Nunca es tarde para volver a intentarlo Recuerdo 8 La Traición
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Recuerdo 8 La Traición

Aquella noche fue la primera vez que besé al único chico al que amé durante gran parte de mi corta vida. Jamás besé a otro, nunca. Desde ese momento, y durante cuatro años, fui para Hugo y él fue para mí.

Desgraciadamente Nora se enteró.

¡A los diez minutos!

Y he de reconocer que fue por mi culpa.

Estaba en la luna de Valencia, disfrutando de los labios del chico del que estaba completamente colgada, que se me fue la hora. Y claro, mis amigos se preocuparon de lo que tardaba en volver, tanto que vinieron a buscarme, y la pillada fue épica.

Pero lo peor no fue eso.

Lo peor fue la imagen que dábamos.

—¿Lo habéis hecho? —me preguntó Nora completamente fuera de sí.

—¿Qué? ¡No, por Dios! —exclamé.

—Serás falsa —me gritó ella señalándome los pantalones—. Si llevas las bragas asomando por el bolsillo del pantalón. ¡Ni siquiera te las has vuelto a poner después!

Miré hacia abajo y era cierto.

Allí estaban mis braguitas amarillentas, después de haberlas usado durante tres días, saludando a la multitud. Con las prisas ni me di cuenta de meterlas bien del todo. Me las guardé de un manotazo, empujándolas hasta el fondo, pero ya era tarde, el daño estaba hecho y todos lo habían visto.

—Nora, escúchame, que no es lo que parece —le supliqué, dando un paso hacia ella con las manos por delante .

—¿Que no es…? —Se le quebró la voz y le brillaron los ojos—. Te has liado con Hugo. Con el único chico que me ha gustado en toda mi vida y tú lo sabías.

—Lo sé, lo sé, y lo siento muchísimo —le dije, y noté cómo se me cerraba la garganta—. No lo busqué, te lo juro, pasó sin querer, yo no…

—No me toques —me cortó, apartándose de un tirón cuando intenté cogerle del brazo.

Liam y Silvia llegaron por detrás y se pusieron uno a cada lado de ella, como dos muros, mirándome con una cara que no les había visto nunca.

Y Sandra, la muy falsa, que hacía media hora me pedía volver a ser mi amiga, le pasó un brazo por los hombros a Nora y me clavó los ojos por encima de su cabeza.

—Déjala en paz, Jara —soltó la muy guarra, apretándola contra ella—. Que ya has hecho bastante.

—Tú no te metas —le respondí con la voz temblándome de rabia—. Nora, por favor, mírame.

Pero no me miró.

Bajó la cabeza y se dejó llevar por los tres, arropada entre ellos, camino del albergue, y yo fui detrás dando tumbos, repitiendo su nombre una y otra vez como una idiota, mientras Sandra giraba la cabeza cada dos pasos para lanzarme una mirada que me decía sin palabras que me largara.

—¡Nora, espera! —grité por última vez, ya con las lágrimas cayéndome sin control.

No se volvió.

Ninguno de ellos lo hizo.

Se metieron por la puerta y me la cerraron en la cara, y yo me quedé sola en mitad de la noche.

Ni siquiera me di cuenta de que había dejado a Hugo abandonado en el bosque.

Aquella noche Nora no volvió a la habitación a dormir .

Me pasé las horas sentada en la cama, mirando la puerta, esperando que se abriera, ensayando en la cabeza mil formas distintas de pedirle perdón, pero no, no regresó.

Cuando por fin salió el sol yo seguía despierta, con los ojos hinchados y la boca seca, sin haber pegado ojo ni un solo minuto.

¡Y pensaba yo que la noche había sido una mierda!

¡La mañana fue peor!

Bajé al comedor con la cabeza gacha y noté enseguida que algo iba mal, porque en cuanto entré se hizo un silencio raro y luego empezaron los murmullos, ese runrún de voces bajas que se tapan la boca con la mano y te miran de reojo.

—Esa es —oí susurrar a una hija de puta—. La que lo hizo con Hugo en el bosque.

—¿En el bosque, en plan del todo?

—Del todo, del todo, si la pillaron con las bragas en la mano y todo.

Se me subió el calor a la cara de golpe y aceleré el paso hacia una esquina, pero no había esquina en el mundo lo bastante lejos, porque allí donde mirase había alguien cuchicheando, alguien riéndose, alguien haciéndole un gesto obsceno a su amigo señalándome con la barbilla.

No pude ni desayunar.

Se me cerró el estómago solo de ver la comida, así que dejé la bandeja donde estaba y salí de allí casi corriendo, con la vista clavada en el suelo para que nadie me viera la cara.

Me escondí en la parte de atrás del albergue, en el mismo rincón de siempre, y me dejé caer contra la pared con las rodillas pegadas al pecho, deseando desaparecer, deseando que la tierra se abriera y me tragara para no tener que volver a ver a nadie nunca más.

Estuve así un buen rato, hasta que escuché unos pasos acercándose.

—¿Jara? —Era él.

¡Cómo no!

—Llevo toda la mañana buscándote .

—Vete —le dije sin levantar la cabeza, con la voz apagada—. En serio, vete, ya hemos dado bastante la nota.

Pero se ve que el rollo de los chicos es hacer todo lo contrario de lo que les pides.

Se sentó a mi lado, en el suelo, pegando la espalda a la misma pared, y se quedó un momento en silencio antes de hablar.

—Siento mucho lo de anoche —me dijo al fin—. De verdad que lo siento, sé que es tu mejor amiga.

—Era —corregí, y la palabra me dolió al salir—. Ya está, se acabó, la he cagado y ha sido por mi culpa.

Se quedó callado unos segundos, y luego dijo algo que no me esperaba en absoluto.

—Yo no creo que le hayas hecho nada malo.

Levanté la cabeza de golpe y le miré, parpadeando varias veces, segura de que había oído mal.

—¿Qué?

—Que no has hecho nada malo —repitió, y por fin se giró hacia mí—. Me da pena por Nora, pero llevo pillado de ti desde el verano pasado, Jara.

Me quedé con la boca entreabierta, sin saber qué decir, con el corazón dándome tumbos dentro del pecho.

—Eso es mentira —conseguí soltar—. Si te pasas el día metiéndote conmigo.

—Porque no sabía hacerlo de otra manera —contestó, encogiéndose de hombros y bajando la vista a sus zapatillas—. Cuando os conocí, me gustaba ella. Hasta le pedí a Sandra que dejara de ir a estudiar con vosotras.

—¿Qué has dicho? —Entrecerré los ojos y me incorporé un poco.

—Que le pedí a Sandra que dejase de ir a la biblioteca —confesó, rascándose la nuca—. Así solo teníais dos personas para la llave y, como hacía falta una tercera, podía ser yo y aprovechar para estar con Nora un poco más .

Me lo quedé mirando con la boca abierta, alucinada, notando cómo se me revolvía todo por dentro entre la indignación y el enfado, y entonces me cabreé más al comprender el significado real de su confesión.

—¿Soy el segundo plato? —le pregunté, con el ceño muy fruncido.

—No, no, no pienses eso, por favor. —Se rascó la nuca antes de seguir—. Te explico.

Cogió aire despacio y comenzó a hablar.

—Al principio es verdad que ella me llamó la atención, aparte de que tú no eras nada simpática conmigo, parecía que me odiabas —Ladeó la cabeza y apretó los labios—.

Y Nora se interesaba por mí y, además, era muy diferente del resto de las chicas.

Creo que por eso me fijé en ella, pero como nunca vi que hiciese nada, se me fue pasando.

Tenía cierta lógica, pero eso no cambiaba en nada lo que provocó entre Sandra y nosotras.

—¡Pues estuvo mal! Eso es de… psicópata —le solté, señalándole con el dedo—. ¡Eres un manipulador! ¡Y un mentiroso! ¡Nos enfadamos con Sandra por tu culpa!

—Sí —admitió en voz baja—. Lo sé.

—¡Míralo, y se queda tan pancho! —protesté, cruzándome de brazos y girando la cara.

Pero por dentro, aunque no pensaba decírselo ni muerta, algo se me deshizo como un azucarillo. Porque aquel tonto, aquel tarugo integral que no se enteraba de nada, había estado años montando planes de chichinabo solo para estar cerca de Nora, y la otra lo tenía a huevo y no hizo nada.

¡Yo hubiese matado por tener a un chico así de interesado por mí!

—Y el verano pasado, estando en las piscinas, me di cuenta de que tú me gustabas un montón.

¡Wait a moment, wait a moment!

Giré la cabeza muy despacio y le miré directamente a los ojos.

—¿Y por qué no me dijiste nada?

—Me daba palo —respondió .

Él también me miró fijamente.

—Parecía que estabas colada por el hermano de Nora.

¡Aiba! ¡Mi árbitro! Me había olvidado completamente de él desde que me di cuenta de que Hugo me gustaba.

¡Qué fuerte!

Nos quedamos callados los dos, con los hombros pegados, mirando la nada, y al final fui yo la que apoyó la cabeza contra él, aunque no debía, aunque estaba fatal, aunque a menos de diez metros la que ahora era mi ex mejor amiga me odiaba con todo su corazón.

Él me pasó un brazo por encima y me atrajo hacia sí, y yo me dejé, porque en aquel momento era lo único que me sostenía.

—¿Jara? —me dijo al cabo de un rato, en voz muy bajita.

—¿Qué?

—¿Quieres salir conmigo?

Cerré los ojos, con la cara escondida en su cuello, y sonreí sin que él me viera, sintiéndome la peor y la mejor persona del mundo a la vez.

—Sí —le respondí—. Sí que quiero.

Y así fue como empezó todo, en el peor de los sitios y en el peor de los momentos.

Sobre las cenizas de la amistad más larga que había tenido durante mi vida.

Y aquel verano, cuando volvimos a Valencia, todo cambió.

Nora se apuntó a la FP de restauración en otro instituto y yo al bachillerato de ciencias sociales, así que dejamos de vernos cada día.

Al principio yo pensaba que era cuestión de tiempo, que se le pasaría el enfado como se le pasaban todos, que un día cualquiera me la cruzaría en la calle y me sonreiría de lado como cuando éramos crías y me decía que lo del «ra» no significaba nada.

Pero los días se hicieron semanas, y las semanas meses, y aquel día no llegó nunca.

La veía de lejos, alguna vez, por el barrio, siempre más tapada, siempre con la mirada en el suelo, siempre acompañada de Liam y Silvia, impidiendo que yo me acercase a hablar con ella .

Y cuanto más tiempo pasaba, más difícil se me hacía. Era como que habían pasado tantos meses que ya no merecía la pena intentar nada, porque seguro que no se iba a poder arreglar.

Ojalá hubiese sabido entonces lo equivocada que estaba.

En un par de años llegó la universidad, y ella se fue por su lado y yo por el mío, y aunque nunca volvimos a hablar, nunca le perdí la pista.

La quería mucho como para poder olvidarme de ella.

Muchísimo.

Yo seguí con Hugo, hasta que llegó el segundo día que definió mi existencia.

El día que mi vida se fue a la mierda y decidí que ya no podía alargar más lo nuestro.

Le confesé que había conocido a otro.

Quise hacerle daño, mucho daño, para que se enfadase conmigo y le fuese más fácil olvidarme. Para que me odiase si hacía falta. Pensé que era lo mejor para él.

Pero siempre se me dio fatal mentir.