Capítulo 34 Hoy Sí
Abrí un ojo, casi con miedo, y suspiré aliviada. Seguía allí, a mi lado, no había sido un sueño. Me apreté contra él y le pasé la pierna por encima. Levanté un poco la sábana y miré para abajo.
Tragué saliva al ver aquello.
Parecía un caracol con la casa a cuestas.
La otra vez no vi nada, porque como estaba boca abajo y además me soltó la preguntita del año, ya se me cortó todo el rollo y no quise ni girarme para verle.
Pero esta vez había salido todo bien, así que ahora sí que quería mirar.
Apreté los labios y asentí.
No era la más grande que había visto en mi vida, porque conocí a un chaval en Ibiza, que aquello no era de este planeta, pero tampoco me iba a quejar.
Estaba… bien.
Además, siempre se había dicho que lo importante no era el tamaño del martillo, sino la habilidad del herrero. Y por lo que había descubierto aquella noche, de habilidad, Hugo… bueno, bien.
Aunque hubiese sido mejor que me preguntase cómo tocar ciertas partes en vez de pensar que ya me conocía mejor que yo misma, pero sé cómo son los tíos. Siempre piensan que son unos máquinas en la cama y que con pasarte un dedo por la mejilla ya te vas a derretir.
Miré al techo y me acordé del orgasmo que había tenido.
Me había costado la vida llegar.
No sé si fue por los nervios, o porque de vez en cuando me venía un flash y pensaba que me iba a llamar Jara otra vez, o porque había bebido, o por qué leches era .
Estuvimos casi una hora entre preliminares y taladro, pero yo no conseguía llegar y estaba empezando a agobiarme.
Pero como siempre dice mi padre.
«Problema: solución».
Recurrir a mi método infalible para alcanzar el clímax.
Cerré los ojos y me imaginé en una playa, tirada sobre la arena, con Chris Hemsworth haciéndome suya. Y funcionó a las mil maravillas. No tardé ni medio minuto en terminar.
—¡Aquello sí que era un martillo! —murmuré relamiéndome los labios.
Después suspiré al pensar en Elsa Pataky.
—Algunas habían nacido con estrella y otras, como yo, estrelladas —me reí por lo bajini.
Volví a levantar la sábana y eché una segunda ojeada.
Bueno, estrellada, lo que se dice estrellada tampoco, que por fin me había tocado el premio gordo de la lotería.
Aunque realmente…
¿Era el premio gordo?
Sí, estaba muy bueno, era muy guapo y… volví a mirar al caracolito que ahora estaba escondido en su casita.
Suspiré otra vez resignándome a que no todo podía ser perfecto.
Podía haber sido un pelín más grande, pero era lo que yo había comprado y tenía que conformarme.
No lo podía devolver porque ya lo había usado.
Giré el cuello para todos lados intentando liberar la tensión.
No estaba acostumbrada a dormir con un chico en una cama de noventa. Me había metido el brazo por debajo, y me había pasado toda la noche con la cabeza torcida.
Me dolía horrores.
Conseguí liberarme de su abrazo y me escabullí sin hacer ruido. Tenía la boca sequísima y quería beber agua. Enganché la bata que tenía colgada detrás de la puerta, me la puse y salí descalza, acordándome de toda la familia de Martina por no tener parqué en casa.
Las jodidas baldosas estaban heladas .
—¡Hola, churri!
Me llevé las dos manos al pecho encogida.
Pensé que estaba teniendo un déjà vu en el que alguien volvía a sujetarme por la cintura mientras buscaba un vaso para beber.
—Hola, guapi —respondí a Emma.
La muy mema estaba dando saltitos con una sonrisa de oreja a oreja.
—Cuenta, cuenta, ¿qué tal con Hugo? —Agitaba los brazos y todo.
Apreté los labios y ladeé la cabeza.
—Bueno…
Ella abrió los ojos enormes.
—¿Bueno? —Parpadeó rápido—. ¿Cómo que bueno? Ese bueno no ha sonado muy bueno que digamos.
—Ya sabes, que las primeras veces no salen del todo bien —le recordé—. Hay que conocerse, descubrirse el uno al otro, sin tener las expectativas muy altas, porque a veces… pues eso, se tarda un poco…
Empecé a meterme en un jardín del que ya no sabía salir para justificar lo poco satisfactoria que había sido mi segunda primera vez con Hugo.
—Bueno, nena —me dijo en voz baja—. Lo importante es que está como un puto tren y seguro que tiene un mandoble que ni Khal Drogo.
Hice una mueca con la cara.
—No te creas…
—¿Cómo?
—Está en la media, más o menos. —La voz me salió demasiado aguda, creo que se notó que era mentira.
—Ay, Dios mío. —Se llevó las manos a la boca.
Corrió hacia la puerta de la cocina, se asomó al salón, suspiró y regresó igual de rápido, pero no llegó a decirme nada.
Una explosión nos hizo dar un respingo a las dos .
¡Ya estaban los putos críos tirando petardos de buena mañana! Me dieron ganas de asomarme a la ventana y llamarles de todo. Siempre con el mismo rollo. Luego se queda alguno sin dedos y todo son lloros.
Emma recuperó el aliento, me sujetó el antebrazo, se acercó y me susurró:
—¿No tendrá micropene?
—No, joder —respondí yo llevándome las manos a la cabeza—. Pero… vamos a dejarlo en que no le hace juego con el resto del cuerpo.
—Vaya tela —soltó llevándose la mano al mentón—. Siempre había pensado que todo era proporcional. Como es tan alto, pensé que calzaría bien.
—Ya, yo también —respondí bajando la cabeza.
Realmente no era tan importante, pero al ser tan grande y estar tan en forma, era imposible no verle e imaginar que sería un empotrador de pata negra.
¡Seguro que Emma pensó lo mismo cuando lo conoció y por eso se lo quiso calzar!
Anda que si no lo llego a emborrachar y me lo llevo a mi habitación, a saber cómo habría acabado la cosa.
Me imaginé a Emma viniendo a mi cuarto aquella noche.
En vez de «bien jugado» seguramente me hubiese dicho otra cosa.
—Tengo un problema, Nora.
Me empecé a reír sin poder controlarme y ella me miró con los brazos cruzados, sin entender lo que me pasaba.
—¿Me lo cuentas?
—Sí, sí —afirmé aún riendo—. Lo querías para ti, ¿te acuerdas?
La cara que puso fue un poema.
Se fue corriendo a su habitación sin decir nada y cerró de un portazo.
Negué con la cabeza, con la sonrisa aún en la boca, dejé el vaso sobre la encimera y volví a pegar otro bote.
¡Otro puto petardo de los gordos! Jodidos críos .
No quería ponerme de mala hostia, así que me volví para la cama donde esperaba el príncipe, que, en vez de espada, gastaba puñal.
Me deslicé entre las sábanas pensando que no se despertaría, pero me escuchó.
—Buenos días, bombón —me susurró al oído cuando me acomodé a su lado.
Le miré a los ojos y decidí que iba a ser un poquito picajosa con él esa mañana.
—Déjate de coñas, que aún no me has comprado la caja —le reñí.
—Te prometo que hoy te la compro sin falta.
—Ah, qué bonito —le reprendí de nuevo, apoyando la barbilla en su hombro—. O sea que primero mojar el churro y luego cumplir la penitencia.
—Comprarte una caja de bombones no es una penitencia —se defendió.
—Cállate ya —le exigí para poder besarle.
Total, la chorrada de los bombones ya me daba igual.
Sentí sus manos sujetándome por la cintura, atrayéndome hacia él, mientras nuestros labios se rozaban.
Y descubrí algo nuevo.
Tenía unos labios gordos y carnosos, sí, que era una pasada besar, pero había algo que otras veces no estaba.
Papel de lija.
Bueno, no, realmente no era papel de lija. Era la barba, que le había crecido apenas un milímetro, lo justo para raspar una barbaridad.
—Ay, ay… —se me escapó, apartándome un poco con la mano en su pecho.
—¿Algún problema?
—Te está empezando a salir la barba y raspa que no veas.
Se separó un momento y se pasó la mano por el mentón, palpándose con el ceño fruncido como si acabara de descubrirlo él mismo.
—Sí, cierto .
—Me vas a dejar la cara roja como un tomate.
Entrecerró los ojos y volvió a besarme, esta vez rozándome la mejilla con la barbilla a propósito.
—Así todo el mundo sabrá que tienes novio —me dijo guiñándome un ojo y sacando la lengua.
Parpadeé un par de veces.
¿Desde cuándo éramos algo?
¡Si esa conversación todavía no la habíamos tenido!