Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 23 La Pajarita
36%

Capítulo 23 La Pajarita

Entré a la comisaría de Ayora cagada, sin saber lo que pasaba.

—Pasamos por tu casa tres veces para avisarte —me explicó mi agente de la ley favorito, parapetado como siempre tras su plancha de metacrilato.

Roberto, se llamaba.

El señor bajito que escribía como un velociraptor.

—La Emma de los huevos, seguro que estaba dale que te pego con el Roger y no se enteraron —murmuré yo dándome un puñetazo en la palma de la mano.

Quise pasar al otro lado para darle un abrazo, pero me insistió en que no era necesario, levantando ambas manos para frenarme.

—Ale, pues firma aquí y todo tuyo.

Le solté mi mejor autógrafo y salí de allí con dos cosas: mi iPhone y una sonrisa de oreja a oreja.

¡Por Dios, qué felicidad!

Lo último que me imaginaba yo, que un alma caritativa encontrase mi pobre teléfono y lo devolviese a la policía.

Apreté el botón lateral en cuanto pisé la calle para encenderlo.

Me salió un puchero al ver que no me hacía casito.

No tenía nada de batería. Lo metí en el bolsillo del abrigo y salí disparada hacia casa. Veinte minutos andando y podría ver el vídeo de enero.

Pero sucedió algo con lo que no contaba.

Pasé por delante de una cafetería y me paré en seco.

Allí estaba Hugo, sentado junto a la cristalera. Con una chica. Que además le frotaba la manito por encima de la mesa .

Me quedé plantada en mitad de la acera como una idiota, con la boca abierta, mirando hacia dentro, con tal descaro que, si no se dieron cuenta de que estaba allí, fue de milagro.

Di dos pasos hacia atrás, muy despacio.

—¿Quién coño es esa pajarita? —me pregunté a mí misma.

Tenía que entrar. Tenía que enterarme de lo que estaban hablando aquellos dos sí o sí, pero en cuanto pusiese un pie dentro me iba a ver y se acababa la película.

Me crucé de brazos y sonreí con el ceño fruncido.

Me lancé a por la primera señora que pasó por allí.

—Perdone, señora, ¿hay algún chino por aquí?

—A la vuelta de la esquina, hija.

—¡Muchas gracias!

Me pegué una carrera que ni en las pruebas de la federación.

Recorrí toda la tienda hasta que encontré lo que necesitaba. Pagué, salí y volví a la cafetería. Cuando empujé la puerta y entré, la camarera levantó la vista, se me quedó mirando y negó con la cabeza.

—Un cortado, por fi —le pedí cuando se acercó a la mesa en la que me había sentado.

Dejé el móvil muerto encima del mármol y me olvidé por completo de que lo tenía.

Intenté enterarme de lo que decían los dos tortolitos, pero entre la tele, que la tenían a tope, y todas las yayas que estaban allí almorzando no se escuchaba nada.

—A ver si les puedo leer los labios, como en las pelis —mascullé, entrecerrando los ojos para concentrarme mejor.

Me fijé en cómo movía la boca Hugo y creí entender algo.

«Un bolo de Orozco en el… ¿campo de fútbol?».

—¡Qué cabrones! Se iba a ver un concierto de Antonio Orozco los dos juntos. —Apreté los puños sobre la mesa y mascullé—: ¡Ya me podías haber invitado a mí, capullo!

Cachis, con el calor que me subió por el cuello al enterarme de la noticia, me perdí la siguiente frase .

Céntrate, Nora, que no te estás enterando de nada.

«Se ven en… ¿Fuencarral? ¿Criterio… Sitio… Adorable…?».

¡¿Fuencarral?!

¡Pero si eso está al norte de Madrid!

—¿Confía en mi criterio, que es un sitio adorable? ¿Le habrá dicho eso? Tiene algo de sentido —pensé en voz baja mientras me rascaba la sien con el dedo.

Joder, que no solo se van de concierto a Madrid, que van a aprovechar para pasar el fin de semana juntos.

Mierda.

Tragué saliva.

Y me encogí sobre la silla.

O sea, que Hugo se está viendo con esta tía, pero ya en plan serio.

Desde que volvimos a entrenar tras las vacaciones le había notado menos apagado, más cercano, más bromista, más como era él, el Hugo que yo recordaba de la ESO.

—¡Pues claro! —maldije mientras notaba cómo mis hombros se hundían cada vez más—. ¡Los típicos cambios que experimenta un chico cuando le empieza a gustar alguien!

Aquel pensamiento hizo que toda la alegría que había tenido por recuperar mi iPhone se fuese a la mierda.

No sé ni por qué seguí mirando, pero no podía apartar la cara de aquellos dos.

Sobre todo, de ella.

Era jodidamente guapa.

Con el pelo liso, largo, de un tono castaño claro. Vestía muy bien, con un mono beige oscuro y un abrigo blanco que tenía colgado sobre el respaldo de la silla. ¡Sacada de un anuncio del Vogue, vamos!

Abrí los ojos de par en par.

Había captado, por lo menos, la mitad de la frase que había dicho Hugo .

—Me gustas ahora y después de marchar pensaré… Ese era el principio. —Clavé los codos en la mesa y les miré fijamente—. Y al final ha dicho algo parecido a «desapareció».

¿Qué podía significar aquello?

Entonces lo vi cristalino.

Quería algo con ella ahora, pero cuando se marchase a Londres, pues ya pensaría qué hacer. Joder, es que ya estábamos en enero, solo faltaban cinco meses para que se fuese.

¡Qué fuerte!

Me tomé el cortado, dejé un par de euros en la mesa y salí de la cafetería.

Comencé a caminar sin rumbo, arrastrando los pies, con un bajón terrible.

—¿Por qué te castigas así? —me dije a mí misma—. Ya sabías que no le gustabas, que no iba a pasar nada. Él se irá y todo volverá a la normalidad. ¿Qué más te da lo que haga con otra?

Sin embargo, a cada paso que daba, el suelo se hundía cada vez más y me tragaba, tirando de mí como si la gravedad de repente fuese el doble. Y a la vez se me formaba un vacío en el pecho, como nunca antes me había pasado.

—¿Nora? —Escuché a mi lado.

Levanté la mirada del suelo y vi a mi hermano allí mismo, mirándome de arriba abajo.

Me quité las gafas de sol y dejé que me viese sin filtros, llorando una vez más por Hugo.

—Ey, ey, ey. —Me dio un abrazo—. ¿Qué te pasa, tata?

—Nada —no supe qué responder—. Un mal día.

Se separó un poco y volvió a examinarme, con una ceja levantada.

—No me extraña, con esa bufanda y ese gorro del Valencia —bromeó, supongo que para intentar animarme.

—Sí, somos unos mantas —respondí sollozando aún más.

No pude aguantarme y lo abracé yo a él .

—Bueno, bueno —me dijo mientras me frotaba la espalda—. Ale, déjalo salir, que no hay prisa.

—Gracias, Alejandro, gracias.

Me quedé allí abrazada a él, mientras mi corazón poco a poco se caía a pedazos, maldiciéndome a mí misma por haber pensado que la semana que pasé sin ver a Hugo había servido para superarlo.

—¡Buenos días, guapos! —Escuché a mis espaldas.

Me giré para ver quién era y deseé morir allí mismo.

Eran los dos tortolitos.

Me volví a poner las gafas e intenté disimular como pude.

Hugo me miró fijamente y se giró hacia la cafetería de la que los tres habíamos salido; sus ojos regresaron a mí, sacudió la cabeza y no dijo nada.

El que sí habló fue mi hermano.

—Hola, amore —le dijo a la novia de Hugo.

Después se acercó a ella y le dio un pico.

—¿Qué…? —balbuceé en voz baja.

—Tata, esta es Lidia —me explicó cogiéndola de la mano—. Lidia, esta es mi hermanita, que como puedes ver es una fanática del Valencia a muerte, así que ya sabes… lleva cuidado con ella.

Miró a Hugo y se rio.

—Mi prima juega en el Villarreal femenino —agregó él a la información.

—¿Qué…? —balbuceé de nuevo—. ¿Tu qué…?

Mi hermano volvió a besar a la novia de Hugo y después me preguntó:

—Habíamos quedado los tres, ¿te vienes?

Asentí de manera automática, sin llegar a entender todavía lo que estaba pasando. Comenzaron a caminar calle arriba y les seguí un paso por detrás, escuchando lo que decían.

—Hugo me ha estado hablando de ti —soltó Lidia mientras se apretaba contra Alejandro.

—¿Ah, sí? —respondió él—. ¿Y qué te ha dicho ?

—Que aunque solo te conoce del campo de fútbol, se te ve buen chaval.

—¿Chaval? —repitió Alejandro en voz alta—. ¡Pero si tengo dos años más que él!

Lanzó un puñetazo de broma hacia Hugo, que lo esquivó dando un paso más largo.

Después se giró y siguió caminando de espaldas.

—Como eres un poco más bajito que yo, pareces más joven. —Levantó el dedo índice y añadió—: También le he dicho que eres un tío serio y responsable.

Alejandro asintió satisfecho.

—Tendré que invitarte a algo por alabarme tanto.

—También me ha hecho una confesión —intervino la tal Lidia.

Los ojos de Hugo se abrieron de par en par y le clavó la mirada.

Aproveché que parecían no darse cuenta de mi existencia para acercarme un poco más a ellos a ver si me enteraba.

—¿Una confesión? —pregunté en voz baja.

Creo que no me escuchó ninguno de los tres.

—¿Qué confesión? —preguntó mi hermano después de besar a la chica sin dejar de caminar.

Ella me miró sutilmente y le dijo algo al oído.

Alejandro se paró en seco y casi me estrellé contra él.

No lo hice, porque Hugo intervino y me sujetó cuando ya me iba a caer.

—¿Todo bien? —me preguntó.

Asentí rápido, con las mejillas ardiéndome por la vergüenza.

—Sí, gracias —respondí en voz baja.

Se quedó mirándome y me quitó las gafas de sol.

La sonrisa se le borró de la cara.

—¿Seguro?

—¿Lidia es —pregunté en voz muy baja— tu prima?

Él asintió.

Respiré profundo y cerré los ojos .

—No me gusta verte triste —le escuché decirme.

Abrí los ojos de nuevo, notando que volvían a humedecerse.

—No lo estoy, Hugo —le respondí—. Aunque no lo parezca, es un día muy feliz, de verdad.

Él volvió a sonreír.

Seguramente no entendía nada, pero no importaba.

Le acaricié la mejilla y sonreí.

—De verdad, rey, estoy genial, créeme.

—De acuerdo, lo que la princesa diga.

Me hizo soltar una risa floja, y me quedé allí mirándole a los ojos, deseando que el tiempo se detuviese, como siempre me pasaba desde hacía unas semanas cuando le tenía tan cerca de mí.

Deseando que me eligiese.

Que se enamorase de mí.

Lo que fuese, pero algo.