Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 28 Carnaval
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Capítulo 28 Carnaval

Cuando Emma entró en la fiesta de carnaval creo que hubo una docena de luxaciones de cuello.

Iba espectacular. Llevaba un bodi ajustado de Robin hecho a medida para chica, con la espalda entera al aire y las piernas completamente descubiertas hasta las rodillas, donde unas botas de tacón a juego remataban el mejor disfraz que había visto esa noche.

No sé por qué, pero me dio en la nariz que aquel traje había sido comprado en un sex shop en vez de en una tienda de disfraces.

Y a su lado iba alguien que intentaba parecerse a Batman, pero que era la viva imagen de Danny DeVito haciendo del Pingüino.

Con una sutil diferencia: el que acompañaba a la Robin más sexy de Valencia sonreía y sacaba pecho, como si quisiese decir: «Menudo pibonazo llevo conmigo, moríos de la envidia, cabrones».

—Madre mía con Emma, estás que te sales —le dije cuando se nos acercó, dándole una vuelta con la mano para verla entera.

—¿Sí, en serio? —me dijo. Después señaló a su pareja—. ¿Y Roger? A que va genial también.

Ladeé la cabeza y apreté los labios.

—Bueno, va bien.

—Ay, cielo, gracias —me soltó dándome un abrazo—. Si no llega a ser por ti, ahora no estaríamos juntos.

Abrí la boca, pero no me salió nada.

—De verdad, qué maravilla estar con un hombre y no con todos los gilipollas con los que había estado hasta ahora.

—¡Guau! —me salió sin querer—. No me imaginaba que…

—Ay, sí, por favor —me interrumpió—. Mira, nena, yo no es que sea una flipada, pero todos los días me entran diez tíos en la uni y me imagino que, si estoy con uno que esté bueno, a él le pasará lo mismo porque hay mucha zorra suelta.

Y yo así no puedo vivir, con esa inseguridad —me explicó mientras se llevaba la mano al pecho—.

Y mi Rogigi es más bonico, no se le arrima ni una.

Se me salió la mitad del vodka con Red Bull por la nariz al escucharla.

—Y además, lo que te dije, nena —Volvió a usar las manos para escenificar el tamaño del miembro de su «Rogigi»—. Es espectacular. —Se acercó y me susurró—: Es como el conejito de Duracell. Termina, pero no se le baja, seguimos, dos, tres, hasta cuatro. Es increíble.

Ya no me dio la risa.

Me dio envidia.

Miré a Roger, que andaba por allí, embutido en su disfraz, charlando con Liam.

—Nunca lo hubiese imaginado —murmuré, negando despacio con la cabeza.

—Al principio me dio un poco de cosilla, porque es muy peludito y gordito.

—Hizo gestos de abundancia con las manos—.

Pero pillé la moto y unas bandas de cera y me dije: «Esto lo arreglo yo rápido».

—Se le dibujó una sonrisa enorme en la cara—.

No veas cómo gritaba, pero cuando acabamos tenía la zona importante como el culito de un bebé.

Se pasó la lengua por los labios y puso los ojos en blanco.

—Dormir con él es una maravilla. Es como una estufa de lo calentito que está siempre. Y blandito, donde me apoye, da igual, no me clavo ningún hueso. Es como un «papiflex». ¡Me encanta!

—Holi, Emma —gritó Silvia incorporándose y dándole un abrazo—. ¿De qué habláis?

—De los huevos de mi novio.

Comencé a reírme de nuevo, tanto que casi se me cayó el cubata.

—¿Son grandes? —soltó Silvia, que para esas cosas era más burra que nadie—. ¿Tiene más de dos ?

Emma empezó a reírse también, pero tuvimos que cambiar de tema porque los chicos se acercaron.

—Me encanta cómo vais los tres —nos dijo «Rogigi».

¡Creo que jamás seré capaz de volver a verle y recordar que se llama Roger!

—¡Ya te digo, estáis divinos! —exclamó Emma aplaudiendo.

Nos habíamos disfrazado de los superhéroes de la mejor película de Pixar: «Los increíbles».

Liam era el padre, Mr. Increíble. Leggings rojos de Calzedonia, unos gayumbos negros, rematados con una tira amarilla que nos cosió una vecina, camiseta de manga larga también roja, guantes largos y, por último, usando unos parches ovalados de pantalón, habíamos recortado y creado un logo casi idéntico al de los personajes.

Silvia era Elastigirl, porque como jugaba al baloncesto y era más alta que yo, le venía que ni pintado.

Y a mí me había tocado, cómo no, ser Violeta.

Lo que suscitó toda clase de bromas por parte de aquellos dos cabrones que se hacían llamar mis amigos.

—Nena, tú siempre intentas pasar desapercibida, como si fueses invisible —me argumentó Silvia, encogiéndose de hombros como si fuese la cosa más obvia del mundo—. Es tu personaje.

Acepté a regañadientes, porque en el fondo su traje y el mío eran iguales, así que siempre podría decir que yo era Elastigirl. Pero la muy cabrona se aseguró de que no lo hiciese, peinándome la mitad del pelo por delante de la cara y gastando tres botes de laca para que no se me moviese del sitio.

¡Y por último!

El toque maestro.

Para rematar nuestro superdisfraz, compramos ceras negras y nos pintamos antifaces. Si hubiesen hecho un concurso de disfraces, lo habríamos ganado seguro.

O eso pensaba yo hasta que le vimos.

No sé cuál de nosotros tres se quedó con la boca más abierta .

En medio de la pista estaba el auténtico Señor del Antifaz.

No era un tío disfrazado «de».

No, no, era el de verdad.

El auténtico Armando Chiba, salido directamente de la serie de Sailor Moon.

Traje negro, impecable. Camisa blanca, perfecta. La capa, alucinante. El sombrero de copa, maravilloso. El antifaz blanco, indescriptible. Joder, llevaba hasta una rosa en las manos, tapadas con guantes también.

No le faltaba ni un santo detalle.

Atravesó la discoteca hacia nosotros como si el sitio fuese suyo. La gente se apartaba para dejarle pasar, era como un sueño hecho realidad. Se plantó frente a mí. Se llevó la rosa a la boca y me ofreció sus manos, para que bailase con él.

Entonces me di cuenta.

Era mi Hugo.

Tenía que serlo. Tenía la misma altura, y en alguna ocasión que habíamos ido en el tram camino de la universidad habíamos hablado de las series que veíamos de niños y yo dije que me encantaba Sailor Moon.

Le cogí de las manos y me llevó al centro de la pista.

Ay, mi propio Señor del Antifaz.

Pensé que me iba a desmayar de la emoción.

A mitad del baile, se separó de mí y se marcó unos pasos él solo que me dejaron sin aliento. Después se quitó la rosa de la boca, se acercó a mí y me sujetó por la cintura. Deslizó la flor primero por mi frente, después por la nariz y finalmente por mis labios.

Algún cabrón debió apagar el aire acondicionado, porque empezó a hacer un calor en la discoteca que ni en la Malvarrosa en agosto.

A punto estuve de pasarme el dorso de la mano por la frente para sacarme el sudor. Gracias a Dios que no lo hice o me hubiese cargado el antifaz .

Entonces se acercó y, señalando a mi espalda, a donde estaban mis amigos, me susurró:

—Qué lástima que esté toda tu familia, si no te secuestraba.

Tragué saliva y me quedé paralizada.

No era la voz de Hugo.

Me aparté de golpe, con el corazón dándome un vuelco, y busqué con la mirada a ver dónde estaba Silvia para largarme cagando leches, pero no la vi a ella.

Le vi a él.

Al Hugo de verdad.

De pie junto a la entrada.

Disfrazado de Maui, con el pecho al aire, y todo requetepintado con tatuajes de henna. Hasta se había agenciado una peluca.

Él también me había visto a mí.

Y su expresión no molaba nada de nada.

Ni me saludó.

Se dio la vuelta y salió de la discoteca.

—¡Hugo! —le grité, pero ya era tarde.

Salí corriendo detrás de él, empujando a todos los que me encontré hasta que alguien me sujetó del brazo.

—Nora, Nora, espera, espera —Era Silvia—. Espera, tía.

—Suelta, Silvia, que tengo que ir a buscarle —le dije, forcejeando para soltarme.

—Piénsalo un segundo —me pidió, sin aflojar el agarre, pero yo no escuchaba—. Si no es capaz de verte bailar con otro tío durante diez segundos sin montar un drama, ¿merece la pena? ¿De verdad?

La miré, miré la puerta, cerré los ojos un segundo y respondí:

—Sí, Silvia, sí, la merece.

Me solté y salí corriendo detrás de él.

Lo alcancé dos calles más abajo, sin aliento.

—¡Hugo!

No se paró.

—¡Hugo, espera, joder !

Aceleré hasta ponerme delante de él, cortándole el paso, con el pecho subiendo y bajando por la carrera.

—Lo siento —dije, entre jadeos—. Pensaba que eras tú.

—Ya —respondió, sin mirarme a los ojos—. Llevaba antifaz, por eso, ¿no?

—No, joder, Hugo —respondí con los ojos ya empezando a humedecerse—. Es una discoteca, tío, casi no hay luz.

—Por esto no quería ponerme en serio contigo, ¿sabes? —me soltó apretando los dientes—. Bastante mierda tengo yo ya como para encima cargar con más. Mejor seguimos siendo amigos y ya está.

Aquella frase, aquella idea, me hizo tambalearme, pero no estaba dispuesta a ceder. Las cosas no se mandan a la mierda a la primera de cambio, eso me había inculcado mi padre y, por primera vez en mi vida, iba a seguir sus consejos.

—No, Hugo, no —Le cogí de los brazos, obligándole a mirarme—. No ha pasado nada. Solo estaba bailando, llevaba una máscara, y te juro que pensé que eras tú. Jamás miraría a otro tío, te lo juro.

Respiró profundo y dejó salir el aire. Sus hombros se relajaron y pensé que lo peor ya había pasado.

—Quería darte una sorpresa esta noche —me dijo al final—. Había encontrado un sitio para irnos el fin de semana que viene. Y cuando he llegado y te he visto, ha sido como si el suelo se hundiera bajo mis pies.

Se me encogió algo en el pecho al escucharlo.

—Rey, pero eso es porque realmente te gusto —le expliqué, más bajo, acariciándole el brazo—. No lo echemos a perder por un malentendido tonto.

Se quedó callado.

No dejaba de mirar para todos lados.

—Hugo, por favor, mírame —le pedí, sujetándole la barbilla para que sus ojos se encontrasen con los míos—. El chico que me gusta eres tú. Solo tú .

—No quiero que me vuelvan a hacer daño, Nora —me confesó.

¡Cómo no!

Jara.

La sombra de su fantasma.

Le dijo que había conocido a otro cuando rompió con él. Lo hizo para que le fuese más fácil olvidarla y ahora yo me estaba comiendo el marrón.

Le abracé fuerte y apoyé mi cabeza contra su pecho.

—Yo jamás voy a hacerte daño.