Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 21 Año Nuevo
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Capítulo 21 Año Nuevo

Dios bendito, qué dolor de cabeza. Casi no podía abrir los ojos. La poca luz que entraba por la ventana ya me molestaba. Me levanté de la cama como pude y busqué mis zapatillas de andar por casa, pero todo el suelo estaba lleno de ropa revuelta.

—A la mierda —murmuré con la voz ronca mientras me frotaba los ojos con los nudillos.

Me llevé la mano a la garganta. También me dolía un montón. Creo que debí coger frío durante la vuelta a casa, aunque no lo sabía seguro, porque realmente no me acordaba de nada.

Caminé hacia el pasillo y me quedé mirando la puerta de Emma.

Nunca me había fijado en que era de color blanco.

Me encogí de hombros y seguí hasta el salón. Lo atravesé, llegué a la cocina, con los ojos a medio cerrar, arrastrando los pies descalzos por el suelo frío y dándome golpes con todo.

Un café necesitaba, ¡ya mismo! Bien caliente y, además, con un chorrito de miel, y un paracetamol. Y la manta del salón, que al pasar me fijé en que no estaba donde siempre.

Abrí el armario de las tazas. Estaba lleno de otras cosas. Botellas de aceite, vinagre, especias. Parpadeé un par de veces y miré abajo, al fregadero, pensando que quizás me había equivocado de armario.

Cerré los ojos un momento y me llevé los dedos a la sien.

—¿La loca de Emma ha cambiado las cosas de sitio? —mascullé.

Empecé a abrir puertas hasta que por fin encontré lo que buscaba. ¡Tazas! Aunque la mía, la azul con patitos que llevaban carteles contra el presidente Trump, no estaba. Ni la que me traje del viaje de Italia. En su lugar había un montón del Real Madrid .

Me atacó un bostezo a traición, así que no perdí más tiempo y elegí una al azar.

Entonces la vi allí encima, de color rojo reluciente.

Una Nespresso preciosa.

—Hostia, cómo hemos subido de nivel —murmuré mientras asentía.

Debía de ser de Emma, seguramente se la habían regalado por Navidad. Se parecía un montón a la que tenía mi padre en su oficina. La encendí, revolví media cocina buscando las cápsulas y me preparé un exprés que olía a gloria.

Unas manos me sujetaron la cintura desde atrás y sentí un pecho apoyándose contra mi espalda. Me dieron un beso en la mejilla y me hablaron.

—¿Me preparas uno a mí también, por fi?

—Claro, claro —respondí mientras bostezaba otra vez, tapándome la boca con el dorso de la mano.

—Me encanta cómo vas vestida —me dijeron después de soltarme.

¡Joder con Emma!

Su voz sonaba aún más grave que la mía. Se ve que también se había pegado una fiesta de la hostia.

Cogí otra taza del Real Madrid y puse a hacerse el segundo café.

Aproveché para ir a mear mientras se preparaba.

Cuando entré en el aseo y me vi en el espejo, apenas me reconocí.

Llevaba los muslos al aire, sin pantalón, y en la parte de arriba, una camiseta en la que ponía bien grande «Siemens Mobile».

Y sobre mi corazón descansaba el escudo del equipo más laureado de la historia.

—¿Qué pasa hoy con el Real Madrid? —me pregunté a mí misma mientras estaba sentada en el váter.

Terminé, me limpié y me levanté.

Entonces sentí un poco de frío en un lugar que siempre llevaba bien protegido.

Me subí la camiseta y abrí los ojos de par en par .

—¿Y mi ropa interior?

Me olvidé de los cafés y salí disparada de vuelta a mi habitación.

—Ya voy, ya, un momento —le respondí al chico cuando me preguntó por su café—. Y tápate, que te vas a enfriar.

Estaba sentado en el sofá, en gayumbos.

¡De verdad, qué gente!

Seguro que era algún «meteorólogo» que se había zumbado a Emma y ahí andaba, medio en pelotas en nuestro salón.

Ya en el dormitorio, corrí hasta la ventana y aparté las cortinas para que entrase luz, porque casi no veía nada.

Me quedé mirándolas un segundo, intentando recordar cuándo las había puesto Martina. Sé que pensé en decirle que me arreglase la persiana, pero no estaba segura de haber hablado con ella. Sin embargo, el problema estaba resuelto, o sea que se ve que sí.

—Madre mía. —Tragué saliva al ver el suelo—. Está todo hecho un desastre.

Era como si alguien hubiese volcado el armario tirándolo todo fuera. Afortunadamente encontré mis braguitas y me las puse. Mi compi de piso era muy especialita para eso. Una vez salí de la ducha con el pecho al aire y me echó una bronca de impresión.

Volví a la cocina, cogí los dos cafés y me senté en el sofá, junto al tío que seguía esperando allí.

—Toma, tu café.

Me sentía mareada, confusa, todo me daba vueltas, no sabía ni la hora que era, y no paraba de bostezar, con los párpados cayéndoseme sin remedio.

Llevaba tal cacao en la cabeza que hasta la Smart TV del salón me parecía mucho más grande. De hecho, todo el salón se me antojaba enorme, más moderno, más de diseño.

Asentí satisfecha. Mi apartamento molaba un montón.

De los pocos que tenían ascensor en el barrio, además.

Me incliné hacia adelante para darle un sorbo al café y me quedé quieta, mirando de reojo al tipo de los gayumbos. Él hizo lo mismo, también dio un trago, luego se giró hacia mí y me dio un besito en los labios.

—Buenos días, princesa.

Me quedé helada, parpadeando como trescientas veces.

¡El rollete de Emma me acababa de dar un pico!

—Eh… pero… —balbuceé.

—Ya, yo también estoy muerto, no habremos dormido ni dos horas desde que nos acostamos.

Seguía parpadeando con la boca abierta intentando procesar.

—Aunque la señorita aún seguía con ganas después del segundo —me contó guiñándome un ojo.

Sacudí la cabeza y por fin mi cerebro reconectó.

—¡¿Perdona?!

Él se llevó una mano al mentón y se quedó mirándome.

—¿Estás bien, Nora?

—Eh, lo siento —hablé mientras negaba con un gesto—. No te enfades, por fi, pero no tengo ni idea de quién eres.

—¿Me estás vacilando? —contestó divertido, arqueando una ceja.

—No, tío, te juro que no me acuerdo de nada.

Rebusqué en el interior de mi cerebrito y recordé que Liam nos había llevado a un karaoke, que cantamos y bebimos un montón y después…

Me tapé la boca con las manos.

La primera imagen que me vino a la cabeza no podía ser real.

Cerré los ojos, negué rápido y seguí intentando recordar.

—¡Ya te has acordado! —rio él.

—No, te lo juro.

Ay, no, no, no… lo que me iba mostrando mi mente no me gustaba nada. Me había visto a mí misma, sin camiseta, encima de la barra mientras unos tíos iban turnándose para beber chupitos de mi ombligo.

Ni de coña iba a reconocer que eso había sucedido .

—Si quieres puedo enseñarte las fotos que hice con el móvil, igual te ayuda a recordar —me sugirió el desconocido que había en mi salón.

Le miré con los ojos tan abiertos que pensé que se me iban a salir de las cuencas. ¿Qué fotos? ¿Y quién leches era este tío?

Vale, calma, educación lo primero.

—De verdad que lo siento, tío, ¿pero quién eres?

Comenzó a reírse y respondió:

—Uno de los camareros del karaoke.

—¿Y qué haces en mi casa?

Entonces fue él quien parpadeó un montón de veces.

—¿Tu casa? —respondió señalando alrededor del salón—. Este es mi piso.

Miré a mi alrededor incrédula.

No, no, no podía ser.

Este tío me estaba tomando el pelo. Aquel era mi salón, con su sofá granate que ahora, por algún motivo que no comprendía, era gris.

Con la mantita que usábamos para taparnos cuando hacía frío, que por algún motivo ya no estaba.

Y sobre todo, con sus ventanas que daban a la calle Isaac Peral, aunque ahora se viese el hospital de La Fe.

Me levanté y caminé hacia ellas, con las piernas todavía flojas.

Miré hacia abajo y me dio tanto vértigo que me tuve que agarrar al marco de la ventana con las dos manos. Estábamos altísimos, como en un piso veinte o más.

Mierda.

Él tenía razón, no era mi apartamento.

No tenía ni la menor idea de dónde estaba, ni de lo que había hecho después del karaoke. Me di la vuelta y me acerqué al chico. Le miré de arriba abajo y tragué saliva.

—Perdona… —Esperé con las palmas levantadas a ver si se presentaba.

—Marc —me dijo sonriendo.

—¿Nos hemos…? —Hice un gesto con los dedos, muy obvio.

Él apretó los labios y asintió varias veces .

—Ya lo creo que sí.

Me llevé las manos a la cabeza y empecé a maldecirme a mí misma. Menuda manera de empezar el año. ¿Pero cómo he podido ser tan ceporra? Ay, madre mía. ¿Y Silvia? ¿Dónde estaba? ¿No se supone que una amiga de verdad tiene que impedir que estas cosas ocurran?

Miré al chico haciendo un puchero enorme.

—Estaría muy mal por mi parte si te dijese que ha sido un error y que me quiero ir.

Él ladeó la cabeza a la izquierda y luego a la derecha, como sopesándolo.

—No soy un secuestrador, Nora —rio mientras señalaba al dormitorio—. Tus cosas están ahí, tú misma.

—Muchas gracias, rey.

Me quedé mirándole un momentito. La verdad es que era muy mono. Llevaba el pelo cortado en un degradado fade, con un pendiente súper chulo en la oreja y otro en la nariz. Además, tenía los brazos llenos de tatuajes y físicamente estaba bien. No cachas rollo Hugo, pero bien.

¡Ay, Dios, Hugo!

No, no, no, nada de Hugos ahora.

Volví a la jungla de ropa y busqué todas mis cosas. Me vestí tan rápido como pude y salí de nuevo al salón.

—Perdona, Marc, solo una cosilla…

—Dime, Nora.

—¿Por casualidad has visto mi teléfono?

Negó con la cabeza sin moverse del sofá.

Hice otro puchero, menos exagerado que el anterior.

—¿Me ayudas a buscarlo?

Se levantó sin muchas ganas y revolvimos todo su dormitorio, pero el jodido iPhone no aparecía por ninguna parte.

—Mierda, mierda —empecé a repetirme mientras me tiraba de los pelos.

—¿Tanto cariño le tienes ?

—No, rey, no es por eso.

¿Y yo por qué leches le llamo rey a este tío si no le conozco? Bueno, da igual. La prioridad es encontrar el teléfono.

—Verás, todos los meses recibo algo y es importante.

—Pues no tengo ni idea de dónde puede estar.

—Vale —respondí con los ojos un poco húmedos, sentándome de golpe en el borde de la cama deshecha.

Sentí un pinchazo dentro de la cabeza y le miré a los ojos fijamente.

—¿Y un paracetamol tendrás?