Nunca es tarde para volver a intentarlo Recuerdo 4 No Es Justo
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Recuerdo 4 No Es Justo

El mayor problema de la gente es que siempre hace lo mismo y espera que le pase algo diferente.

Y así nos iba.

Habíamos llegado a Benagéber de viaje de fin de curso y Nora se había pasado todo el camino hablándome de cómo pensaba ejecutar su plan maestro para conquistar a Hugo, y la verdad es que yo sabía que al final se rajaría y no haría nada, porque siempre era igual: pensaba mucho, le daba muchas vueltas y al final se rajaba.

Le entraba miedo, canguelo, inseguridad, empezaba a repetir que no era lo suficientemente buena para él y yo acababa con dolor de cabeza, apretándome las sienes con los dedos para que se me fuera.

¡Cuatro años llevábamos con el mismo cuento!

Así que me escaqueé un rato para no escucharla más y me fui a la recepción del albergue.

Llevaba ya media hora allí fingiendo que miraba el TikTok, con el pulgar quieto sobre la pantalla, sin quitarle el ojo de encima a Hugo, que acababa de aparecer con sus amigos. Y la verdad, era guapete, no lo iba a negar.

Y alto, joder.

Era altísimo, a mí me sacaba casi media cabeza y eso que yo era de las más altas del equipo de baloncesto. Vestía bien, era un poco pijillo, pero sin caer en el exceso. Se notaba que le gustaba ir arreglado.

Siempre usaba perfume, además creo que de los caros, no sabía cuál, porque ahí me perdía, pero olía requetebién.

Ah, y estaba muy fuerte.

Alguna vez que habíamos ido a las piscinas los tres, y nos poníamos a hacer el tonto, me levantaba en alto en peso y yo siempre le decía que me bajase, que se iba a hacer daño en la espalda, pero el tío aguantaba todo el tiempo que le diese la gana, y mientras tanto Nora nos miraba y se mordía el labio deseando que la levantase a ella.

Mierda.

No, no, no, no podía ser.

Me acababa de dar cuenta de que me gustaba.

Ay, no, joder, no, mierda, mierda. Era el tío por el que estaba pillada mi mejor amiga. Me llevé una mano a la boca y me presioné los labios con los dedos, como si así pudiera empujar hacia dentro lo que acababa de pensar.

Me estaba mareando, así que me levanté y salí a la calle para que me diese el aire.

—¿Estás bien, Jara? —Escuché a mi espalda.

Me di la vuelta de golpe, con el móvil resbalándoseme entre los dedos, y cómo no, era precisamente Hugo. Supongo que me vio salir tambaleándome y me siguió. Será tontorrón.

—Sí, sí, tranquilo. —A ver qué me inventaba para que se pirase, que lo último que quería era tenerle cerca—. Será algún virus o algo, mejor no te acerques, no vaya a ser contagioso.

—¿Un virus? —Me miró con la ceja levantada.

Estaba claro que no se lo había creído. Mentir no era lo mío.

Me rasqué la nuca y desvié la mirada hacia mis propias zapatillas.

—No es nada, me apetece estar sola.

—Vale, me voy.

Joder, no quería que se fuera, pero tampoco quería que se quedase.

Dios, qué cruz, no sabía qué hacer, no sabía qué decir, ¿por qué leches me tenía que gustar?

¡No, ya está, Jara, no te gusta, punto pelota!

Era Hugo y me caía mal. Así que le miré, le miré mucho, para recordar lo mal que me caía.

Seguía allí sin moverse, con los ojos clavados en mí. Había dicho que se iba, pero no se había movido ni un centímetro del sitio. Parecía un pino allí plantado .

—¿No te ibas? —le pregunté encogiéndome de hombros y ladeando la cabeza.

Se mordió el labio y asintió.

Si es que ahora que lo miraba bien, estaba como un queso. Se me escapó el aire por la nariz, despacio, para que no lo notara.

¿Cómo era posible que no me hubiese fijado hasta entonces?

Creo que era porque Nora me hablaba tanto de él que acabé cogiéndole tirria o algo así, pero ahora que estábamos solos…

¿Estábamos solos?

Miré a un lado y a otro, girando el cuello entero. Era verdad, no había nadie. Pero no porque estuviésemos en la calle, es que la recepción entera se había vaciado. ¿Pero cuándo? Si no llevábamos ni dos minutos fuera, ¿cómo habían podido desaparecer todos?

—Hay un veinticuatro horas en el pueblo —me dijo mirando su móvil—. Me apetece una Monster, ¿me acompañas?

Pero ¿cómo podía ser tan burro a veces aquel tío? Si le acababa de decir que quería estar sola, que se largase, cómo iba a querer acompañarle.

—Vale, vamos —le respondí, y me mordí la lengua justo después.

¿Pero qué…? ¿Por qué leches le había dicho que sí? Era como si mi cerebro pensase una cosa y mi boca hiciese otra.

Ay, Dios mío, aquello no me había pasado nunca.

—¿Puedo preguntarte una cosa? —me dijo de repente.

—Bueno —respondí en voz baja, tirándome de la manga hacia abajo—. Depende de lo que me preguntes.

—Es sobre Nora.

Ostras, sí, mi amiga, la que estaba pillada por el tío con el que estaba paseando por un camino oscuro y solitario en aquel momento.

¿Paseando? No, Jara, no estás paseando, vas a un estúpido veinticuatro horas a comprar una estúpida Monster para el estúpido de Hugo. No estás paseando, no, no lo estás.

—¿Pregunto o no pregunto ?

Me acababa de pillar en la parra, no sabía ni de lo que me hablaba. Sacudí la cabeza para volver en mí.

—Pregunta, sí, sin problema —le respondió mi boca sin que yo le ordenase hacerlo.

—¿Sabes si tiene novio o le gusta alguien?

¡No me jodas!

De todas las cosas que me podía preguntar, mira con lo que me sale. Ay, Señor, ¿qué le decía yo ahora? Me pasé la lengua por los labios secos.

—Creo que le gusta alguien, sí.

No, no, no, pero por qué le había respondido eso, ahora querrá saber quién. Me estaba metiendo en un jardín de aúpa yo sola.

—¿Y sabes quién es?

—No sabría decirte.

Tía, que sí que lo sabes. La respuesta era fácil: «tú», segundo pronombre personal o como se diga. Vale, calma, relax, respiro profundo, cojo aire y le digo que sí lo sé, que es él y que haría bien en hablar con ella.

—Creo que le gusta alguien de clase, pero no sé quién.

No me lo podía creer.

Tenía complejo de doble personalidad o algo así. No lo entendía. Me clavé las uñas en la palma de la mano para castigarme.

—Es que le gusta a un colega y me ha pedido que te pregunte.

¿Cómo? Aquello era nuevo. Se me abrieron los ojos de par en par.

—¿Puedes repetir? —le pedí, inclinándome un poco hacia él.

—Que le gusta a uno de mi peña, pero le da palo entrarle —me explicó mientras se llevaba una mano a la sien—. Y bueno, le dije que tú eras su mejor amiga, que te preguntaría.

—¿Y a ti te gusta alguien?

Ay, Dios, no, ¿pero qué mierda acababa de hacer? ¿Cómo se me ocurría preguntarle algo así? Ay, no, Señor, no, no. Dios, qué calor hacía de repente, tenía la cara y el cuello ardiendo. Me abaniqué disimuladamente con la mano abierta .

—Bueno, puede ser —respondió.

Esperaba que no se diese cuenta de que acababa de tragar saliva como si me apuntasen con un arma.

A Hugo le gustaba alguien, y obviamente no era Nora, porque si no, no andaría haciendo de carabina.

This is new fucking information.

Inciso: sí, estábamos en Benagéber, donde nadie hablaba inglés, pero creía que era buena idea practicar un poco.

Ya me había ido de onda. Céntrate, Jara.

Necesitábamos saber quién le gustaba a Hugo para poder decírselo a Nora, más que nada para que no se llevase un tortazo con su plan si al final se decidía a llevarlo a cabo.

Aproveché mientras pagaba la Monster para repasar la lista de tías de clase. Entrecerré los ojos y me quedé mirando un punto fijo en la pared de la tienda.

Lucía, no; Marta, no; Encarni, puede ser; Martina, imposible; Begoña, al 50 %; Nora, no, no creo, estamos las dos en la friendzone. ¡Ah, ya sé! La sueca de intercambio, Inge. ¡Tiene que ser esa!

Obviamente: rubia, sonrisa perfecta, ojos azules y de Suecia.

Golpeé con mi puño sobre mi otra palma.

Hugo me observó extrañado, con la tarjeta a medio guardar en la cartera.

Levanté la vista de golpe y me quedé mirándolo sin saber qué decir, con la boca entreabierta.

—Es un nuevo baile de TikTok —solté lo primero que se me ocurrió, y repetí la acción cambiando de manos, varias veces—. Ves, ahora levantas las palmas, das una vuelta, y dos aplausos.

—Me suena, te sale guay —me dijo.

Ay, era más bonico. Le gustaba mi baile inventado. Ya no tenía calor en el cuello, ahora solo en las mejillas. Y sin darme cuenta me estaba abanicando la cara con la mano, apartándome un mechón que se me había pegado a la frente.

Dios mío, aquello iba de mal en peor.

—Hace calor, ¿verdad? —me dijo .

—Sí, creo que es por la humedad, estamos cerca del lago —respondí, tirándome del cuello de la camiseta para despegármelo de la piel.

—¿Te apetece dar un paseo por la orilla?

Wait a moment.

Había dicho «paseo». Paseo por la orilla.

No es que lo acompañase a comprar una Monster, ahora sí que era un paseo.

Pero no era una cita, o sea, aquello era pura casualidad, que le había acompañado, hacía un calor de la repera y por eso me había dicho de bajar a la orilla, por el tema de la brisa y eso.

No era nada más que eso.

Dos compis de clase salien… paseando, pa-se-an-do. PA-SE-AN-DO.

No, caminando.

Mejor.

—Sí —Carraspeé al hablar y me aclaré la garganta con el puño delante de la boca, tenía la boca sequísima—. Caminemos hasta la orilla.

Creo que me salió la voz muy grave, como si fuese un policía o algo así. Qué palo. Bajé la barbilla y me tapé media cara con la mano.

—¿Tienes sed? —Me miró con la cabeza ladeada—. ¿Quieres un poco?

Red flag.

Warning Mega Ultra Enorme. ¡Quieto parado ahí, Hugo! Ni por todo el oro del mundo pienso poner mis labios sobre la misma lata que tú, porque eso sería como darnos un beso indirecto y hay barreras que no se pueden cruzar.

—Vale, gracias —le dije mientras estiraba la mano para coger la lata, con los dedos temblándome un poco al rozar los suyos.

Parecía que definitivamente había perdido el control de mi cuerpo, así que decidí pasar de todo y dejarle hacer.

Sujeté la lata y cerré los ojos al llevármela a la boca.

Respiré profundo antes de posar mis labios sobre el mismo metal frío donde acababan de estar los suyos.

Entonces la giré y noté cómo el líquido casi helado impactaba contra mi lengua.

Me hizo sentir un escalofrío por todo el cuerpo, y se me erizó la piel de los brazos.

Lo saboreé, era de naranja, muy dulce, y me imaginé que sus labios debían de saber exactamente así de bien.

Tragué, un par de sorbos, y me estremecí por completo.

Acababa de besar a Hugo. De manera indirecta, sí, pero me daba igual, le había besado.

Aún seguía con los ojos cerrados, flotando, cuando escuché su voz.

—Está bueno, ¿eh?

Lo más que acerté a hacer fue asentir con la cabeza y devolverle la lata apretándola contra su pecho.

¿Cómo podía ser tan guapo?

—¿Nos movemos? —me preguntó.

Asentí de nuevo, más rápido, con la barbilla.

No fui capaz de hablar. Mis labios se habían quedado pegados el uno al otro, apretados en una línea fina. Como si tuviese miedo de abrir la boca y se me escapase el sabor que retenía de él. No quería que se perdiese, quería memorizarlo y quedármelo impregnando en mí para siempre.

Fue mi primer beso.

Indirecto, vale, pero eso no cambiaba nada.

Cuando él tirase la lata, volvería por la noche a buscarla.

La iba a guardar conmigo para siempre.