Capítulo 30 ¿Y Entonces?
Cuando bajé del autobús había dejado de llover, pero seguía haciendo un viento de la leche. En las noticias habían dicho que habíamos encadenado no sé cuántas borrascas seguidas, pero que por fin iba a empezar el buen tiempo.
Yo no lo tenía tan claro.
Mi vida era una tormenta detrás de otra y no parecía que el mes de marzo, con el aniversario de la muerte de Jara, fuese a mejorar las cosas.
Entré al zaguán chorreando y no sentí ni la más mínima empatía por los vecinos, ni por la señora que limpiaba. Solo quería llegar a casa, quitarme la ropa, tomarme algo para el dolor de cabeza y meterme en la cama.
Así llevaba tres días.
Hecha una mierda.
Con las mismas ganas de desaparecer que sentí mientras Hugo se acostaba conmigo.
Pensé que la primera vez que tuviésemos sexo sería como en las películas románticas. Despacio, con muchos besos, abrazos, él me diría que llevaba años deseándome, yo le diría que sí a todo y dormiríamos abrazados toda la noche.
Por la mañana me despertaría mirándole, viéndole descansar, pensando que era mío y dando gracias a Dios por hacer que todo fuese tan perfecto.
Pero no sucedió nada de lo que sale en las películas, ni en los libros de amor.
Me desperté a las cinco de la mañana, mirando al techo, incapaz de girarme para mirar a Hugo a la cara. Estaba tan al borde de la cama que con que solo me rozase me hubiese caído al suelo. Quería estar lo más lejos posible de él.
Me hubiese ido al salón a dormir sola, pero no quería que empezase a preguntarme el motivo y tener que darle explicaciones. Esperaba que él se hubiese dado cuenta de lo que había hecho y viniese a pedirme perdón.
Pero no lo hizo.
¿Por qué?
No lo sé.
Quizás porque ni se dio cuenta, quizás porque sí se dio cuenta y fingió que no había pasado nada, rezando para que yo no le hubiese escuchado.
Como fuese, no lo hablamos ese día.
Así que me quedé con la duda.
—Algo de la cena me ha sentado mal y me encuentro fatal, ¿podemos volver a Valencia? —le mentí cuando por fin se despertó, sin apartar la vista del techo.
Me sugirió acercarnos a urgencias, pero me negué.
—Llévame a casa, por favor —le insistí.
Finalmente accedió y fue la hora y media más incómoda de mi vida.
Me pasé todo el viaje apoyada contra la ventanilla, sin hablar, mirando hacia el monte. Viendo cómo pasaban las casas, los coches, y el resto del mundo al que yo le importaba una mierda.
—Te acompaño arriba. —No fue una pregunta.
—No, Hugo, de verdad, no hace falta.
—Está bien, pero vete al médico.
—Sí, no te preocupes —le pedí, con la llave ya metida en el bombín del portal.
Me intentó dar un beso, pero aparté la cara.
Me miró con los ojos muy abiertos.
—Igual es un virus, Hugo, no quiero contagiarte —le mentí una vez más aquella mañana—. No puedes faltar a los entrenamientos .
Apretó los labios y asintió.
Subió a su coche y desapareció tras doblar en la siguiente esquina.
Volví al presente cuando Emma me puso una toalla en la cabeza y empezó a secarme el pelo. Me había quitado el abrigo y los botines y yo ni siquiera me había dado cuenta de cómo había llegado a casa.
Ese era mi nivel de percepción.
Ni siquiera era consciente de lo que pasaba a mi alrededor.
Estaba completamente ida.
Saturada, cansada, incluso creo que desequilibrada.
—¿Qué te ha pasado, cielo? —me preguntó mientras seguía secándome el resto del cuerpo, deteniéndose un momento para mirarme a la cara—. ¿De dónde vienes así?
—Del cementerio.
No quería esperar a recibir otro vídeo dentro de doce días, quería hablar con Jara ya y decirle que no podía seguir.
Me había sentido la mujer más afortunada del mundo por estar con Hugo en Peñíscola y, con solo una palabra, me había bajado a la realidad, me había abofeteado y me había dejado completamente anulada como persona.
Repitiéndome una y otra vez que nunca iba a ser suficiente. Que por mucho que me esforzase, que por muchas indicaciones que tuviese, por muchos secretos que me contase Jara sobre él, sobre cómo atraerle, gustarle, divertirle, jamás conseguiría superarla a ella.
Empecé a llorar mientras Emma me conducía hasta el sofá.
—¿Qué es lo que ha pasado?
—Que soy una ilusa, eso es lo que ha pasado.
—No, Nora, no digas eso, por Dios —me riñó, sujetándome la cara con las dos manos.
Yo solo pude apretar los labios y asentir.
—Si no me lo cuentas, no puedo ayudarte, cielo.
—No quiero que me ayudes, Emma —le respondí—. Quiero sacarle de mí, olvidarle, no desearle, porque a veces me hace inmensamente feliz, pero a la vez tiene el poder de hacerme sufrir más que nadie en el mundo.
Hundí la cabeza entre mis brazos y lloré, tanto como necesité, sin intentar detenerlo, sin que importase nada.
—Estoy a su merced, Emma, en sus manos, y él ni siquiera se da cuenta.
—Pero es un tío, Nora —me respondió frotándome la espalda—. ¿Qué esperabas, cielo?
No, esa excusa de que los hombres son tontos por naturaleza no me servía. Ya estaba cansada del mismo cuento de siempre.
—Nora, escúchame —me pidió Emma, cogiéndome de la barbilla para que la mirase—. El amor es estar en manos de otra persona, sin red de seguridad, confiando en que te sostendrá cuando las cosas se pongan feas.
—¿Y entonces por qué me llevo una hostia detrás de otra?
—Apreté los dientes y recordé cada incidente con Hugo—.
Después de besarme me dijo que mejor solo ser amigos.
Cuando lo reconduzco, me toca salir corriendo detrás de él porque me ha visto bailando con otro tío.
Y cuando por fin parece que todo va bien…
No pude completar la frase.
Lo que había pasado me dolía tanto que no quería ni asomarme al recuerdo.
—¿Qué co…? —Se llevó un puño a la boca—. ¿Qué ha pasado, Nora?
La miré con los ojos empañados, sorbiendo los mocos.
—Me preguntó que si había llevado condones.
Emma me miró con el ceño fruncido.
No lo entendía, porque yo había omitido un pequeño detalle, así que volví a empezar, esta vez sin adornos, con toda la información.
—¿Has traído condones, Jara? —No lo dije, lo escupí, con asco—. Esa fue su puta frase, Emma. Me confundió con su novia muerta.