Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 40 El Juicio
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Capítulo 40 El Juicio

Hugo no paraba quieto y yo estaba temblando porque cada vez estaba más agobiada.

Andaba de un lado a otro con las manos entrelazadas detrás de la espalda. Se acercaba a las puertas que daban a la sala de vistas, miraba el papel con los horarios de cada juicio, volvía a nuestro lado, gruñía, se quejaba del retraso y repetía el mismo proceso de nuevo.

Y la persona que había venido a darle apoyo moral tampoco ayudaba a que la situación fuese menos incómoda.

—Hugo, eh, ven —lo llamó en voz baja, dando dos golpecitos al hueco vacío a su lado.

—¿Qué pasa, Marc?

—Puedes sentarte, que nos estás poniendo de los nervios.

—Es que hace media hora que tenía que haber empezado y aquí seguimos, esperando como unos memos.

—Ya, pero esto no funciona así, tío —le recordó su amigo—. Si alguno se alarga de más, ya van todos los siguientes tarde.

Hugo no respondió, apretó los puños y se fue a la zona de las escaleras. Hice ademán de levantarme para ir con él, pero Marc me sujetó por el antebrazo.

—No, déjale, que cuando está así es mejor ni hablarle.

Di un tirón para que me soltase y le clavé la mirada.

—Ni se te ocurra tocarme otra vez.

—Pero bueno, ¿y a ti qué te pasa ahora? —me preguntó, levantando las palmas.

—Tú me pasas —mascullé—. Que no sé por qué tengo que encontrarte en todos los lados.

—¿Yo qué culpa tengo de ser amigo de Hugo ?

Respiré profundo para no soltar lo primero que se me pasó por la mente y comencé a contar hasta diez en silencio.

Moví la cabeza hacia los lados, para descargar la tensión del cuello, después me eché hacia delante y me quedé con los codos apoyados en las rodillas.

Me había pasado un poco con Marc, tenía que reconocerlo.

—Lo siento —murmuré.

Él me miró con la cabeza ladeada, pero sin decir nada.

—Da igual, Nora, no pasa nada —me respondió por fin—. Todos estamos nerviosos.

No era cierto.

Hugo estaba nervioso.

Él estaba más tranquilo que unas castañuelas y la que realmente estaba que se subía por las paredes era yo.

Me iba a plantar delante de un juez, que me preguntaría cosas sobre algo que había pasado el año pasado, que casi no me acordaba, y para colmo, cuando Hugo entrase, me iba a tener que quedar con Marc esperando a que me llamasen.

—Le he pedido que viniese para que no te quedes sola —me había dicho cuando les vi llegar juntos.

—Ay, mira qué bien —solté con una risa nerviosa ante la maravillosa noticia—. Muchas gracias, rey, por ser tan considerado.

Levanté la cabeza ligeramente y vi a Sergio con su padre al otro lado de la sala, sentados en un banco como nosotros. Cuchicheaban entre ellos, nos miraban, volvían a cuchichear, Sergio sacaba el móvil, se lo enseñaba a su padre, se reían en voz baja y volvían a empezar.

Un poco lo mismo que Hugo, pero sin moverse del sitio.

Y hablando del rey de Roma, de repente volvió y se plantó delante de nosotros.

—¿Te acordaste de preguntar a tu viejo?

Se dirigió a Marc, pero yo, en mi estado de agobio, pensé que me había hablado a mí y le entendí otra cosa completamente diferente .

Me levanté de un salto, como si me hubiese picado una avispa en el culo.

—¡No sabía que os conocíais! —exclamé sin pensar.

—¿Qué? —Me miró extrañado—. ¿De qué hablas, Nora?

Tragué saliva.

Juraría que me había preguntado: «¿Te acostaste con Marc en Nochevieja?», pero ahora ya estaba con la duda.

—Sí, pero me dijo que al ser un juicio por delito leve y no haber abogados ni procurador no pudo conseguir el parte de lesiones —respondió Marc, sacándome del lío en el que me había metido yo sola.

Volví a sentarme despacio, mientras Hugo seguía mirándome.

Entonces vi a Sergio, que nos observaba fijamente, y mi cerebro hizo algo fascinante. ¡Sumó dos más dos, y le dio cuatro!

—Sergio y tú, ¿os conocíais?

Hugo parpadeó un par de veces antes de responder.

—Para nada, es la segunda vez que le veo en toda mi vida.

Le hice un gesto con la mano para que se acercase.

—Pero él sí te conocía a ti.

Se giró y, sin dejar de mirarle, me preguntó:

—¿Cómo lo sabes?

Le tiré de la manga de la chaqueta para que se centrase en mí.

—Cuando te metiste en la discusión. —Apreté los labios—. Él usó a Jara para provocarte, fue directo a donde sabía que te iba a hacer daño.

—¿Seguro que no le conocías de antes? —intervino Marc.

Hugo se frotó el mentón con la mano mientras ponía los ojos en blanco.

—Creo que no, pero ya me hacéis dudar.

Ya no aguanté más, tenía que intentar hacer algo para arreglar aquello como fuese.

—¡Voy a hablar con él! —exclamé poniéndome en pie.

—No, no, no, Nora, quieta. —Saltaron los dos a la vez bloqueándome el paso .

—¿Qué haces? —me preguntó Marc.

—Dejarme que hable con él, que le conozco desde hace tiempo, igual puedo convencerle para que lo deje correr y nos ahorramos un disgusto.

—No, no, ni se te ocurra —me respondió Hugo—. No tenemos nada que hablar con ese y menos tú.

¿Menos… yo?

No entendí lo que quiso decir con esas dos palabras, pero me dio igual, yo seguía en mis trece.

—Joder, nene, y si consigo que se eche atrás, ¿de verdad quieres arriesgarte a que te pongan una pena, tener antecedentes, no poder entrenar a los…?

—¿Cómo sabes tú todo eso? —me interrumpió.

—Porque tengo un amigo que es policía —asentí con energía.

—¿Qué amigo?

El señor «preguntitas» me ha tocado hoy.

Siempre tengo que explicarlo todo. ¿Por qué leches no podrá confiar en mí sin más historias?

—Se llama Roberto, es el hombrecito que trabaja en la comisaría de Ayora, el que escribe con los dos dedos —respondí en voz baja.

Hugo se llevó las manos a la cabeza, pero su despiste me vino de perlas para salirme con la mía.

—Venga, dejadme pasar —les ordené empujándolos.

Conseguí deshacer el bloqueo y atravesé la sala de espera.

—¿Podemos hablar un momento? —le pedí a Sergio cuando estuve delante de él.

No respondió, solo miró a su padre, que tampoco dijo nada y se limitó a encogerse de hombros.

—Dime —respondió Sergio.

Señalé a su acompañante con las dos manos, para que se diese cuenta de que era mejor hacerlo en privado.

—Lo que hablemos se lo contaré después, así que te da lo mismo que esté delante .

No, no me daba igual, porque me incomodaba el aspecto de aquel hombre, que sudaba horrores y parecía no haberse afeitado en días, pero tampoco podía obligarle a que me acompañase hasta la zona de los ascensores.

—Está bien, como tú quieras —accedí.

Le hice un escaneo rápido. Estaba igual que la última vez que le vi, quizás un poco más delgado, pero con la misma cara de sabelotodo y vestido como siempre. Vaqueros y sudadera. Ni para ir al juzgado era capaz de arreglarse un poco.

Cogí aire y le miré fijamente a los ojos.

—Sergio, sé que Hugo te pegó, pero tú sabes que lo que le dijiste no estuvo nada bien. Te pasaste tres pueblos y cualquier persona hubiese reaccionado como lo hizo él.

—Si no se hubiese metido donde no le llaman, no estaríamos aquí —farfulló en voz baja.

—O igual sí —le corregí asintiendo despacio—. Pero siendo tú el acusado y yo la denunciante, y por algo más grave, que es violencia de género.

Su padre le miró con el ceño fruncido.

Me puse en cuclillas para quedar a su altura y le sujeté de las manos.

—Pero dime, rey —Intenté ponerle cara de pena—. ¿Qué ganas con esto? ¿Qué vas a sacar de aquí?

Se asomó sobre mi hombro y volvió a mirarme.

—Bajarle los humos a ese chulo de mierda —respondió en voz baja.

—Pero ¿qué te ha hecho Hugo para que le tengas tanta manía?

—¿Que qué me ha hecho? —Apretó los dientes—. ¿Por qué estás con él? Eh, dime.

Parpadeé al escuchar la pregunta.

—Para empezar, porque me trata bien —balbuceé.

—¿Y yo no te trataba bien?

La boca se me abrió de par en par, pero conseguí reaccionar.

—Sergio, no me digas que esto es una especie de venganza .

Cogió aire despacio por la nariz, lo dejó escapar por la boca y bajó la cabeza ligeramente.

—No, no del todo.

—Sergio, mírame a los ojos —le ordené—. Escúchame bien, por favor. Esto no te sirve para nada. Vas a fastidiar a Hugo, me vas a fastidiar a mí, vas a dejar sin entrenador a un montón de niños pequeñitos que le adoran, ¿y para qué?

No me respondió.

Así que seguí hablando.

—Mira, rey, tienes la oportunidad de hacer las cosas bien, de dejarlo como algo que se os fue de las manos y sobre todo, Sergio, de quedar como un hombre, y no como un crío. —Le apreté las manos—. Esto, en cuatro días, se va a saber por todo el barrio. Dime, ¿qué quieres que la gente piense de ti?

Siguió sin responder.

—Por favor, dale una vuelta, ¿vale? —le pedí apretándole de nuevo las manos.

Me puse en pie y miré a su padre.

—Gracias por dejarnos hablar.

Se quedó mirándome, volvió a girarse hacia su hijo y apretó los labios.

—Esta chica… —Comenzó a asentir con la cabeza—. Tiene más luces que todos vosotros juntos.

Le sonreí, me di la vuelta y volví al banco donde seguían Hugo y Marc de pie. Me dejé caer y solté un bufido enorme. Estaba mentalmente agotada, pero esperaba que hubiese servido para algo.

Media hora después, con la sala de espera llena de gente de los dos juicios que iban detrás del de Hugo y Sergio, les llamaron.

Entraron los dos a la vez y yo me quedé allí, acompañada de Marc, que afortunadamente no dijo ni esta boca es mía. Bastante nerviosa estaba yo, como para que me soltase alguna de las suyas .

A los quince minutos se abrieron las puertas y salió Sergio, seguido de Hugo. El primero le hizo un gesto a su padre para que lo siguiese y desaparecieron los dos escaleras abajo.

El segundo se paró ante nosotros sin hablar.

—¿Qué ha pasado? —le preguntó Marc.

—Nada —respondió.

—¿Cómo que nada?

—Le he pedido disculpas, nos hemos dado la mano delante de su señoría y cada uno para su casa.

Sentí tal alegría en mi interior, que estuve a punto de pegar un grito.

Abracé a Hugo lo más fuerte que pude y si no hubiese estado Marc allí, le hubiese plantado un beso de película.

—¡Ay, qué bien, al final no ha pasado nada! —exclamé alegre.

Pero Hugo seguía serio hasta que de repente abrió la boca.

—¿Qué le has ofrecido?

—¿Cómo?

No entendí bien a qué se refería.

—¿Que qué le has ofrecido para que lo dejase correr? —me recriminó sin venir a cuento.

—No le he ofrecido nada —respondí separándome de él.

—La gente no hace nada gratis, Nora.

Quise creer que se había confundido, o que yo le había entendido mal, pero algo dentro de mí me decía que no. Que realmente me estaba acusando de algo.

Noté cómo se me humedecían los ojos, pero no me iba a callar, porque lo que acababa de pasar era terriblemente injusto.

—A lo mejor solo es un tío que no tiene suerte en la vida —le expliqué—. Y solo necesitaba hablar con alguien que le hiciese ver que estaba equivocado.

No me di cuenta de que con cada palabra había ido subiendo el tono. Toda la gente que había en la sala de espera nos estaba mirando.

Se quedó callado, con el ceño fruncido y los dientes apretados.