Recuerdo 9 Seis Meses
Llevábamos una hora esperando en aquella salita de consultas externas de Oncología, con las paredes de un verde que alguien debió pensar que relajaba y que a mí me ponía todavía más nerviosa.
Mi madre no había soltado mi mano en todo ese rato.
La tenía fría, sudada, y me la apretaba cada vez que se abría una puerta al fondo del pasillo, y cada vez que no era la nuestra volvía a aflojar y a mirarse las rodillas.
Yo, por dentro, iba repasando lo que sabía.
Llevaba tres años estudiando Psicología, había dado comunicación de malas noticias, había leído sobre el protocolo Buckman, sobre las seis fases, sobre cómo un profesional debe sentarse, mantener el contacto visual, dar la información en trozos pequeños, permitir los silencios.
Me sabía la teoría de memoria.
Pensaba que eso me iba a servir de algo.
No me sirvió de una mierda.
—Jara Ferrando —dijo una enfermera desde la puerta, mirando una carpeta.
Nos levantamos las dos a la vez y mi madre se colgó de mi brazo como si fuera ella la hija.
El oncólogo era un hombre de unos cincuenta años, con gafas y pinta de bonachón.
Tenía delante mi TAC abierto en la pantalla y una carpeta con mi nombre, y por la forma en que nos miró al entrar, sonriendo levemente, señalándonos las dos sillas, supe la respuesta antes de que dijera una sola palabra.
Yo también había aprendido a mirar así a la gente.
—Siéntense, por favor —nos pidió .
Lo hicimos.
Hubo un par de segundos de silencio en los que ordenó unos papeles que seguramente ni siquiera necesitaba, y ese momento fue el que me terminó de confirmar que estaba jodida.
—Jara, hemos recibido los resultados del TAC y de la biopsia —empezó, y juntó las manos sobre la mesa—. Y me temo que no son buenos.
Mi madre soltó todo el aire de golpe.
—Hemos confirmado un adenocarcinoma de páncreas —continuó él, despacio—. Es un tumor maligno. Y en tu caso, por desgracia, ya se ha extendido. Hemos visto lesiones en el hígado.
¡Mierda puta!
¡Metástasis!
La palabra no la dijo él, la dije yo dentro de mi cabeza, porque me la sabía, porque la había leído mil veces en los apuntes sin pensar jamás que un día iba a llevar mi puto apellido pegado a su lado.
—¿Qué significa eso? —preguntó mi madre, con la voz temblándole—. ¿Se puede operar? ¡Ella puede ya, no hay problema!
El médico la miró, y luego me miró a mí, y noté que dudaba a quién de las dos dirigirse.
—No es operable —respondió al fin—. Cuando la enfermedad se ha diseminado al hígado, la cirugía ya no es una opción. Podemos plantear quimioterapia paliativa, para intentar frenarlo y ganar tiempo, y para el dolor.
—Pero se cura —insistió mi madre, y le apretó el borde de la mesa—. Con la quimio se cura, ¿verdad? La gente se cura de esto.
Y ahí estaba.
La negación.
Fase uno.
La tenía delante, en directo, saliéndole a mi madre por la boca, exactamente como venía en el manual, y yo solo fui capaz de cogerle la mano para consolarla, pero ella ya estaba ida .
—Señora —dijo el médico, y bajó un poco la voz—, vamos a hacer todo lo que esté en nuestra mano para que Jara esté bien y sin dolor el mayor tiempo posible. Pero tengo que ser honesto con ustedes, porque creo que se lo merecen.
«Cállate», le pedí en silencio.
No sigas, por favor.
—Es un tumor muy agresivo.
¡No digas nada más, por tu padre!
—Hablamos de una supervivencia media, en estos casos, de alrededor de seis meses.
Eso fue lo que dijo.
Medio año. Seis meses. Ciento ochenta días. Cuatro mil trescientas veinte horas.
Hice una mueca sin darme cuenta de la ironía.
Si lo pensabas en horas, parecía que tenía toda la vida por delante. En minutos ya debía de ser la hostia, pero no me daba la cabeza para tanto cálculo.
De todas formas, no era cierto.
Esperé a sentir algo, el suelo abriéndose, un grito, las lágrimas, cualquiera de las cosas que había estudiado que hace la gente cuando le dicen esto.
Pero no sentí nada.
Nada de nada.
Fue como si me lo hubiera dicho de otra persona, como si estuviera en una práctica de la facultad observando a través de un cristal cómo a una chica de veinte años le comunicaban que se iba a morir antes del próximo verano.
Así de cortocircuitada estaba mi cabeza en aquel momento.
Y entonces mi madre se rompió.
No lloró bonito, como en las películas, con una lágrima resbalando por la mejilla. Se dobló sobre sí misma, con la cara entre las manos, y le salió un gemido como no le había oído nunca en la vida .
—No, no, no, mi niña no —repetía entre sollozos—. Mi niña no, por Dios, mi niña no.
El médico le acercó una caja de pañuelos.
¡Coño! ¡No me había fijado hasta ese momento!
Había una puta caja de pañuelos preparada en la mesa.
Y yo seguía sin llorar.
Le puse una mano en la espalda a mi madre y empecé a hacerle círculos, despacio, como se hace con un niño, y me oí a mí misma decir, con una voz que no parecía la mía, una voz calmada, casi profesional:
—Tranquila, mamá. Respira. Estoy aquí, contigo.
«Estoy aquí», le dije.
Le estaba diciendo a mi madre que estuviera tranquila, que yo estaba allí, cuando la que se iba a morir era yo.
¿Quién cojones se lo iba a decir dentro de seis meses?
Y en ese momento, mientras le frotaba la espalda y ella se deshacía a mi lado, mientras el médico nos miraba con esa cara de pena entrenada, entendí una cosa con una claridad que me heló la sangre.
Tenía seis meses para dejar arreglado todo lo que tuviese que arreglar.
Cada segundo que desperdiciase lamentándome de la mala suerte que había tenido era un jodido segundo que no iba a recuperar.
Y por primera vez desde que entré en aquella consulta, con la mano de mi madre temblando bajo la mía, pensé en Hugo.
En el chico que me esperaba sin saber nada.
En mi novio.
Y en la primera cosa que tenía que hacer.
Tenía que dejarle ya.
Iba a esperar a que pasase Navidad, pero ni de coña lo iba a postergar más.
No iba a dejar que me viese consumirme. No permitiría que me contemplase hecha un trapo, sin apenas poder moverme y orinándome encima. Le iba a romper el corazón de todas formas, así que prefería que fuese ya, y que mi recuerdo fuese el de la chica de la que se enamoró y no el de una moribunda.
Se me hizo un nudo tan grande en la garganta que por poco no pude respirar, pero apreté los dientes, cogí aire fuerte por la nariz y me lo tragué entero, igual que iba a tragarme toda la mierda que viniese durante los seis meses siguientes.
Entonces una idea cruzó por mi mente.
Levanté la vista y miré al médico a los ojos.
—¿Cuándo empezamos con la quimio? —pregunté con la voz firme.
Me miró con los ojos muy abiertos, como si no esperara que fuera yo la que llevara las riendas.
—Cuanto antes —respondió—. Esta misma semana, si puede ser.
—Sin problema —confirmé.
Y le apreté la mano a mi madre.
—Vamos a casa, mamá. Tengo muchas cosas que hacer.