Recuerdo 2 El Tonto
Al principio me cayó fatal, y con motivos, porque me metió un balonazo en plena espalda que me dejó sin aire y por poco me rompe algo por dentro.
Apreté los puños y me di la vuelta para partirle la cara allí mismo, con la rabia subiéndome por el cuello, pero antes de dar un paso me di cuenta de que aquel chico era de mi clase.
Se llamaba Hugo.
No sabía de dónde leches había salido, porque no era de nuestro cole. Nos conocíamos casi todos, y aquel era un desconocido que apareció de la nada, y encima repartía balonazos. Tenía todas las papeletas de llevarse mi bronca. Me froté la espalda con una mueca y le enseñé los dientes.
—¡A ver si tienes más cuidado, idiota! —le grité, con los brazos en jarra y la espalda todavía ardiendo.
No le pegué porque era un compañero, pero desde luego no pensaba quedarme con las ganas de decirle un par de cosas.
—Joder, que no ha sido queriendo —contestó encogiéndose de hombros, como si la cosa no fuera con él.
—¡Me da igual, lleva más cuidado! —volví a gritarle, más fuerte todavía, dando una patada al suelo.
Míralo, el muy tonto, en vez de pedir perdón como haría cualquier persona normal va y se pone a justificarse, y yo pensé que como cogiese el balón se lo pinchaba con las llaves y así se acababa el problema de raíz.
No me dio tiempo, porque se dio media vuelta y volvió corriendo al campo.
Entrecerré los ojos y le seguí con la mirada mientras se alejaba, jurando que aquel idiota sería mi enemigo para siempre.
Pero él siguió jugando como si nada hubiera pasado, con esa tranquilidad de quien vive en su mundo y no se entera de nada.
—¿Quién era ese? —me preguntó Nora, que lo había visto todo desde el banco sin moverse.
—Un idiota —le respondí, y me senté a su lado de golpe con los brazos cruzados y un resoplido.
Y vaya que si lo era, porque no hacía otra cosa en todo el día que darle patadas a un balón, como si en la vida no existiera nada más importante que meter la pelota entre dos palos.
Luego me enteré de que era futbolista de verdad, y me quedé loquísima, con la boca abierta.
—¿Que ese es futbolista? —le pregunté al hermano de Nora, señalando a Hugo en el campo—. Si es tonto perdido.
—Tonto será, pero juega en el Valencia infantil —me respondió él sin apartar los ojos del partido—. Lo ficharon el año pasado, se mudó de un pueblo de por ahí y todo.
—Anda ya —solté, cruzándome de brazos.
—Que sí, que dicen que es de los mejores de su edad —añadió—. A ese lo veremos en la tele algún día, ya verás.
Y por lo visto era verdad, aunque a mí eso no me quitaba de la cabeza que seguía siendo tonto.
Todo esto lo supe porque el hermano de Nora era árbitro de fútbol, y aquel sábado por la tarde se había emperrado en que lo acompañáramos a verlo pitar, y allí estaba también su padre, que nos invitó a una Coca-Cola, así que al menos la tarde no fue del todo perdida.
Le di un sorbo largo con la pajita y me quedé mirando el campo con las piernas colgando del banco.
El hermano de Nora sí que molaba, y molaba mogollón, porque era mayor y guapísimo, y encima de estudiar hacía eso de arbitrar y le pagaban por ello, que a mí me parecía el colmo de ser adulto.
Cuando los niños la liaban en el campo les echaba unas broncas tremendas, con la voz firme y el brazo estirado, y les sacaba tarjetas y los expulsaba sin que le temblara el pulso, y hasta ahí vale, no parece gran cosa.
Pero es que a veces se iba derecho a los entrenadores, que tenían treinta años o más, y también les plantaba cara.
—¿Has visto? —Le di un codazo a Nora, con los ojos como platos—. Le ha sacado tarjeta al entrenador, que es un señor mayor.
—Ya, mi hermano hace eso mucho —respondió ella, encogiéndose de hombros, como si nada—. Dice que en el campo manda él y punto.
—Qué fuerte —murmuré.
Y yo, que solo tenía tres años menos que él, veía a aquel chico de quince riñendo a un hombre hecho y derecho como si fuera de otro planeta. Me quedé embobada con la barbilla apoyada en las manos, sin pestañear.
El problema es que no quería saber nada de tener novia, así que por mucho que me gustase no había absolutamente nada que hacer, y allí estaba yo, suspirando por un chico imposible, cuando apareció otra vez el tonto de Hugo y le preguntó al padre de Nora si podía sentarse con nosotras.
¡Tendrá cara el tío!
Me erguí de golpe en el banco y abrí mucho los ojos.
Y vaya que sí se sentó, con toda la naturalidad del mundo, porque resultó que su padre era el mecánico del barrio, precisamente el que le arreglaba el coche al de Nora, así que se conocían de antes.
—Anda, tú eres el hijo de Pacorro, el del taller —le dijo dándole una palmada en la espalda—. Si le llevé el Ford la semana pasada.
—Sí, ese es mi padre —respondió Hugo, poniéndose un poco recto.
—¿Y qué tal lleváis lo de la mudanza? Que veníais de fuera, ¿no?
—De la Vall de Almonacid —contestó él, encogiéndose de hombros—. Al principio raro, pero ya me voy haciendo.
—Claro, hombre, esto es muy grande comparado con un pueblo —siguió el padre, cada vez más metido en la conversación—. ¿Y los entrenamientos? Que me han dicho que juegas en el Valencia .
—En el infantil, sí. Entreno casi todos los días —dijo Hugo, y por primera vez se le iluminó la cara—. Los findes tenemos partido.
—¡Qué bueno! ¿Y de posición qué eres?
Y así siguieron, dale que te pego, el padre preguntándole por el equipo, por el míster, por si metía muchos goles, y mil cosas más que a mí no me interesaban lo más mínimo. Apoyé la barbilla en el pecho y me puse a darle vueltas a la lata vacía entre las manos, soplando dentro para hacer ruido.
Yo lo habría mandado a paseo, pero entonces miré a Nora y me quedé de piedra, porque lo observaba con la boca entreabierta y los ojos muy brillantes, como si en vez de un futbolista tonto tuviera delante a una estrella del pop bajada de un cartel.
Entonces me di cuenta de que le gustaba, y por dentro me entraron ganas de gritar, porque, ¡por el amor de Dios, si era tonto! Le di un codazo flojito en el costado y ella ni se enteró.
—Nora —le susurré, tapándome la boca con la mano—. Nora, que se te cae la baba.
—¿Qué? —Dio un respingo y cerró la boca de golpe, poniéndose colorada—. No se me cae nada, calla.
A ver, sinceramente feo no era, de hecho, hasta era guapo, no tanto como mi árbitro, pero casi, y encima era alto, tan alto que podría haber jugado al baloncesto de haber querido, solo que prefirió dedicarse a pegarle patadas a un balón como todos, convencido de que iba a ser el próximo Messi.
Los chicos eran todos iguales, no daban para más, y sin embargo mi mejor amiga se había quedado embobada mirando justo al que menos merecía la pena, cosa que a mí me parecía el peor chiste del universo. Ladeé la cabeza y la miré con un ojo entornado, sin entender nada.
Después de estar media hora dando la lata, Hugo se largó, y al rato el padre de Nora se levantó también para no sé qué, así que aproveché el momento a solas para ir al grano sin rodeos. Me giré entera en el banco hacia ella, doblando una pierna encima .
—Te gusta Hugo —le solté, más como afirmación que como pregunta.
—¿Qué? —Se puso roja como un tomate, con las manos apretadas en el regazo—. No, para nada.
Empecé a reírme como no me había reído en toda mi vida, con la carcajada saliéndome del estómago sin control, dándome palmadas en la rodilla.
—Te has puesto colorada —le dije, señalándole las mejillas sin parar de reír.
—Que no me gusta —protestó ella, bajando la cabeza para esconder la cara.
Anda que no, si estaba loca por él, aunque no me lo dijera con todas las letras, porque Nora se lo callaba absolutamente todo, y yo siempre tenía que andar tirándole de la lengua para sacarle hasta la cosa más pequeña. Le di un empujoncito en el hombro y me incliné para verle la cara escondida.
A veces no podía con ella, de verdad, porque llevábamos ya medio año intentando escribir el dichoso libro de poesías y no avanzábamos nada, siempre con la excusa de que los dibujos no eran lo bastante buenos y tenía que repetirlos una y otra vez.
Estaba empezando a sospechar que no había dibujado nada de nada y que me engañaba para ganar tiempo, pero no se lo podía decir a la cara porque se enfadaba, y yo me quedaba mirándola de reojo, resoplando, sin entender cómo era posible que alguien fuera tan distinta de su hermano.