Capítulo 37 El Cambio
Conté veinte con mi ficha y resultó que caí justo detrás de la de Liam, no me la comí también de puro milagro.
—Por los pelos —gruñí mientras chasqueaba con la lengua.
Silvia movió su cubilete, tiró y llevó el dedo hasta una de sus fichas.
—No, no —le indiqué yo, dándole un golpecito en la mano—. Seis, cabrona, tienes que abrir el puente.
Me fulminó con la mirada.
No le gustaba nada perder.
—No entiendo por qué jugamos a esto si tenemos una PS5 —se quejó Liam mientras movía su cubilete. Tiró y le salió un uno.
Se me escapó una carcajada al ver la cara que ponía.
—Eres malísimo —dije dándole un codazo.
—¿Pero qué tiene que ver que sea bueno o malo si solo me salen unos y doses?
—Churri, siempre te estás quejando de todo —le reprochó Silvia.
—De todo no —le respondió él guiñándole un ojo.
—Mira qué dos tortolitos tengo que soportar —rezongué yo mientras movía mi cubilete.
Ya tenía tres fichas dentro de casa, y solo me separaba un cinco de ganar la partida. Tiré y me salió un cuatro.
—¡Su puta madre! —Maldije, dando un puñetazo suave sobre el tablero.
—¿Quién es el malo ahora? —me dijo Liam riendo.
Tiró cuando le tocaba y sacó otro uno.
Me dio la risa tonta y me caí del puf. Acabé rodando por el salón de su piso .
Seguimos jugando hasta que el olor a los porros de Philip se hizo tan insoportable que decidimos bajarnos al bar de la esquina a tomar una cerveza.
—¿Y qué tal con tu novio? ¿Vais a hacer algo en Semana Santa?
—No, no creo.
Teníamos vacaciones, sí.
Quince días en total. Yo hubiese optado por irnos a Madrid o un pueblito con encanto, para cambiar un poco de aires, aunque solo fuese un par de días.
Pero Hugo me enumeró todas las cosas que teníamos que afrontar el siguiente mes: exámenes y defensa de nuestros respectivos TFG.
Después, añadió las suyas propias: recta final de la liga, como entrenador de los peques y como jugador de su equipo, además de la negociación de las nuevas condiciones con el Chelsea.
Así que decidió que no era el mejor momento para aflojar.
Además, quería usar los días libres que tenía su padre para repasar el juicio que tenía pendiente por agredir a Sergio.
Al parecer la cosa se había complicado un poco.
Si lo perdía, le iban a poner antecedentes penales, y eso era un problema para trabajar con menores.
—Pero, ¿qué más da eso? Si te vas a ir de España en unos meses y ya no entrenarás a los niños —le pregunté yo.
—No es por eso, Nora —me respondió.
—¿Entonces?
—Si no puedo entrenar a los nenes, todo el mundo empezará a preguntarse por qué. —Bajó la cabeza y suspiró—. En una semana todo dios sabrá lo que ha pasado y…
No terminó.
Se quedó mirando al suelo con los labios apretados.
No se me ocurrió mejor momento para recordarle la conversación que tuvimos a las cinco de la mañana junto a la comisaría, pero ya había interiorizado el decálogo de Jara y no lo hice.
Norma número cuatro: no hacer leña del árbol caído .
Me acerqué a él, le froté la espalda y le besé en la mejilla.
—Ya verás como todo sale bien.
—Eso espero —respondió sin levantar la cabeza.
Le cogí del mentón con la mano y le besé en los labios despacio.
Me encantaba besarle.
¡Por Dios, pero qué labios más ricos tenía!
No me cansaba nunca de pensar en ello.
Me entró un calorcito por ahí abajo al verle así, tan vulnerable, que ni yo misma lo entendí.
Siempre parecía tan seguro de sí mismo, tan decidido y capaz, que tenerle allí, en el borde de la cama, tan triste y desanimado, me dio un poquito de pena, pero a la vez me hizo sentir como que era más humano.
Que no era don perfecto.
Y casi sin darme cuenta, tiré de su camiseta, metí la mano por debajo y empecé a acariciarle la espalda mientras le besaba cada vez con más ganas.
Pero entonces me apartó de manera brusca.
—¡Para, Nora, por favor! —gruñó—. Ahora no es el momento.
Abrí la boca para protestar y decirle que nunca era el puto momento, pero me contuve por los pelos.
Empecé a pensar en todas las veces que tampoco lo había sido.
Cuando había que ir a entrenar.
Por la mañana, que tampoco se podía, porque había que ir a clase.
En la universidad, menos aún, que nos podían pillar.
Cuando estábamos en un pub y me daba el calentón, tampoco, que los aseos estaban sucios.
—¡Si supieses las cosas que hice una noche en Ushuaia con uno que acababa de conocer! —Estuve a punto de gritarle.
Pero no lo hice. Cerré la boca y me callé, como siempre.
Que estaban sucios los aseos, decía.
Fingí que me meaba solo para ir a echar un ojo .
Cuando entré, me subió un calor por el cuello que pensé que me iba a estallar la cara.
¡Aquellos aseos estaban tan limpios que me hubiese comido un bote de ramen sentada en el suelo y usando el váter como mesa!
Me tocó morderme la lengua y esperar a que volviésemos al apartamento.
Pero para entonces ya se me habían pasado las ganas.
Así que nada. A dormir, como los abuelitos.
—Vamos, que folláis menos que mis padres —soltó Silvia cuando terminé de contarle las novedades.
—¿Tus padres aún…? —Le hice gestos obscenos con la mano.
—Ya lo creo —asintió despacio—. Desde que le dijeron que podía tomar Viagra… se les va medio sueldo.
—Eso había oído, que es carísima.
—No, no, si se la receta la Seguridad Social, le sale casi gratis.
—¿Entonces? —pregunté muerta de curiosidad.
—Mi madre, que con la menopausia y la edad que tiene, ya no lubrica, así que se compra todas las cremas que le aparecen en el Instagram.
Parpadeé varias veces al escucharla.
—Os lo contáis todo sin ningún tipo de filtro, ¿no? —preguntó Liam antes de darle un sorbo a su cerveza.
Silvia se giró hacia él y asintió.
—Las chicas nos contamos todo, amor. —Le sonrió—. No te lo puedes ni imaginar. —Le miró a la entrepierna y añadió—. Nora sabe cómo es tu churra… —Entonces hizo una pausa y reculó—. Iba a decirte que por los detalles que yo le había contado, pero realmente te la vio el día que nos pilló.
Liam se puso rojo como un tomate mientras yo me reía, tapándome la boca con la mano.
Silvia se inclinó hacia él y comenzó a contarle algo al oído.
Abrió los ojos de par en par mientras la escuchaba .
Cuando terminó volvió a recostarse en su silla y Liam se quedó mirándome fijamente con la boca medio abierta.
—¿Qué le has contado, cabrona? —le pregunté.
—Nada, nada, tranquila.
—¿Y por qué me mira raro?
—Te prometo que no le he contado nada sobre ti.
Chasqueé los dedos delante de su cara, pero él no reaccionó, parecía que se había quedado tonto.
—Solo le he dicho que las dudas que tiene sobre su masculinidad son infundadas —me explicó Silvia.
No entendí a qué venía aquello.
Quizás tenía que ver con que Liam no siempre había sido Liam. En el colegio era Lucía, pero cuando empezó el instituto decidió que se sentía más hombre que mujer.
Cuando me explicó toda la movida que suponía el cambio de género me dio una pereza impresionante, pero ella… corrijo… él estaba decidido a hacerlo, así que todos le apoyamos.
Recuerdo que durante semanas me preocupé mucho por si le harían bullying, o se burlarían los idiotas de siempre, con sus bromitas de mierda, pero la verdad, tengo que reconocer que nadie le faltó al respeto nunca.
Ese año empecé a tener fe en la humanidad.
Siendo mayor de edad, se sometió a una última intervención para que le pusieran lo único que le faltaba.
Nunca le pregunté, porque me parecía una falta de respeto cotillear sobre su «amiguito» nuevo. Tampoco me hizo falta, porque al final acabé viéndolo y he de reconocer que estaba muy bien conseguido.
Y claro, una vez que me enteré de que estos dos cabrones se habían liado, faltó tiempo para que Silvia me diese todo tipo de detalles.
—¡Es una puta pasada, tía! —me dijo moviendo las manos muy alegre—. Se toca debajo de los huevecillos y eso se pone tieso como el mástil de un barco .
Miré a mi alrededor, por si la había escuchado alguien. Hablaba demasiado alto esta chiquilla y estábamos en una terraza llena de gente.
—¿Y tiene sensibilidad y todo? —le pregunté en voz baja.
—Sí, sí, y orgasmos y todo.
—Joder —respondí con la boca abierta.
—Pero lo mejor no es eso —me soltó con una sonrisa de oreja a oreja—. No se le baja, nunca.
—¡¿Cómo?! —exclamé.
—Que hasta que no lo desactiva, eso se queda para arriba todo el rato, ¿te lo puedes creer? —me dijo riendo—. Puedo estar ahí, dale que te pego, todo lo que me apetezca.
La muy burra empezó a dar botes encima de la silla.
—A veces hasta me aburro de tener tantos orgasmos y acabo diciéndole: «¡ale, nene, pon a dormir a Manolito, que ya estoy apañada para toda la semana!».
Cerré los ojos y empecé a reírme yo también.
¡Manolito había dicho!
Le había puesto de nombre Manolito.
Entonces me quedé mirando al cielo y pensé en Hugo.
—Tendré que ponerle un nombre al caracol.
Y teniendo en cuenta lo poco que salía de su casita para trabajar, se me ocurrió uno muy bueno.
—Creo que Tímido le pega bien.