Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 39 Cuestionado
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Capítulo 39 Cuestionado

Me acerqué por detrás, muy despacio, pensando en darle un susto de la hostia, pero entre el macuto, que pesaba como un demonio por culpa de la toalla que estaba húmeda, y que aquello estaba lleno de gente y casi no me dejaban sitio para pasar, al final pisé a alguien, se me fue el pie y acabé aterrizando en el regazo de un señor mayor.

—¿Está bien, hija? —me preguntó, sujetándome por el codo para ayudarme a incorporarme.

—Sí, caballero, sí, perdone, ¿le he hecho daño?

—No, bonica, pero ten cuidado —me pidió mientras me ayudaba a incorporarme—. Para una vez que viene una árbitra tan guapa a San Marcelino, que no se nos escogorcie.

Me llevé una mano al pecho y casi se me saltaron las lágrimas al escuchar la cosa tan bonita que me había dicho aquel abuelito.

No como el idiota de mi hermano, que ni se había enterado de mi accidente.

—¡¿Tú qué?! —le grité cuando llegué a su asiento—. Casi me mato y ni caso me haces.

Se giró sorprendido y me miró de arriba abajo.

—¿Qué te ha pasado?

Le expliqué lo que había ocurrido y se asomó sobre mi hombro, buscando con la mirada al abuelito entre la gente que estaba en la grada viendo el partido.

—¡Matías! —gritó—. Gracias por salvar a mi hermana.

—De nada, hijo —le respondió el abuelito encantador, levantando la mano en saludo.

Le miré con la boca abierta.

—Conoces a todo dios .

—Son muchos años viniendo aquí a arbitrar —me respondió.

—Bueno, lo importante, ¿dónde está Hugo?, que no le veo.

—En el banquillo.

Me llevé las manos a la frente y entrecerré los ojos intentando distinguirle entre los jugadores que estaban sentados.

—¿En el banquillo? ¿Le ha pasado algo?

—No.

—¿Y entonces por qué le han cambiado?

—No está de titular.

Parpadeé un par de veces sin entender el motivo.

—Creo que tenéis un grave problema de comunicación vosotros dos —dejó caer Alejandro.

Negué con la cabeza. No teníamos ningún problema de nada. Lo que mi hermano no sabía era que no teníamos la imperiosa necesidad de contárnoslo todo como si presentásemos un informe policial cada día.

—Lleva chupando banquillo todo el año —añadió.

Se me hundieron los hombros al escuchar aquella frase.

No tenía ni idea.

A lo mejor un poco de comunicación sí que nos faltaba.

Alejandro debió notar que yo no estaba al día y decidió solucionarlo.

—Cuando Jara le dejó, su rendimiento bajó bastante, pero bueno, aún siguió jugando.

—Se calló un momento y estiró el cuello para ver cómo finalizaba la jugada, apretó los labios al ver que los locales habían fallado y siguió hablando—.

Después de que ella muriese, dejó de entrenar.

Lo retomó en septiembre, pero aún no está al cien por cien, así que lo suelen sacar en la segunda parte, media hora más o menos.

Me quedé helada.

Sin palabras.

Y él lo notó.

—No te había dicho nada, ¿verdad?

Negué con la cabeza por segunda vez .

Casi siempre me ponían designaciones los sábados por la mañana, que era cuando normalmente jugaba Hugo. Y el par de veces que no arbitré, le tocó jugar en Tarragona y en Cuenca, así que tampoco pude verle.

Pero es que encima la cosa era más compleja de lo que parecía, porque arbitraba partidos en los que él ejercía como entrenador y ni siquiera me podía acercar a darle un beso. ¡Se hubiese liado la monumental!

Me tocaba fingir que no le conocía.

Deberíamos haber informado a la federación de fútbol valenciana de que nos estábamos viendo, como hizo mi hermano con Lidia, y así evitar suspicacias, pero como fue todo tan rápido, ni nos dimos cuenta.

—Él es así —siguió hablando Alejandro—. No es de compartir sus problemas, se los calla y lo afronta a su manera.

Me encogí sobre el asiento de la grada con los hombros ligeramente hundidos.

—Parece que le conozcas mejor que yo.

No fue un reproche hacia él. Fue más una queja contra mí misma.

—Llevo… déjame que piense… —Se colocó un dedo en la sien—. ¡Madre mía! Llevo diez años arbitrándole partidos, qué locura.

—¿Tanto? ¿De verdad?

—Ya ves —me dijo asintiendo varias veces—. Si parece que empecé la semana pasada, cómo se pasa el tiempo de rápido.

Catorce años tenía cuando mi padre lo pilló una tarde de verano viendo un vídeo en YouTube.

«Cómo obtener ingresos siendo menor de edad».

Le preguntó por el tema y él, muy fresco, le respondió que quería ser rico, y que cuanto antes empezase mejor. Después añadió que como solo tenía catorce años, no podía conseguir un trabajo de manera legal y pensó en emprender.

Mi viejo le dijo que no buscase más y al día siguiente lo llevó a la federación de árbitros. Allí le explicaron que sí que podía trabajar, aunque no fuese mayor de edad, pero solo en algunas cosas .

Cuando descubrió lo que ganaba un árbitro profesional, tuvo claro el camino que debía seguir para conseguir su objetivo.

Y sigo diciendo que, si alguien lo puede conseguir, ese es Alejandro.

Le echaba tanto morro, como para llegar a decir en la federación que nuestro padre se había quedado en paro, que no teníamos ni para comer, y pedir que le pusiesen cuantos más partidos mejor.

Algunos fines de semana pitaba hasta ocho.

Luego se pasaba tres días jodido sin poder ni caminar.

Pero el muy cabrón, cuando cumplió dieciséis años, ya tenía cinco mil euros ahorrados en el banco, porque eso sí, el niño salió de la cofradía del puño cerrado. Lo de pagar o invitar no entraba en su vocabulario.

—Hugo está muy jodido, Nora. —Le escuché decir de repente.

Giré la cabeza y me quedé mirándole.

—¿Y eso?

—Si los ingleses se enteran de que no está jugando, podrían suspender el acuerdo de cesión y perdería la oportunidad de irse a Londres.

Me tapé la boca con las dos manos.

Después cerré los ojos y respiré profundo.

—¡Cómo he podido ser tan tonta! —me dije a mí misma en voz baja.

Un único pensamiento se dibujó en mi mente. Apenas dos palabras que me habían perseguido cada vez que me ocurría algo malo.

«Problema: solución».

No servía de nada perder tiempo en lamentarme por no haber sido capaz de entender lo que le estaba sucediendo a Hugo.

Mi cometido, mi misión, era apoyarle para que pudiese realizar su sueño de jugar en Inglaterra, y la estaba cagando estrepitosamente porque no había hecho nada para ayudarle a conseguirlo.

Miré hacia el banquillo y le vi allí sentado, cabizbajo.

Una pena enorme me invadió el pecho .

Con lo que él disfrutaba jugando, lo tenían allí, esperando, muerto de aburrimiento.

Y yo no sabía qué hacer por él.

—Alejandro —llamé la atención de mi hermano, tirándole de la manga.

—¿Sí? Dime.

—¿Cómo puedo ayudarle?

—Perdona, pero no te sigo.

Apreté los puños y repetí la pregunta.

—Que ¿cómo puedo ayudar a Hugo a salir del bache y que vuelva a estar a tope?

Se quedó callado, con los dedos en los labios, siguiendo la jugada.

—No sé qué decirte, la verdad —habló por fin—. Creo que ya lo estás haciendo, al menos parece más animado últimamente, pero es como si todavía hubiese algo que no le deja centrarse.

Golpeé con el puño contra mi mano.

¡El puto juicio!

Apenas faltaba una semana. Seguro que era por eso.

Si ya estaba yo cagada de la vida por tener que declarar como testigo, no me quiero ni imaginar cómo estaría él, que era el acusado.

Saqué el móvil y marqué el teléfono de Emma.

—Churri, necesito el apartamento libre esta noche.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Espera que no he terminado —le pedí—. Bájate al Consum y compra vino blanco espumoso, paté de untar, pero del bueno, del de bandeja, y ñoquis y salsa de cuatro quesos de la que van en sobre.

—Nora, Nora, para, joder, que no tengo nada para apuntar.

—Vale, tranqui —le pedí de nuevo—. Ahora te mando un WhatsApp con todo lo que necesito.

—Pero churri, ¿para qué es todo esto?

Cogí aire y le respondí.

—Hugo está mal y necesita que lo anime, así que le voy a preparar una cena súper especial y como le habré endiñado media botella de vino, seguro que cuando lo siente en el sofá, se abre y saca todo lo que lleva dentro.

—Bueno, vale, espero tu WhatsApp.

Comencé a escribirle todo lo que necesitaba dando gracias al cielo de que no me hubiese preguntado cuándo le iba a devolver el dinero que gastase en la compra.

—Estás como una cabra —me soltó Alejandro.

—Calla, canalla, que sabrás tú.

—Que eres muy buena, ¿sabes? —añadió, dándome un golpecito con el codo.

Levanté la vista del móvil y le miré de reojo.

Era la segunda vez que me alababa en menos de un año. No me lo podía creer. Tuve ganas hasta de ponerle la mano en la frente para ver si tenía fiebre. Ahora que le estaba mirando de cerca, tenía cara de estar un poco pocho.

—¿De verdad vas a irte a Londres con él? —me soltó de sopetón.

Aquella pregunta me pilló completamente desprevenida.

Asentí con la cabeza varias veces.

—Sé que es una locura porque no llevamos juntos ni tres meses, pero no me importa.

Alejandro se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las piernas.

—Papá me dijo una vez que después de pasar ocho años con Nuria, hasta incluso estando ya separados y seguir siendo amigos, ella le seguía sorprendiendo de vez en cuando. —Se giró y me miró a los ojos—. Creo que nunca acabas de conocer a una persona del todo, así que quizás no sea una locura.

Nuria.

Hacía mucho tiempo que no escuchaba aquel nombre.

La última pareja de mi padre.

Todavía se juntaban para comer de vez en cuando, a escondidas, porque ella tenía pareja y le sentaba mal que siguiesen siendo amigos.

Menudo gañán el tipo. ¡Guardia civil tenía que ser!

Hasta le cogió el móvil para comprobar si quedaba con mi padre .

Aún no entiendo cómo no lo mandó a la mierda.

Pero tampoco era asunto mío, ya tenía yo mis frentes como para preocuparme por los de los demás.

—Sé que al principio va a ser un caos —me sinceré con Alejandro—, que me pasaré los primeros quince días llamando a papá cada noche para decirle que aquello es un infierno, que estoy mal y que me quiero volver.

—Y él te dirá que seas consecuente con tus decisiones —me respondió revolviéndome el pelo.

—Ya, por eso le llamaré a él en vez de a ti.

Alejandro sonrió y después algo cambió en sus ojos.

—Deberías hablar con mamá antes de irte.

—No, no, no, por favor, no empecemos con eso.

Levantó las manos en señal de rendición.

—De acuerdo.

—Gracias.

Señaló al campo y me dijo:

—Mira quién sale ya a jugar.

Abrí la boca enorme.

Allí en la banda, al lado del entrenador que le daba indicaciones, estaba Hugo, preparado para saltar al terreno de juego.

Aplaudí muy contenta al verle.

Seguro que marcaría un gol.