Recuerdo 6 Dicho Y Hecho
Catorce, quince y dieciséis, ya estaban todos los escalones bajados y ahora de cabeza al comedor, con el corazón abierto al primer tío que se cruzara en mi camino, aunque fuera feo y tonto, daba igual, lo que fuera con tal de pasar página con mi cuelgue de Hugo.
Nora se lo había pedido primero y eso no aceptaba discusión.
Entré totalmente decidida, con la barbilla alta y el paso firme, cuando escuché que alguien me llamaba.
—¡Hola, Jara! —Era la guarra de Sandra, que quería volver a ser nuestra amiga.
Ja, ja y ja.
Ni muerta.
Traidora miserable.
Le lancé una mirada por encima del hombro y apreté los dientes. Todas las desgracias que había en mi vida actualmente tenían que ver con que dejaras de venir con nosotras a la biblioteca. Por tu culpa estaba enamorada del chico que le gustaba a mi amiga.
¿Eh? ¿He dicho enamorada?
Mierda.
Me giré de vuelta hacia el comedor y me di una hostia tremenda contra una pared que alguien había puesto allí que antes no estaba. Me caí al suelo de culo, y al alzar la vista me quedé mirando un par de piernas con unos gemelos impresionantes.
Perfecto, me valía.
Ya tenía a mi nuevo príncipe, sustituto de Hugo.
Empecé a subir la mirada para descubrir a mi nuevo amor. Llevaba unas bermudas azul claro con caballitos de mar rojos. ¡Alucinante! Un tío de dieciséis años que se atrevía a ponerse algo así tenía que tener una personalidad premium.
Seguí subiendo con los ojos y me fijé en su camiseta.
Era una talla S seguro, o sea, que no me había tocado un gordito. Tampoco es que me importara, pero yo hacía baloncesto, así que si me tocaba uno que fuera un poco deportista me venía mejor. Con los gemelos que ya le había visto, debía de ser algún chico del club de atletismo.
La camiseta que llevaba, por cierto, era la puta caña. Negra, con una calavera blanca chulísima y de tirantes, que le dejaban al aire unos brazos morenos y bien definidos.
¡Joder! Me había tocado la lotería.
Pedazo de tío bueno para mí sola.
Junté las manos a la altura de la cara y empecé a rezar, apretando los párpados con fuerza.
¡Que no tenga novia, que no tenga novia!
¡Y que sea guapo, por fa!
Y joder, vaya que si lo era.
Era el tío más guapo de todo el jodido albergue.
Pero tenía un problema.
Un gran problema.
Se llamaba Hugo.
Me llevé las manos a la cabeza casi sin darme cuenta y empecé a tirarme de los pelos hacia los lados.
¿Por qué, por qué? ¿Por qué de todos los tíos que había en el albergue solo me encontraba con este?
Me dieron ganas de echarme a llorar allí mismo. No era justo, nada de lo que me pasaba era justo. Me salió un puchero enorme y me empezó a temblar el labio de abajo. Seguro que hasta se me arrugó el mentón como cuando era una niña pequeña y lloraba porque me obligaban a comer coliflor.
—¿Te has hecho daño? —me preguntó .
La verdad es que no, pero estaba medio llorando. No me quedó otra que seguir inmersa en el mundo de la mentira.
Asentí, mientras sorbía los mocos y me pasaba la muñeca por la nariz.
—¿Te ayudo? —me preguntó ofreciéndome una mano.
Negué con la cabeza y escondí las mías debajo de los muslos.
No quería cogerle de la mano, porque si le cogía de la mano, a lo mejor ya no lo soltaba en todo el día. Me vería Nora, colgada de él, con cara de estar volando por el espacio sideral, y se armaría la de Dios.
—¿Seguro? —insistió él.
Cerré los ojos con fuerza y empecé a llorar más fuerte aún, encogiéndome sobre mí misma.
Solo quería que se fuera, que volviera a ser el tonto de siempre, que me molestaba solo por existir, pero el muy zopenco se había convertido en el chico que más me gustaba del mundo mundial y no podía hacer nada para estar con él.
Ni aunque fuera un poquito.
—¡¿Pero qué le has hecho a Jara?! —Escuché gritar.
Abrí un ojo y vi a Nora allí mismo, empujándole con la mano.
—Yo nada —respondió él.
—Anda, larga de aquí, cabestro —le ordenó ella—. Luego nos vemos en la piscina.
Él asintió y se fue.
Nora me ayudó a levantarme tirándome de los dos brazos y me miró a los ojos.
—¿Qué te pasa, churri? ¿Por qué lloras?
Sorbí los mocos y con el labio aún temblando respondí:
—¿Sabes el hueso ese de la risa que está en el culo?
Ella asintió.
—Pues creo que yo no lo tengo —respondí aún acongojada, encogiéndome de hombros.
Aquella mañana prácticamente ni comí. No tenía apetito. No tenía ganas de nada, todo se me hacía cuesta arriba. Me tumbé en una de las hamacas de la piscina y no me moví de allí hasta la hora de comer, con un brazo cruzado sobre los ojos para taparme el sol.
Solo me limité a mirar hacia Hugo, que estaba haciendo el tonto con sus amigos.
Y a Nora, que andaba por allí con ellos, intentando acercarse a él, pero con resultados completamente desastrosos.
Entonces me fijé en que se estaban riendo de ella sin que se diera cuenta. Se burlaban de ella inflando los carrillos, haciendo gestos obscenos, metiéndose con los kilitos de más que tenía mi amiga.
¡Capullos!
Y lo peor es que Hugo también lo hacía.
Aquello provocó que me subiera un calor por el cuello tan fuerte que no pude aguantarme. Me incorporé de golpe en la hamaca, con las mandíbulas apretadas.
Mira que me gustaba el chaval, pero había cosas que tenían un límite.
Salté al agua, avancé hasta él dando zancadas, le di un toque en el hombro y cuando se giró hacia mí, le calcé un bofetón de traca.
Se le quedaron mis cuatro dedos marcados en la cara, con tal precisión que llegué a plantearme dejar el baloncesto y meterme al tenis.
—Sois unos cerdos —le escupí a la cara, con el dedo tieso a un palmo de su nariz.
Cogí a Nora de la mano y la saqué de la piscina tirando de ella.
Después me pasé una hora pidiendo perdón a mi tutor, que me explicó por activa y por pasiva que la violencia no era la solución a los problemas.
Que debía haberlo avisado a él, y un montón de chorradas más que, la verdad, ni escuché.
Me quedé mirando un punto fijo de la pared, asintiendo de vez en cuando por compromiso.
Simplemente no me interesaban.
En el fondo estaba feliz.
Por un lado, había defendido a mi amiga, y por otro lado, había conseguido, sin proponérmelo, que Hugo se alejara de mí para siempre.
El primer paso para superar mi repentino cuelgue .
Y todo hubiese funcionado perfecto de no ser por lo rematadamente idiotas que son los tíos.
—¿Podemos hablar un momento? —me dijo cuando me encontró escondida en la parte de atrás del albergue.
¡Ni un minuto a solas podía estar sin que apareciese él! De verdad, mira que el universo me complicaba la vida. Solté un bufido y me hundí un poco más contra la pared.
—No, vete, déjame en paz —le solté sin mirarle.
No me apetecía nada tener que escuchar otro sermón. Seguro que me iba a soltar que me había pasado tres pueblos, que no era para tanto y bla bla bla.
—Quería pedirte perdón —me dijo.
Lo que yo pensaba.
Otro sermón. La misma mierda de siempre, que no había hecho nada malo, que no… ¡Un momento! ¿Ha dicho que me quiere pedir perdón?
Levanté la cabeza de golpe y le miré a los ojos.
—¿Qué has dicho? —le pregunté parpadeando varias veces.
—Que quiero pedirte perdón.
Crucé los brazos y giré la cabeza hacia un lado para demostrarle lo poco que me importaban sus disculpas.
—No es a mí a quien le tienes que pedir perdón —gruñí sin mirarle—. Es a Nora. ¡Os habéis pasado un montón con ella!
—Lo sé —respondió en voz baja—. Ya he hablado con ella.
—Pues muy mal —contesté sin ni siquiera haberle escuchado—. Ay, no, perdón… Pues muy bien.
Volví a mirarle y asentí. Levanté un dedo y, apuntándole a la cara, repetí las mismas palabras.
—Ya te he dicho que muy bien. —Después apreté los labios y añadí—: Ale, pues ya te puedes ir.
—¿Entonces todo bien entre nosotros ?
Cogí aire despacio por la nariz y lo solté más despacio aún por la boca. Me mordí el labio de abajo y con mis dos manos lo empujé para que se apartase un poco.
¡Dios bendito!
¡Tenía el pecho duro como una piedra!
Pero no solo duro, o sea, bien definido, muy marcado. ¡Joder! Si tenía casi más tetas que yo. Aquello no era de este planeta. ¡Pero cómo podía estar tan bueno si solo tenía dieciséis años!
—¡Que te muevas! —le ordené mientras empujaba de nuevo.
Ni un centímetro.
Ni un mísero centímetro conseguí moverle.
Bajé la cabeza y relajé los brazos. De nuevo noté cómo los ojos se me humedecían sin saber por qué. Solo acerté a decirle una frase.
—Por favor, vete.
No sé lo que debió notar o pensar, pero hizo lo que le pedí.
Este tío no entendía nada.
¡No tenía que irse! Tenía que insistir, preguntarme qué me pasaba para que yo le pudiera decir que nada tres o cuatro veces antes de poder contarle la verdad. Y después me abrazaría, nos daríamos nuestro primer beso de verdad…
Y en vez de eso, el muy idiota, se fue.
Le vi alejarse de mí, sin volver la vista atrás, sin mirarme antes de doblar la esquina como hice yo la noche que lo vi en gayumbos. Y entonces me di cuenta de que no lo había hecho porque yo no le gustaba.
Así que me dejé caer al suelo, con la espalda resbalando por la pared hasta quedarme sentada.
Pasé toda la tarde allí, con las rodillas pegadas al pecho, preguntándome una y otra vez por qué yo no le gustaba.
Y lloré y lloré, durante tanto rato que acabó oscureciendo.