Capítulo 35 El Machista
—¿Está libre esta silla? —me preguntó alguien.
Ni levanté la cabeza, estaba demasiado ocupada preparando el próximo examen después de pasarme diez días sin pegar ojo por culpa de las Fallas.
—Sí, sí, llévatela —le respondí haciendo un gesto con la mano.
Pero no se la llevó.
La separó de la mesa y se sentó.
Me quedé parada, mirando la pantalla del portátil, intentando entender lo que acababa de pasar. Me asomé despacio por un lado y le vi allí, tan feliz, como si le hubiese invitado a sentarse.
Entonces tragué saliva.
—¿Qué coño haces tú aquí? —le solté poniendo las dos manos sobre la mesa y inclinándome hacia él.
—Estudio aquí —me dijo haciendo círculos en el aire con el dedo.
—¿Que qué haces qué?
—Que estudio en esta universidad, Nora.
—No, no, no, de eso nada —le dije negando muy rápido con la cabeza—. Tú trabajas en un karaoke, ¡qué coño vas a estudiar aquí!
—Tú arbitras y también estás aquí —me refutó él.
Abrí la boca para responder, pero se me fue la réplica de la cabeza.
—¿Cómo sabes que soy árbitra?
—Le arbitraste un partido a mi sobrino —me respondió, recostándose en la silla—. Hasta me quise acercar para saludarte, pero se me adelantó Hugo, luego os oí discutir dentro del vestuario y pensé que sería mejor irme.
Parpadeé un par de veces.
—Conoces… a Hugo… —balbuceé .
—Claro, es el entrenador de mi sobrino.
Tuve un cortocircuito en el cerebro y dejó de funcionar. Solo quedaron las funciones más básicas: respirar, parpadear y poco más.
—Además vamos juntos a clase, los dos estudiamos Derecho.
No me podía creer que Marc, el tío que me había zumbado el día de Nochevieja, fuese el tío de uno de los críos que entrenaba Hugo.
Y encima, con lo grande que es Valencia, qué mala pata la mía.
—Es una historia muy graciosa, porque nuestros padres son abogados y nos conocemos desde que éramos niños.
—¡Calma, Nora, calma! —murmuré.
Seguía en estado de shock, intentando procesar, con la vista clavada en un punto fijo de la mesa.
—Ha dicho que es el entrenador de su sobrino, o sea que como mucho lo conoce de vista y poco más. No tengo que preocuparme de que un día se junten y salga mi nombre en una conversación —me dije a mí misma en voz baja.
Tuve la sensación de que Marc había dicho más cosas, pero no le había prestado ninguna atención.
—Yo también jugaba al fútbol, pero no era tan bueno como él, así que cuando empezamos la universidad, yo lo dejé.
—¿Qué? ¿Perdona?
—Que cuando empezamos la universidad, dejé el fútbol.
Fuera de juego total. No tenía ni idea de qué me hablaba.
—¿Cuándo empezasteis? ¿Quiénes?
—Hugo y yo —me respondió riendo.
—Hugo y tú, ¿qué?
No estaba entendiendo una mierda de lo que me decía y me estaba pillando un agobio impresionante porque no paraba de repetir el nombre del chico que decía que era mi novio.
—¡Hola, parejita! —escuché a mi espalda.
Me giré rápido y era Hugo .
Se me encogió todo y el corazón me dejó de latir, pero solo un segundo. Después metió primera, pisó a fondo y fue subiendo marchas hasta llegar a doscientas cuarenta pulsaciones por minuto.
Pensé que me iba a dar un infarto.
Empecé a sudar por todos los poros a la vez.
Hugo se acercó, me dio un beso en los labios, separó una silla y se sentó con nosotros.
¡No!
¡Un momento!
Con nosotros no. Se sentó, punto.
No hay nosotros, nunca lo hubo y nunca lo habrá.
—¿Os conocéis? —me preguntó, mirando a uno y a otro con las cejas levantadas.
No sabría decir qué palabra le llegó exactamente, creo que algo parecido a «So» o quizás «Ni», porque cada uno contestamos una cosa diferente.
Yo, obviamente, dije que no.
Pero el otro, gañán, soltó que sí.
Y gracias a Dios que supe reaccionar rápido.
—A ver, sé quién es —corregí yo con las piernas temblando—. Porque… alguna vez…
¡Busca, Nora, busca alguna explicación plausible, rápido!
—Le he visto… con los críos… en los partidos, porque él es… —con los nervios, empecé a mover las manos a lo loco y casi tiré mi café—. Él es algo… de uno de los críos que tú entrenas, ¿no?
—El tío de David, nuestro mejor defensa.
—Pues esa es la explicación —asentí muy fuerte dando una palmada.
—¡Guau! —exclamó Hugo—. Me flipa que te quedes con las caras de la gente que va a los partidos.
—No, no, qué va… realmente…
Ay, mierda, de ahí ya no sabía yo cómo salir, pero entonces ocurrió algo con lo que yo no contaba .
Marc me rescató.
—La he reconocido yo al verla aquí sentada —intervino sacándome las castañas del fuego—. De hecho, no sabía si era ella. Sin el uniforme cambia, pero me acerqué por si acaso.
—¿Solo a saludarla? —le preguntó Hugo guiñándole un ojo.
—Bueno —respondió él levantando las manos—. Es guapa y estaba aquí sola, y yo qué sé…
—Pues tiene novio —le informó Hugo sujetándome por el hombro—. Así que ya sabes, se ve, pero no se toca.
«Eso, tío, ni tocar, ni mirar, ni nada de nada», le dije con la vista mientras asentía sonriendo.
Es más, mejor desfila antes de que abras la boca y la cagues.
Empecé a hacerle gestos con los ojos, indicándole que se fuese, pero no parecía entenderlos.
Entonces escuché el sonido más maravilloso del mundo.
La silla arrastrándose, separándose de la mesa.
¡Y qué beso me dio antes de irse!
Casi me dejó sin aliento.
Parpadeé un par de veces y miré hacia atrás.
¿Por qué se estaba yendo Hugo? ¡Si el que se tenía que ir era Marc!
—Qué manera de marcar el territorio —me dijo riendo.
—¿Por qué coño sigues aquí? —Señalé tras de mí—. ¿Y por qué se ha ido él?
—Yo porque no tengo clase y él porque tiene una reunión ahora con su mentor para el TFG, ¿no le has oído decirlo?
No, no había oído nada.
Estaba atacada de los nervios.
¿Y qué era eso de marcar territorio que había dicho Marc?
—Te ha pegado un morreo delante mío metiéndote la lengua hasta el esófago, nena —me respondió cuando le pregunté.
—Pues no, listillo. Siempre me besa así.
No era verdad, pero no me daba la gana reconocerlo.
—No hace falta que le defiendas, Nora, ya sé cómo es .
Fruncí el ceño y le miré de arriba abajo.
—¿Cómo que ya sabes cómo es?
—Bueno, es un poco posesivo. —Comenzó a reírse—. ¿No te acuerdas de lo que pasó en carnavales?
Sacudí la cabeza y le miré extrañada.
—Bailé contigo y te tocó salir corriendo a buscarle porque se le fue la olla.
Abrí la boca tan grande que pensé que me iba a dar con el canto de la mesa.
—¡¿Tú eras el Señor del Antifaz?!
—¿No te diste cuenta?
—¡Capullo! —le grité sin darme cuenta—. ¡Pensé que era él!
Cogí una servilleta de papel que había por la mesa, hice una bola y se la tiré a la cara.
—¿Sabes en el lío que me metiste?
—¿Yo? —me preguntó señalándose al pecho—. ¿Lío de qué? Vi a una conocida y fui a bailar con ella.
—Sí, ya, una polla —volví a levantar la voz—. Y la tontería de pasarme la rosita por los labios, ¿qué?
—Estaba haciendo mi papel —respondió divertido, después pareció encogerse durante un segundo y siguió hablando—. Yo no tengo la culpa de que Hugo sea hiperposesivo.
Apreté los puños, cerré los ojos y respiré profundo.
—No es eso que has dicho. —Los abrí y le clavé la mirada—. Él no sabía lo que estaba viendo y lo malinterpretó, le podría pasar a cualquiera.
—Ya, ya, le irás conociendo —volvió a reírse—. Mira, Nora, si fueses otra tía cualquiera, te diría que sí, que lo que tú quieras, pero si de verdad vas en serio con él, lo mejor es que te quites la venda de los ojos cuanto antes. Es un machista de tomo y lomo.
—Bueno, ¿y qué? —respondí con el corazón acelerado de nuevo—. Eso es asunto nuestro, no tuyo.
¡Ahora sí, nuestro, nuestro, correcto, nuestro, plural !
Hugo y yo.
Cogí aire, tanto como pude, y le apunté con el dedo.
—¡¿Sabes lo que te digo?! Que estoy hasta los ovarios de tanto rollo de igualdad, de feminismo y de chorradas —Empecé a darle golpes a la mesa con el dedo—.
Quiero un tío que me cuide, que me proteja, joder.
Y hasta me gusta que sea posesivo, que me considere suya.
Estará mal, pero me la pela. —El último golpe lo di con el puño, porque ya me dolía el dedo.
Entonces fue como abrir todas las compuertas de la presa y dejar que reventase.
—Y escúchame bien lo que te digo —le ordené, echándome hacia delante sobre la mesa—. Quiero salir con mis amigos de fiesta y saber que él está pensando en mí, preocupado —le di otro puñetazo a la mesa—, hasta celoso quiero que se ponga.
Sentí un calor que me subía por las mejillas, cogí aire de nuevo, que me estaba ahogando ya, y seguí hablando.
—Y quiero todo eso porque así sabré que le importo de verdad y que seguirá esforzándose cada día para mantener esto funcionando, porque yo lo voy a hacer. —Me golpeé con el índice en el pecho.
Después miré a todos los lados sin saber dónde estaba Hugo ya y señalé al primer sitio que pillé.
—Y lo haré para que él sea feliz, y quiero que la otra persona haga lo mismo por mí. Y eso significa que tú pienses que Hugo es un machista, pues que lo sea. Me da igual tu opinión y la del resto del mundo, que se la pueden meter por el culo.
No me di cuenta de cuándo empecé a llorar mientras se lo explicaba, pero así fue.
—Pero sé lo que no quiero, Marc. —Sorbí los mocos antes de soltarlo — : No quiero más tíos que no me valoren, que no me hagan sentir especial, que solo vayan a lo que van y después pasen de mí.
Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano mientras negaba con la cabeza .
Marc se sacó un Kleenex de la chaqueta, me lo ofreció y lo usé para sonarme los mocos.
Él se levantó y me miró a los ojos fijamente.
—Espero que sepa darse cuenta de la suerte que tiene.
Le clavé la mirada, porque pensé que no había entendido nada aún.
—Yo también la tengo, aunque no lo veas.
Pero me hizo ver lo equivocada que estaba.
—Sí, sí que lo veo, Nora —me respondió sonriendo, metiéndose las manos en los bolsillos—. Y ojalá algún día una chica me defienda así, con esa pasión.
Sonrió, dio media vuelta y se alejó.
Y yo me quedé allí, con su Kleenex lleno de mocos.
Sin dejar de pensar en la rabia que me había dado que hablase mal de Marc.
Nadie podía hablar mal de Marc.
Solo yo, que para eso era mi novio.
¡Ay, mierda!
Me mordí el labio.
Yo también había tenido un lapsus.