Capítulo 29 La Pregunta
Llegamos a Peñíscola el sábado por la tarde, sobre las cinco. La señora del Airbnb que había pillado Hugo era encantadora, de esas que te enseñan la casa como si te conociesen de toda la vida.
—Y aquí tenéis el aseo, y si os falta lo que sea, me llamáis —terminó de explicarme antes de darme las llaves.
—No se preocupe, señora.
Me miró de reojo un momento, con la mano todavía en el pomo de la puerta, y añadió:
—¿Seguro que tenéis más de veinticinco años?
—Veintiséis yo —le respondí.
—Ay, cómo se nota que en mis tiempos no había tantas cremas ni potingues, parece que tengas veinte.
Me encogí de hombros y le di dos besos antes de que se fuese.
Miré a Hugo y le sonreí.
—¿Vamos a ver el castillo?
—¿Ahora? —Dejó la bolsa sobre la cama y me miró con una ceja levantada—. Si acabamos de llegar.
—Sí, por fi, por fi, por fi, por fi —le rogué, tirándole de la manga—. La puesta de sol debe de ser la leche desde allí.
—Bueno, pues vamos.
En cuanto llegamos a la plaza de Bous y vi la bajada me apareció la vena friki.
—Ay, Dios, nene, esta es la cuesta por la que bajaba Tyrion Lannister en la serie de Juego de Tronos —le expliqué dando saltos mientras intentaba señalar el empedrado—. Y luego pasaban por aquella puerta de allí —añadí señalando a la calle Mayor—. Me moría de ganas por visitarla .
Le sujeté del brazo y me apreté contra él.
—Gracias por haber elegido este sitio, gracias, gracias.
Tiré del brazo para que se agachase y empecé a darle besos en la mejilla. Él comenzó a reírse, intentando apartarme sin ganas de conseguirlo.
Creo que fue la primera vez de mi vida que subí una cuesta sin dejar de sonreír.
Pasamos el portal del Fosc y vimos las primeras casas de la zona amurallada. Eran súper bonitas, apretadas las unas contra las otras, tan cerca que casi podía tocar las dos paredes a la vez si estiraba los brazos.
—¿Luego podemos dar un paseo por las tiendas? —le rogué.
Asintió sonriendo.
Después de conseguir atravesar cien metros de calle empedrada, repleta de puestos llenos de suvenires sin detenerme, por fin llegamos a la entrada del castillo.
Hugo pagó y le recordé que a la vuelta ajustaríamos cuentas, pero él me dijo que no era necesario, que le apetecía invitarme a conocer el castillo.
¡Era una puta pasada! Como viajar en el tiempo. Yo no paraba de mirar para todos lados mientras él se reía de todas las tonterías que yo le decía.
—Pues lo construyeron los templarios en el mil trescientos y algo, o sea, que esa piedra que pisas —señalé al suelo — lleva ahí más de setecientos años, chaval, ¡qué flipe!
Entonces algo llamó mi atención y salí corriendo hacia una de las habitaciones.
Cuando él me alcanzó, levanté un dedo y abrí mucho los ojos.
—Aquí vivió y murió el papa Luna, Benedicto XIII. —Puse la voz tan grave como pude—. Se negó a renunciar al cargo y por eso la gente dice «mantenerse en sus trece». ¿A que no lo sabías?
Él negó con un gesto y miró hacia el patio de armas.
—¿Quieres que te haga una foto fuera ?
Le respondí que no a la misma pregunta tantas veces que al final demandó una explicación.
—Es que no me gusta que me hagan fotos, porque como estoy… —Me puse las manos en los muslos.
—No entiendo —me respondió él.
—Que estoy gorda y no salgo bien.
—Creo que hace mucho que no te haces una foto —objetó él—. Ponte al lado de las almenas, con el mar de fondo.
Me apuntó con su móvil y yo me quedé quieta sin saber qué hacer, con los brazos colgando a los lados.
—Gírate un poco y saca un poco la rodilla derecha.
Le obedecí.
—Ahora curva la espalda y ponte la mano izquierda en la cadera.
Me sentí una idiota integral al hacerlo. Seguro que todo el mundo me estaba mirando pensando que yo era una flipada.
Se acercó a mí.
—¿Ya?
—Una más —me indicó—. Ahora ponte de espaldas, con la rodilla igual, gira el cuello y mira a la cámara.
Le hice caso y me riñó.
—¡Pero sonríe, mujer! —Ladeó la cabeza y añadió—: ¡Y mira hacia la cámara!
No era fácil sonreír con el cuello tan girado, pensé que se me iba a partir. Y para colmo él se había agachado, con lo que tenía que mirar hacia abajo y también sonreír, como si fuese yo una modelo de pasarela.
Me estaba agobiando la hostia, porque yo solo quería ver el castillo, la puesta de sol y poco más, y para hacer una foto ya llevábamos allí parados diez minutos.
Aun así, conseguí esbozar una ligera sonrisa.
—Perfecto —me felicitó—. ¿A que no era para tanto?
—A ver, que me vea.
—No, aquí hay mucha luz, luego cuando volvamos adentro .
Le cogí de la mano y le arrastré hasta la primera sala que habíamos visitado nada más entrar, que estaba casi a oscuras.
—Ay, a ver, que quiero ver cómo salgo.
—Vale, vale.
Desbloqueó el móvil y me enseñó la última foto.
Había una chica bastante guapa.
No me sentó nada bien que llevase fotos de otra en el móvil, pero como no quería parecer una celosa compulsiva, no le armé una escena.
—¿Me enseñas las mías, por fi?
—¡Esta eres tú! —me levantó la voz.
Me acerqué despacio a la pantalla y amplié la imagen con los dedos.
¡Hostia! Era verdad, era mi cara.
Deslicé la imagen para ver la parte del pecho, después la cintura y por último las piernas.
No me lo podía creer.
Sí que se notaba que había perdido peso.
Y el outfit que me había dejado Emma me quedaba genial.
Hugo deslizó con el dedo y apareció la primera foto que me había hecho.
Esa ya no era tan buena, no me gustó tanto como la que estaba de espaldas.
Me miró a los ojos y me guiñó un ojo.
—Ya te dije que para la primavera ibas a tener tipazo.
Parpadeé un par de veces. Era cierto que me lo había dicho, pero jamás pensé que se notase tanto, aunque claro, había perdido doce kilos.
—El peso da igual —me informó él ya de vuelta en el Airbnb, mientras se cambiaba de camiseta junto a la cama—.
Con el ejercicio que haces estás cambiando peso por músculo, no debería preocuparte si la báscula marca lo mismo de siempre.
El músculo pesa mucho más. Lo importante es el volumen, y sobre todo estirar.
—¿Entonces el señor opina que estoy bien? —le pregunté intentando poner una voz sensual .
¡Menuda cara se le quedó cuando me vio!
Tardó más de un minuto en ser capaz de asentir.
Me había comprado un vestido expresamente para salir a cenar con él aquella noche.
Era largo, ceñido al cuerpo, sin mangas, sujeto al cuello y con toda la espalda al aire, así que no podía llevar sujetador, lo que me generaba una inseguridad de la hostia, porque pensaba que se me iba a salir una teta por el lateral en cualquier momento.
Pero las ganas de estar guapa para él podían más que aquel pequeño detalle.
Él tosió un par de veces y asintió.
—Espectacular.
Me acerqué contoneándome, se me fue un tacón y casi me caí, pero lo disimulé apoyándome en el marco de la puerta como si lo hubiera hecho a propósito.
Le hice un gesto con el dedo para que se acercase.
—Pues cuando veas el pijamita que me he comprado, vas a flipar.
Tragó saliva.
—Yo no he traído pijama —me dijo con la voz ronca.
—A lo mejor no te hace falta —le respondí poniendo morritos.
Volvió a quedarse sin habla.
Y yo pensé que todo esto del coqueteo, hacer el payasito y tal molaba un montón. «Debería haberlo probado antes», pensé mientras asentía sin darme cuenta.
—¿Vamos? —le pregunté cuando me acordé de que teníamos que salir a cenar.
Estaba tan alucinado con mi vestido que no se dio cuenta de abrirme la puerta para que saliese yo primero, pero no me importó, porque así le pude ver por detrás.
Los vaqueros que llevaba le hacían un culo increíble.
Y la camisa, debía de ser elástica o algo, porque le quedaba pegada al cuerpo y tenía una espalda que, joder, casi no cabía por la puerta.
Me mordí el labio para no decirle que la cena me daba igual, que mejor nos quedábamos en casa y nos poníamos ya con el postre .
Pero fue mejor no hacerlo, porque me llevó a un sitio que era la puta caña de España.
Una terraza pegada al mar, justo a los pies del peñón donde estaba el castillo.
Con solo agacharme podía tocar el agua. Sentada allí con él, de noche, con todo lleno de lucecitas, con el vinito blanco, unos entrantes que pidió que estaban de infarto, me sentí la princesa más princesa de todos los cuentos de hadas.
Era la primera vez que estaba disfrutando de San Valentín.
Siempre me había parecido una chorrada, pero Jara me explicó en su vídeo que había que celebrar todo, por estúpido que pareciese, que la vida ya daba bastantes disgustos como para dejar pasar las alegrías.
¡Y por mi padre que tenía razón!
Tres horas después entramos al Airbnb como dos salvajes, llevándonos por delante todo lo que encontrábamos mientras intentábamos quitarnos la ropa.
Caímos sobre la cama sin parar de reír y comenzamos a besarnos, a comernos a bocados.
Me dio la vuelta, boca abajo, y comenzó a recorrerme la espalda con sus labios, muy despacio, desde la nuca hacia abajo.
Yo me agarré con las manos a la sábana y rogué para que no me hiciese esperar más.
Le necesitaba dentro de mí ya.
Entonces se acercó a mi oído y me hizo una pregunta.
Y yo me quedé petrificada.
Sin poder responder con la boca.
Señalando a mi bolso mientras intentaba aguantarme las lágrimas.
Cerré los ojos y le dejé que hiciese lo que tuviese que hacer, deseando que no fuese como Roger. Que terminase cuanto antes para ponerme de lado, hacerme un ovillo y dormirme.
Solo quería desaparecer.
Pero, sobre todo, dejar de pensar en lo que me acababa de preguntar.