Capítulo 33 El Cachorrito
«Decálogo para tener conversaciones chungas». Así lo había bautizado Jara.
Eran un conjunto de diez normas que había que cumplir para poder tocar temas delicados con cualquier persona sin que la cosa se saliese de madre y no acabar tirándote los trastos a la cabeza.
Servía para: la pareja, hermanos, padres.
Una maravilla, vamos.
Así acababa el vídeo de marzo, con aquella perla de sabiduría.
Y yo aún no me las había podido memorizar todas, y mucho menos interiorizarlas, pero allí estaba, junto a Hugo, con la cabeza recostada sobre su abdomen, mientras él permanecía sentado, con la espalda apoyada en un árbol.
Miré tres metros más allá y gruñí.
Debería haber elegido otro sitio mejor.
La estatua de «la muchacha en jarra» me estaba poniendo de los nervios. No sabía quién leches la había hecho, pero tenía toda la cara de un niño de ocho años y daba auténtico repelús.
—¿Ya estás mejor? —me preguntó Hugo después de un rato.
—Te mentí —le solté, así, a lo burro.
—¿Cómo has dicho?
Giré un poco la cabeza para mirarle a los ojos.
—Ni tuve un virus, ni me vino la regla, ni nada de nada —añadí.
No me di cuenta, pero acababa de mentirle otra vez, una mentira doble, porque realmente sí tuve la regla a final de mes.
—¿Entonces? —insistió él con los ojos muy abiertos.
Respiré profundo, dejé escapar un bufido enorme y chasqueé la lengua varias veces .
La teoría era sencilla. Su puta madre, era sencillísima. Pero tenerle allí delante, mirándome, esperando una explicación, eso no se lo deseo ni a mi peor enemiga.
Decidí que lo mejor era seguir con el método de «arrancar la tirita de un tirón».
—¿Recuerdas la noche que nos acostamos?
Él asintió con la cabeza.
—Hubo un pequeño problemilla —le dije con una risa nerviosa.
—¿Te hice daño? —preguntó, incorporándose un poco para verme mejor la cara.
Estuve a punto de decirle «ni te lo imaginas, capullo», pero me mordí la lengua y me repetí a mí misma la segunda norma del decálogo de Jara: habla a los demás como te gustaría que te hablasen a ti.
Cerré los ojos y volví a respirar profundo.
Se lo tenía que decir así, sin verle, porque si no lo iba a fulminar con la mirada.
—Me llamaste Jara.
—¡¿Qué?! —le escuché exclamar—. ¿Cuándo?
Abrí los ojos y le observé de reojo. Estaba con la boca abierta, inclinado hacia adelante, esperando de nuevo una respuesta.
Empecé a pensar si no sería mejor contarle una mentirijilla piadosa, como por ejemplo que fue durante la cena, pero al parecer mi boca iba más rápido que mi cerebro.
—Cuando me preguntaste si había llevado condones.
Se tapó la boca con las manos.
Noté cómo su cuerpo empezaba a temblar.
—Lo siento, Nora, lo siento, ni me di cuenta.
—Lo sé, rey, lo sé —Le sujeté la mano que tenía en mi hombro—. Ni siquiera hace falta que te disculpes, sé que fue sin querer.
Mi mente recordó el séptimo vídeo sin que yo se lo pidiese.
Norma número diez del decálogo de Jara: si la otra persona te hace algo mal sin darse cuenta, sin intención real de molestarte, no te puedes enfadar, aunque te haya sentado mal. Se le explica el error que ha cometido para que no vuelva a cagarla, y ahí se acaba todo.
Cuando lo escuché la primera vez, pensé que las cosas no se arreglaban tan fácil, pero como siempre, Jara siguió hablando.
—Si lo vuelve a hacer en menos de tres meses —una sonrisa se dibujó en su cara mientras miraba a la cámara—, entonces sí que le puedes montar un pollo level top y pedirle que te lleve a cenar a un sitio caro como compensación —terminó de explicar asintiendo fuerte con la cabeza.
—…caro como compensación —apunté yo en mi libreta de los apuntes.
—No pierdas el tiempo enfadándote, Nora —añadió más seria—. No merece la pena, no va a aprender, es un tío, ¿vale? —Comenzó a reírse y sentenció—: Funciona mejor si le pica la cartera, así que ya sabes, cada vez que la cague, compensación y polvazo por la noche de reconciliación.
—¡Entendido, señor! —respondí yo.
Ella se quedó mirando a la cámara y volvió a reírse.
—Compensación y reconciliación. —Se cruzó de brazos y miró al techo—. Lo de la poesía se me daba realmente bien, ¿eh?
El vídeo terminó y me quedé mirando a la pantalla.
—Todo se te daba bien —le aseguré yo, aunque nunca pudiese oírme.
Sacudí la cabeza para centrarme y volver al momento que estaba compartiendo con mi chico.
Una mueca me cruzó por la cara.
¿Era mi chico realmente?
Contraje todo mi cuerpo, lo más fuerte que pude, y lo solté. Hugo debió notarlo, estiró la mano y me acarició el pelo.
—¿Hay algo que pueda hacer para compensarte? —preguntó.
Abrí los ojos de par en par.
Jara me lo había dejado ya entrenado.
¡Ole! ¡Un trabajo que me ahorro !
Pero me daba palo pedirle que me comprase algo o me llevase a cenar a un sitio bueno. Yo nunca tenía un euro y ni siquiera le había dado mi mitad del Airbnb.
Entonces recordé uno de los días que más triste me sentí y pensé que si toda esta movida iba de corregir cosas que habían salido mal, esta era mi oportunidad.
—Quiero que me lleves a bailar mañana por la noche —exigí.
—¿A bailar?
—Sí, bachata, donde tú veas, porque yo, la verdad, no conozco ningún sitio.
Se quedó callado, mirando al cielo, con los dedos enredados en mi pelo.
Esta vez iba a ser diferente.
Esta vez íbamos a bailar y después no se iba a largar dejándome en medio de la pista deseando que volviese. Esta vez se quedaría conmigo, volveríamos juntos al apartamento y…
Apreté los puños fuerte al pensar en lo que podía pasar.
—Voy a dejar una caja de condones sobre la mesita —mascullé—. Para que no tenga que preguntar.
—¿Has dicho algo? —le escuché.
Volví la vista hacia él y me estaba mirando fijamente.
—Eh… sí… que también quiero una caja de bombones, con fresitas —Se me escapó otra risita nerviosa.
—¿Seguro? —me preguntó él levantando una ceja.
¡Será posible!
Me subió un calor por el cuello de la leche. Ya me había tocado los ovarios otra vez. ¡No me dejaba comer nada que engordase! Me di la vuelta rápido y me puse de rodillas, con el ceño completamente fruncido.
—¡¿Algún problema?!
—No, no, no, tranquila, tranquila —respondió levantando las manos.
—Ah, pensaba que sí .
Puso cara de cachorrito abandonado, sacando el labio inferior.
—Anda, dame un beso.
¡Será chantajista el tío!
Suspiré al mirarle. Estaba monísimo cuando ponía aquella cara, casi irresistible. ¡Hacer eso tenía que ser trampa!
¡Pero yo era más fuerte, más madura y más todo!
—No —respondí tajante, apartando la cara con un gesto exagerado.
—¿Por qué no?
—Primero mi caja de bombones —le indiqué levantando el dedo índice—. Y luego ya veremos.
Cuando entré en el aseo de mi facultad y me miré en el espejo, crucé los brazos e intenté analizar la conversación.
Algo había salido mal en aquel intento de reconducir la cagada de nuestra primera vez, porque al final nos levantamos, nos despedimos y cada uno se fue para su clase.
Me quedé yo con más ganas de besarle a él que él a mí.
¡Y una semana después, seguía sin mi caja de bombones!