Capítulo 25 El Partido
Es increíble cómo corren algunos de estos críos para ser prebenjamines. ¡Si son unos canijos! Creo que las ganas que le ponen son proporcionales a los gritos de las locas de sus madres. Eso sí, los pobrecitos juegan de pena, van todos detrás del balón sin hacer caso a sus entrenadores.
Miré un segundo de reojo, solo un segundo, a uno de ellos.
Y apreté los dientes.
Estaba dentro del terreno de juego, y eso que ya le había advertido que no podía hacerlo, pero estaba tan encendido que creo que no se daba cuenta.
El balón salió de banda y, antes de que los niños volviesen a sacar, hice sonar el silbato y les indiqué que esperasen.
No me hicieron ni puto caso.
Es que eran demasiado pequeñitos.
Me acerqué corriendo, silbando de nuevo, y se quedaron todos parados, con carita de susto.
Cogí el balón y se lo di al que estaba en la banda.
—Espera que yo te avise, que tengo que hablar con tu entrenador.
Algunas urracas que había por allí empezaron a graznar improperios sin entender lo que estaba pasando, pero no les hice ni caso. Las chorradas que decían me entraban por una oreja y me salían por la otra.
Me acerqué corriendo hasta donde estaba el invasor y me planté delante de él, con los brazos en jarra.
—Míster, ya es la segunda vez que le advierto de que no entre al terreno de juego; si lo vuelve a hacer le amonestaré .
—Si no he interferido en la jugada —me respondió señalando al fondo del campo.
—Eso da igual, está usted invadiendo el campo, no le vuelvo a avisar.
—Vale, vale, Nora —gruñó por lo bajini—, joder, qué mala folla tienes.
Le escuché perfectamente, pero no quise cabrearme con él.
—¿Ha dicho usted algo, señor Díaz?
—Nada, nada, siga, siga. —Dio un par de aplausos y añadió—: Lo estás haciendo genial.
—Lo sé, gracias.
Me di la vuelta y me alejé.
Recordé la parte del vídeo de Jara en la que decía que seguramente yo ya le gustaba.
—Pues lo disimula que te cagas —mascullé.
Llegué a donde esperaban los peques.
Le hice gestos con la mano al que tenía el balón para que sacase y se reanudó el partido.
Cuando el encuentro terminó, los niños del Valencia Promesas UD habían ganado siete a uno. El único incidente que hubo fue una tarjeta roja por doble amarilla para su entrenador. La primera por invadir reiteradamente el terreno de juego y la segunda por protestar las decisiones arbitrales.
—De verdad, Jara, que yo no tengo tan claro que le guste —murmuré mirando al cielo.
Como fuese, se perdió la celebración de la victoria de su equipo por bobo.
Se quedaron por allí haciéndose fotos mientras que los del equipo contrario se iban hacia las duchas con la cabeza gacha, con el portero incluso llorando. Era tan pequeñito que la camiseta le llegaba por debajo de las rodillas.
Me acerqué a él y le acaricié la espalda.
—Venga, campeón, que no es para tanto .
—Es que siempre perdemos —me sollozó.
—Porque sois de primer año —le expliqué, agachándome un poco para quedar a su altura—. ¿Sabes? Mi hermano también fue portero a tu edad, y le metían hasta veinte goles, pero el año siguiente ganaron la liga.
Los ojitos se le iluminaron y me dio un abrazo.
Después se fue corriendo con una sonrisa de oreja a oreja hacia el vestuario.
Me alegré por él y a la vez me dio un poquito de pena por toda la presión que les metían sus padres. De verdad que había veces que, escuchando las barbaridades que les decían, me daban ganas de parar el partido y hablar con el delegado del campo para pedirle que echase a unos cuantos energúmenos.
Debería haber una ley o algo que prohibiese ese tipo de conductas. Pero como yo solo era ama y señora de lo que pasaba en el césped, no podía hacer nada con los idiotas de la grada.
Entré en mi vestuario y saqué mi iPhone del macuto.
Tenía que rellenar el acta, anotar los goles, la hora de inicio, de fin y las tarjetas que le saqué a Hugo.
Se me hundieron los hombros al pensar en él.
Mira que me gustaba, y que tenía ganas de estar con él, pero después de cómo se había comportado durante el partido, me daban ganas de calzarle una hostia.
¡Y ya estaba pensando en él!
Me miré en el espejo un momento.
—¿Le gustaré o no le gustaré?
Sacudí la cabeza y decidí centrarme en la ducha. Me quité el uniforme, me metí bajo el agua y noté cómo los hombros comenzaban a relajarse. Bajé la cabeza para que todo el chorro me diese justo en la nuca. Era súper placentero.
En nuestro apartamento la ducha era una mierda, teníamos siempre muy poca presión.
No sé ni el tiempo que estuve allí .
Pero cuando consideré que ya llevaba demasiado, salí, me sequé, me puse el chándal de la federación y cogí el móvil para rellenar el acta.
Justo en ese momento alguien llamó a la puerta.
Abrí y parpadeé dos veces al ver quién era.
—¿Qué quiere, señor Díaz?
—Déjate de leches, que ya no estamos en el campo, Nora.
—¿Perdone? —Le clavé la mirada—. Sigo siendo igual de árbitra aquí que ahí fuera —le expliqué señalando al césped.
—Bueno, ¿podemos hablar un momento?
—Dígame, le escucho.
No tenía por qué hablarle de usted, pero me había tocado un poco la moral que se tomase tantas confianzas, como si por conocernos pudiese hacer lo que le daba la gana.
—¿Podría ser dentro mejor?
Miré al interior del vestuario. Tenía la ropa interior guardada ya, así que no me pareció mal.
—Adelante, pase —le indiqué abriendo la puerta del todo.
Entró detrás de mí, cerró y apoyó la espalda contra la madera.
—Quería pedirte un favor —dijo, rascándose la nuca sin mirarme del todo a los ojos.
—¿Un favor?
—Sí. —Carraspeó antes de volver a hablar—. Antes se me fue la cabeza y no tenía que haber protestado.
Abrí los ojos de par en par.
¡Un entrenador de fútbol reconociendo que había hecho algo mal y yo no tenía nada para inmortalizarlo! ¡Cagüen la leche! Qué mala suerte.
—Pues sí, se te fue un poco, sí —le solté.
—¿Podrías quitarme la roja?
—¿Qué? —Ladeé la cabeza, segura de haber oído mal.
—Que si podrías quitarme la tarjeta roja, joder.
—No, claro que no —respondí automáticamente, sin ni siquiera llegar a valorarlo .
—Hostias, Nora, enróllate —me pidió dando un paso hacia mí—. Que no se va a enterar nadie.
—Pero ¿cómo que no se va a enterar nadie? El cuerpo técnico del otro equipo, ¿por ejemplo? —le increpé sin moverme del sitio.
—Pero si esos son unos mataos —bufó él.
—Pues precisamente, si lo son, ¿para qué coño aprietas tanto a tus críos?
—Porque es mi trabajo —replicó dando un paso más.
Tuve que levantar un poco el mentón para seguir mirándole a los ojos. Me sacaba casi una cabeza.
—Hugo, coño, que estabais ganando seis a cero y no parabas de meterles caña —le recordé.
—Por eso íbamos ganando, porque estoy encima metiéndoles caña —insistió acercándose aún más.
Joder, cómo me recordó a mi propio padre.
—Pues a lo mejor deberías relajarte un poquito, ¿no crees? —le pregunté golpeándole con el dedo en el pecho y empujando para que se separase un poco.
¡Dios, ya no me acordaba de lo duro que estaba!
—Pues a lo mejor podrías echarme un cable, ¿no? —me increpó él—. Ni te imaginas la presión que llevo.
Parpadeé un segundo.
—¡Pues a lo mejor si me contases algo lo sabría! —le devolví la patata caliente.
Abrió la boca, pero en vez de hablar, la cerró y soltó un bufido.
Respiré profundo y pensé que sería mejor rebajar el tono para parecer más conciliadora.
—No te puedo quitar las tarjetas, Hugo —le informé intentando que mi voz sonase menos dura, pero sin dejar de ser firme.
—A lo mejor sí puedes, pero no quieres —masculló el muy gañán.
¡Ni rebajar, ni conciliación, ni leches!
Con esa chorrada me tocó los ovarios tanto que ya no aguanté más .
—¡Que ya he rellenado el acta, capullo! —le grité dándole un empujón más fuerte en el hombro con la palma abierta.
—Sí, ya, seguro que sí —dijo, con una media sonrisa torcida que me sacó todavía más de quicio.
—¡Pues claro que sí! —le repetí sin darme cuenta de que le había gritado.
—¿Estás haciendo esto por algo personal? —me soltó.
—¡Pero qué coño dices! —Me cabreé con él y le di un empujón fuerte, con las dos manos.
Entonces él me lo devolvió, pero usando todo el cuerpo.
Me empotró contra la pared, sujetándome por los hombros, con los labios apretados. Tragué saliva pensando en cómo salir de aquel vestuario lo antes posible. No tenía que haber empujado tres veces a un tío que era mucho más grande que yo.
Tomé la decisión en una milésima de segundo: «Gritaré, como se le ocurra tocarme un pelo otra vez, gritaré mucho, tan fuerte que me escuchará todo el campo».
Pero no pude gritar.
Porque me tapó la boca.
Con un beso.
Y yo me quedé a cuadros.
Dejó sus labios apretados contra los míos durante medio minuto, hasta que de repente se separó, con las manos levantadas, los ojos muy abiertos y el labio de abajo temblando.
—Perdón, perdón, no sé qué me ha pasado.
Yo aún seguía intentando procesar lo que acababa de suceder. Hugo me había besado. Entonces, ¿eso era que yo le gustaba? ¿Que se le había ido la pinza? ¿O qué leches significaba?
Tenía que averiguarlo y solo se me ocurrió una manera.
Cerré los puños y di un paso.
—¡Que perdón ni que ocho mierdas !
Cargué contra él con todo lo que tenía hasta hacerle chocar con la pared del fondo. Estaba enfadada por la mierda de beso que me había dado. Así era imposible saber nada.
—¡Si vas a hacerlo, hazlo bien, coño! —le recriminé.
Y entonces lo besé yo a él.
Le agarré de la nuca con las dos manos, hundiendo los dedos en su pelo, y le atraje hacia mí con fuerza. Y respondió al instante, con las manos bajando de mis hombros hasta mi cintura, apretándome contra su cuerpo como la primera vez que bailamos bachata.
Nos seguimos besando, más despacio, más profundo, mientras sus dedos me recorrían la espalda por encima de la tela y los míos le acariciaban el cuello.
Le tiré de la cremallera de la chaqueta del chándal hacia abajo, despacio, sin dejar de besarle, y se la quité por los hombros dejándola caer al suelo del vestuario.
Después fue la camiseta.
Se la saqué por la cabeza en un movimiento torpe que nos hizo chocar los dientes, y los dos nos reímos un segundo contra la boca del otro antes de seguir.
Le acaricié el pecho con las palmas abiertas, bajando despacio por el abdomen, sintiendo cómo se le contraían los músculos bajo mis dedos, y él soltó un suspiro contra mi cuello que me erizó hasta la última fibra del cuerpo.
Entonces sus manos subieron hasta mi chaqueta y empezó a bajarme la cremallera.
Le sujeté de las muñecas.
—No, no, para, para, Hugo.
Se quedó completamente quieto, con los ojos muy abiertos y la respiración entrecortada.
—¿He hecho algo que…?
—No, no, no, Hugo, no —le interrumpí negando con la cabeza y apoyando la frente contra la suya un instante—. Todo está bien, pero esto se nos está yendo de las manos. —Cogí aire para seguir hablando—. No es el momento ni el lugar. ¿Vale? Pero tranquilo, que está todo bien. Muy bien, de hecho.
Él asintió despacio, todavía con el pecho subiendo y bajando deprisa, y le di un beso mucho más suave, apenas un roce, apoyando la mano en su mejilla.
—Mañana quedamos y hablamos —de nuevo tuve que coger aire—, de lo que acaba de pasar, ¿de acuerdo?
Asintió por segunda vez.
Salió del vestuario y yo me apoyé contra la puerta.
Sentía todo el cuerpo temblando, el corazón a mil por hora y un calor que me nacía entre las piernas, que me abrasaba por dentro.
—Joder, joder —me dije a mí misma sin dejar de jadear—. No sé cómo he sido capaz de parar.