Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 36 La Citación
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Capítulo 36 La Citación

Levantó la mirada un segundo del teclado y me preguntó:

—¿Has traído los treinta euros?

—Sí, señor —respondí.

—¿La foto y DNI?

—También.

—Perfecto, pues pon el dedo índice en ese cristal y déjalo quieto hasta que yo te diga.

Hice lo que me ordenó y esperé.

—Bien, ahora lo pones de lado y lo rotas ciento ochenta grados.

—¿Así? —le pregunté cuando lo hice.

—Perfecto.

Repetía aquella palabra de una manera completamente mecánica, como si la llevase grabada y cada vez que necesitaba usarla le diese al play.

—¿Todos los datos que aparecen aquí son correctos? ¿No te has cambiado de casa? ¿No hay que actualizar nada?

—No, señor —negué con la cabeza—. Todo igual.

—Vale —respondió paciente—. Pues en cinco minutos lo tenemos.

—Gracias, Roberto. —Le sonreí—. ¿Podemos hablar de lo otro?

Me miró de reojo y suspiró.

—Nora, el servicio de renovación del pasaporte no es una consulta de temas legales, para eso es mejor que busques asistencia jurídica.

—Ya, pero cuando pasó lo de la pelea usted me explicó un montón de cosas, ¿por qué ahora no puede ?

—Porque entonces eran las cuatro de la mañana y estaba muerto de aburrimiento, hija. —Señaló al fondo de la sala—. Pero ahora hay más de cien personas esperando para renovarse el DNI.

—Pero si tenemos que esperar cinco minutos igualmente —protesté yo.

—Mira, lo mejor que puede hacer tu novio es hablar con un abogado —claudicó por fin, quitándose las gafas un momento para frotarse el puente de la nariz—. Es un juicio por delito leve, en el peor de los casos, como ya te dije, le pondrán una multa de doscientos cincuenta euros y poco más.

—Pero es que el otro idio… —cerré la boca un segundo y corregí—. El otro chico ha presentado un parte de lesiones.

Hizo una mueca.

—Eso ya complica un poco más las cosas.

—Y además me han citado a mí como testigo.

—Bueno, hija. —Se encogió de hombros—. Pues vas y cuentas lo mismo que dijiste aquí, a ti no te va a pasar nada.

—Ya, pero tampoco quiero que le pase nada a Hugo.

—A ver, Nora, escúchame bien, si es un delito leve de lesiones, un puñetazo que causa un pequeño hematoma, se suele castigar habitualmente con una pena de multa de uno a tres meses.

Le escuché, pero solo entendí la mitad.

—¿Le van a meter en la cárcel tres meses?

—No, por Dios, te explico. —Se giró hacia mí, se quitó las gafas de nuevo y esta vez se frotó los ojos—.

Si el juez le condena a dos meses de multa y fija una cuota baja de seis euros al día porque es estudiante o tiene pocos ingresos, tendrá que pagar trescientos sesenta euros en total.

—Levantó las manos y las cruzó—. Y fin del tema.

¡Ay, qué bien!

Suspiré aliviada, Hugo no iba a ir a la cárcel.

—Pero si por lo que sea no paga, se activa la responsabilidad personal subsidiaria. Y por cada dos días de multa que no pague, tendrá que pasar un día en la cárcel .

¡Ay, qué horror!

Hugo sí va a ir a la cárcel.

Entonces me salió la mueca a mí.

Él no era como yo, tenía dinero de sobra para pagar.

Volví a relajarme.

—Ale, toma tu pasaporte, y a casa —me ordenó Roberto señalando la puerta.

Lo cogí y ni siquiera lo abrí para ver si estaba bien.

—Y no le des más vueltas al tema —añadió, después miró al fondo y gritó—: ¡¿Siguiente?!

Salí de la comisaría y empecé a pensar de nuevo en la noche de Halloween. Mi policía favorito me había dicho que no lo hiciese, pero era imposible.

¡Maldito Sergio de las narices!

Todo por su culpa.

Pero al menos había resuelto el tema del pasaporte para poder irme con Hugo a Londres. Me paré un segundo, lo abrí y apreté los dientes al ver mi foto. Tendría que haber escogido otra, pero con las prisas que me había metido Silvia, ni lo pensé.

—Pero ¡¿cómo que no tienes pasaporte?! Pedazo de loca —me había reprochado.

—Sí tenía, pero se me caducó o lo perdí, no sé.

—¡Que no puedes ir a Reino Unido sin pasaporte! —siguió gritándome.

—¿Y eso por qué?

Me dio con el dedo en la frente y me hizo hasta daño.

—El brexit, ¿te suena de algo?

No me sonaba de nada.

Creo que lo debió notar en mi cara, porque empezó a explicarme que los ingleses habían votado que no querían seguir en la Unión Europea, se habían salido y se había montado una movida de la leche.

Eché la cuenta de cuándo había sucedido aquello y abrí los ojos de par en par .

—¡Pero vamos a ver, Silvia, que yo tenía catorce años cuando pasó eso!

—Ya, joder, pero tú has viajado un montón con tu padre, ¿cómo es que no sabes algo tan básico?

Me rasqué un momento la nuca y pensé en su argumento.

Era cierto que mi padre todos los años nos llevaba de viaje por ahí. De hecho, habíamos estado en Londres cuando yo tenía diecisiete años.

Mi abuela paterna no había tenido la suerte de conocer mundo, así que en cuanto faltó mi abuelo y ella quedó liberada de sus cuidados, mi padre compró cuatro billetes de avión y nos fuimos en Semana Santa a visitar la capital de Inglaterra.

Incluso el verano siguiente, después de las prácticas en Ibiza, volví yo con una amiga a Birmingham. Pero como siempre se ocupaba él de hacer todos los trámites, incluida la cosa esa de inmigración, que nunca me acordaba de cómo se llamaba, el ETA o ESTA, pues yo no me preocupaba por nada.

—¿Entonces los ingleses ya no son europeos?

—Pues claro que no —me respondió.

—Ah, no sabía. —Me quedé mirando al techo—. Como siempre está la playa llena de guiris, pensaba que sí.

Creo que Silvia me dio por perdida porque se fue por el pasillo agarrándose de los pelos.

De todas formas, tampoco era tan grave.

Como siempre dice mi padre: «Problema: solución».

Pedí cita, me acerqué a la comisaría y dos horas después, ya tenía mi nuevo pasaporte, con una foto horrible, pero en vigor. Bien guardadito dentro del bolso, para que no se me perdiese.

Saqué mi iPhone, abrí el WhatsApp y le envié un mensaje a Hugo.

—Nene, ya tengo el pasaporte renovado —escribí.

Tardó un par de minutos en responderme.

—Genial, ¿esta noche me lo enseñas?

—No, mejor no, salgo fatal en la foto.

—Mentira —me escribió, con un emoji de carita feliz .

—¿Te quedas a dormir hoy? —le pregunté.

Yo también le añadí un emoji, pero el mío era de un demonio con una sonrisa malvada.

Se quedó en línea, pero sin responder.

Entonces apareció la marca de que estaba escribiendo. Debía de ser un mensaje largo, porque ya llevaba veinte segundos. Eso es que me iba a decir que no podía. Noté cómo se me hundían ligeramente los hombros.

Me apetecía mucho que se quedase y amanecer abrazada a él.

Por fin llegó la respuesta.

—Vale.

Me quedé mirando la pantalla con la boca abierta.

¿Medio minuto escribiendo para poner «vale»? ¿En serio?

—¿Todo bien? —le pregunté por si acaso.

—Sí, liado con los críos, luego hablamos.

Entonces recordé que era jueves, el día que entrenaba a los pequeñajos. No me había dado cuenta y ahí estaba yo, mandándole mensajes para contarle una chorrada e interrumpiéndole en sus obligaciones.

Guardé el móvil, con un gesto de arrepentimiento, y comencé a caminar de nuevo hacia mi apartamento.

Tenía que preparar las cosas para ir a entrenar con él a la noche. No me apetecía nada. Prefería que nos quedásemos en el piso y entrenásemos a solas en mi habitación, pero él era súper cuadriculado con los horarios, la responsabilidad y en general con todo.

—No, no, no —me dijo la primera vez que se lo propuse—. Se empieza faltando un día, y cuando te das cuenta dejas de ir.

—Pero aquí vamos a sudar más, tontito —le informé mordiéndome el labio de abajo mientras intentaba quitarle la camiseta.

—¡Que no! —Se levantó del borde de la cama de un salto—. Venga, ponte las zapatillas y vamos para el tram.

Hice un puchero enorme y no me quedó otro remedio que aceptar sus órdenes .

La segunda vez lo intenté en ropa interior.

Me dijo que dejase de hacer el tonto y me vistiese.

—A la tercera va la vencida —mascullé.

Le esperé vestida con un batín de seda, totalmente transparente y sin ropa interior. Cuando entró en la habitación y me vio, se le abrieron los ojos como si fuesen dos platos soperos.

Pero para que el efecto aún fuese mejor, me descubrí un hombro, después el otro, y dejé que el batín cayese al suelo, quedándome en pelota picada delante de él mientras me mordía el labio de abajo y le decía con la mirada:

—Hoy se entrena aquí sí o sí.

Se abalanzó sobre mí como un toro de Miura.

¡Había funcionado!

Pero resultó que no.

—¡¿Pero qué haces, loca?! —me riñó—. ¡Tápate, que te vas a resfriar!

No me lo podía creer.

¡Me había tocado un chico demasiado responsable!