Nunca es tarde para volver a intentarlo Recuerdo 1 La Primera Vez
41%

Recuerdo 1 La Primera Vez

Tenía seis años la primera vez que la vi.

Y la vi porque lloraba sola en mitad del patio mientras el resto del colegio seguía corriendo alrededor sin mirarla siquiera.

Tres niños se perseguían entre gritos y uno de ellos la había embestido de lleno, con las manos por delante y sin frenar, y el bocadillo que ella sostenía había salido volando hasta reventar contra la tierra.

Cuando llegué a su altura ya se había agachado a recogerlo, con los dedos manchados hasta la muñeca, intentando limpiar unas lonchas de jamón que estaban completamente cubiertas de arena y que no había manera de salvar.

La miré recomponer aquello pedazo a pedazo, con la barbilla temblándole, y busqué a la seño con los ojos, esperando que hiciera algo, cualquier cosa, pero la seño hablaba en la otra punta del patio y no se dio ni cuenta.

Me pareció tan injusto que se quedara sin comer por culpa de tres idiotas que no supe quedarme quieta.

—¿Quieres la mitad del mío? —le pregunté, y le tendí el bocadillo partido por la mitad antes de pensármelo dos veces.

Levantó la cabeza despacio, con los ojos rojos y las pestañas pegadas, y me miró como si le hubiera hablado en otro idioma.

Se limpió la nariz con el dorso de la mano.

—Pero es tuyo —dijo con la voz tan baja que casi tuve que adivinarla.

Me encogí de hombros y le dije que me daba igual, que a mí en casa me ponían siempre demasiado y que la mitad me sobraba, y aunque era mentira lo dije con la seguridad de quien no admite que le discutan .

Ella dudó un segundo más, con los dedos todavía sucios apretados contra la falda, y al final alargó la mano y aceptó su mitad, y nos sentamos las dos en el bordillo a comer en silencio mientras los tres idiotas seguían corriendo sin enterarse de nada.

Desde ese día nos convertimos en mejores amigas y ya no hubo un solo recreo en el que no estuviéramos juntas.

Descubrimos que vivíamos en el mismo barrio, a tres calles la una de la otra, y que llevábamos años sin cruzarnos jamás, cosa que a mí me parecía imposible y a ella le hacía una gracia enorme.

Su madre trabajaba hasta tarde, así que Nora pasaba casi todas las tardes en casa de sus abuelos, en una zona más apartada, y esa era la única razón por la que dos niñas que vivían tan cerca no se habían encontrado nunca en el parque.

Aquel verano mi familia empezó a bajar a la playa todos los domingos, así que me colgué del brazo de mi madre dando saltos.

—¿Puede venir Nora, puede, puede? —le pregunté, tirándole de la manga con las dos manos—. Porfa, porfa, porfa.

—Jara, que no la conocemos de nada —me contestó ella, doblando toallas sin mirarme.

—Pero si es mi más mejor amiga —insistí, y me puse de puntillas para que me viera bien la cara—. No pienso ir sin ella.

—¿Y sus padres qué van a decir?

—Que sí, seguro que sí, la llamo ahora mismo.

Mi madre suspiró, con las toallas apretadas contra el pecho, y aquel suspiro yo ya sabía leerlo, porque era el que ponía justo antes de decir que bueno.

Y eso fue lo que dijo.

Salí corriendo por el pasillo con los calcetines resbalándome en el parqué antes de que le diera tiempo a arrepentirse.

Desde entonces fue siempre igual, y los domingos dejaron de ser de mi familia para ser nuestros .

Y los sábados también, porque cuando yo no dormía en su casa, dormía ella en la mía, y esa negociación la repetimos tanto que me la sabía de memoria.

—Papá, ¿puedo quedarme a dormir en casa de Jara? —preguntaba Nora en la puerta, agarrada a la correa de la mochila.

—¿Otra vez? Si dormiste allí hace dos semanas.

—Ya, pero es que su madre va a hacer empanadillas —respondía ella, y me buscaba con la mirada para que la respaldara.

—Es verdad, señor, empanadillas de atún, caseras —confirmaba yo desde detrás, asintiendo con la cabeza tan fuerte que se me movía la coleta entera.

Y colaba siempre, porque contra dos niñas asintiendo a la vez no había padre que pudiese.

Éramos como hermanas, tanto que las dos teníamos hermanos de verdad, los dos mayores, y sin embargo las que estábamos unidas de verdad éramos nosotras.

—Fíjate —le dije una vez, tumbadas en su cama con los pies en la pared—, acabamos en «ra». Nora y Jara. Es como si nos hubieran puesto el nombre a juego.

—Eso no significa nada —contestó, pero sonreía de lado, con las manos cruzadas sobre la tripa y la mirada clavada en el techo.

—Significa que estábamos destinadas —insistí, y le di con el pie en la cadera hasta que se rio, y aquella tontería la repetimos durante años como si de verdad importara.

Creo que lo hice todo con ella por primera vez, y durante mucho tiempo pensé que las cosas se quedarían siempre así de sencillas. Pero con los años algunas empezaron a cambiar sin que ninguna de las dos pudiésemos hacer nada por evitarlo.

A mí, mi padre me apuntó a baloncesto porque decía que era importante que aprendiera a jugar en equipo, a depender de otros y a que otros dependieran de mí, y yo encajé enseguida.

A Nora la apuntaron a tenis, a baile, a judo, y probó incluso en mi propio equipo de baloncesto durante media temporada, pero se movía por la pista como si pidiera perdón por ocupar espacio, y no había manera de que aquello funcionara.

Sinceramente, competir no era lo suyo, y lo peor es que a ella le daba exactamente igual.

—Nora, tienes que echarle más ganas —le decía yo al salir del entrenamiento, con la bolsa colgada del hombro y el enfado todavía caliente—. No puedes quedarte parada esperando.

—Ya, pero es que no me gustan las pijas —respondía ella, con los ojos en las zapatillas y la mochila apretada contra el pecho—. Nunca me pasan la pelota, así que para qué voy a correr.

Las pijas eran un grupo de chicas a las que Nora llamaba así sin ninguna razón, porque de pijas no tenían nada. Eran chicas normales, quizás más guapas que ella, con mejor pelo y mejor ropa, pero no por dinero ni por presumir.

—Míralas —me decía en el recreo, señalándolas con la barbilla desde nuestro rincón—. Todo el día repeinándose en el baño, qué asco.

—Ya, pero es que tú no te peinas nunca, Nora —le contesté una vez, tirándole de un mechón que llevaba de punta desde primera hora—. Que llevas la cabeza como un nido.

—Porque me da igual —respondió, apartándose de un manotazo, con los hombros subidos hasta las orejas—. No pienso pasarme media hora delante del espejo como esas para gustarle a nadie.

—No es para gustarle a nadie, boba, es para no ir hecha un cristo —insistí, y le señalé la camiseta arrugada que llevaba puesta, con una raya de color que no pegaba ni con cola con el pantalón.

—¿Y qué más da? —Se cruzó de brazos y clavó la vista en el suelo—. Total, ni me miran.

—Igual no te miran por eso —solté, y ella apretó los labios y no me contestó, que era lo que hacía siempre que le decía una verdad que no le gustaba.

Y ahí estaba el problema, porque no era que no pudiera, es que había decidido que nada de eso merecía su energía.

No se peinaba, salía de casa con la ropa sin planchar y combinaba los colores de una forma que me daban ganas de taparle los ojos al mundo.

Nunca supe si era culpa de sus padres, que estaban divorciados y siempre andaban demasiado ocupados para fijarse en esas cosas, o si era ella, que se escondía a propósito.

No es que la imagen fuera lo más importante del mundo a los doce años, pero estábamos a punto de empezar el instituto, y allí había chicos mayores, gente de dieciséis y de dieciocho, y yo intuía que aquel sitio no iba a ser amable con alguien con las pintas de Nora.

La quería con todo mi corazón, pero a veces me daban ganas de agarrarla por los hombros y sacudirla para que espabilase. Y precisamente por eso, una tarde cualquiera, tirada en el suelo de su cuarto mientras ella dibujaba en un cuaderno sin levantar la vista, se me ocurrió lo del libro.

—Oye —le dije, y me incorporé de golpe, con los codos apoyados en la moqueta—. ¿Y si hacemos un libro tú y yo?

—¿Un libro de qué? —preguntó, sin dejar de mover el lápiz, con esa desconfianza suya de quien espera que cualquier plan termine en nada.

—Yo tengo un montón de poemas escritos. Y necesito que alguien los ilustre —le dije, y le quité el cuaderno de las manos para enseñárselo, para que se viera, porque dibujaba mejor de lo que ella creía—. Sería nuestro, solo nuestro, ¿qué te parece?

Levantó por fin la mirada del suelo y me sostuvo los ojos un segundo más de lo normal, con el lápiz quieto entre los dedos y algo encendiéndosele muy despacio en la cara.

Y aunque no dijo que sí con palabras, yo supe que aquella era la primera cosa en años que Nora tenía intención de acabar.