Capítulo 24 No Puede Ser
—A estas alturas del plan, seguramente ya estarás enamorada de Hugo o te faltará el canto de un euro —afirmó Jara con el pulgar levantado hacia la cámara—. No te sientas mal por ese motivo, ya contaba con que eso sucediese.
Apreté el pause y me quedé mirando su imagen congelada.
Las manos me temblaban tanto que rebusqué el soporte del chino para poner el móvil encima.
Cogí aire y volví a darle al play.
—Esa era la idea desde el principio, que acabases enamorándote de él.
—Pues de puta madre, guapi —le grité, dándole un manotazo al aire cerca de la pantalla—. ¡Podrías haber hecho que él se enamorase de mí, mejor!
—Ahora viene la parte más jodida del plan —continuó hablando sin hacerme ni caso—. Conseguir que él se enamore de ti.
—¿Qué? —solté acercándome a la pantalla tanto como pude—. ¿Qué has dicho?
—Ha llegado el momento. —Levantó su dedo índice apuntando hacia el cielo—. De corregir el pasado. —Se quedó mirando al aire y frunció el ceño—. Tenía que haber sonado la música de Regreso al futuro, pero no sé qué ha fallado.
Se acercó a la cámara y continuó hablando.
—Si te apuntaste a la bachata, si volviste a ser árbitra, si seguiste cuidándote y compraste la ropa que te mandé, ya lo tienes todo para conquistar a Hugo. —Levantó los dos brazos en señal de victoria—. Ya eres Nora 2.0, una versión mucho mejor que la anterior.
¡Qué hija de puta !
Lo tenía todo planeado desde el principio.
—Y por lo que me ha chivado un angelito, la noche de Año Nuevo no te fue nada mal. —Me guiñó un ojo y sacó la lengua.
Tragué saliva y me cagué en las bragas.
Le di al pause otra vez, me puse en pie y comencé a dar vueltas por la habitación con las manos tapándome la boca.
—¿Cómo coño sabe que me lie con un tío?
No puede ser, no puede ser que lo haya previsto. O sea, me conoce bien, sí, y puede anticipar cómo reaccionaré a algunas cosas, pero no me jodas, no puede ver el futuro.
¡Un momento!
Podría referirse a cualquier cosa: a que me lo pase bien, a que salí de fiesta, a que me emborraché, igual se ha soltado un farol.
Sí, tiene que ser eso.
Me senté, acerqué la silla de nuevo y le di a continuar.
—Bailaste una bachata flipante con Hugo.
—Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, toda la puta piel se me puso de gallina—.
Después acabaste en el karaoke con tus amigos y te zumbaste a uno de los camareros.
¡Eres una máquina, nena! —me gritó mientras señalaba repetidamente con sus dedos índices a la cámara.
Me eché para atrás en la silla tan fuerte que volcó y me di una hostia que no veas mientras ella seguía celebrando.
Me quedé en el suelo frotándome el codo con el que había amortiguado el golpe, justo cuando Emma entró en la habitación.
—Pero ¿qué estás haciendo, Nora?
—Ay, que me he caído de la silla —le respondí desde el suelo.
Estiré el brazo como pude y paré el vídeo.
Emma se fijó en el móvil, entrecerrando los ojos hacia la pantalla.
—¡¿Estás viendo un vídeo de la muerta?!
Asentí con la cabeza.
—¿Puedo verlo yo también?
—No, Emma, lo siento —contesté rápido.
—¿Por qué? —me preguntó haciendo un puchero .
—No te lo vas a creer, pero lleva muerta casi un año y… —Temblaba tanto que no me salían las palabras—. Y me acaba… me acaba…
No podía hablar, me faltaba el aire.
¡Joder, estaba hiperventilando!
—¿Qué? ¿Qué acababa qué? —me insistió Emma, cogiéndome de los hombros.
—Me acaba de felicitar por todas las cosas que hice a principios de este mes.
—¡¿Qué?! —gritó Emma.
—Como te lo digo, tía, estoy acojonada —asentí varias veces—. Acojonada no, lo siguiente, porque me dijo que si le enseñaba los vídeos a alguien me castigaría, y me hizo desaparecer el patín eléctrico.
—¿Qué me estás contando? —preguntó, llevándose una mano al pecho.
—Te lo juro por mi vida, Emma.
—¡Hostia tú! —Empezó a agitar las manos—. ¡Tenemos que llamar a Iker Jiménez, que esto es una mierda paranormal de esas!
—No, Emma, por favor, déjate de hostias, que bastante cagada estoy ya.
Levantó una ceja y me miró fijamente.
—¿De verdad que no quieres llamar para que lo investiguen?
—No, cielo, pero déjame seguir viéndolo a solas, por favor.
—Vale, vale, tranquila, pero si pasa lo que sea, me avisas, ¿vale?
—Sí, sí, sí, te lo prometo.
Emma se fue de la habitación y yo me quedé mirando al móvil.
Recogí la silla, volví a sentarme e intenté retroceder hasta el punto en el que me caí.
—… a uno de los camareros. ¡Eres una máquina, nena! —volvió a celebrar.
Se acercó mucho a la cámara y sonrió.
—Estoy hiperorgullosa de ti, Nora, pero tengo que advertirte de una cosa. —Levantó el dedo índice y lo movió hacia los lados—. En el momento que Hugo esté por ti, ni se te ocurra mirar a otro tío, porque te saco los ojos.
—No, no, no, tranquila —le respondí, negando con las dos manos abiertas hacia la pantalla.
—Que con toda la molestia que me estoy tomando para que acabéis juntos, si se te ocurre ponerle los cuernos, te mato. —Se pasó un dedo por el cuello y yo tragué saliva—. Y cuando estés aquí conmigo, te remato —añadió a su amenaza.
Me agarré a los apoyabrazos y me encogí tanto como pude sobre la silla.
—Aunque probablemente no te hayas dado cuenta, seguramente tú también le gustes ya a Hugo, pero él es un poco más lento para estas cosas que nosotras.
El plano cambió a otro en el que se la veía de cuerpo entero.
—Y tenemos un grave problema. —Se recorrió el cuerpo con las manos en un gesto muy cómico—. Servidora.
No entendí a qué se refería.
—Estás compitiendo con el recuerdo de la persona a la que amó durante años.
—Su semblante se puso un poco más serio—.
Y nosotros hicimos miles de cosas juntos por primera vez, y eso, Nora, pesa mucho.
Pero tranquila, que yo conozco todos sus puntos débiles, y si como hasta ahora sigues mis indicaciones, sé que lo conseguirás, pero antes, tengo que preguntarte una cosa.
—Dime —le pedí, inclinándome más hacia la pantalla.
La imagen cambió a un primer plano de su cara.
—Si se enamora de ti, ¿estás dispuesta a llegar hasta el final, estás dispuesta a seguirle a Londres?
La pregunta me pilló totalmente de improviso.
Esta conversación la había tenido frente a un espejo, pero entonces no importaba la respuesta, porque era algo que no podía suceder.
Escuché un sonido de cristal siendo golpeado.
Alcé la vista y vi a Jara, dándole toques a la cámara .
Había añadido el ruido por encima, en un efecto que quedaba bastante gracioso. Me tuve que reír, porque era imposible no hacerlo.
Me recordó a Clipo, el asistente del Word.
Joder, qué loca estaba.
—Estoy pensando, estoy pensando —le informé para que se relajase un poco.
No dijo nada, no habló, siguió allí sentada, esperando mi respuesta y se la quería dar o…
¡Qué cabrona!
Abrí los ojos de par en par.
No era que se la diese a ella. Lo que pretendía es que me la diese a mí misma, que decidiese lo que quería hacer con mi vida.
¿Quería vivir en Londres? ¿Ser la novia de un tío que podía convertirse en un futbolista famoso? ¿No ver a mi padre y a mi hermano tan a menudo? Alcé las cejas casi sin darme cuenta, pensando en los otros dos hombres de mi vida.
Tampoco les veía tanto, así que pensé que podría llevarlo bien.
Pero… ¿y Silvia y Liam?
Joder, eso era harina de otro costal.
Tenía que hablar con ellos.
Pausé el vídeo.
—Lo siento, Jara, pero esto no lo puedo decidir en dos minutos —le respondí a su imagen congelada.
Me vestí lo más rápido que pude y salí de casa hacia el apartamento de mis amigos.
No quedaba lejos, apenas media hora caminando.
Perfecto para ordenar un poco mis ideas.
Estaba en cuarto de carrera, o sea que por los estudios no era problema, podía irme al terminar.
La familia: con los vuelos low cost de Ryanair, podía venir a verles a menudo, pero mis amigos… Uf, eso seguía pesando mucho.
Aunque, por otro lado, ellos podrían venir a Londres a visitarme.
Y aquello ya no sonaba tan mal .
Recorrer Camden con Silvia mientras nos reíamos de Liam, que estaría amargado por tener que ver mil puestos de ropa. Salir por el Soho, por Piccadilly, ir a los pubs a cenar. Lo pasaríamos que te cagas.
Y cuando Hugo no tuviese partidos, podríamos venir nosotros.
¡Qué leches! O yo sola, tan ricamente.
Solo eran tres horas de avión.
Eso no es nada.
Comparado con un Valencia-Madrid en coche y al precio que estaba el diésel, hasta me salía a mí más barato volar desde Londres, que a ellos irse a pasar el día a la capital.
Y lo mejor de todo, estaría con Hugo. Siempre.
Me imaginé lo que me diría cada uno de ellos cuando les consultase.
—¡Claro que sí, nena! ¡A por todas! Y en cuanto estés establecida vamos a visitarte. ¿A que sí, Liam? —soltaría Silvia, seguro.
—No sé, yo no tengo pasaporte y además ir en avión me da ansiedad. Mejor que venga ella —respondería él.
—Chiquito, lo tuyo no es normal —acabaría sentenciando ella.
Llegué a su piso, toqué al timbre y me abrieron sin preguntar quién era, como siempre.
Subí los cuatro pisos casi dando saltos. Me sentía eufórica. Hugo se iba a enamorar de mí, nos íbamos a ir juntos a Londres, y el mundo iba a ser un lugar maravilloso.
Cuando entré, Philip, el canadiense que compartía vivienda con mis dos amigos, estaba allí mismo, haciéndose un porro en el salón.
—¡Hola, Phil! —le saludé—. Vengo a ver a mis compis.
Ni me habló, solo me señaló al fondo del pasillo, sin levantar la vista del papel de liar.
Seguí hacia allá y llegué a la puerta de Liam, sujeté el pomo, lo giré y abrí.
—¡Liam, tengo una noticia que…!
Me quedé parada con los ojos muy abiertos .
Aquel pene tan oscuro y enorme no podía ser el de mi amigo. Desde luego que no.
—Buenos días, mi niña —respondió el dueño de aquella cosa que intentaba dejar de mirar, pero que era tan grande que era imposible obviarla.
Más arriba había un torso y después una cara sonriente. Un chico morenito muy mono, pero completamente desconocido, al que no parecía importarle lo más mínimo que le estuviese viendo.
—Pásele, mamacita, no se quede ahí parada —me sugirió.
Negué con la cabeza rápido.
—Perdón —conseguí vocalizar, y cerré la puerta despacio, con la mano todavía temblándome sobre el pomo.
Miré al fondo del pasillo y caminé hacia la puerta de Silvia, despacio, sacudiendo la cabeza con los ojos medio cerrados intentando borrar la imagen recién vista.
Abrí y entonces sí.
¡El pene que había en aquella habitación, sí!
¡Ese sí correspondía con el de Liam!
Era blanquito, de un tamaño normal, y su dueño intentaba taparlo mientras mi mejor amiga le gritaba que se vistiese.
—Joder, Nora, no te esperábamos —me dijo él.
Encontró sus gayumbos y se los puso a toda leche.
—Ya, ya, ya lo veo.
—Esto tiene una explicación —añadió Silvia, que se tapaba con las sábanas.
La miré con los brazos cruzados.
Estaba colorada hasta las orejas.
—Pues nada, ya puedes empezar a explicarme, cabrona —le dije con los labios apretados—. Soy toda oídos.
Me apoyé el hombro en el marco de la puerta y esperé.