Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 27 Fantasmas
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Capítulo 27 Fantasmas

Cuando vi el vídeo de febrero por primera vez me dieron ganas de salir de casa, llegar a la calle, empezar a correr y no parar hasta Castellón.

—…tiene unos labios increíbles. Besarle es lo mejor del mundo, te lo juro. —Se cruzó de brazos y miró a la cámara—. Aunque a lo mejor ya lo sabes, ¿tienes algo que contarme, Nora?

Se quedó callada, esperando, como hacía siempre que me lanzaba alguna pregunta, y yo me quedé temblando sobre la silla, pero conseguí mantener la calma y no dejarme llevar por el pánico.

Intenté encontrarle lógica a lo que me enviaba cada mes.

A lo mejor sí que era una IA y si le contestaba procesaba mis respuestas para usarlas en el siguiente vídeo. Era la única cosa que se me ocurría para explicar que supiese las cosas que me iban pasando.

Me acerqué a la pantalla como tantas otras veces y me fijé bien en los detalles de la habitación.

Le di al pause y me recosté en la silla.

Empecé a pensar en la primera parte del vídeo.

—El mes que viene se cumple un año de mi muerte, fue el cinco de marzo —había dicho.

—¿Cómo es posible que supiese qué día se iba a morir? —murmuré, llevándome un dedo a los labios.

Abrí el primer cajón del escritorio, saqué un bloc, un boli y empecé a apuntar los datos que tenía.

Jara debió grabar los vídeos seguidos, y por su aspecto, todos al principio de su enfermedad, porque seguía igual de guapa en el sexto que en todos los anteriores. Lo único que cambiaba era la ropa.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo .

¡La luz!

Cerré el sexto vídeo y abrí el primero. Lo fui pasando con el dedo y abrí el segundo, y después el tercero, así hasta que volví al sexto.

¡La luz que entraba por la ventana y las sombras! ¡Eran iguales en todos los vídeos! Aquello solo podía significar lo que yo ya sospechaba. Los había grabado todos al principio de su enfermedad, del tirón, variando solo el vestuario para que pareciese que estaban grabados en diferentes meses.

Me erguí sobre la silla, sintiéndome como Sherlock Holmes.

Pero entonces caí en la cuenta y los hombros se me hundieron como si pesasen doscientos kilos.

—¿Entonces si lo grabó todo en septiembre, cómo podía saber lo que hice en Año Nuevo? —Negué con la cabeza—. ¡Había acertado en todo! En la bachata, en la fiesta con mis amigos y en que me lie con un tío.

Miré de reojo el móvil.

Recordé que Marc me había escrito un montón de veces para vernos, pero no le había respondido.

Me levanté y empecé a dar vueltas por la habitación como hacía siempre que no entendía algo. Me pasé así casi media hora, durante la cual me destrocé todas las uñas de la mano derecha a bocados.

Tenía que ser una puta IA y seguro que mientras veía los vídeos recogía lo que yo decía.

Me daba igual lo que dijese Roger.

—No, no es una IA —me respondió cuando le pregunté.

—¿Cómo estás tan seguro? —le insistí, cruzándome de brazos.

—Porque las imágenes generadas por IA llevan patrones impresos que tú no ves, pero están ahí, son obligatorios para que los algoritmos de Instagram o Facebook, por ejemplo, puedan avisar a la gente de que es contenido generado y así evitar deepfakes y cosas por el estilo.

Estiró el brazo y me devolvió el móvil.

—Además, usa planos largos, de más de diez segundos.

Ya te digo que eso es muy difícil de hacer con una IA.

En cuanto el vídeo dura más de ocho segundos se empieza a liar y las caras pierden consistencia.

Solo las de pago podrían hacerlo, pero con lo que dura cada vídeo, saldría por un ojo de la cara.

—¿Y entonces cómo es capaz de hablar como si estuviese grabado ayer mismo? Es imposible que predijese las cosas con tanto detalle, Roger, no puede ser.

—Solo se me ocurre una cosa, pero como informático, no sé yo si tiene mucha lógica —dijo, rascándose la nuca.

—¿El qué, dime, lo que sea?

—Que realmente sea algo paranormal, como dice Emma.

—¡Anda ya! —Puse los ojos en blanco.

—¿Y por qué no? —me preguntó encogiéndose de hombros—. ¿Sabes cuántas cosas hay por ahí que son inexplicables? Deberías contemplar la posibilidad, al fin y al cabo, estamos en Valencia, nena.

—¿Y eso qué tiene que ver?

Me miró de arriba abajo y negó con la cabeza.

—Valencia fue la primera ciudad de España donde apareció un poltergeist.

—¡No me jodas!

—El duende de esparto. —Levantó las cejas, sorprendido de que yo no supiera algo tan «básico»—. ¿No lo conocías?

—No, pero da igual, no quiero saberlo.

Lo que faltaba, que resultase que Jara era un fantasma de verdad.

Emma apareció por el salón y se plantó frente a nosotros, con los brazos en jarra.

—Tú —me dijo señalándome—. ¿Has comprado las cosas que te pedí? —Asentí rápido y se volvió hacia Roger—. Señorito, ¿te has probado ya el disfraz por si te lo tengo que arreglar?

Él negó con un gesto, encogiéndose un poco en el sofá.

—Pues venga, caminito —le ordenó señalando a su dormitorio y dando una palmada seca para que se diese prisa.

Desaparecieron los dos tras la puerta y yo volví al mío .

Coloqué el móvil en el soporte del chino y busqué el vídeo de Jara para volver a verlo.

Me salté la primera parte y me fui directamente a la mitad.

—…sabes, ¿tienes algo que contarme, Nora?

Le di un toque a la pantalla para que avanzase treinta segundos. Jara seguía sentada en la silla de su escritorio esperando de brazos cruzados.

—Ah, muy interesante lo que me has dicho —me respondió.

Abrí los ojos muy grandes y lo pausé.

No le había respondido nada ninguna de las dos veces que había visto el vídeo.

Aquella era la prueba irrefutable de que realmente no había comunicación en tiempo real. Todo lo que había dicho lo había predicho de alguna manera.

Sonaba a locura total, pero me conocía muy bien, pero que muy bien. ¡Y además ella estudiaba Psicología!

Abrí el portátil y empecé a realizar búsquedas por Google.

«Cómo predecir lo que una persona hará».

«Cómo saber qué hará la gente».

«Predecir lo que dirá tu mejor amiga».

Y entonces apareció algo que llamó mi atención: un blog de cine que hablaba de una película. Cuando comencé a leer de qué iba el tema el corazón me dio un vuelco.

¡Tenía que verla, pero ya!

Seguí buscando a ver en qué servicio de streaming estaba.

—¿Qué coño es Orange Spain? —pregunté en voz alta cuando Google me dio la respuesta—. ¡Nadie tiene eso!

Salí al salón con el portátil en una mano y el móvil en la otra. Me quedé mirando la puerta de Emma sin poder llamar, y no precisamente porque tuviese las manos ocupadas.

Me tocó sentarme en el sofá, y esperar, y esperar, y esperar más aún, hasta que el cabecero dejó de pegar golpes.

¡Las pelotas probarse el disfraz !

Aproveché para responder a Marc, porque no me parecía bien dejarle en visto tantos días.

—Hola, perdón por no responder antes, estaba de exámenes —le mentí—. Lo siento mucho, rey, pero no creo que sea buena idea vernos, estoy conociendo a un chico.

La respuesta llegó en menos de diez segundos.

—Me imaginaba que me dirías algo así. No problema.

Me dio hasta pena, porque en el fondo era muy simpático y atento.

Pero yo ya tenía a Hugo encarrilado y Jara me había amenazado con sacarme los ojos si miraba a otro. Después de lo que me había contado Roger, ya empezaba yo a pensar cosas raras de fantasmas.

La puerta de Emma se abrió y apareció ella.

—¡Nena! —le grité.

Se tapó los pechos y se dio la vuelta gritando:

—¡Perdón, perdón!

Mira cómo ha cambiado la cosa. De echarme ella la bronca a mí por ir en tetas, a olvidarse de sus propias normas.

Reapareció diez segundos después con una camiseta de Manowar en la que hubiésemos entrado las dos.

—¿A que mola? —me dijo señalándola, dando una vueltecita para lucirla.

—Si a ti no te gusta el heavy —le respondí, arqueando una ceja.

—Tiene su rollo —me indicó con el dedo índice levantado.

—Hablando de rollos, ¿puedes pedirle al tuyo que salga un momento y me ayude a buscar una película?

Se giró de golpe y me clavó la mirada.

—Pareja.

—¿Qué?

—Que no es mi «rollo», no le llames así, por favor —me pidió muy seria, con los brazos cruzados—. Es mi pareja, ¿vale? Se lo he presentado a mis padres y todo.

Me quedé con los ojos abiertos tanto rato que me empezaron a picar .

—De repente todo el mundo está emparejado —mascullé mientras ella iba a buscarle.

Cuando se sentó a mi lado y miró la pantalla del portátil, arqueó las cejas.

—¿Por qué quieres ver The Game?

—Porque creo que es lo mismo que está haciendo Jara conmigo.

Se quedó en silencio durante casi medio minuto.

—No creo, Nora —negó él con los labios apretados—. Lo que sale en esa película es un montaje orquestado por cientos de personas que cuesta cientos de miles de dólares.

Bajé la cabeza al escuchar su explicación.

—Pero es que hay una parte de psicología —protesté yo, señalando con el dedo un párrafo del blog—. ¿No me la podrías buscar? —le pedí haciendo un puchero.

—Vale —me dijo paciente.

Después se giró hacia la puerta de la habitación y gritó:

—Churri, ¿vemos una peli con Nora?

Ella se asomó y asintió.

—¿Hago palomitas?