Capítulo 26 Negociando
—¿De verdad quieres hacer esto, Nora? —me preguntó Silvia en voz baja, mordiéndose la uña del pulgar.
—Sí, claro que sí —le gruñí yo con los brazos cruzados y dando toques en el suelo con el pie.
—Está bien, chicos —habló el dependiente de la tienda—. Está bastante bien para los años que tiene, os puedo dar ciento ochenta euros.
—Doscientos —soltó Liam antes de que yo pudiese aceptar, apoyando las palmas sobre el mostrador.
—Ciento noventa y no se hable más —contraofertó el chico.
—Hecho —acepté yo.
Me parecía una suma bastante buena por mi patín eléctrico. Yo lo había comprado dos años atrás por trescientos y ya le había sacado todo el partido que necesitaba.
—¿Y ahora cómo irás y vendrás a la uni? —me preguntó Silvia al oído, apoyándose en mi hombro.
—En el coche de Fernando —le respondí yo.
—¿Fernando? —Se apartó y me miró con los ojos muy abiertos.
—Sí, un poco a pie, y un poco andando —bromeé yo, dándole un codazo.
Me daba un poco de pena, la verdad, pero como ya ganaba algo de dinero con el arbitraje podría pagarme el abono del tram y así podía ir con Hugo todas las mañanas.
—¿Entonces estáis saliendo juntos? —me preguntó Liam cuando nos sentamos en una terraza.
—No, no, no, cabrones —contesté yo, señalándolos a los dos con el dedo—. Primero me tenéis que contar lo vuestro, ¿desde cuándo… ?
Se miraron entre ellos, pero ninguno de los dos soltó prenda.
No me lo puedo creer, de verdad que no me lo puedo creer.
Volví a mirarles negando con la cabeza y los dos desviaron los ojos al suelo.
¡Hasta para eso se coordinaban!
—¿Qué pasa? —demandé explicaciones, abriendo las manos sobre la mesa.
—Empezamos… —balbuceó Liam, tirándose del cuello de la camiseta—. El verano pasado.
Me levanté de la silla como si un resorte se hubiese activado bajo mi culo.
—¡¿Qué?! —grité con los ojos muy abiertos.
—Baja la voz, loca —me sugirió Silvia, tirándome de la manga para que me sentase.
Miré a mi alrededor y vi que todas las yayas se habían quedado paradas, mirando hacia nuestra mesa. Unos segundos después volvieron la vista y siguieron con sus asuntos.
—Hay que buscar otra cafetería —murmuré para mí misma, hundiéndome en la silla.
Era el mismo sitio donde me había camuflado con una bufanda, un gorro y unas gafas de sol para espiar a Hugo cuando le vi con su prima y me pensé que era una chica con la que salía.
—No te lo contamos porque nos llamaste con lo del vídeo de Jara y no vimos el momento —me explicó Silvia mientras revolvía su café—. Después se fueron pasando los meses y siempre pasaba algo, así que lo fuimos dejando y, bueno, hasta que te enteraste.
Me llevé una mano a la sien y suspiré.
—Tenéis razón, chicos, perdón. —Cogí aire y volví a suspirar—. La verdad, que llevo unos meses de locura total.
Silvia me sujetó de la muñeca y me dijo:
—Sí, pero ahora estás bien, ¿no? —Asintió rápido con una risita en la cara—. Estás con Hugo, juntos.
—No exactamente .
—¿Pero no os habíais pegado el lote en el vestuario de los árbitros?
—Sí, eso sí, pero luego hablamos.
—¿De qué? —intervino Liam.
—De ser pareja.
—¿Y lo sois?
—Pues estamos negociándolo.
—¿Cómo que estáis negociándolo? —me preguntó Silvia echándose adelante con una ceja arqueada—. O sois pareja o no sois pareja, ¿qué me estás contando?
—Es que es un poco más complicado.
—Venga, déjate de rollos y cuenta —me apremió, dando una palmada suave en la mesa.
—Bueno, pues allá vamos.
Liam se inclinó sobre la mesa también.
—Después de besarnos en los vestuarios quedamos para hablar de lo que había pasado, ¿de acuerdo?
—Los dos asintieron y yo continué—. Cuando nos encontramos el lunes, estaba más distante.
Esperaba que me diese un pico o algo, pero nada, dos besos en las mejillas y como si me hubiese conocido media hora antes.
Recordé que en ese momento me subió un calor por el cuello que no veas.
Yo pensaba que lo de hablar con él iba a ser para definir un poco si salíamos juntos o no, que yo daba por sentado que sí, pero cuando abrió la boca él y habló, la cagó por completo.
—Lo del sábado fue un error, Nora.
—¿Qué? —le pregunté yo parpadeando varias veces—. ¿Cómo que un error? A mí no me pareció un error, creo que estuvo muy bien. ¿No te pareció que estuviese bien? ¿Te hice daño cuando se chocaron nuestros dientes?
—No, no, eso sí estuvo bien, lo que no está bien es que tú y yo…
—¿Salgamos? —le completé la frase.
No contestó con la boca.
Empezó a mover la cabeza de lado a lado de una manera rara .
—¿Es por Jara? —le pregunté.
Entonces paró de hacer el idiota y me miró a los ojos.
—No, no tiene que ver con ella.
—¿Entonces cuál es el problema?
Pareció dudar durante un segundo, frotándose la nuca, y habló.
—Nora, yo la próxima temporada me iré a Londres para no volver puede que hasta dentro de muchos años. —Se encogió de hombros—. No veo empezar algo que tiene los días contados, solo es eso.
Abrí la boca para responder que eso no era un problema, que yo estaba dispuesta a irme a Londres con él, pero en el último momento me detuve y la cerré muy despacio.
Muy muy despacio.
Estuve a punto de cagarla estrepitosamente.
—Voy a proponerte una cosa, Hugo —le dije cambiando mi estrategia por completo.
—Dime.
—¿Qué te parece si, en vez de pensar en ello, dejamos que la cosa fluya y vamos viendo sobre la marcha? Porque a lo mejor dentro de un mes descubres algo en mí que es muy chungo y el problema desaparece por sí solo. —Abrí las manos y le sonreí mientras asentía con la cabeza.
Más fácil no se lo podía poner.
—¿Y si todo está bien?
Será capullo, tiene respuesta para todo.
—A ver… pues… —titubeé.
No había calculado la réplica antes de lanzar mi propuesta.
—Si todo está bien, pues genial, o sea, todo bien, seguimos y como toda la vida, paso a paso.
—Me refería a qué pasará cuando llegue junio.
—¿Que empieza el verano? —bromeé con una sonrisa nerviosa.
No quería seguir dándole vueltas a aquel tema.
—Nora, que estoy hablando en serio .
Me quedé completamente quieta, mirándole a los ojos. Cogí aire, me acerqué a él y le di un beso, suave, nada que ver con lo de los vestuarios del campo de fútbol.
—Hugo, no puedes controlarlo todo, ni saber lo que pasará. Y precisamente tú deberías saberlo mejor que nadie, así que vamos a hacer lo siguiente. —Le acaricié la mejilla—. Vamos a hablar claro, ¿vale?
Él asintió, pero no dijo nada.
Allí la única que hablaba claro era yo.
¡Cómo les cuesta a los tíos hablar de sus sentimientos!
—Me gustas, mucho —seguro que ya se había dado cuenta, pero por si acaso, se lo recordé—. Y por lo que pasó el otro día, creo que yo a ti también.
Él apretó los labios, bajó la mirada y asintió.
El corazón se me aceleró un poco al ver el gesto.
¡Le gusto, le gusto, le gusto!
Tenía yo una pequeña duda aún, pero ya no.
—No te voy a mentir. —Abrí mi corazón por completo—. Yo ahora mismo estoy un poco pelada —y mi cartera también—. Pero sería la leche si nos pudiéramos ir un fin de semana por ahí, juntos, aunque solo fuese del sábado por la tarde al domingo, que sé que tienes partidos por las mañanas.
Lo sabía, porque a veces se los arbitraba mi hermano, que siempre estaba a tope los sábados.
Hasta a mí me los estaban poniendo ya de dos en dos, porque faltaban árbitros. Después de Navidad desaparecían la mitad. ¡Igual que en las clases de bachata!
—Yo te prometo que te devolveré mi parte, ¿vale? —seguí explicándole.
Tenía toda la intención de hacerlo, pero por otro lado también esperaba que él me dijese que no hacía falta.
¡Trabajo en equipo !
Yo me encargo de la parte intelectual, de las ideas y eso, y él de la financiación, que en el Valencia creo que le pagaban bastante bien.
—Y aprovechamos para desconectar, pasar un poco de tiempo juntos que no sea en el tram o en la pista de atletismo, sin gente alrededor, solo tú y yo.
Sobre todo, sin Emma ni Roger destrozando el cabecero de la cama contra la pared de su dormitorio.
—¿Puedo pensarlo?
¡Pues claro que no, zoquete!
—Sí, puedes, pero rey. —Ladeé la cabeza—. Como lo pienses mucho, igual me voy con otro.
Se irguió sobre la silla y me clavó la mirada.
Yo me encogí un poco al ver su reacción, hundiendo los hombros.
—Era broma, era broma —Levanté las manos en señal de paz—. Anda, ven aquí.
Ya que las tenía levantadas, las estiré, le sujeté de las mejillas y le di otro beso.
Era una gozada besarle. Tenía unos labios alucinantes para ser un tío. Me dieron ganas hasta de preguntarle si se había puesto bótox o algo.
Seguí dándole besos por toda la cara, como si fuese un niño pequeñito. Mi Huguito chiquitín y tontito al que había que explicarle todo con una pizarra para que lo entendiese.
¡Anda!
Lo mismo que hacía Jara conmigo.