y le dediqué mi mejor puchero.
—En cuanto terminemos de cenar, vamos —me anunció riendo.
Me froté las manos como si me hubiesen hecho el mejor regalo del mundo.
Me había puesto yo, guapa no, guapísima de la muerte, con un vestido precioso que me había llegado de Vinted, que tenía un corte en el muslo que llegaba tan arriba que casi pensé que tendría que ir sin tanga para que no se me viese.
Un brillo me cruzó por los ojos.
Apoyé un codo sobre la mesa, el mentón sobre la palma de la mano, y comencé a mirar hacia todos lados disimuladamente.
No había nadie por allí, solo estábamos nosotros.
Me moví disimuladamente, muy despacio, sin dejar de observar por si volvía la camarera y sobre todo atenta a que Hugo no se diese cuenta de lo que estaba haciendo. Desgraciadamente, en un «descuido» para nada intencionado, le di un meneo a mi minibolso y se cayó al suelo.
—Yo lo recojo —me ofreció él.
—No, no, no, tranquilo, si lo tengo justo en el pie —le respondí.
Cuando me incorporé, dejé el bolso sobre la mesa y volví a mirar a todos los lados. Tenía los labios apretados, intentando no reírme por lo que estaba a punto de pasar.
—Hugo, rey —le llamé en voz baja.
Levantó la mirada del plato y le guiñé un ojo.
—Yo también tengo una sorpresa para ti.
Usé mi tanga como si fuese un tirachinas y se lo lancé contra el pecho.
Pero no me salió bien.
Y acabó en la mesa de detrás.
Me tapé la boca para no morirme de la risa al ver su cara.
Casi tiró las copas de vino de lo rápido que se dio la vuelta para recuperarlo .
—¿Estás loca? —me preguntó en voz baja cuando volvió a sentarse.
—No —respondí aún riéndome—. Pero un poco borracha sí.
Ya lo creo que sí.
Nos habíamos bebido dos botellas de Marina Alta y no sé qué tiene el vino, que a mí me afecta muy rápido. Con beber dos copas ya me da la risa floja y empiezo a hacer el payaso.
Y a esas alturas de la noche ya llevaba cuatro.
—¿Los señores van a tomar postre? —nos preguntó la camarera después de llevarse los segundos.
Yo miré a Hugo, me dio la risa de nuevo y tuve que cerrar los ojos para no soltar una carcajada.
—No, mejor tráiganos la cuenta —respondió él.
—¿Me vas a llevar a la terraza esa? ¿De verdad?
Asintió con la cabeza.
Salimos de allí diez minutos después, con una parada inesperada antes de coger el ascensor para bajar.
Había una especie de bar en el otro extremo del edificio y alguien tocaba el piano. Nos acercamos los dos y asomamos la cabeza para cotillear. Un melenas estaba allí interpretando algo que sonaba muy bonito, rodeado de docenas de personas que le observaban en silencio.
—Me encanta el piano —susurró Hugo.
Le miré de reojo.
No tenía ni idea, nunca me había dicho nada.
Me quedé pensando en las palabras de Alejandro, aquello de que nunca terminabas de conocer a una persona. En mi caso, era más bien al contrario. Estaba empezando a conocerle y había tanto por descubrir. Le sujeté del brazo apretándome contra él.
Esta última semana había sido genial.
Como si fuese otro chico, mucho más relajado, más feliz y, sobre todo, más atento conmigo.
Se notaba que realmente había comprendido que se pasó tres pueblos en el juzgado, y eso provocó en mí que también estuviese más feliz, que quisiera pasar más tiempo con él y de repente el mundo parecía tener más color.
Fruncí el ceño y negué con la cabeza.
Menuda cursilada acababa de pensar.
Y mientras seguíamos allí, mirando al melenas tocar, se coló un recuerdo de mi padre por el medio.
—La realidad no existe, hija —me dijo una noche después de pillarme llorando en el borde de la cama—.
Tú defines cómo quieres que sea tu mundo, si lo ves con buenos ojos, con alegría, solo te pasarán cosas buenas.
—Me acarició el pelo—. Pero si siempre estás de mal humor, quejándote por todo, te pasarán cosas malas.
—Pero es que a mí solo me pasa lo segundo —me quejé.
—Eso no es verdad, Nora. —Se sentó a mi lado—. Tienes una cama para dormir, una habitación superchula, un hermano y un papá que te quieren un montón, tienes amigos, te invitan a cumpleaños… —Hizo una pequeña pausa y añadió — : ¿Sabes cuántos niños hay en el mundo que no tienen nada?
Sí, ya, claro que lo sabía, pero el chico que me gustaba no me hacía caso. Sandra nos había dejado tiradas con la llave de la biblioteca y para colmo, no entendía ni una leche en las clases de física, porque el profesor explicaba como el culo.
—Tienes que aprender a deshacerte de las cosas que te hacen mal, cielo —me aconsejó—. Y por la física, no te preocupes, que a mí me encanta. Si quieres podemos estudiar un par de horas juntos por las tardes, verás cómo apruebas sin problema.
¡Saqué un nueve en el segundo examen que hice después de estudiar con él durante un mes! ¡Aluciné en colores!
Pero lo de deshacerme de Hugo, no lo llevé nada bien.
Realmente ni lo intenté.
Yo era una adolescente, no podía ser feliz, punto. ¡Adolescente! Del verbo «adolecer», o sea, sufrir, tener defectos, estar jodida todo el día .
¡Mi padre quería quitarme la parte más importante de los trece años!
Quería que yo estuviese bien.
Este hombre, a veces, no entendía nada.
Me dio la risa al recordar las excusas tan tontas que me ponía a mí misma.
—¿Nos vamos? —le pregunté a Hugo, que parecía hipnotizado por la música del piano.
Asintió y volvimos hacia los ascensores.
Él no se dio cuenta, pero había un cartelito en el que decía que había conciertos de cámara todos los jueves. Así que pensé que la próxima sorpresa se la daría yo a él.
Pero… ¿sería él capaz de quitarse los gayumbos y tirármelos a mí?
Ladeé la cabeza mientras esperábamos y le miré el culo.
—No, mejor no —murmuré—. Ya me encargaré yo cuando lleguemos al apartamento.
—¿Has dicho algo? —me preguntó.
—Eh, sí. —Sonreí—. Que me lo estoy pasando genial esta noche.
Le abracé y le besé.
Y no sé si fue por el vino, porque iba sin tanga o qué, pero me entraron unos calores por todo el cuerpo y unas ganas de que me hiciese suya inmediatamente, que todavía hoy sigo preguntándome cómo fuimos capaces de aguantarnos y no hacerlo dentro del ascensor.
Miento, sí que lo sé.
Había una cámara de vídeo en el interior.
—Maldita sea —mascullé al verla.