Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 20 Nochevieja
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Capítulo 20 Nochevieja

Su nariz y la mía debían de estar a un centímetro cuando me levantó la mano para marcarme un giro.

Pero no fue un giro.

Pasó el antebrazo por encima de mi cabeza y lo dejó descansar sobre mi hombro, me pidió la otra mano, y de repente lo tenía detrás, con nuestros brazos cruzados a la altura de mi cuello.

No tenía ni la menor idea de que supiese bailar bachata.

Me apretó el hombro izquierdo para indicarme hacia dónde ir y yo obedecí sin pensar, porque el cuerpo ya iba solo. Caminamos así, pegados, hasta que me soltó y me lanzó a un giro.

Cuando volví a mirarle, había hecho el mismo adorno que yo con el brazo.

Sonreí.

Y él también.

Sonaba «My heart's keeping too», de Emily Carson, y yo no podía dejar de escuchar la letra.

Hablaba de quedarte sin aire al ver al chico que te gusta, de aprovechar la oportunidad, y lo repetía una y otra vez, como si alguien la hubiese escrito aquella misma tarde sabiendo exactamente lo que iba a pasarme.

Después vinieron los cruces. Él tiraba de mí, me acercaba a su cuerpo y me detenía en seco justo antes de chocar, una vez, y otra, y otra. Y cada vez que me frenaba a dos dedos de él, el corazón se me subía un poco más arriba.

Y la canción seguía diciéndomelo.

Entonces empezó la parte instrumental y dejé de contar .

Me hizo medio giro, tiró de mis muñecas hacia abajo y acabé con la espalda contra su pecho. Me colocó mis propias manos en la cadera y me las hizo subir, despacio, acariciándome hasta la altura del pecho.

Se me erizó todo.

Me sujetó por los codos, me dobló hacia delante, me giró dos veces y volvió a apretarme contra él, esta vez con la pierna metida entre las mías.

Yo ya no sabía dónde tenía la cabeza.

La voz de Emily volvió a hacernos compañía.

Me pasó la mano por la mejilla, apoyó su frente en la mía y nos quedamos así, marcando el paso, con su boca a un dedo de la mía y mis manos sujetándole por detrás de la nuca.

Y en la última parte, sin avisar, me sujetó por debajo del muslo, tomó impulso y giró conmigo en el aire.

No sé cuánto duró aquello.

Sé que no quería que se acabase, que apreté los labios y recé para que la canción durase un poco más.

Pero no pudo ser.

—Gracias —me susurró al oído.

—A ti —le respondí.

Nos dimos dos besos en las mejillas y me miró a los ojos durante apenas un segundo antes de alejarse de mí.

Y ese segundo, ese maldito segundo, lo cambió todo. Noté cómo se me humedecían los ojos.

No quería que se fuese.

Era la letra de la canción, la manera en que me guiaba durante la bachata, el modo en que me pasaba la mano por la mejilla, lo fuerte que me sujetaban sus brazos.

Él era todo.

Lo quería solamente para mí.

El momento pasó, la música volvió a ser reguetón y la gente comenzó a bailar separada como lo habían hecho durante toda la noche .

Y yo me quedé allí, sin ser capaz de moverme del sitio.

Deseando que volviese.

Rogando para que me dijese que yo le gustaba.

Suspirando porque me mirase como yo le miraba a él.

Mientras las lágrimas salían ya sin control de mis ojos.

Pero no volvió.

Y seguro que nunca lo haría.

Y dolía, joder.

¿Cómo podía doler tanto?

—Creo que necesitas un lingotazo, nena —escuché que me decía alguien.

Era Silvia, que me sujetó del brazo y me sacó del centro de la pista llevándome a rastras hasta la barra.

—¡Ponme tres chupitos de tequila rosa! —le gritó al camarero, dando una palmada seca en la barra.

Me miró a los ojos, preocupada, sujetándome de las dos manos.

—¿Cómo estás?

—Mal —respondí sorbiendo, intentando dejar de llorar—. Muy mal, Silvi.

—¿Qué necesitas?

—A él —respondí sin dejar de mirarle al otro lado de la discoteca.

Asintió con la cabeza y me abrazó.

—Pues que se joda Jara —me dijo ella también con los ojos humedecidos—. Es tu momento, así que a por todas, tía.

—No, no puedo, Silvia, no puedo hacer eso.

Liam se acercó con los chupitos en la mano y nos los dio.

Me lo bebí por compromiso, porque no me apetecía nada.

—¡Vámonos! —ordenó él.

—¿Qué dices? —le soltó Silvia mirándolo extrañada—. ¿Cómo nos vamos a ir? ¡Es la fiesta de fin de año, todo el mundo está aquí!

—Aquí solo hay ruido —afirmó sonriendo, cogiéndonos a las dos de la mano—. Tengo una idea mejor para empezar el año que escuchar a Quevedo .

Sorbí los mocos, asentí rápido y, con los labios temblando, le dije:

—Sí, por favor, sácame de aquí.

Nos fuimos los tres a las tantas de la madrugada del sitio donde estaba prácticamente la totalidad del alumnado de la universidad, sin mirar atrás, intentando olvidarme de Hugo, de los sentimientos que comenzaba a tener, que crecían descontrolados a cada minuto que pasaba cerca de él.

Media hora de taxi después, Liam y yo estábamos hombro con hombro.

Me miró fijamente, me guiñó un ojo y me dijo:

—¿Preparada para esto?

—Ya te digo que sí —afirmé frunciendo el ceño.

—¡Pues dale!

Grité con todas mis fuerzas, con el micro apretado entre las manos, dejando escapar todo lo que llevaba dentro con la puta mejor canción de Mägo de Oz que se ha escrito jamás.

Dedicándosela, para empezar, a todos los tíos que alguna vez me habían hecho sentir mal por estar gorda. ¡Iros todos a la mierda!

—¡…voy a salir! —chillé, siguiendo la letra en la pantalla.

La frustración, las inseguridades, todas las miradas que había recibido alguna vez por encima del hombro y que me habían hecho sentirme juzgada. ¿Sabéis lo que os deseo para este nuevo año? ¡Que os follen a todos, hijos de puta!

Liam me seguía, con su micro colocado en el atril, agitando la cabeza hacia adelante, imitando que tenía una guitarra eléctrica entre las manos, mientras Silvia pataleaba mirándonos desde su silla.

—¡…los bares!

Dios, qué puto gusto poder gritar, y gritar, y no tener que estar fingiendo ser políticamente correcta todo el santo día. Pensé en mi madre y en todo lo que le quería decir y no me atrevía, pero de este año no iba a pasar, porque este puto año 2026, ¡Nora no se iba a callar ni una!

—¡…olvidarme de ti !

Levanté el brazo y apunté con el índice hacia más allá del techo.

¡Sí, joder, sí, Jara, sí, olvidarme de ti, joder! Y de la promesa que te hice, y de tu puto exnovio, de que estoy atrapada en tu juego y que, aunque sufro como una perra, seguiré adelante, hasta el final.

¡Pero hoy, me la pela!

Me la pelas tú, me la pela él, y lo único que quiero es estar con mis dos mejores amigos.

—¡…y vivir!

Silvia dio un salto, se puso en pie, se llevó las dos manos a la boca y los tres gritamos a la vez.

—¡Viva México, cabrones!

Lo hizo con tanto ímpetu que le dio con la cadera a la mesa y derramó los vasos, las cervezas, todo, pero nos importó una mierda.

Vino corriendo hacia nosotros y nos abrazamos los tres, tan fuerte que casi nos caímos al suelo. Y allí seguimos durante horas, dando saltos al son de la música.

—¡Os quiero, joder, os quiero mazo! —nos gritó, apretándonos la cara entre las manos, primero a mí y luego a Liam.

—Yo también os quiero un montón —chillé yo, que ya no sabía ni lo que había hecho con el micro.

—¡Feliz año 2026! —gritó Liam.

—¡Feliz año! —gritamos nosotras dos con los brazos levantados.

Y hasta donde me acuerdo, aquella fue, de lejos, la mejor noche de mi vida.