Recuerdo 7 Mariposas
Hay dos momentos que definieron mi vida.
El primero fue la noche del botellón en el viaje de estudios a Benagéber.
Hasta ese momento todo iba más o menos bien.
Yo llevaba dos días escondida en la habitación del albergue, saliendo solo para desayunar, comer y cenar, deseando que llegase el sábado para volver a casa y así poder vivir sin tener el miedo de encontrarme a Hugo en cada esquina.
¡Que por cierto! ¡Telita con el Hugo!
Me tenía el Instagram acribilladito a mensajes privados. Cada vez que vibraba el móvil lo cogía de un manotazo y ponía los ojos en blanco al ver su nombre.
Que si estás bien, que si estaba preocupado por mí, que qué me pasaba, que por qué no bajaba a la piscina.
Por el amor de Dios, qué tío más pesado, joder.
Si no hubiese sido porque se piró sin mirar atrás, hubiese pensado que le gustaba, pero después de aquella prueba irrefutable, ya sabía yo que no.
Además, después del sopapo que le di, todos sus colegas llevaban un choteo con él de aúpa, así que seguro que estaba molesto conmigo, aunque hubiese venido a pedirme perdón.
Y por fin llegó el viernes.
Solo un día más y se acabaría el infierno.
—¡Vamos a hacer un botellón épico! —soltó Sandra cuando entró con Nora en la habitación.
La miré a los ojos y le enseñé los dientes, como si fuese un rottweiler.
—¿Qué haces? —me preguntó .
—Nada, ni caso, siempre está haciendo el tonto —le respondió Nora.
Bajé la cabeza hasta el suelo.
Ya nadie me tomaba en serio.
Mi vida se había, literalmente, acabado.
—Venga, levanta y ayúdanos —me ordenó la chica por la que yo había renunciado a Hugo—. Tenemos que ir a por hielos a la gasolinera.
—No, paso, no quiero ir al botellón —contesté, dándome la vuelta en la cama hacia la pared.
—¿No te da fomo? —me preguntó Sandra.
—No —respondí negando con la cabeza contra la almohada—. Pereza me da.
—Jara —me dijo Nora cogiéndome de los hombros y girándome hacia ella—. Llevas medio viaje encerrada aquí sin hacer nada. Empiezas a parecerte a mí. Estoy muy preocupada.
Joder. ¿Sería verdad? ¿Tan mal estaba?
Me levanté de la cama y me miré en el espejo, acercándome mucho al cristal.
Parecía un zombi.
Me llevé una mano a la cabeza y asentí despacio.
—Venga, vale, os acompaño.
Me puse lo primero que encontré, la verdad, ni me acuerdo. Unos vaqueros cortos, una camiseta de tirantes y creo que llevaba las mismas braguitas desde hacía tres días, pero me daba igual. Me recogí el pelo en una coleta de cualquier manera, sin ni siquiera mirarme otra vez.
Acompañar y participar en el botellón fue la peor idea del siglo.
Para empezar, la mitad del hielo que compramos se deshizo por el camino.
Después bebí vodka con Fanta, no sé cuántos, dos o tres, y me pillé un colocón top, pero para mi sorpresa me sentía mejor.
Era una sensación rara, porque parecía que la cabeza me funcionaba más rápido.
Como si todas las ideas que no importaban hubieran desaparecido y solo se hubiera quedado lo realmente importante.
Hugo.
Que no me hizo ni puto caso en toda la tarde.
Así que tuve que verle, una vez más, haciendo el mono con sus amigos, esta vez en el lago, sin meterse con Nora, porque seguramente sabía que yo estaba allí y que, si lo hacía, se iba a comer otra hostia.
Y sobre las nueve la persona que más tirria me daba se sentó a mi lado.
—¿Has hablado con él? —me preguntó.
—No sé de qué me hablas —le respondí, dándole un trago largo al vaso para no mirarla.
—Llevas dos horas sentada sin dejar de mirarle, Jara —me echó la mano por encima del hombro—. Se nota mazo.
—¿De verdad? —le pregunté mirándola a los ojos con las cejas subidas.
Sandra asintió con los labios apretados.
—¿Y crees que él lo sabe?
Se encogió de hombros y miró hacia donde estaban los chicos.
—No sé, los tíos son muy raros, cada semana les gusta una.
—Qué alentador.
—No sé lo que significa esa palabra —me respondió medio riendo.
—¡Que vaya mierda! —reí yo, dándole un empujoncito con el hombro sin querer.
Hubo unos segundos de silencio hasta que la muy zorra lanzó la pregunta trampa.
—¿Crees que podríamos volver a ser amigas?
Ah, mírala qué cuca.
Había venido en plan guay, como si yo le importara, y lo único que quería era sondear a ver si podía volver a ser nuestra amiga.
Pues no, ni hablar, de eso nada. Este cuento de hacerse la simpática ya me lo conocía yo .
Nasti de plasti.
—Claro que sí, guapi —le respondí, y le di un pequeño abrazo.
Ya está otra vez mi cuerpo haciendo lo que le da la gana en vez de lo que yo quiero hacer.
Miré un momento hacia el cielo y puse los ojos en blanco.
Entiendo que me pase con Hugo, por eso de estar enamorada, ¡¿pero con la pedorra de Sandra?! No me lo puedo creer. En fin, da igual, ya pasaré de ella cuando volvamos a Valencia.
De repente apareció Nora también por nuestro lado, acompañada de Liam y Silvia, nuestros otros dos mejores amigos.
—¿Cómo va nuestra querida amargada? —me preguntó.
—No estoy amargada —respondí, cruzándome de brazos.
—Y una leche que no.
—Echo mucho de menos a Rodolfo.
—¿A tu gato, en serio? —preguntó Liam.
—Adoro a ese bicho, vale —contesté, levantando la barbilla.
—Tú estás fatal, tía —intervino Silvia.
—¿Sabéis lo que os digo? — Los recorrí a todos con el dedo índice antes de soltar la bomba—. ¡Que me voy a mear!
Dicho y hecho.
Me levanté, y no lo voy a negar, tambaleándome por culpa del vodka con Fanta, que ya era el tercero, y tuve que apoyar una mano en el suelo para no caerme.
—Te acompaño —se ofreció Nora.
—No, no, eso de picha española nunca mea sola es para los tíos —le respondí, señalándola con el dedo—. Yo prefiero intimidad.
Caminé dando tumbos hasta unos árboles que había por allí cerca, con los brazos abiertos haciendo equilibrios.
Me bajé los pantalones y mis braguitas sospechosamente amarillentas y me dispuse a hacer pipí, pero con la melopea que llevaba era casi imposible mantenerme en cuclillas.
Me iba a caer seguro .
Tiré de la opción dos: me saqué una pierna de la ropa y pude separar los pies lo suficiente para poder hacer pis sin tener que agacharme.
Allí se quedó todo el vodka que llevaba bebiendo aquella tarde.
Entonces escuché unos ruidos detrás de mí y me giré rápido, perdiendo el equilibrio un instante.
Había un memo allí mismo con la luz del móvil encendida, usándolo como si fuese una linterna.
—¡Pero qué haces, capullo! —le grité, tapándome como pude con las manos—. Apaga eso.
—Perdón, perdón —gritó él también.
Me subí los pantalones como pude, pero no terminaban de quedar bien. No entendía por qué, pero no había manera de subirlos del todo y poder abrocharlos, y me empecé a poner tan nerviosa que no atinaba, con los dedos torpes tirando de la tela una y otra vez.
Y el otro gilipollas seguía allí, tapándose los ojos con las manos, pero no se iba.
—¡Te quieres pirar de una vez, idiota! —le ordené.
Entonces alguien más apareció por allí.
—¿Qué está pasando aquí? —escuché preguntar.
¡Ale, genial, más gente! Ya solo faltaba que apareciera un profesor para que saliéramos en el periódico del instituto.
—¡Rico, desaparece! —ordenó la misma voz.
El idiota del móvil se fue corriendo de vuelta al botellón, pero el recién llegado no.
En vez de alejarse también, se acercó.
—¿Necesitas ayuda, Jara?
No, no, no, no, por Dios, no, pero ¿por qué? ¿Por qué tiene que ser el puto Hugo?
—¡Pues claro que no! —respondí alzando las manos—. Solo intentando mear, pero al parecer esto es como el Primark un sábado por la tarde.
Él se tapó la boca y empezó a reírse .
Yo bajé la cabeza y no pude evitar reírme también, con una risa floja que se me escapaba por la nariz.
Entonces me quedé de piedra.
Comprendí por qué no había podido subirme el pantalón de manera correcta. Al meter el pie de nuevo, las braguitas se habían quedado fuera y se había formado una especie de ovillo, que había terminado cayendo sobre el pie que no había sacado.
Tragué saliva muy despacio al verlas allí, enredadas en mi tobillo derecho.
En cuanto Hugo mirara hacia abajo las vería.
Iba a ser la primera vez que un tío viese mis bragas y llevaba usándolas tres días.
¡Ay, no, Señor! ¿Por qué todo me tiene que pasar a mí?
—Hugo —lo llamé, con la voz de repente muy fina.
Se acercó un poco más, pero con cuidado.
—Por lo que más quieras —le pedí, poniendo las palmas hacia él para frenarlo—. Vuélvete al botellón, por favor.
Él desvió la vista hacia el lago, pero no se movió.
—Es que… —pareció dudar, rascándose la nuca—, tengo que hablar contigo.
—Créeme, que no es buen momento —le indiqué.
Y en vez de hacerme caso como la otra vez, se acercó un poco más.
—Cierra los ojos unos segundos, al menos —intenté cambiar de estrategia, moviendo la mano en el aire para que obedeciera.
Parece ser que aquello le resultó más fácil de cumplir, porque lo hizo.
Me agaché tan rápido como pude, saqué el pie derecho y me escondí las braguitas en el bolsillo del pantalón.
Lancé el bufido más grande que había lanzado en toda mi vida.
No las había visto.
¡Gracias, Dios, gracias!
—¿Puedo abrirlos ya? —me preguntó .
Uy, me había olvidado de él.
—Sí, sí, sin problema.
Y no solo los abrió, no, se tuvo que acercar más aún.
—Puedo pedirte yo lo mismo —me dijo.
—¿Que me vuelva al botellón?
—No —negó con la cabeza—, que cierres los ojos tú ahora.
Le miré los pies, pero no vi sus gayumbos por allí. No entendí a qué santo venía aquella petición que no tenía ningún sentido, pero como él había aceptado la mía, me vi en la obligación de corresponderle.
Fruncí el ceño, resoplé y al final los cerré.
El mundo se quedó a oscuras y en silencio, solo con el ruido lejano del botellón y el agua del lago moviéndose despacio detrás de mí.
Noté que se acercaba, no porque le viera, sino porque me llegó ese olor suyo a perfume caro. Sentí sus manos posarse en mis hombros, muy despacio, primero apenas la yema de los dedos y luego la palma entera.
Estaban calientes, tanto que sentí que me quemaban.
Se me cortó la respiración de golpe y apreté los párpados todavía más fuerte, con miedo a abrir los ojos y que todo aquello se deshiciera como si fuese un sueño.
El corazón me empezó a latir tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo, de que todo Benagéber lo escucharía. Estaba cagada, más que nunca antes en toda mi vida.
Entonces noté su aliento, primero en la frente, después bajando muy despacio. Su nariz rozó la mía, se me erizó toda la piel de la cara y no pude evitar morderme el labio de abajo.
Tardó una eternidad, o eso me pareció, porque cada centímetro que acortaba se me hacía una hora, y yo seguía allí plantada, con los brazos muertos a los lados y sin atreverme ni a respirar.
Y por fin, después de tanto esperar, sus labios rozaron los míos.
Solo eso, un roce, tan suave que casi no lo sentí .
Eran labios blandos y estaban un poco fríos por fuera y calientes por dentro, y sabían, cómo no, a naranja, y recuerdo que pensé que ya nunca en mi vida iba a poder beber una Fanta sin acordarme de aquel momento exacto.
No se movió más, no hizo nada raro con la lengua como hacen en las películas, solo dejó su boca apoyada sobre la mía, quieta, esperando, como si me preguntara sin palabras si aquello estaba bien.
Y estaba bien.
¡Qué leches!
Estaba mega requeté híper bien.
Tanto que se me escapó un suspiro pequeñito por la nariz y noté cómo él sonreía contra mis labios al oírlo.
Levanté por fin las manos, y le agarré de la camiseta a la altura del pecho, no para apartarlo, sino para que no se le ocurriera separarse todavía.
Nos quedamos así, no sé cuánto, con las bocas juntas y los ojos cerrados, mientras el estómago se me llenaba de eso que me habían contado.
Ahora sí.
Sí que eran mariposas.
Millones de ellas revoloteando en mi interior.