Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 38 Semana Santa
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Capítulo 38 Semana Santa

Miré la libreta de los apuntes, ella me miró a mí y hubiese jurado que me dijo «Tienes que estudiar, bonita», pero no me apetecía nada de nada. Empecé a patalear casi sin darme cuenta. ¡Quería irme a la playa con Liam y Silvia!

Mentira.

Quería ir con Hugo.

Bañarme con él.

Ponerle crema por la espalda.

Que él me la pusiese a mí, en las piernas, sí. Como cuando tuve agujetas.

Me mordí el labio de abajo y me imaginé en la playa tumbada boca abajo mientras sus manos recorrían mis muslos por la parte interna. Me empezaron los calores de la muerte en cuanto recordé el orgasmo que tuve en el gimnasio.

Miré de nuevo a la libreta y negué con la cabeza.

—Es hora de llamar a Chris Hemsworth, bonita —le dije.

No sé si me respondió, porque yo estaba en mi mundo mientras Hugo me ponía crema en una pierna y el marido de Elsa Pataky me la ponía en la otra.

Me recosté sobre la silla del escritorio y me apreté un pecho. Después fui bajando con la otra mano despacio, buscando el pantalón del pijama.

—No pares, Chris —se me escapó entre gemidos.

Seguí disfrutando de lo maravillosa que podía llegar a ser mi imaginación.

—Así, Hugo, sí, mi rey, tú también, sigue un poco más —le pedí.

Él me miró con los ojos llenos de deseo .

Solté un bufido que me hizo temblar los labios.

Entonces abrió la boca y me dijo algo, pero no le entendí nada.

No usaba palabras. En su lugar emitía un sonido metálico, como si se hubiese tragado un xilófono y estuviese tocando una melodía repetitiva.

¡Una musiquilla que se me antojaba conocida!

Abrí un ojo y vi el puto iPhone sonando sobre el escritorio.

—Me cago en la puta, ¿en serio? ¿Ahora? —gruñí indignada.

«Josué — Federación» ponía en la pantalla.

Cerré los ojos de nuevo y vi a mis dos chicos allí esperándome.

—Tranquilos que ahora se cansará, cortará la llamada y podemos seguir a lo nuestro.

Los dos asintieron, pero no se movieron del sitio.

—Venid, no os quedéis ahí, que estoy esperando —les reñí.

Se arrodillaron junto a la toalla, y continuaron con el masaje especial mientras yo me dejaba llevar de nuevo. Me encogí al notar que ya me quedaba poquito para llegar y miré a Chris, que estaba más guapo que nunca, con el pelo cortito y esa sonrisa de canalla que me volvía loca.

Entonces él también abrió la boca y empezó a sonar la misma melodía de mierda.

—¡Joder, joder! —exclamé, dándome un golpe en la frente con la palma—. Tenía que haberlo silenciado.

¡Dos veces ya que me han jodido a punto de llegar al orgasmo!

Al final me puse de mala hostia, mandé todo a la mierda, me incorporé, cogí el teléfono, me lo llevé a la oreja y grité.

—¡¿Qué?! Josué, ¡¿qué?! ¿Qué pasa?

—Nora, que soy tu padre.

Aparté el teléfono de mi oreja y miré la pantalla.

Había cuatro letras enormes en el centro: Papá.

—Ay, perdona, papá —me disculpé inmediatamente—. Estaba echando la siesta y me llamaron antes, pero no lo cogí y pensé que era el mismo pesado .

Tenía mucha confianza con mi padre, pero tampoco tanta como para contarle que me acababa de joder mi momento erótico del día.

—Tengo que ir a Madrid a un evento, ¿te quieres venir conmigo?

—¿Evento? ¿Qué evento?

—Un rollo de BNI, ni siquiera tenía pensado ir porque me parecía carísimo, pero la directora consultora no puede y me ha dado su entrada y la de su marido.

Fruncí el ceño durante unos segundos antes de responderle.

—No sé, suena un poco aburrido.

—Incluye cena en el Palace —me tentó él.

—¡No jodas!

—Jejeje. Ya sabía yo que con eso te iba a convencer.

Jobar, con mi padre, se conocía todos mis puntos débiles.

Entonces recordé las palabras de Hugo.

—Ay, sí, joder, me gustaría ir, pero tengo exámenes después de Semana Santa, y defender el TFG y no sé, papá.

—No hace falta que me lo digas ya, es para el fin de semana.

—¿No tienes ninguna «amiguita» que te acompañe?

—Ya sabes que no, cari —le escuché reírse—. La única mujer que hay en mi vida eres tú.

Me quedé pensando un momento en mi viejo. Desde que se separó de su última pareja, se había pasado ocho años sin volver a salir con ninguna mujer.

Siempre nos decía que estaba esperando a que nos fuésemos de casa, que después vería lo que hacía con su vida, pero ya se había pasado mucho tiempo desde que yo me fui y el tío seguía soltero.

Y encima parecía estar encantado.

—Te digo algo esta noche, ¿vale, papá?

—Perfecto, lo que tú veas —me respondió.

Volví a mirar a la libreta por tercera vez aquella tarde, pero seguía sin ganas de abrirla.

En su lugar, coloqué el móvil en el soporte del chino y busqué el último vídeo de Jara .

Era el octavo.

Lo había visto un par de veces, pero como me sentía un poco sola aquella tarde en la que todo el mundo estaba confabulado para no dejarme disfrutar de mi sexualidad plenamente, decidí volver a verlo.

Las penas, cuando son compartidas, son menos penas.

Jara apareció en la pantalla en cuanto pulsé el play.

—Hoy vamos a hablar de sexo, porque ya te habrás acostado con Hugo.

Te habrás dado cuenta de que él no es muy fogoso.

—Carraspeó un poco y añadió — : Perdón, sí que lo es, pero le cuesta entrar en calor.

Es como las locomotoras de vapor, que tienes que estar echando mucho carbón hasta que el agua coge temperatura y entonces comienza a funcionar.

Pues Hugo es igual, si agarra velocidad, ya no hay quien le pare.

Asentí en silencio.

Ya me había dado cuenta yo de que lo del sexo no estaba entre sus prioridades, pero, joder, que teníamos veintiún años.

Que se supone que teníamos las hormonas revolucionadas, y además él era un tío, y yo, aunque seguía sin estar a la altura de Ester Expósito, había perdido ya por lo menos quince kilos.

¡Me estaba comprando ropa en el Bershka! ¡De talla única!

Que eso no lo había podido yo hacer desde que tenía diecisiete años.

Hasta me habían tirado los tejos un par de babosos en la universidad.

—Debes tener en cuenta, Nora, que Hugo lleva muchas cosas entre manos, la más importante, su carrera deportiva, y eso para él es la prioridad máxima, hasta el punto de relegar el sexo a un segundo plano.

—Se sentó en su silla de escritorio y se frotó el mentón—.

Ni se te ocurra decirle nada el día antes de un partido, porque te mandará a paseo.

Esta vez no le respondí nada .

La primera vez que vi el vídeo, sí. Le dije que su aviso había llegado tarde. Ya me había comido una bronca por inmiscuirme en su concentración previa a los encuentros.

Miré la pantalla de reojo y no pude evitar ser sarcástica.

—Podías haberme adjuntado un PDF con un manual de instrucciones en vez de tenerme desinformada.

—…eso lo mejor es no hacerlo. —Hizo una pausa y se acercó a la cámara tirando de la silla—. Pero es lo que hay, cielo. No todo puede ser perfecto en la vida, aunque cuando éramos crías nos lo pareciese. Como todas las personas, tiene cosas buenas y cosas malas, y hay que aceptarle como es.

La imagen cambió a un plano en el que estaba sentada sobre el borde de la cama.

Fruncí el ceño.

Me acababa de dar cuenta de un detalle.

Siempre que hablaba en serio, aparecía sentada allí.

—La mayoría de las chicas siempre piensan que pueden cambiar a su chico, que pueden quedarse con lo bueno y conseguir corregir lo malo, pero eso es imposible, y menos a partir de ciertas edades.

—Hizo otra pequeña pausa, suspiró y siguió hablando—.

Debemos aprender a querer a la gente como es, hasta las cosas que no nos gustan, porque forman parte de esa persona.

Si se las quitásemos, dejarían de ser ellos mismos.

Se estiró sobre la cama y sonrió.

—Así que ya sabes. ¡Disfruta de lo que te gusta y aprende a querer lo que no! —Saludó con la mano y añadió—: Y esto es todo por este mes, te veo a primeros de mayo.

Me quedé mirando la pantalla con los codos apoyados sobre el escritorio, dándole vueltas a una idea que ya hacía tiempo que me rondaba la cabeza.

¿Cómo era posible que Jara tuviese tantos conocimientos sobre noviazgos si solo había estado con Hugo ?

Yo había tenido tres intentos de pareja, y ya ni hablar de la cantidad de rolletes, y me sentía en pañales, sin ser capaz de entender todavía por qué las personas reaccionaban de mil maneras diferentes ante las mismas situaciones.

Hugo, por ejemplo, era muy posesivo.

Marc tenía razón, aunque me jodiese admitirlo.

Cuando salíamos y algún tío me miraba dos segundos de más, se ponía rojo y se le hinchaba una vena en el cuello, que parecía que le iba a dar un patatús.

Y sin embargo había tíos como Roger, que cuanto más destapada iba Emma, más chicha enseñaba y más putón parecía, más grande era la sonrisa con la que él caminaba a su lado.

No tenía ninguna puta lógica.

El primero, no tenía motivos por los que preocuparse, era guapo, sexy, elegante, y yo no tenía ojos para otro. ¿Qué más daba que me mirasen? ¡Que miren!

Si la que tendría que estar preocupada era yo cada vez que se iba solo con sus amigos, pero Jara me había jurado y perjurado que era la cosa más fiel del mundo. Por eso estaba tranquila. Si no, no hubiese podido vivir.

El segundo, Roger, estaba gordito, no era guapo y hasta olía mal a veces, Emma tenía razón. Por otro lado, a ella se le tiraban los tíos a los pies. ¡Hasta algún profesor lo había intentado!

Y el día que hablamos sobre su novio, me quedé flipando.

—Le pone —me confesó en voz baja, tapándose media cara con la mano como si fuese un secreto de Estado—. Le pone burrísimo.

—¿Que te entre otro tío? —le susurré yo.

—Sí, nena, me dice que le da morbo. —Se encogió de hombros—. Yo qué sé.

—¿Y tú cómo lo llevas?

—Ah, yo encantada. —Levantó las manos arriba—. A mí que me doren la píldora todo lo que quieran, eso sí, como se pasen un pelo, les suelto una patada en los huevos que los reviento .

Miró hacia su habitación y me hizo gestos con la mano para que me acercase más.

—Una noche hablamos un poco del tema de eso, de que a mí se me acercaban muchos y tal —lo dijo tan bajo que casi no la escuchaba—.

Y me propuso que si alguna vez me gustaba uno y quería…

probar. —Hizo un gesto rarísimo con la cara que no entendí—.

Me pidió que por favor no le engañase, que mejor lo hablásemos, que estudiaríamos cómo… afrontarlo juntos.

—No entiendo nada —le respondí.

Sacudió las manos fuerte, parecía nerviosa.

—Ay, joder, a ver cómo te lo digo…

Tanto que me estaba poniendo nerviosa a mí.

—Hay sitios que, si una chica quiere… con otro… y el marido… vas allí… —Apretó los labios y siguió hablando en voz baja—. Y ya sabes, pasan cosas.

Creí entender de lo que me hablaba.

—¿Un local swinger dices? ¿Como Palladium en Torrent?

Abrió los ojos y se quedó mirándome como si yo acabase de descubrir la fórmula de la fusión nuclear.

—¿Tú cómo conoces ese sitio?

Empecé a reírme sin ser capaz de parar mientras ella no me quitaba el ojo de encima. Casi me caí del sofá, me dolía la mandíbula y todo.

—Fui una vez con uno —le expliqué cuando conseguí volver a hablar.

—¿Y qué hiciste? —me preguntó sujetándome las manos.

—Nada. —Volví a reír—. Divertirme, poco más.

—Me dejas muerta.

—Deberías ir con Roger —le sugerí.

—¿Tú crees?

Asentí riendo.

—Pero te vas a llevar una sorpresa —le informé.

—¿Por qué ?

—Porque si de verdad la tiene como dices, me parece que el que va a triunfar allí va a ser él, en vez de tú —le dije riendo de nuevo.

—Entonces no vamos —sentenció ella.