Recuerdo 3 La Tercera Pata
Nunca supe cómo llegó a hacerse amigo nuestro, pero lo hizo, aunque si soy sincera sí que lo sabía, y me repateaba cada vez que me acordaba, porque toda la culpa había sido de mi mejor amiga.
El muy jeta se acercó una mañana en la que estábamos en el patio hablando de cosas realmente importantes, porque el hermano de Nora se había enrollado con una lagarta y a mí me interesaba muchísimo saber si al final estaban saliendo o no, más que cualquier cosa que aquel tarugo pudiera decir.
Pero no, el señorito tenía que venir justo entonces a meterse donde nadie lo había llamado, con las manos en los bolsillos y esa media sonrisa suya de niño que se cree simpático. Yo aparté la vista del corrillo y le clavé los ojos con toda la mala leche que pude reunir.
—¿Podría estudiar con vosotras en la biblioteca? —soltó, sin más preámbulo, como si tal cosa.
¿Cómo leches se había enterado de que los martes y los jueves estudiábamos en la biblioteca municipal?
Fruncí el ceño y ladeé la cabeza, entrecerrando los ojos. Ni idea, pero lo sabía, y no solo eso, porque el tío se había enterado también de que Sandra nos había dejado colgadas y de que solo te daban la llave si te presentabas con tres personas.
¡Llevábamos casi un mes sin poder ir!
—Voy fatal en física y química, me veo catear, y como suspenda mi padre me ha dicho que me deja sin vacaciones —añadió, con cara de circunstancias.
—¿Adónde vais? —preguntó Nora, girándose hacia él con demasiado interés.
¿Qué haces ?
Le di un pisotón disimulado por debajo, sin que él lo viera.
¿Para qué le preguntas eso?
¿A ti qué más te da adónde vaya el tarugo este de vacaciones?
—Una semana a Londres —respondió el otro tonto, encogiéndose de hombros como si nada.
Oh, míralo, a Londres nada menos, como si eso fuera lo más guay del mundo mundial, como si los demás no pudiéramos ir también a Londres si nos diera la real gana. Puse los ojos en blanco y resoplé por la nariz.
A ver, nosotros no podíamos, porque mi madre se había quedado sin trabajo y llevábamos unos meses un poco tiesos en casa, pero seguro que si ella hubiera tenido curro también habríamos ido, es más, habríamos ido hasta dos semanas enteras para dejarlo a él en ridículo con su semanita de nada.
—¡Ale, qué guay! —le respondió Nora, con los ojos iluminados.
¡Y va la otra y le sigue el rollo encima!
Bajé la cabeza, me apreté el puente de la nariz con dos dedos y negué tantas veces seguidas que pensé que se me iba a dislocar el cuello allí mismo, en mitad del patio.
—¿Qué le pasa a Jara? —preguntó él, señalándome con la barbilla.
—Nada, siempre está haciendo tonterías —respondió Nora, quitándole importancia con un gesto de la mano.
Alcé la cara despacio y le dediqué una sonrisa tan tirante que me dolieron las comisuras.
Yo ya estaba imaginando la mejor forma de afrontar mi propio final, resignada a la idea de que aquel idiota se pasaría todas las tardes del curso pegado a nosotras en la biblioteca, con Nora encantada de la vida, cómo no, y el otro memo más encantado todavía, si es que eso era posible.
Y entonces me asaltó la duda que me revolvió el estómago de golpe, porque me pregunté si a él también le gustaba ella.
La miré de reojo, con disimulo, girando solo los ojos sin mover la cabeza .
Iba toda vestida de negro, con esas ropas oversize que le había dado por ponerse desde hacía unos meses, y que ella juraba que era porque en las redes sociales los otakus vestían así, pero yo sabía perfectamente que era mentira, porque después de tantos años juntas no le quedaba un solo secreto que yo no supiera leerle en la cara.
Había cogido algo de peso y trataba de disimularlo escondiéndose debajo de colores oscuros y anchos que la tapaban entera, y verla hacer aquello me apretó algo en el pecho y me dio una pena que no sabía ni cómo nombrar. Tragué saliva y aparté la mirada antes de que ella me la sorprendiera encima.
Suspiré hondo, con los hombros hundiéndoseme de golpe, y me resigné a tener que aguantar a Huguito todos los martes y los jueves, además de verle la cara en clase cada mañana de mi vida.
Era un tarugo integral, no se enteraba de nada, y había que explicarle las cosas diez veces para que se le quedara una sola, pero al menos tanto esfuerzo acabó sirviendo para algo, porque sacó un ocho en uno de los últimos exámenes de física y nos invitó una tarde a unos helados de Häagen-Dazs para celebrarlo.
Creo que fue la primera vez en mi vida que un chico me invitaba a algo, y me habría hecho hasta ilusión de no ser porque él traía la cara larga y triste, con la mirada baja fija en la tarrina. Dejé de rebañar la mía y levanté la vista hacia él, con la cuchara todavía en la boca.
—Mis padres se van a divorciar —dijo al fin, removiendo el helado sin ganas.
—Vaya, pobre —le dijo Nora, poniéndole una mano en el hombro con toda la naturalidad del mundo.
Anda que no aprovechaba la tía cualquier mísera excusa para acercarse a él y tocarlo. Enarqué una ceja y me mordí el carrillo por dentro para no decir nada.
—Los míos se separaron cuando yo era muy pequeña —le explicó ella, sin apartar la mano—. Casi ni me acuerdo de cuando estaban juntos. Solo sé que en Navidad me hacían regalos en dos casas, así que molaban un montón .
—Qué payasita eres —rio Hugo.
¡Mírala! Intentaba animarle, tender puentes, conectar con él buscando cosas que tuvieran en común, pero la verdad es que aquellos dos eran como la noche y el día, porque él era supersociable y popular y ella era, bueno, era ella.
Los miré alternativamente a uno y a otro, ir y venir con los ojos, y solté el aire despacio.
Aquella tarde estábamos a finales de mayo y hacía como treinta y cinco grados a la sombra, y la muy cabezota se había plantado una sudadera negra con la que no sé cómo no le dio una lipotimia allí mismo, mientras yo iba con mi camiseta de tirantes y mis vaqueros cortitos y aun así me estaba derritiendo de calor.
Me pasé el dorso de la mano por la frente y me sacudí la camiseta despegándomela del pecho.
¡Esta chiquilla, por Dios, que no había manera con ella!
Desde aquel día Hugo no se separó de nosotras nunca más, y pasamos de ser las dos mejores amigas del mundo a tener que cargar con él a todas partes como si fuera una mochila.
Solo lo perdíamos de vista cuando le tocaba entrenar, cosa que para mí era un auténtico alivio, porque el chico no sabía hablar de otra cosa que no fuera fútbol.
—Y entonces el central se adelanta, ¿sabes?, deja el hueco a la espalda y ahí es donde tú tienes que atacar —explicaba Hugo, moviendo las manos como si colocara jugadores invisibles en el aire—. Le das el pase al espacio, no a los pies, al espacio.
—¿Y eso es bueno o malo? —preguntaba Nora, muy seria, como si le fuera la vida en la respuesta.
—Bueno no, buenísimo, así te plantas solo delante del portero.
—Ah, claro, claro —asentía ella, aunque yo sabía de sobra que no había entendido ni una palabra.
—Lo malo es el fuera de juego —seguía él, cada vez más enganchado—. Si sales antes de que salga el balón, te lo pitan y no vale el gol.
—¿Y quién lo pita ?
—El línea, el que va por la banda con la banderita.
—Cuando arbitra mi hermano no hay de… —empezó a decir ella.
—Porque pita a niños pequeños y no hacen falta linieres —le cortó Hugo, y arrancó otra vez a hablar sin respirar—. Mira, el mejor de la historia para mí es Messi, porque hace unos regates que es que no lo coge nadie, se mete por dentro y ¡zas!, la clava en la escuadra.
—¿La escuadra qué es?
—El rincón de arriba de la portería, donde se juntan el palo y el larguero —respondió, señalando una portería que no estaba en ninguna parte—. Meterla ahí es lo más difícil que hay.
—Qué difícil, ¿no? —soltó Nora, con cara de fascinación absoluta.
—Dificilísimo —confirmó él, encantado de tener público.
Y así se pasaban las tardes enteras, él dale que te pego con el fútbol y ella preguntando cosas que cualquiera con dos dedos de frente sabría, porque de un día para otro y sin venir a cuento a mi amiga le había dado por hacerse futbolera, justo ahora, mira tú qué casualidad.
Yo los miraba desde un banco, con los brazos cruzados y una ceja levantada, porque a mí no me engañaba ninguno de los dos, y menos ella, que no distinguía un balón de una sandía hasta hacía dos semanas.
—Oye, qué interesante todo esto del fútbol, ¿eh, Nora? —le dije, cargando las palabras de retintín.
—Ya te digo —respondió ella sin pillar la puya, con los ojos clavados en Hugo.
Puse los ojos en blanco y me dejé caer contra el respaldo.
Lo peor de todo es que aquello no tenía pinta de acabarse nunca.
Entorné los ojos y la miré de arriba abajo, con los brazos cruzados.
¡¿Por qué, Señor, por qué?!