Nunca es tarde para volver a intentarlo Recuerdo 5 No Es Lo Que Parece
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Recuerdo 5 No Es Lo Que Parece

Sí, sí, que lo era.

¿Pero cuándo había pasado? La verdad, no lo sabía.

Dice la gente que el roce hace el cariño.

Que los que se quieren se pelean. Me llevé las manos a la cabeza casi sin darme cuenta y me hundí los dedos en el pelo.

Como eso fuera verdad, me casaba con él, porque llevábamos años peleándonos todos los días.

Miré la hora en la pantalla del móvil, entrecerrando los ojos por el brillo.

Eran las tres de la mañana.

Y no podía pegar ojo. Estaba atacada de los nervios, con el corazón más acelerado que cuando jugaba un partido.

Si eso era el amor, era una mierda. Para el que lo quiera, yo paso.

A mí me habían dicho que eran mariposas en la barriga y aquello se parecía más a cuando mi madre me pilló devolviendo a su bolso un billete de diez euros que se había caído al suelo.

—Mamá, no es lo que parece —le dije entonces.

Lo vi en sus ojos, la duda. Pensaba que le estaba robando y me tocó convencerla de que no. Fue complicado, pero lo conseguí. Creo que es la única vez que he mentido que me ha salido bien.

Y por eso no conseguía dormirme.

Porque a menos de dos metros estaba durmiendo Nora.

Y por la mañana en el desayuno me empezaría a preguntar que dónde estuve anoche, que por qué volví tan tarde, y en cuanto abriera la boca se iba a dar cuenta de que estaba mintiendo, porque me conocía desde hacía diez años y era mi mejor amiga.

Me mordí el nudillo del pulgar solo de pensarlo.

¡Era la peor persona del mundo !

¡Cómo me podía gustar su novio! Era lo peor, una traidora sucia rastrera rata de alcantarilla. Me dejé caer de bruces sobre la cama y me puse a llorar casi sin darme cuenta, con la cara hundida contra la almohada y los puños apretados a los lados de la cabeza.

La imagen que debía de estar dando en aquel momento tenía que ser lamentable.

—¡¿Churri, estás bien?! —escuché decir a alguien.

Giré la cabeza sobre la almohada, con la cara llena de lágrimas, y vi a Nora mirándome desde su cama.

Mi mejor amiga, no, no. Y ale, volví a llorar más aún. Noté cómo me temblaban los labios y no hacía más que sorber por la nariz y frotármela con el dorso de la mano.

—¿Qué te pasa, Jara?

Apreté los labios y solo se me ocurrió decir una cosa.

—Echo mucho de menos a mi gato. —Sí, eso es, piensa en Rodolfo, que estará solo en casa, subido en tu cama, maullando, llamándote, abandonado.

Madre mía, sí que soy mala persona.

Me gustaba el novio de mi amiga y además había dejado abandonado al gato. Escondí la cara otra vez en la almohada y negué despacio contra la tela.

Dejé de llorar por un momento y me quedé mirando el techo, con los ojos muy abiertos en la oscuridad.

Hugo realmente no era el novio de Nora. Y Rodolfo no estaba solo, que mi madre y mi hermano estaban con él.

—Ya se me pasa, perdón —le intenté decir, pero me salió medio bostezo que me lo impidió y me tapé la boca con la mano.

Sí, en el fondo estaba que me caía de sueño.

—¿Me das un abrazo? —le pedí, estirando un brazo hacia su cama.

—Anda, loca, túmbate —me ordenó más que me pidió.

—Gracias —balbuceé.

Jo, Nora era la mejor amiga que tenía. Me gustaba su chico y ella me consolaba.

No se merecía lo mala amiga que era yo. Por la mañana mismo, en cuanto bajáramos al bufé, iba a pillarme del primer tío que viera, fuera quien fuera.

Me daba igual, aunque me tocase Manuel, que era un poco feo el pobre.

Seguro que si lo conocía más, algo bueno tendría que ofrecer.

Dicho y hecho.

Asentí un par de veces contra la almohada y cerré los ojos mientras Nora me abrazaba por detrás y me hacía la cucharita.

Entonces sin querer, porque fue sin querer, todo hay que decirlo, apareció en mi mente la imagen de Hugo, abrazándome de la misma manera.

Sintiendo su aliento en mi nuca, acariciándola con cada respiración, y el corazón se me aceleró de nuevo.

Se me erizó la piel de los brazos por debajo de las sábanas.

¿Cómo sería sentir sus brazos fuertes sujetándome?

¿Haría como Nora y se quedaría quieto, dormido, o por el contrario deslizaría su mano sobre mis brazos hasta llegar a mis dedos, para después entrelazarlos con los suyos?

¿Volvería a subir su mano y me obligaría a girar la cabeza para darme un beso?

Madre mía, nunca había pensado cosas así. Me apreté las piernas la una contra la otra y tragué saliva.

Seguro que sus labios aún sabían a naranja. Los dejaría sobre los míos despacio, o quizás abriría ligeramente la boca y se dedicaría a recorrer mi cuello, como en las películas de amor.

Ay, sí, por Dios, quiero que me bese por el cuello. Y en la nuca, en la nuca también. Quiero, quiero, quiero.

¿Pero qué me estaba pasando? ¿Por qué tenía que desear aquellas cosas? Me froté la cara con las dos manos, arriba y abajo, como para borrármela.

Duérmete, Jara, joder, duérmete.

Cuenta ovejas, o cabras o lo que sea, pero deja de pensar en Hugo.

Dormir, dormir, dormir.

Dormir con Hugo, dormir con Hu…

¿Pero qué? ¿Otra vez?

Me revolví bajo las sábanas y di un par de vueltas de un lado a otro .

—¿Qué te pasa? —me preguntó Nora—. No paras quieta, parece que te queme el culo.

Sí, algo me estaba quemando, sí, pero no se lo podía contar.

—Me estoy meando y no quería despertarte.

Sí, mejor salía de la habitación un rato y que me diese el aire. Al final ni la dejaba dormir a ella, ni dormía yo. Aparté las sábanas de una patada y me senté en el borde del colchón.

—¿Te acompaño?

—No, duerme, tranquila, si los aseos están aquí mismo.

Salí al pasillo de puntillas y cerré sin hacer ruido, sujetando el pomo con las dos manos para que no chirriara. Menudo albergue de chichinabo, que no teníamos váter en las habitaciones. Al menos me podría haber quedado allí con el móvil mirando TikTok un rato hasta que volviese a entrarme sueño.

Y lo peor era que realmente no me meaba.

Otra mentira más. Aquel día estaba mintiendo más que en toda mi vida adolescente. Ni siquiera reconocía a la chica que salía en el reflejo del espejo. Me eché un poco de agua por la cara para refrescarme. Y por el cuello también, que dicen que eso relaja.

Al incorporarme me vi de nuevo. Estaba empapada, pero más fresca, aunque me había salpicado un poco. Me aparté el flequillo mojado de la frente con dos dedos.

Alguna gota me había caído sobre el pecho.

No pude dejar de mirarme el busto, me había crecido un montón en menos de un año.

Cuando empecé el insti se burlaban de mí, diciéndome que era de natación, porque nada por delante y nada por detrás, pero mira cómo había mejorado la cosa.

Me pasé una mano por el costado y saqué un poco de pecho hacia el espejo.

Me puse de perfil y me miré de nuevo, girando la cabeza por encima del hombro.

No pude evitar preguntarme si a Hugo le gustarían las chicas como yo, o si le gustarían con más tetas, o más culo. De culamen, la verdad, no tenía mucho, pero tenía unas piernas duras como piedras. Me subí un poco el borde del pantalón corto y me miré el muslo, y sonreí al pensar en ello.

Bueno, señorita narcisista, se acabó el show, mejor volvamos a la cama.

Abrí la puerta del aseo y me quedé petrificada.

Parpadeé un par de veces, porque seguro que estaba soñando. Si parpadeaba más, me despertaría, sí. Pero no, por mucho que parpadeaba no funcionaba.

—¿Se te ha metido algo en el ojo? —me preguntó él.

Negué con la cabeza, incapaz de hablar. ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía hablar cuando quería hablar y hablaba cuando quería estar callada?

—¿Qué hacías en el aseo de los chicos?

Giré la cabeza muy despacio intentando mirar encima del marco de la puerta. Había un monigote que claramente representaba a un hombre.

Iba tan empanada que no me había dado cuenta.

Se me abrió la boca sola y volví a cerrarla sin decir nada.

—Me he confundido —acerté a decir.

Estaba literalmente temblando, con los brazos pegados al cuerpo.

Hugo estaba delante de mí. En gayumbos. Sin camiseta. Que lo había visto en las piscinas en bañador cien veces, pero no era lo mismo. Y no era lo mismo porque las bermudas eran amplias, enormes, y sus gayumbos eran muy pequeños y muy ajustados.

Volví a tragar saliva como cuando fuimos al veinticuatro horas, y noté cómo me subía el calor por el cuello.

Joder, joder, no podía moverme, no podía dejar de mirarle.

¡Mentira!

No quería moverme, ni quería dejar de mirarle.

Entonces él levantó la mano, la acercó hacia mi cara, muy despacio, slow motion total.

Tardó como media hora en llegar, era increíble lo lento que venía.

Se me cortó la respiración y me quedé completamente quieta.

Posó su dedo pulgar a dos centímetros de mis labios y lo deslizó hacia arriba recogiendo un pequeño hilo de agua que me resbalaba desde el pelo.

—Estás empapada.

Entonces me di cuenta y di un respingo tapándome los pechos con los brazos cruzados.

No llevaba sujetador y seguro que se me marcaba todo. ¡Ay, Dios! Se pensaría que era una puta, o una guarra, qué vergüenza. No quería que pensara eso de mí. Bajé la barbilla y encogí los hombros hacia dentro.

—Me voy —murmuré.

—Buenas noches, Jara —me respondió él echándose a un lado para dejarme pasar.

Ay, Dios mío de mi alma y de mi corazón.

Me dieron ganas de darme la vuelta y pedirle que repitiera mi nombre otra vez, pero más despacio. Y si podía ser susurrándomelo al oído, mejor aún. Tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para seguir caminando sin volverme, con los puños apretados a los costados.

Solo me repetía a mí misma una frase.

«No mires atrás, no mires atrás».

Y ni eso fui capaz de hacer.

Justo cuando me iba a meter en la habitación, giré la cabeza y eché una última mirada a sus gayumbos por encima del hombro.

Ay, no, ahora resultaba que era una ninfómana de esas que salen en los documentales de cosas raras que ponía mi madre por las tardes después de comer.

Iba a ir al infierno.