Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 32 Rebeca
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Capítulo 32 Rebeca

De todas las cosas que hablé con mi padre, surgieron dos propuestas.

La primera era un poco delicada. La segunda hizo que se me cerrase el estómago y no me pude terminar la tostada de aguacate, pero en el fondo sabía que tenía razón.

Esconderme y esperar a que pasase la tormenta como había hecho siempre no iba a servir esta vez.

Tenía que hablar con Hugo.

Llevaba casi quince días evitándole.

La primera semana ni aparecí por la uni, ni fui a entrenar ni nada. Le escribí un WhatsApp diciéndole que seguía con el virus y que no se preocupase por mí. La segunda, ya casi a primeros de marzo, volví a mentirle diciéndole que tenía la regla, que se me había juntado todo y que aún estaba peor.

Me escribió todas las noches para darme las buenas noches. Se le notaba muy preocupado. Me dijo que si podía pasar a verme, aunque solo fuese un rato, y me morí de pena cuando le respondí que no.

Tenía miedo de mí misma, de cómo iba a reaccionar al tenerle delante.

Pero con el paso de los días, mi enfado se fue convirtiendo en melancolía y empecé a echar de menos verle por las mañanas en el tram, entrenar con él y sobre todo abrazarle.

Y aquello me confundió aún más, porque no era deseo, ni pasión ni nada parecido. Era un sentimiento tierno, casi maternal. No lo entendía ni yo.

Después de recibir el vídeo de Jara y verlo entero, aún me desanimé más .

Bueno, primero me cagué viva, como siempre que hacía demostraciones de sus poderes paranormales, pero cuando vi la segunda parte, se me vino el alma al suelo.

—Como te dije en mi anterior vídeo —siguió contándome después de lo del lapsus—, fallecí el cinco de marzo y apenas faltan cuatro días para que se cumpla el primer aniversario.

Se acercó a la cámara, despacio, y dejó de sonreír.

—Va a ser duro para Hugo, y lo peor es que muchas personas de su entorno son familiares míos, que cada vez que le vean, le darán una palmada en la espalda y le preguntarán cómo está, recordándole constantemente mi fallecimiento.

—Hizo una pausa y miró al techo—. La gente no lo hace de mala fe, piensan que te están ayudando, pero no se dan cuenta de que reabren una herida que tú intentas cerrar.

—Clavó la mirada en la cámara—. Por eso ahora Hugo te va a necesitar más que nunca, igual que en Navidad, porque le conozco y sé que empezará a rayarse, a darle vueltas a las cosas y eso no le conviene nada.

Se levantó y caminó por su habitación mientras la cámara la seguía.

—Sé que es duro, Nora, sé que es muy jodido estar en tu situación, con la sensación de que sigue pensando en mí cuando está contigo. —Se detuvo y volvió a mirar al objetivo—. Pero tienes que ser fuerte y aguantar.

La toma cambió y apareció de nuevo sentada en el borde de su cama.

—Hugo es un chico increíble, pero tiene una tara enorme y es que nunca ha tenido otra pareja aparte de mí.

No tiene las, no sé si llamarlo habilidades o competencias —se le escapó una pequeña risa—, que puede tener una persona más experimentada.

Yo tampoco las tenía cuando empezamos, pero estudié Psicología y aprendí muchísimo.

A gestionar mis sentimientos, a negociar, a escuchar…

no todo el mundo sabe hacerlo. —Clavó la mirada de nuevo en la cámara—.

Tú tampoco tienes esas habilidades y por eso vais a chocar muchas veces.

Siguió hablando durante un rato más, dándome conceptos y nociones sobre las relaciones de pareja .

Y tuve que admitir que, aunque yo me había liado con una docena de tíos durante los meses que pasé en Ibiza, realmente estaba en pañales en lo que a relaciones sentimentales se refería.

Me costó horrores darle la razón.

Una voz metálica me trajo de nuevo al presente.

El autobús había llegado a mi parada después de dar mil vueltas por culpa de las Fallas.

Me levanté de un salto y bajé en La Granja. Atravesé el parque como había hecho cientos de veces cuando era pequeña y me detuve en la fuente del centro, la que tenía una escultura rara que parecía una interrogación.

—No es una interrogación, Nora —me había dicho Jara una tarde cuando nos quedamos mirándola.

Yo ladeé la cabeza y apreté los labios.

—Sí que lo es, mira bien —le exigí.

—¡Tú la llevas! —me gritó ella dándome una palmada en el hombro.

Salió corriendo con su patinete a toda velocidad.

Yo me fui detrás, persiguiéndola en dirección al skate park que estaba allí mismo.

Así solían ser nuestros días de primavera. Siempre juntas, jugando, riendo, sin preocupaciones, sin chicos, sin agobios… solo dos niñas discutiendo sobre si unos hierros torcidos eran o no un signo de interrogación.

Volví a mirar la escultura.

Yo tenía razón, sí que lo eran.

Salí del parque por la Ciudad Cultural Ferroviaria de Burjassot. El sitio que más le gustaba del mundo a mi padre, después del museo del ferrocarril de York. Otra de sus obsesiones, los trenes.

Y por fin llegué a mi destino.

Un bloque de pisos de cuatro alturas, ladrillo de caravista color beige y un pequeño portal, con tres escalones que había que subir para alcanzar los telefonillos .

Apreté el mismo botón de siempre y esperé.

—Sí, ¿quién es?

—¿Rebeca?

—Sí, soy yo, ¿quién eres?

—Soy Nora.

No hubo respuesta, ni un sonido durante casi veinte segundos eternos. Entonces escuché el zumbido del portero automático y empujé la puerta para entrar.

—Ay, Nora, por favor —me dijo en cuanto me vio, llevándose las dos manos a la boca.

Me abrazó fuerte y empezó a llorar de la misma manera. Y yo, al verla, no fui capaz de aguantar y empecé a llorar también.

—Pasa, hija, pasa —me pidió cuando conseguimos serenarnos, secándose las mejillas con la manga de la bata.

Atravesé el umbral y la seguí hasta la cocina.

Todo estaba igual que la última vez que visité aquella casa.

—¿Quieres un café? —me preguntó—. ¿O un refresco, lo que sea?

—No, Rebeca, acabo de desayunar hace un rato.

—Perdona por cómo está todo, hija —se disculpó, apartando unos platos de la encimera con prisa—. No esperaba visita.

Comparado con mi apartamento, estaba impecable.

—¿Y Andrés, no está? Me gustaría darle un abrazo.

—Ha ido a la floristería. Ahora volverá. —Se le escapó una lágrima—. Íbamos a… ya sabes. A llevarle unas flores.

Asentí con la cabeza.

—¿De verdad que no quieres tomar nada? —Respondí que no con un gesto y ella añadió—: Madre mía, hacía años que no te veía, ni me acuerdo de la última vez. ¿Cómo estás, cariño? —me preguntó sujetándome la mano.

—Bien. —Me encogí de hombros—. Con el día a día, Rebeca. La universidad, estudiar, trabajar los fines de semana, poco más —le conté intentando sonreír .

Ella aprovechó para coger un paquete de Ducados que tenía por ahí encima y se encendió un cigarro.

Giró la cabeza y miró hacia la puerta de la cocina.

—Hoy se cumple un año y todavía la escucho a veces, llamándome desde su habitación, y voy corriendo, pensando que la encontraré allí —soltó de repente.

No supe qué decir.

Ni siquiera sabía por qué había ido a verla. La idea fue de mi padre, y cuando me lo dijo, pensé que me vendría bien, que quizás me ayudase a entender algo de lo que estaba pasando en mi vida, pero una vez allí empecé a tener mis dudas.

—Ven, cielo —me pidió Rebeca tirando de mi mano.

Me condujo hasta la habitación de Jara.

Se detuvo un segundo antes de abrir la puerta y me miró a los ojos.

—No te asustes, por favor —me pidió.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo sin entender por qué me había dicho eso.

Cuando abrió la puerta, estaba completamente a oscuras, con la persiana hasta abajo, y salía un olor raro, lo que las madres suelen llamar «a cerrado», pero no era exactamente lo mismo.

Cuando levantó la persiana, el corazón me dio un vuelco.

Estaba todo exactamente igual que en los vídeos que Jara me enviaba. Recorrí la habitación fijándome en todos los detalles: los mismos pósteres en las paredes, los mismos libros en las estanterías, su ordenador en la esquina del escritorio, hasta la…

¡Un momento!

¡Faltaba una cosa!

¡Aparecía en todas las grabaciones y ahora no estaba!

¿Por qué?

Tragué saliva y me giré hacia su madre, que se había quedado junto a la ventana.

—Rebeca, ¿puedo preguntarte una cosa? —Me encogí un poco—. Es sobre Jara .

Me miró con los ojos ligeramente entrecerrados.

—Claro, hija.

—Me acuerdo de una vez que vine —comencé a mentir—, que siempre tenía una lata de Monster aquí en su estantería. Me llamó la atención porque siempre me había dicho que las bebidas energéticas no le gustaban.

Rebeca sonrió ligeramente y le dio otra calada a su cigarro.

—Su primer beso con Hugo.

Parpadeé un par de veces sin entender qué significaba aquella frase. Abrí la boca para preguntar, pero no hizo falta.

—Cuando le quedaba poco para irse —siguió explicándome—, nos sentamos juntas para planificar… lo que iba a pasar.

Negó con la cabeza mientras se le humedecían los ojos de nuevo. Se sacó un kleenex de la bata, se secó los ojos y aprovechó para apagar el cigarro contra él.

—No debería fumar aquí dentro —murmuró.

Después levantó la cabeza y volvió a mirarme.

—Tenía tanto sentido del humor que me pidió dos cosas.

—Dejó escapar una ligera sonrisa—. La primera: un móvil viejo, de esos que le duraba la batería semanas.

Me explicó que era por si el médico la cagaba y se despertaba dentro de la caja, para poder avisarnos y que fuésemos a sacarla. ¿Te lo puedes creer?

Sí, claro que me lo creí, esa era la loca que yo conocía.

Me quedé mirando a su madre durante unos segundos. Debió ser devastador organizar el funeral de su propia hija, con ella delante.

No sabía si preguntar más, pero al final me armé de valor y lo hice en voz baja, casi susurrando.

—¿Y la segunda?

—Quería que la enterrásemos con aquella lata. Su primer recuerdo del único chico al que amó.

Se me hizo un nudo en el estómago horrible al escucharla.

—Y, como para llevarle la contraria… —añadió con los ojos llenos de lágrimas otra vez .

Corrí hasta la ventana y la abracé.

No porque lo necesitase ella, porque lo necesitaba yo.

Una hora después salí de su casa, con el corazón todavía en un puño, y comencé a caminar sin rumbo, sin dejar de pensar en Jara, en sus últimos momentos, en todo lo que me había contado Rebeca, pensando en cómo afrontaría yo el mismo final.

La valentía que tenía no era de este mundo.

Tardé mucho tiempo en entender que tomó una decisión y fue consecuente con ella hasta el último momento.

Decidió no malgastar ni un segundo del tiempo que le quedaba en lamentarse, en estar triste, en sentirse desgraciada.

Usó el poco tiempo que tenía para arreglar todas las cosas que pudo e irse en paz.

Y aquella muestra de fuerza, de valor, de entereza, de lo que fuese, fue lo que me hizo mirar hacia adelante. Apreté los dientes, saqué mi teléfono, llamé a Hugo y le dije:

—Tenemos que hablar.