Capítulo 31 El Desayuno
—Vamos a hacer esto despacio, que no quiero que te caigas de tu silla y te partas la cabeza, ¿de acuerdo?
Estuve a punto de decirle que cortase el rollo, porque ya estaba harta de sus jueguecitos, siempre haciendo pausas para que yo respondiese y que así pareciese que teníamos una conversación.
—En general estoy muy contenta con tu evolución, pero hay algo que me preocupa —se acercó a la cámara, mucho, demasiado—. ¡¿Eres idiota o qué coño te pasa, Nora?!
Gritó tan fuerte que hasta el móvil tembló sobre el soporte.
—¿Qué he hecho? —pregunté de manera automática.
Se separó y puso los brazos en jarra.
—¡¿Crees que puedes ir al cementerio a joderme el descanso eterno con tus chorradas?!
Un escalofrío me recorrió el cuerpo de nuevo, como la vez que acertó lo que había hecho en Año Nuevo.
Entonces me erguí sobre la silla.
—Espera, espera —murmuré.
Antes de que volviese a hablar, le di al pause.
—Todo el mundo se va de fiesta en Año Nuevo, y que te líes con alguien casi que también se puede acertar… —comencé a balbucear—. Pero esto…
Me llevé los dedos a la boca.
—¿Cómo coño pudo saber el mes exacto en el que iría al cementerio?
Me empezó a doler la cabeza de inmediato .
Menuda manera de empezar el domingo. Pensé en no verlo hasta por la tarde, pero estaba ahí, con la notificación pendiente, esperando a que le diese al play, y al final no me pude aguantar.
Miré a mi alrededor y me di cuenta de que me había levantado. Ni siquiera había pensado en hacerlo. Volví a sentarme y le di al play.
—¡Esto! —siguió hablando mientras se tocaba con las dos manos y señalaba después a la cámara en un gesto rápido—. ¡No funciona en dos direcciones! ¡Zoqueta!
No entendí lo que quería decir.
—Yo soy la que está en el cielo, vigilando cada cosa que haces.
—Se cruzó de brazos—. ¡Yo me comunico contigo!
Y tú solo escuchas y obedeces. —Hizo una mueca con la cara—.
Aunque a veces te salgas un poco del carril, que, si no lo hicieses, te iría todo mejor, pero bueno, no voy a castigarte otra vez, porque bastante mal lo has pasado ya.
Cuanto más escuchaba, más me temblaba el labio de abajo.
La toma cambió de ángulo y apareció sentada en su cama, con otro semblante, parecía mucho más tranquila.
—Nora, cielo, parece mentira que no sepas cómo son los tíos.
—Puso los ojos en blanco—. Bueno, ya no los tíos, cualquiera que haya pasado mucho tiempo con otra persona.
Tenías que haber previsto que esto podía pasar en algún momento.
A veces la gente tiene lapsus y es normal confundir un nombre, pero lo que no puedes…
—¡No, no, no, no me jodas! —grité.
Le di un manotazo al móvil y salí de mi habitación con los puños apretados.
—La puta madre que la parió —gruñí.
No, no, no y no. Aquello no era posible, joder.
¡Venga ya! Era imposible.
Empecé a golpear la puerta de Emma sin ni siquiera pararme a pensar que eran las ocho y cuarto.
Después de estar allí durante un minuto, me abrió y me miró con unas ojeras de campeonato .
—¿Qué pasa, chu…? —No fue capaz de terminar, soltó un bostezo enorme—. ¿Qué hora es?
—Las ocho y cuarto.
—Joder, Nora, que anoche estuvimos en el remember hasta las dos de la mañana —protestó, apoyando la frente contra el marco de la puerta.
Apreté el puño, me lo llevé a la boca y me mordí un nudillo.
Después no me aguanté más y estallé.
—¡Esa puta manipuladora! —chillé señalando a mi habitación—. ¡Acaba de decir que no vuelva a ir al cementerio a molestarla!
Ni una ducha de agua fría hubiese sido tan efectiva.
Emma abrió los ojos grandes como platos.
—Pero es que, además —volví a gritar agitando mi dedo índice frente a su cara—, ¡ha tenido los cojones de decirme que no pasa nada porque Hugo se haya equivocado de nombre, que eso ya me lo tenía que haber imaginado yo!
La boca se sumó a los ojos de mi compañera de piso y se quedó con cara de monigote de feria. De esos que si les cuelas tres bolas por los agujeros te dan un premio.
De repente reaccionó gritando también.
—¡Rogigi! —soltó a la vez que golpeaba la puerta de su cuarto con la palma—. ¡Despierta, que hay que llamar a los de Cuarto Milenio!
—Tranqui, que no llegamos, lo emiten los domingos —respondió él desde dentro de la habitación, con voz pastosa—. Podemos llamar mañana, no hay prisa.
—Es como la teleguía —me susurró Emma—. Se sabe las horas de todos los pro…
—¡Emma! ¡Coño! —la corté yo tocándome las sienes con los dedos—. Me importa una mierda la teleguía. ¡¿Has escuchado lo que te he contado?!
Levantó las manos pidiendo tiempo muerto, aprovechó para soltar otro bostezo, y me las puso sobre los hombros.
—Vamos a hacer una cosa, churri .
—¡Dime! ¿Qué? Que estoy atacada.
—¿Has terminado de ver el vídeo?
Sacudí la cabeza.
—Ni de coña.
—Pues termina. —Bostezó de nuevo y me hizo señas para que esperase—. Y a eso de las diez, nos sentamos los tres en el salón y montamos un gabinete de crisis, ¿vale?
—No, no, me voy, me voy a dar una vuelta, a tomarme un café donde sea y a… a… —No sabía ni adónde me quería ir, solo sabía que me quería ir—. Mira, lo que sea, me da igual.
Me dio una palmada en el hombro y asintió.
—Perfecto, churri.
Cerró la puerta de su habitación y me quedé allí, esperando sin saber muy bien el qué, hasta que al final me aburrí y me fui a la cocina. Pero tampoco sabía para qué había ido, así que volví a mi habitación y vi el móvil boca abajo, en silencio.
Lo levanté y eché un ojo a la pantalla.
El vídeo había terminado.
Solo estaba el triángulo de play, por si quería volver a verlo.
—No, hoy no, me voy —asentí para mí misma—. Sí, sí, sí, me voy a la calle.
Me calcé el chándal y salí de casa lo más rápido que pude.
Caminé rápido por la calle Menorca, sintiendo que se me congelaba el culo. No bajé el ritmo ni un segundo hasta que pasé el Aqua y llegué a los jardines del Turia. No eran ni las nueve de la mañana y ya estaba a tope de deportistas. Algunos corriendo, otros patinando, alguno en bicicleta.
Joder, sí que madrugaba la gente sana, sí.
Menudo contraste con la cantidad de borrachos que aún seguían por allí tirados después de la fiesta.
Comencé a caminar en dirección al centro, dejando la Ciudad de las Artes y las Ciencias a la izquierda .
Miré de reojo al Museo Príncipe Felipe. Mi padre nos había llevado varias veces. La última, cuando yo estaba en la ESO. Ese mes había una exposición del espacio o algo así, con un cacharro que simulaba que te ponían en órbita.
Nos subimos en aquella cosa dos adolescentes y un «niño de cinco años», o sea, mi padre. Se pasó todo el viaje temblando de la emoción. Lo vivió como si realmente hubiésemos salido de la Tierra.
Me dio la risa al recordar la «experiencia».
Después, mientras almorzábamos, nos contó que su sueño de pequeño era ser astronauta y que la abuela le había dicho que se lavase los dientes, porque si tenía caries, no le cogerían.
Comencé a reírme sin parar.
Mi viejo nunca nos dejó acostarnos, ni una sola noche mientras vivimos en su casa, sin cepillarnos los dientes. Y yo acababa de darme cuenta de dónde venía su obsesión.
De repente me entraron ganas de verle.
Saqué el móvil y le llamé.
—Vaya sorpresa —me dijo cuando descolgó el teléfono—. ¿También hoy quieres ir de compras?
—No, graciosito —le respondí, sonriendo a pesar de todo lo demás.
—¿Entonces?
—¿Estás haciendo algo importante?
—Tomar café viendo las noticias.
Genial. No estaba ocupado en alguna de sus historias.
—¿Almorzamos juntos?
Escuché unos ruidos al otro lado de la línea, como si se cayese algo metálico, pero no fui capaz de distinguir qué había sido.
—¿Estás bien, papá?
—Sí, sí, tranquila —me respondió, con un resoplido de fondo—. Dime dónde nos vemos y voy para allá .
Me apetecía zamparme una tostada con aguacate, salmón y queso de untar. Puse los ojos en blanco intentando recordar dónde servían ese tipo de comida.
—Hay un sitio en el centro, que hacen desayunos ingleses, pero no me…
—¿Santa Linda? —me ayudó él—. ¿Cerca del puente del Real?
—Justo ese, sí.
Roger se sabría toda la guía de la tele, pero mi viejo se conocía todos los sitios de Valencia. Era como Google Maps, pero sin liarse con las calles.
—¿A las nueve treinta? —me sugirió.
—Dale.
—Hija —me dijo susurrando.
—¿Qué? —Fruncí el ceño, extrañada por el cambio de tono.
—No pases por el campo del Turia.
—¿Y eso? —Me paré en seco en mitad del camino.
Aún debía de quedarme más de un kilómetro para llegar.
—Porque igual está tu hermano arbitrando, te ve y se apunta.
Solté una carcajada tan fuerte que un señor que pasaba con el perro me miró raro, y arranqué de nuevo, con el móvil todavía pegado a la oreja, negando con la cabeza.
Todo el mundo pensaba que Alejandro era el favorito de mi padre, pero hasta donde me llegaba la memoria, siempre se había volcado más en mí que en él.
Y le encantaba que quedásemos los dos a solas.