Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 22 La Malvarrosa
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Capítulo 22 La Malvarrosa

Me da paz el mar, me transmite todo tipo de sensaciones, me despierta sentimientos que bla bla bla.

¡Porque no lo has visto nunca en enero, cabestra!

Me dieron ganas de decirle una vez a una chica que me presentó Alejandro.

¡¿Paz el mar?! Si hubiese venido con nosotros la vez que fuimos a Tabarca, que se formó una «ciclomierda» explosiva de esas sobre el Levante y pensé que se iba a hundir el jodido barco, ibas a ver la paz que te daba.

Pero por si acaso, me planté en la playa y decidí pasear por allí, a ver si recogía yo algo de paz.

Estaba un poco de bajón tras el Año Nuevo.

Había extraviado mi iPhone y no podía ver el vídeo de Jara.

Así que no tenía ni idea de lo que tenía que hacer con respecto a Hugo.

Después de caminar casi una hora, me senté en un banco frente a la zona donde entraban los chavales del voleibol, porque ya no podía más del dolor de riñones que tenía.

Se me estaban acumulando muchas cosas y me sentía superagobiada.

Con el parón de la uni, tenía la sensación de que se me había descontrolado todo el tema de la alimentación, el ayuno intermitente y el atletismo. Me sentía hinchada, como si hubiese cogido peso, y tenía la autoestima de nuevo por los suelos.

Además, me había liado con un tío que no conocía de nada. Y eso no era lo peor. No sabía ni lo que había hecho con él, ni cómo. Gracias a Dios que esa misma mañana me bajó la regla, porque ya llevaba tres días de retraso y estaba empezando a cagarme viva .

—¡Aquí con críos no vengas! —me había dicho una vez mi padre hablando sobre sexualidad, agitando el dedo índice frente a mi cara—. Tú disfruta, haz lo que te apetezca, pero tenlo claro, como te hagan un bombo, te pongo la maleta y te vas a vivir con el futuro papá de la criatura.

Creo que tenía dieciséis años cuando me explicó las consecuencias de una maternidad temprana.

—¿Y si le pasa a Alejandro, que le hace un bombo a una?

—Lo mismo, a la puta calle, a buscarse la vida con la futura mamá de la criatura.

—¿Y si aborto? —pregunté, insensata de mí.

Le vi respirar profundo, muy despacio, con la cara roja como un tomate.

—¿Y si llevas cuidado y así nos ahorramos el disgusto? —sentenció él con un tono de voz que hizo que me acojonase viva.

De todas formas, no le hice mucho caso.

Nunca me había interesado por el sexo, al menos no hasta que conocí a Kevin. El cachas de los trastornos mentales. Descubrí que hacer «cosillas» con un chico molaba mucho más de lo que yo me había podido imaginar.

Demasiado molaba.

Aunque yo triunfaba poco o nada.

La cosa cambió después de hacerme árbitra por primera vez. O mejor dicho, empezó a cambiar cuando fui a hacer las prácticas a Ibiza. Allí había mucha fiesta. Me solté la melena y recuperé todo lo que no había hecho en los dos años anteriores.

Entonces debí darme cuenta de lo determinante que era el físico, pero no lo hice. Quizás no quise asumirlo, o puede que fuese tan joven que no lo entendiese.

Pero vaya que sí lo era.

Cuando volví y seguí con mi día a día, ya en la universidad, empecé a ganar peso sin darme cuenta. Me miraba en el espejo y no notaba nada. Solo que la ropa cada vez me apretaba más, pero se solucionaba rápido comprando una talla más grande.

Mis amigos seguían ahí, salíamos, me divertía, conocí a Sergio y pensé que todo estaba bien.

Y me fui dejando y dejando, cada mes un poco más.

Hasta que Jara reapareció.

Suspiré con la cabeza hundida entre las manos.

Había empezado a pensar en ella y Hugo se coló de repente sin ser invitado.

Tenía que hacer algo para borrar mis sentimientos por él, pero no sabía qué. Necesitaba mi móvil para ver el último vídeo. Necesitaba saber lo que tocaba para enero y así poder trazar un plan. Algo que me permitiese superar mi cuelgue temporal.

Alcé la vista y vi a un jugador de voleibol con el brazo tatuado hasta el hombro.

La imagen de Marc empujó a la de Hugo sin permiso.

—Un clavo saca a otro clavo —me murmuré a mí misma.

Quizás esa sería la solución. Intimar un poco más con Marc. El tío se había portado superbién conmigo después de darme el paracetamol. Me acercó hasta casa con su coche, incluso nos tomamos un café antes de despedirnos y me pidió mi teléfono.

¿Por qué no?, pensé.

—Anota, pero no te vengas arriba y me llames hoy mismo —le advertí, señalándole con el dedo.

—Dejaré que pasen unos días, que te dé tiempo a encontrar tu iPhone.

—Gracias, y por favor, echa un ojo en el karaoke, a ver si estuviese por allí.

—Te lo prometo, tranquila.

Me quedé con los codos apoyados en la mesa, con el mentón sobre las manos, mirándole. Era muy guapete, y el pendiente de la nariz le daba un toquecillo canalla que molaba mucho.

—Lo siento por no acordarme de nada —le dije en voz baja .

—No te preocupes, Nora —me dijo riendo—. ¿Pero seguro que quieres que borre las fotos? ¿No quieres que te pase una copia?

Negué rápido con la cabeza.

—No, no, no, después de lo que he visto, prefiero que desaparezcan para siempre.

—¿Por? —me preguntó encogiéndose de hombros—. A mí me pareciste la puta caña.

Abrí la boca para responder, pero no pude. Me acababa de dejar sin palabras.

—Ya quisieran muchos tíos tener una novia así de divertida.

—¿Que se deja chupar el ombligo por un montón de desconocidos? —le pregunté haciendo una mueca.

Comenzó a reírse a carcajadas, dándose una palmada en la rodilla.

Cuando por fin consiguió parar, colocó los codos sobre la mesa imitando mi pose y me miró a los ojos.

—A mí me encantaría tener algo con una tía como tú.

Tragué saliva al escucharle.

Lo dijo sin pestañear, sin apartar la mirada y sin necesidad de camelarme para acabar en la cama, porque ya me había metido yo sola cuatro horas antes.

¡O sea, que hablaba en serio!

Recordar aquella mañana me hizo sentir más triste todavía, porque yo le había dado mi número, pero no tenía el de él. Tenía que confiar en que no me hubiese engañado y que realmente me escribiría.

Y no sabía si lo iba a hacer.

Me consolé pensando que, si no lo hacía, al menos ya tendría una prueba de que era un capullo más.

Necesitaba encontrar mi teléfono cuanto antes.

—¿Tenías activada la Red Buscar? —me preguntó Roger cuando le consulté esa misma tarde.

—¿La red qué? —Negué con la cabeza, arrugando la nariz.

No sabía ni de lo que me hablaba .

—Cuando lo configuraste por primera vez, ¿qué servicios activaste?

—Ni puta idea —respondí encogiéndome de hombros—. Le di que sí a todo lo que salía para que me dejase usarlo de una vez.

—Pues tranquila, que seguramente tienes la Red Buscar activa.

—Pero es que ya he llamado usando el de Silvia y está apagado. Vimos por Google que cuando te lo roban lo apagan para que no pueda enviar la señal.

—Eso da igual. Los modernos guardan una «reserva de energía» para enviar una señal bluetooth a otros dispositivos Mac que haya cerca.

—Me he quedado igual, no entiendo —le avisé.

—Da igual, no te preocupes, que aparecerá —me aseguró él—. Mientras no lo hayas tirado a una alcantarilla, no hay problema. ¿Te sabes tu contraseña y usuario de iCloud?

—Mi correo electrónico, y la contraseña es la misma que uso para todo.

—Ay, Dios. —Se llevó una mano a la cabeza—. Me la vas a anotar, pero cuando lo encontremos, quiero que las cambies todas, ¿vale?

—¿Y eso por qué?

—Porque no quiero saber las contraseñas de nadie —me gruñó.

—¿Habéis terminado ya? —Escuché gritar a Emma desde su habitación.

—Sí, amor, ya casi —le respondió Roger, levantando la voz hacia el pasillo.

—Anda, vete con tu novieta antes de que se cabree conmigo por separarte de ella diez minutos.

—Vale. —Me dio un pequeño empujón riendo—. Esta tarde me pongo a buscarlo.

—Gracias, Roger.

Se levantó del sofá, pero antes de irse le sujeté del bajo de la camiseta.

—Una cosilla más .

—Dime.

—¿Podrías decirle a Emma que no grite cuando… ya me entiendes?

Apretó los labios, torciendo el gesto.

—Eso va a ser más complicado.

Desgraciadamente, pese a que Roger me lo vendió como algo sencillo, no hubo recuperación de iPhone. Tampoco paz y tranquilidad en casa. En menudo día se me ocurrió a mí juntar a estos dos.

Jodida Emma.

¡Y decía que no quería nada con él!

Se pasó los quince días de las vacaciones de Navidad metido en casa. Solo salían de la habitación para comer y para ir al aseo. A ella solo la vi cinco minutos durante aquella quincena.

—¡Joder, nena! —me dijo aprovechando el momento en que nos encontramos—. ¡Jamás me hubiese imaginado que la tenía tan grande!

Roger el trípode.

¡No te jode!

Al menos sirvió para que se olvidase de Hugo, porque después de la cena antes de Navidad volvió a la carga presentándose en la pista de atletismo un par de veces.

Hugo, Hugo… Hugo.

¿Qué voy a hacer contigo?

Un pinchazo me recorrió toda la espalda.

¡Qué bien me lo paso cuando me visita la tía Regla! Intenté cambiar de postura sobre el banco para ver si me dejaban de doler los riñones, pero no había forma, así que al final me levanté y volví caminando despacio hasta el piso.

Cuando llegué, me encontré a Emma en la puerta, muy seria, con los brazos cruzados.

Demasiado seria.

—Nora —me dijo sin pestañear—. Ha venido la policía local buscándote.

Abrí los ojos de par en par .

—¿Qué? ¿A mí? ¿Por qué?

—No me lo han dicho, pero me han dado este papel. —Tendió la mano hacia mí sujetándolo—. Para que te pases por la comisaría de Ayora lo antes posible.